30 noviembre, 2008

RILKE EN OTOÑO

El bosque de Beeches - Klimt

El hecho es que he estado sentado en el sofá de la sala, releyendo a Rilke, y que se me ocurre que Rilke es para leer en otoño; sus Elegías del Duino, por ejemplo. En mi dinámica opinión, claro está. Compruebo, al llegarme al estudio, para dejar el pequeño volumen en su hueco de la estantería, que las hojas de mis libros de Rilke han amarilleado con el tiempo. Debe ser que los libros también tienen un otoño de oros y cobres, cuando las páginas impresas se tornan frágil hojarasca, cosida y pegada a un lomo que igualmente envejece...
Y es que parece que el destino de los libros sea el de ser abandonados en un paisaje de estantes, desheredados y proscritos como cualquier viejo clochard de ciudad, mientras el tiempo los ignora y, sin embargo, atrapa. Rilke también se sentía hondamente solo, recluido en su torturada manera de ser y, sobre todo, de amar. Sentía una soledad desproporcionada, una soledad que le puso a prueba durante casi todos los días de su vida. En una página de Mi Testamento escribió con insondable dolor: «Ha quedado en mi corazón una tenebrosidad extraña, que me lo hace irreconocible».
Rilke amó, sufrió y vivió, no sé si por este orden. Cuantas espinas hirieron su alma asombrada, escoltaron los veinte años que un día tuve, y aún hoy se clavan, produciéndome un dolor melancólico y dulce, en mis recuerdos literarios. Es así, porque registro una fugaz añoranza en mi memoria emocional cada vez que retomo uno de estos libros y lo abro después de tanto olvido. Casualmente, releo ahora un precioso proverbio turco, que copié en una hojita y guardé muy entonces entre las páginas de las Elegías: «Por el amor de una rosa, el jardinero es servidor de mil espinas.» Me parece delicadamente bello, y supongo que hasta se me ha insinuado una leve sonrisa al volverlo a leer...
Pero ya debo salir a mis quehaceres, conque empujo el lomo del libro, lo inserto en su lugar. Amor, servidumbre, espinas... Cuadra con lo que sé y recuerdo de aquel Rilke a quien veneré tanto. Tal vez por eso archivé ahí la cita, para leerla en cada reencuentro, como el de hoy, en este nuevo otoño que comienza a recogernos y nos invita a disfrutar de él, inestable y antojadizo, con sus días alternos veteados de los rayos de un sol broncíneo o de gotas de lluvia caprichosamente juguetonas sobre los cristales.

23 noviembre, 2008

QUERIDO MIGUEL

J. Minton - Freud (detalle)

Miguel me llevaba unos años y éramos, además de primos, amigos. Fue tremendamente duro para toda la familia ir viendo que un cáncer implacable terminaba con él, y lo hacía apenas una semana después de que cumpliera 33 años. Ciertamente ha pasado mucho tiempo, pero no tengo esa impresión... sabiendo cómo le recuerdo.
He sacado hoy este poema, de una vieja carpeta. El lejano día de noviembre que lo escribí, me había acercado hasta la casa de Miguel para felicitarle; aquélla fue la última vez que, consumido por la enfermedad, le pude ver. Después vagué roto y consternado bajo la lluvia, por entre esas calles de nuestro pueblo que él nunca más volvería a recorrer.
Dos besos para ti, querido Miguel, y un abrazo inmenso, sin fisuras.

A MIGUEL,
EN EL DÍA DE SU ÚLTIMO CUMPLEAÑOS.

Será que se acerca la noche
nunca más inoportuna,
y se me ha desfallecido la gana
de comentarte las cosas de ahí fuera,
como si tal aliento de mi boca yaciese
a la grupa de un pretexto mutilado
y transido.

Será que el frío se moja de lluvia
sobre mi espalda derrotada
arañando las viejas paredes
de una arquitectura húmeda y gris,
y mis propias manos me delatan
temblorosas y tibias,
cuando, acurrucado en una esquina,
quiero calentar los labios que te besen.

¡Qué podría decirte hoy, querido Miguel,
más allá de esta rota endecha,
si se me corta la garganta todo intento,
si en la sién se me agolpa
tenaz, rotundo,
un silencio lacerante que te reclama sin remedio,
y no tengo voz sino lágrimas
para mimar tus últimos latidos!...

Quizá por eso me he escondido,
cobardemente crispado,
detrás del papel arrugado que te llora,
detrás de una esquina cansada,
detrás del dolor de esta noche,
¡Dios mío, Miguel!... nunca más inoportuna.

Miguel falleció en Llodio, Álava, el 20 de noviembre de 1985

16 noviembre, 2008

SOBRE ESCRIBIR

El asesino amenazado - Magritte

Decía Oscar Wilde que no existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo bien. Supongo que casi cualquiera puede estar de acuerdo con él.
Fue Blaise Pascal (creo) quien se disculpó en una ocasión ante algo que había escrito, comentando que había hecho una carta más larga que lo usual, porque no tenía tiempo para hacer una más corta. Eso es tener una dimensión bien real de lo que supone sintetizar, desde luego.
De mayor calado es la entrañable imagen que sugería el venerable José Luis Sampedro, cuando afirmaba que uno escribe a base de ser minero de sí mismo. Qué metáfora tan bella...

Y Manolo Vázquez Montalbán, agudo e inteligente como era, dejó este aviso para navegantes:
El escritor es la chica del bar y el amante de la chica del bar, el gánster y el policía, el homosexual y el fascista, la víctima y el asesino. El asesino de mi novela es el escritor; es decir, yo. Y si no soy detenido en las horas que siguen a esta revelación es que ya no puedes fiarte ni de la literatura.
Genial, ¿no os parece?

09 noviembre, 2008

BIEN CONTIGO

El álbum - Juan Gris.

Me siento bien contigo cuando nuestras miradas se cruzan y, de la fugacidad de ese encuentro, mi retina hereda el brillo intenso de tus ojos. Bien, cuando pronuncias mi nombre y tu voz se me antoja el solvente reclamo de una incondicional cercanía... Y cuando te dibujas en un mohín, con esa reposada elocuencia que interpreta sabiamente mi silencio...
Me agrego a ti, como si tal tu sombra fuera, y juego al ciego vinculado a tu brazo en un dejarme guiar por las aceras que transito; y entonces, del mismo modo, me siento bien tan a tu paso, tan a tu lado, tan contigo.
Eres reina de esa constelación de mundos que me pueblan y algo de tu gesto, cuando te ladeas y furtivamente sonríes, te otorga el fulgor de una estrella incandescente y te vuelve íntima, mi feliz compinche, esos ojos que lo dicen todo, la mano leal que, según se despide, aprieta un poco la mía...
Por eso consagro a tu memoria esta noche y, bajo su manto de celeste obsidiana, repito devotamente tu nombre con una cadencia que tiene algo de breve arrullo... Entonces cierro los ojos y, ya ves: sólo pienso que me siento bien contigo.

02 noviembre, 2008

BUSCAR LA VERDAD - Deleuze

Sol de otoño - Schiele

«Sólo buscamos la verdad cuando estamos determinados a hacerlo en función de una situación concreta, cuando sufrimos una especie de violencia que nos empuja a esta búsqueda ¿Quién busca la verdad? El celoso bajo la presión de las mentiras del amado. Siempre se produce la violencia de un signo que nos obliga a buscar, que nos arrebata la paz. La verdad no se encuentra por afinidad, ni buena voluntad, sino que se manifiesta por signos involuntarios.»
«La equivocación de la filosofía consiste en presuponer en nosotros una buena voluntad del pensar, un deseo, un amor natural por lo verdadero. Por eso la filosofía sólo llega a verdades abstractas que no comprometen a nadie y no trastornan nada.»
Proust y los signos, GUILLES DELEUZE.


26 octubre, 2008

PENSANDO EN ÉL


Marne - Cuixart

(Alguien ha descubierto la existencia de Terenci Poquet, el torturado opositor a judicatura enclaustrado en un ático de Barcelona, para preparar sus oposiciones... ).

Pensando
en él, se sentó en un banco de madera adyacente a un sendero de los jardines del Parc Güell, hasta donde había caminado desde su casa. Hacía bueno allá arriba; corría un airecillo fresco que no llegaba a resultar desagradable. Después de una noche de migraña, una migraña violenta e incoercible, ahora se sentía mejor. Apenas había dormido tres horas y su cansancio era patente, pero necesitó salir... Respiró con deliberada lentitud, empleando toda la energía de sus pulmones, y cerró prolongadamente los ojos. Notaba que sólo en cortísimos tiempos el silencio parecía absoluto, el silencio de aquel prominente oasis rodeado de asfalto y exasperación urbana. Y el aire... El aire era rico, si respirar se convertía en un acto consciente, si se deseaba inhalar. «El aire...» Se dedicó a apreciarlo, a descansar y a mirar; a mirar a la gente que por aquel camino transitaba: Dos parejas sueltas, un grupo de orientales pertrechados con tecnología óptica y poco más. También reparó en la naturaleza contenida a su alrededor, en el perceptible estrago de los meses fríos en los arriates, en las plantas melladas, en los árboles caducifolios... Se dio a escuchar el bullicioso trino de algunos pajarillos que, en la vivacidad de su jolgorio, parecían convocar prematuramente a la primavera. Las hojas de la arboleda que los acogía parpadeaban filtradas por un tibio sol. Varias cotorras se alborotaban en unas copas cercanas; cotorras forasteras de incierta procedencia, que imprevistamente habían comenzado a proliferar por la ciudad. Se entregaba, en suma, a relajar sus sentidos... Pero cada una de sus percepciones le llevaba a ensimismarse en él. Porque desde que él apareció todo le resultaba más soportable: su existencia tejida de obligatorias rutinas, la regularidad descorazonada de los días monótonos y hueros, el helado invierno interior en el que se había ido convirtiendo su vida... Con él, sin embargo, todo parecía ser distinto. Se sintió mecer, doblándose en el acurrucamiento al que le sometía un cansancio perdurado...
Pero estaba bien; mejor, según prosperaba la mañana. Sumergiendo su mirada en un solitario charco de luz del camino, se recreó en aquella porción de cielo azul nítidamente reflejado en el agua, para fugaz deleite de su recogimiento... Y entonces, volviendo a él, a su adorado opositor, calibró una idea que le hizo sonreír. Como sabía dónde vivía, no estaba de más ensayar una primera aproximación: Pensó en escribirle, una carta. Sí, lo haría... Y, levantándose del banco, los hombros sumisos, las manos en los bolsillos de su tabardo, caminó hacia la salida del parque, regresando al mundo, volviendo a adentrarse pausadamente en la ciudad.

19 octubre, 2008

PEQUEÑA ODISEA - José Ángel Cilleruelo


The hat makes the man - Ernst


Por favor, me puedes indicar dónde encuentro un ejemplar de La Odisea.
—¿Quién es el autor? —pregunta el joven dependiente con naturalidad.
—Homero.
—Homero... —repite y se inclina servicial sobre el ordenador. Teclea. Medita. Vuelve a teclear. Se rasca la cabeza. Levanta la vista de la pantalla—. Pero, ¿ese nombre va con hache o sin hache?
—¿Homero? Va con hache.
—Ajá, ¡aquí está! —exclama con júbilo, se da la vuelta encarando el otro extremo de la librería y vocea a grito pelado—: Julia, guapa, búscame La Odisea de un tal Homero, que está por tu sección. Se escribe con hache.

Texto de J. A. Cilleruelo, editado en su blog El Visir de Abisinia, una recomendable página de contenido literario que os animo a visitar.

05 octubre, 2008

COSA DE SER

Testigo - Lam

Ser
, pues se trata de ser.
De asumir el ser quien se es.
De ser como tú eres y lo que tú eres;

negro, blanco, pajizo, azul... Te lo digo a ti,
según me viene, a borbotones
y con un palíndromo prestado:
«Somos raza, ese azar somoS»,
donde el paisanaje es un bol de canicas de colores.
Ser
, digo. Y permanecer despierto,
aunque no en la noche, que termina agotando.
Porque la noche es para amar, desvariar y dormir. Ah, dormir...
Y para compartir deliciosas locuras, como ésta
de tener a Rebecka Törnqvist, cantándome en sueco al oído:
Till och med en kung
(Incluso un rey).
Me enamora perdidamente, de madrugada,
me retrepa su voz por la nuca y me encojo en un escalofrío...
Siempre imagino una caricia, si pienso en algo suave.
O en la delicada flor del cerezo, precipitándose
a una velocidad de 5 cm. por segundo.
O en una sábana tibia y perfumada de ti, según la abandonas.
Pienso y escribo, tal me complace.
Y mientras tanto unos entran, otros salen,

y apenas se nos ve un poco. O se nos vislumbra.
Siendo que cada cual es cada cual, y tiene sus cadacualadas.
Esto es lo que supone, ser uno quien es.
¡Ser, ser, ser!
Escucho a la dulce Rebecka en un adormecido devaneo
y me vuelco al coleto un resto de cerveza.
Al fin y al cabo, es estupendo saberse bien, incluso un rey...
y lo quiero compartir contigo, antes de evaporarme,
cuando te digo que me embruja sentirte ahí
bailoteando con mis letras,
porque sé que nada me obliga a mostrarme como no soy.
Y porque, sin pretenderlo, me ayudas un poco a ser...
el tipo que siempre he buscado ser.
Y por ello, como nunca, me siento hoy
serena y profundamente agradecido.

28 septiembre, 2008

LA CALLE - Octavio Paz


Callejón - Javier Sampedro

Es una calle larga y silenciosa.
Ando en tinieblas y tropiezo y caigo
y me levanto y piso con pies ciegos
las piedras mudas y las hojas secas
y alguien detrás de mí también las pisa:
si me detengo, se detiene;
si corro, corre. Vuelvo el rostro: nadie.
Todo está oscuro y sin salida,
y doy vueltas y vueltas en esquinas
que dan siempre a la calle
donde nadie me espera ni me sigue,
donde yo sigo a un hombre que tropieza
y se levanta y dice al verme: nadie.

21 septiembre, 2008

METAS VITALES

Luminiscencia - Toffoletti

Parece indiscutible que la vida no tiene un significado universal para todo el mundo; pero sí es posible que cada cual llegue a darle un sentido. Cuando pienso en mi posición ante este asunto, me remito a las ilusiones que conservo y a los propósitos y esfuerzos que hago para conseguir algo (por pequeño y cotidiano que sea), porque unas y otros otorgan una razón de ser a mi existencia. Así tengo la sensación de que me reinvento con cierta necesidad... y de que mi pasado y mi futuro son un poco distintos cada día.
Dice mi querido profesor Andrés Ortiz-Osés que el sentido de la existencia es la insistencia; que existir es insistir. Otra pequeña verdad, guardada con mimo en un inspirado aforismo. Lo cierto es que cuando nos marcamos una meta vital contamos con infinidad de propuestas atractivas. Es cosa entonces de optar... Pero pienso que, por ser tantas, elegir nos genera incertidumbre; una incertidumbre grave e incómoda que mina la audacia de nuestro impulso vital, muchas veces hasta el punto de que terminamos depreciando la elección que habíamos hecho. Cuestión de insistir, sí; pero, ¿qué camino tomar?
Entonces es cuando me planteo seriamente si esta libertad, basada en la enorme oferta que existe, nos ayuda a darle significado a la propia vida... o si, más bien, al confundirnos e inquietarnos, sucede lo contrario. Y ante esta cuestión me encuentro un tanto perplejo, lo confieso. Porque el compromiso con una meta, y la propia manera de alcanzarla, parece mucho más fácil cuando las elecciones son pocas y están claras. Abundancia o restricción: ¿Cómo resolver este dilema? Personalmente siempre he concedido importancia a los límites y he aprendido que, de algún modo, aceptar las limitaciones libera. No me gustaría que se me malinterprete, pero cada vez estoy más convencido de ello.

14 septiembre, 2008

RECORRIDOS

Holiday resort - Jeffrey Smart

POR DETRÁS...
Uno vive a fuerza de reinventarse,
de gozar de un pasado distinto cada día.

Y POR DELANTE
El futuro es esa permanente emboscada que nos tiende el azar
haciéndonos peregrinar por insospechados caminos.

POR FUERA...
Buscar a Dios en los templos es buscar el contorno de una sombra
allí donde no hay luz.

Y POR DENTRO
El fuero interno de uno es algo así
como la cara oculta de su conciencia.

DE CABEZA...
El problema de que me den la razón
es que después no sé muy bien qué hacer con ella.

Y DE CORAZÓN
La enfermedad más grave del amor no son los celos,
sino la decepción.
Todos los amantes la padecen,
pero muy pocos sobreviven a sus estragos.

PERO, EN TODO CASO, CON ÁNIMO
La satisfacción comienza con el esfuerzo:
Uno termina por sentirse mejor, en la medida en que lo intenta.


07 septiembre, 2008

EL PADRE DE MAFALDA

Hombre en una hamaca - Gleizes.

Creo que nunca me he sentido tan como el padre de la entrañable Mafalda, como el ya lejano día en que María, mi hija mayor, que tendría entonces 12 años, llegó a casa del cole, dejó su cartera y se acercó a la sala, donde yo leía plácidamente El Correo, y, con su sempiterna sonrisa, me soltó a bocajarro:
Aita, ¿tú te masturbas?
Me faltó periódico para esconderme, pero en teoría un buen padre no está para eso... De modo que, sin saber muy bien de qué modo salir airoso, comencé por defender mi comprometida posición con la trillada técnica de rebotar el asunto.
—¿Y por qué me haces esa pregunta?
—Es que hoy hemos hablado en clase de lo que es la masturbación y...
—Oh, vaya.
—Dicen que todo el mundo lo hace.
—Ah, claro: Dicen —tomé aire—. Bueno... ¿Y no os han explicado en clase qué es la intimidad?
—No. Creo que no.
—Pues bien, Marieta: La intimidad tiene que ver con que hay cosas que pertenecen a la vida personal de cada uno... y que todos los demás deben respetar. ¿Me explico?
María asintió recogiendo a un lado sus labios. Luego sonrió y fue a por su merienda.
—Te he entendido perfectamente —me dijo saliendo de la sala.
Tras lo cual tragué saliva, a sabiendas de que conocía la respuesta a su pregunta, y, aliviado, yo también sonreí, hundiéndome un poco en el sofá tras las páginas de sucesos... como en tantas viñetas del genial Quino he visto hacer al papá de Mafalda.

01 septiembre, 2008

SOROLLA


Cosiendo la vela

De Sorolla, la luz. Luz mediterránea a raudales, resplandeciendo sobre los blancos velámenes de las barcas y los vestidos de las mujeres en la playa, sobre los cuerpos desnudos de los niños, bañándose en la orilla del mar. En Sorolla, el protagonismo de la luz es absoluto, esa magia con la que supo envolver el dinamismo de las representaciones pictóricas que componen sus cuadros, siempre con presencia humana. Como hicieran los impresionistas franceses, su pintura de exterior (en plein air) refleja con viveza y realismo el paisaje levantino de finales del siglo XIX, en el que la luz y los colores vibran en un apacible ambiente costero y parecen conferir movimiento a las figuras que representa.
Supe de Sorolla, bien de pequeño, por los sellos conmemorativos de su obra que emitió la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre. El hermano Ricardo P. (del colegio de La Salle, en el que estudié) me había iniciado en la filatelia y recuerdo que las series que más me gustaban eran las dedicadas a pintores españoles. Así fui conociendo a los Velázquez, Zurbarán, Murillo, El Greco... y de ahí probablemente nació mi interés por la pintura, aunque entonces yo debía de tener nueve o diez años.
Y, sí, ahí estaba también Sorolla y sus Niños en la playa. Nada se podía adivinar en los sellos esa locura suya por atrapar la luz, pero, con todo, siempre me parecieron pequeñas joyas que aún conservo clasificadas entre las páginas de alguno de mis viejos álbumes... y son por esto, sin duda, una pequeña parte de mí.



Niños en la playa

Joaquín Sorolla y Bastida falleció el 10 de agosto de 1923.

30 julio, 2008

VIEJAS PINCELADAS


Joven desnudo - Flandrin

Que disfrutéis enormemente del mes de agosto, allí donde estéis.
Hasta septiembre.


EL VÉRTIGO

AMOR DESPRENDIDO

LEVANTAR ACTA

ACEPTAR

VIDA


Hijo de Príamo - Flandrin

20 julio, 2008

EL CUARTO DE JUGAR

Cuento de hadas - Klee

Recuerdo vivamente el cuarto de jugar de la casa vieja. Era nuestra habitación, la de ambos, un pequeño universo cuajado de trastos, juguetes, libros y cachivaches, con un imborrable olor a cartera de cuero y a plumier, y entre cuyas paredes fuimos niños. Estoy seguro de que tienes frescos los partidos de fútbol que, en el espacio inverosímil que dejaban las camas, disputábamos apasionadamente después de la escuela y la merienda. Más de un cristal de la ventana roto, más de una consiguiente reprimenda, más de un balón requisado por la autoridad competente en la materia... Y sin embargo nos las ideábamos para continuar jugando, ¡sin meter ruido!, aunque fuera con la cabeza de goma de alguna muñeca de Isabel, la mayor de nuestras hermanas. Otra bronca, otro escondite inventado... ¡Cuidado, que viene papá! No entiendo todavía, créeme, cómo conseguíamos trepar y ocultarnos sobre aquel alto y enorme ropero, para hacernos un silencioso ovillo, con el corazón latiendo fuerte... y prácticamente desaparecer.
—Más os vale salir de donde estéis: Os he dicho mil veces que en casa no se juega al fútbol, y menos con la cabeza...
Mientras tanto Isa se quejaba con mamá de nuestro abuso, impotente y compungida. Ahora que lo pienso, mi portería fue siempre más pequeña que la tuya y no recuerdo que protestaras. Supongo que algún privilegio me confería el hecho de ser el mayor.
Como fuera, el recuerdo del cuarto de jugar me confirma que, de algún modo, somos hijos de las paredes que cobijaron nuestra infancia. En él dormíamos, hacíamos los deberes, montábamos el Scalextric y las carreras de ciclistas, en él nos reñimos y peleamos, nos hicimos íntimos y aprendimos a ser los niños que aún nos habitan; en él, y desde él, sellamos pactos imperecederos de fraternal lealtad.
Casi veinte años después de todo aquello, demolieron la casa vieja de la plaza en que nacimos y llegamos a vivir los siete hermanos. Han pasado casi otros veinte, que definieron nuestras vidas: Yo seguí la mía en otra ciudad, tú te hiciste un tipo conocido, sin dejar nuestro pueblo. Frecuentemente pasaban meses sin que coincidiésemos. A lo mejor leía alguna declaración tuya, la entrevista que te hacían en algún periódico... o te seguía en un debate televisivo, escuchándote con admirada atención.
Ayer leía el último correo que me enviaste y, mira por dónde, son las 4:10 de la mañana de este viernes de pos-mediado julio e, insomne como un semáforo de la ciudad dormida, pensaba precisamente en que hace siglos que no te veo. Por eso me he levantado de la cama y me he llegado al estudio: para escribirte estas líneas y para moverte a sonreír, si acaso las lees, con el recuerdo del maravilloso rincón que compartimos en nuestra infancia: aquel cuarto de jugar en el que disfrutamos como lo enanos que éramos, crecimos y cultivamos gran parte de nuestros sueños, algunos hoy reales... y en el que, sobre todo, querido Txema, quedó soldado para siempre mi corazón al tuyo.

Texto incluido en el Banco de Recuerdos de la Fundación Reina Sofía (lucha contra el Alzheimer): http://www.bancoderecuerdos.es/recuerdo23190

29 junio, 2008

LA ESTAMPA DE TERENCI

Autorretrato - Basquiat

(Terenci Poquet, torturado opositor ajudicatura, vive desde hace medio año en un ático de alquiler en Barcelona, adonde llegó con el solo objeto de acartujarse para estudiar. Su aislamiento es cada vez mayor y apenas sí sale, casi únicamente a proveerse de embutidos).

«A todo lo cual, por fuera, la estampa que lucía Terenci era la de un desenterrado recién salido de sus propias exequias. No se afeitaba por pura desidia, y el pelambre se le entreveraba grasiento asfaltándole el cráneo de lacias crenchas, toda vez que una sombra levemente azulada almohadillaba sus marcadas ojeras. En el itinerario usual de compras, bajo un soleado mediodía, de tal facies fruncida, cual era la suya, afilada, de malcomido, parecía colgar su escabullido tronco que, haciendo de percha, soportaba un tronado atuendo.
Claudio el charcutero, su proveedor por excelencia, advirtiendo la mala cara que gastaba, le preguntaría afablemente si había estado enfermo. Argumentó, para no pecar de ligereza, que hacía un tiempo que no le veía por la tienda.
—¿Yo? No, qué va —le había pillado fuera de juego, esperando la vez, y efloreció pigmentándose milagrosamente como un heliotropo—. Me encuentro... bien —atinó a decir—. Gracias.

—Pues me alegro —apuntó Claudio, él ya de por sí colorado, de rollizo, exhibiendo una comercial sonrisa—. La salud es lo primero, sí señor.»

 
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