09 octubre, 2011

LA MAGDALENA DE PROUST

Nadando - Eakins

Qué tendrían aquellos años de juventud, que utilizan furtivamente una imagen, un olor, un sabor, una canción, para retrotraernos a la eternidad felizmente inconsciente de su transcurso. Qué tendrían, me pregunto, que permanecen grabados a fuego en nuestro ser más profundo, desde que nos entregamos en cuerpo y alma a, ante, para, por ellos...
Y es que en aquel tiempo fuimos tunantes urdiendo chifladuras, desvergonzados que jugaban a levantarle las faldas a la vida, para salir después corriendo y a carcajadas, con la misma frescura con la que nos dábamos a charlar, compartir y amar. Mis amigos y yo: Había que vernos hacer, con tanto entusiasmo como imprevisión, rastreando cualquier deliciosa confirmación de la felicidad. Como no sabíamos de imposibles, nuestra audacia era salvaje; le teníamos perdido el respeto a eso de vivir, y a eso de morir; y todo era tan intenso y cercano, tan oloroso y pleno como una jugosa fruta, siempre alcanzable en la rama... Sólo había que trepar.

Y fue entonces cuando nos creímos hombres, bebiendo de tantas fuentes con insensatez, hasta sucumbir ebrios en noches de apedrear con insolencia a la luna o de escribirle poemas, que casi siempre tuvieron algún nombre de mujer... Porque allí la vida era un lugar de encuentro, donde perseguir sin resuello las emociones prohibidas, mil metros lineales de playa, un trozo de cielo azul y tenso, cuatro besos y un blando pecho ardiendo en la mano; botines conquistados entre dunas verdes, más verdes que el mar. Esto, y no otra cosa, era la vida.

Y, mientras aquello pasaba, el tiempo no parecía una amenaza, ni una trampa en una curva de la carretera, y nos burlábamos de él, y del destino, emboscados en nuestra condición de inmortales, como si en el prontuario de locuras de quienes éramos jamás hubiera existido la palabra después. Y retábamos a la suerte, extremando los límites de nuestros órganos por saber si había límites para ellos, por descubrir el otro lado, el de la infinitud de cuanto nos ponía a prueba... Y, enfermos de amor y de literatura, ardimos con nuestros proyectos en las lumbres del invierno y nos bañamos desnudos en los mares crepusculares del estío...
Así que fuimos lo que en nuestro corazón cabía que fuéramos: pícaros, audaces, trepadores de higueras, poetas, locos, ebrios y amantes; y le guiñábamos cómplices un ojo a la vida
y le terminamos por dar lo que, como una insaciable hembra, nos reclamaba: nuestra juventud. Una juventud en la que, más allá de la inseguridad, el temor y las frustraciones, apostamos por ser francos y leales, aprendimos a escuchar y a perdonar, a llamar amor al amor, mirándolo de frente, a mostrar lo más nítido y virginal de nuestros sentimientos, y a soñar que todo era posible, hasta forjarnos un credo por el que luchar contra la injusticia y la desigualdad. Conque defendimos el sentido propio de nuestros actos, desafiamos la intolerancia de los púlpitos y alzamos el puño en alto, pero nunca para golpear; aprendimos a vivir sin absolutos y comprobamos que, a pesar de ello, no nos tambaleábamos tanto. Y todo esto, y más, sucedió entonces…
Por eso, rememorando aquellos años, noto en el corazón las ascuas de su pasado combatiente, y cada vez que furtivamente una imagen, un olor, un sabor, una canción, me retrotrae a mi primera juventud, pienso en quienes la compartieron conmigo, pienso en mis amigos. Y me digo que he de llamarles para celebrar que vivimos, y también para brindar con ellos porque, después de todo, quizá no hemos cambiado demasiado... O al menos no tanto como para echar de menos a aquellos bribones que, precisamente entonces, llevaban con tanto arrojo nuestros nombres.


02 octubre, 2011

CUATRO NOTAS PARISINAS

París por la ventana - Chagall

Acercarse a las viejas ciudades europeas es un saludable ejercicio para el corazón viajero, entre otros motivos porque esa historia inmemorial que las suele identificar, invade y contagia a todo aquél que recorre sus callejas o sus grandes avenidas y bulevares, transportándole no sólo en el espacio, también en el tiempo. París es una de estas magníficas urbes, imperial y seductora, en la que, por mucho que uno la haya visitado media docena de veces, siempre encontrará bellos rincones que desconocía y más de un feliz motivo por el que prometerse volver. Precisamente para quien tiene esta intención, dejo aquí cuatro notas de mis últimos paseos por la Ciudad de la Luz, así llamada por ser la primera urbe en dotar a sus calles y edificios notables de luz eléctrica:
Orsay: Quien tema perderse en el imponente Louvre, puede muy bien dejarse embelesar por las maravillosas telas del impresionismo francés, a través del museo de la Gare d’Orsay. Contemplar el Angelus de Millet, el Bal du moulin de Renoir o Les coquelicots de Monet constituye una experiencia casi mística. La vieja estación de tren transformada en pinacoteca, es uno de los prodigios parisinos del que se puede dar buena cuenta en tan solo una mañana.
Sainte Chapelle: En la Isla de la Cité, junto a la Conciergerie, se encuentra esta primorosa joya de pureza gótica, concebida en el siglo XIII para guardar las reliquias de la Pasión de Cristo. Con dos esbeltas plantas, sus enormes y esplendorosos vitrales recogen la luz diurna como un milagroso calidoscopio, encandilando a quien accede al interior del pequeño templo, observa durante unos minutos su magistral factura y respira la luminosa y colorida belleza que lo inunda.
Torres: De la basílica del Sacre-Coeur, en Montmartre, y de la catedral de Notre-Dame, kilómetro 0 de todas las rutas francesas, en la Île, nada cabe añadir a todo lo que se ha dicho y escrito. Sin embargo, es muy recomendable subir a sus torres. La panorámica general de la ciudad que se nos ofrece desde el Dôme del Sagrado Corazón es un apetecible regalo para la vista; y lo mismo sucede cuando, en el corazón de la villa, coronamos los centenares de escalones del interior de Notre-Dame, para asomarnos entre gárgolas a la vieja Cité, como lo hiciera miles de veces Quasimodo, el infortunado jorobado que inmortalizó Hugo en Nuestra Señora de París. (Para rentabilizar estas y otras visitas, conviene adquirir el Paris Pass Museum, que economiza costes y evita colas al facilitar, aunque no siempre, un acceso rápido con su presentación.)
Galerías: La Isla de San Luis, al paso del Sena, es un recoleto enclave parisino que acoge un selecto comercio, en el que destacan especialmente sus coquetas galerías de pintura. Otra opción de recreo artístico es la porticada Plaza de los Vosgos, en el barrio del Marais, repleta de sencillas tiendas de arte, junto a las cuales resulta muy agradable pasear... y entre las que encontraremos y podremos visitar, si nos cuadra, la casa de Víctor Hugo, hoy convertida en un pequeño museo...
Como sea, la actual Lutecia jamás defrauda. Por eso, cuando planifiquemos una salida, nos convendrá tener presente que, como reza el viejo dicho, si algo nos falla o nos va mal, no importa: siempre nos quedará París.

25 septiembre, 2011

ORGULLOSOS DE SER

Toro - Besner

Vivo en un pequeño País del que mucha gente se siente singularmente orgullosa de formar parte. Un sentimiento, por cierto, que parece estar bastante extendido igualmente por otros pueblos y latitudes. La pertenencia a una comunidad cobra visos de credencial y uno termina sacando pecho, cuando cruza la más estúpida de las fronteras y presenta sus señas de identidad al otro lado. «Yo es que, ¿sabes?, soy vasco». Pongamos por caso. Claro que digo esto y, a la vez, confieso que nunca he tenido la ocasión de comprobar el paralelismo del asunto, cuando el que se presenta en tierra extraña es un eritreo o un ciudadano de Laos; y como desconozco los sentimientos patrios de estos individuos de tercera división, huiré de la tentación de generalizar la cosa. Pero aquí sí, aquí prevalece el orgullo de ser de esta hermosa tierra... algo a lo que se accede, permítaseme la tontería de recordarlo, por el simple y puro azar de que a uno le paren sin previo aviso y punto. Y aparte.
Viene esto a que, desde hace siglos, asisto a conversaciones en las que se hace visible este modo de sentirse. Ser-de-aquí parece conferir al oriundo algo más que una identidad: un modo de ser y hacer, un cachet, cierto pedigrí. Personalmente, lo confieso, estoy más que contento de ser de donde soy. Entre otras cosas porque, calculadora en mano, las probabilidades que tenía de haber sido una niña asiática iniciada en la prostitución y con porrada de boletos para terminar con un VIH eran muy, pero muy, superiores... Ahora bien, tuve suerte y, ya lo digo, estoy encantado de los nervios. O sea, feliz. Pero no podría jactarme de ello. Porque también siempre he puesto en duda el mérito que uno se puede arrogar para sí, por el hecho de haber nacido en tal o cual terruño. Lo digo porque comprendo que uno se sienta orgulloso tras alcanzar algo por lo que se ha batido el cobre. Pero eso de llegar a la vida acá, allá o acullá no veo yo que merite. De modo que ser vasco, asturiano, franchute o letón está bien. Pero no mejor que sirio, groenlandés o costarricense.
Nadie con un mínimo de sensatez puede negar el valor de lo identitario; ni tampoco el hecho de que la pertenencia a un pueblo o comunidad, al menos para un occidental, suele ser un feliz pasaporte cultural y emocional que nos respalda a la hora de movernos por el mundo. Pero, lamentablemente, en demasiadas ocasiones defendemos lo nuestro recurriendo a la comparación, y rara vez nos aupamos como pueblo sin hacer quebranto del vecino. Y el orgullo-de-ser, que de ahí se deriva, me parece necio y profundamente injusto. Sobre todo cuando ese ser marca la diferencia con el que no es como nosotros... y sutilmente se instaura en nuestras vidas como la esencial y más oscura y peligrosa de todas las exclusiones.

18 septiembre, 2011

EL PRINCIPITO - Saint-Exupèry

La puesta de sol - Saint-Exupèry

Ah, principito, ¡cómo he ido comprendiendo lentamente tu vida melancólica! Durante mucho tiempo tu única distracción fue la suavidad de las puestas de sol. Este nuevo detalle lo supe al cuarto día, cuando me dijiste:
—Me gustan mucho las puestas de sol; vamos a ver una...
—Tendremos que esperar.
—¿Esperar a qué?
—A que el sol se ponga.
Pareciste muy sorprendido, primero, y después te reíste de ti mismo. Y dijiste:
—Siempre me creo que estoy en mi tierra.
En efecto, como todo el mundo sabe, cuando es mediodía en Estados Unidos, en Francia se está poniendo el sol. Sería suficiente poder trasladarse a Francia en un minuto para asistir a una puesta de sol, pero desgraciadamente Francia está demasiado lejos. En cambio, sobre tu pequeño planeta te bastaba arrastrar la silla algunos pasos para presenciar el crepúsculo cada vez que lo deseabas.
—¡Un día vi ponerse el sol cuarenta y tres veces!
Y un poco más tarde añadiste:
—¿Sabes? Cuando uno está verdaderamente triste, le gusta ver las puestas de sol.
—El día que la viste cuarenta y tres veces estabas muy triste, ¿verdad?
Pero el principito no respondió.

11 septiembre, 2011

TU PECHO

Neuma - Valls

Declina el día en sus últimos fulgores, un cielo deshilachado de naranjas y violetas irisaciones que observo tras la ventana abierta, tendido junto a ti. Embelesado por esta luz postrimera, que se rinde bella y fatigada al final de la tarde, abandono mi cabeza en tu pecho y, mecido por la mansa marea de tu respiración, el embate de cada ola es un arrullo que me inunda de quietud... Contemplo la luminiscencia del atardecer y pienso que amo tu pecho; que lo amo como se ama el amor tangible, el cuerpo que uno abraza; pero también como se aman las ausencias, un feliz recuerdo, los amores fallecidos y lo más sagrado. Sí, amo tu pecho y gozo de este augurio de penumbra que se cierne morosamente sobre nosotros, mientras escucho la letanía de tu corazón, rubricando el tránsito de los segundos que disfruto a tu lado. Dulce embriaguez vespertina, plácido sopor; tu pecho... Tu pecho abriga la armonía que aderezan todos los mares del deseo, mientras yo busco interpretar la adorable composición que el contacto físico va relatando en silencio. Mares rumorosos en los que me sumerge la cadencia sensual de tu respiración y esta luminosidad moribunda de la tarde, que me absorbe y me invita a desertar del mundo... igual que deserta la luz hacia el crepúsculo, hasta morir en él.
Ha aparecido la luna, como por ensalmo, casi llena, cada vez más nítida y viva. Y, mirándola, siento que existe un orden natural en cuanto nos rodea. Entonces pienso en decírtelo, pero luego callo y consiento que mi amor por ti se solvente en este instante de desmemorias, en que permanezco dulcemente embaucado por el calor que tu pecho desprende... Observo cómo se nos hace la noche y la luna se perfila en esa ventana de septiembre que atardece en mis ojos, y, cuando los cierro, me digo que la luna es también un amor, y que la luna fulgura y es sublime, y que la luna definitivamente eres tú, resplandeciendo omnipresente aquí, ahí fuera y dondequiera que tu imagen se refleje.

04 septiembre, 2011

RECOMENCEMOS

Huertos con amapolas - P. Monteagudo

Recomencemos. Emprendamos la marcha serenamente confiados, con la idea de asumir lo que somos, de apropiarnos del personaje que cada quien de nosotros encarna, de la identidad que a uno le confiere llevar el nombre que le representa. Recomencemos sin mayor dilación, a sabiendas de que lo que importa es el camino que hacemos y de que no hay en él urgencia que no pueda ser postergada.
Y retomemos nuestros compromisos, persuadidos de que casi todo es mejorable, y muy en particular lo que de más cerca nos concierne. Renovemos cada jornada humanizando lo cotidiano, desde la conciencia de apostar por la vida, de combatir creativamente las actitudes intolerantes y de acometer tareas que no llegarán a cambiar el mundo, pero que, por convicción, sabemos que hemos de hacer.
Y recomencemos portando por toda munición nuestros principios: esas vértebras que dan consistencia al modo en que nos mantenemos en pie, dotan de cohesión a nuestros átomos y nos permiten mirar cuanto nos rodea con una relativa profundidad, con humilde sabiduría.
Y caminemos livianos, con un sereno desapego por lo perecedero y un vivo interés por interpretar lo que sucede, pues hay algo nuevo y sorprendente en cuanto ocurre que es preciso rescatar, y ese algo siempre acontece por primera vez en nuestra vida.
Y avancemos despiertos, como si viajáramos siempre de ida, porque vivir sabe a curiosidad, a revelación; y apreciemos cada momento en su integridad con todos los sentidos, incorporándolo al respirar, haciéndolo parte de quien cada uno de nosotros somos, de nuestra propia e íntima experiencia...
Como si fuera ésta la primera vez, nuevamente, hoy y siempre, con todo el ánimo: ¡Recomencemos!

31 julio, 2011

FRANZ Y ANTOINE

Vuel Villa - Xul Solar

El compositor y músico Franz Liszt fue un niño prodigio que, de la mano de su padre y tras dar conciertos por toda Europa, recaló en París, en donde pasó su primera juventud y vivió con intensidad aquellos tres días gloriosos de la Revolución de 1830, a los que consagró su primer esbozo de sinfonía.

Liszt conocería en París a escritores como Víctor Hugo, quien, a su vez, dejaría constancia de esos mismos acontecimientos en varios capítulos de «Los miserables», y que fue un incansable defensor de las ideas democráticas de su tiempo, algo que le costaría incluso un exilio temporal.
Justamente en su destierro, Hugo entabló relación con diferentes personajes relevantes de la época, uno de los cuales fue Julio Verne. Ambos publicaron sus obras gracias al editor Pierre-Jules Hetzel, que inmortalizaría los libros del autor de «20.000 leguas de viaje submarino» y «Miguel Strogoff» gracias a sus famosos y vistosos cartonages ilustrados. Como es bien sabido, la increíble imaginación de Verne le llevó a realizar numerosas predicciones a través de sus novelas; predicciones como la llegada del hombre a la luna o la de intuir el rumbo que tomaría la aviación, cuando en «Robur, el Conquistador» ideó el Albatros, artilugio que navegaba en el aire gracias a setenta y cuatro patas giratorias, movidas por motores eléctricos.
Precisamente la aviación fue, junto a la narrativa, una de las pasiones de Antoine de Saint-Exupèry, quien publicó «El Principito» en 1943, justamente cien años después de que Hetzel fundara en París su conocida editorial. En el famoso libro del piloto de Lyon, el entrañable Principito expresa, con su natural e ingenua sabiduría, pensamientos de inigualable belleza. Por ejemplo, cuando dice que lo hermoso de un desierto es que en cualquier parte esconde un pozo... O bien que sólo se ve bien con el corazón, porque lo esencial es invisible para los ojos. También Franz Lizst escribiría que hemos de tratar de ver con el corazón y que la música es el corazón de la vida, pues por ella habla el amor; sin ella no hay bien posible y con ella todo es hermoso.

Franz Liszt y Antoine de Saint-Exupèry murieron en 1886 y 1944, respectivamente; ambos en un día como hoy, 31 de julio
.

24 julio, 2011

EL AMOR DE CARLOS

Estación - Descals

Carlos conoció a Clara en un tren de cercanías que, más tarde supieron, llevaban tiempo cogiendo a la misma hora para regresar de Llodio a Bilbao. Aquel día, sentado frente a ella, vio que leía con una sonrisa dibujada en sus labios. Terminó mirándola furtivamente, guapa que era; se le antojó que la expresión de su cara, ligeramente inclinada sobre el libro, revelaba un espíritu franco y libre. Y, con este convencimiento, no se resistió a interrumpir su lectura:
—Perdona —le entró—, ¿qué estás leyendo?
—Ah... El sabor de los días, ¿pues?
—Es que te veo sonreír... y me ha picado la curiosidad.
Amable, ella le hizo un comentario sobre la novela, dando pie a que siguieran hablando, ya de otras cosas, hasta llegar a la estación. Fin de trayecto, buenas vibraciones, nos vemos.
Como fuera, Carlos no se quitó de la cabeza a Clara durante el resto del día. ¿Se volvería a enamorar? Una punzada de angustia le recorrió el plexo solar. Pero, ¿puede sentir uno angustia por amar? Que se lo preguntaran, justamente a él. A él que, sin buscarlo, se vio garabateando con bellos poemas la acuarela de su adolescencia. A él, que escribía para el amor, porque al amor se debía, cuando aún éste no se le había representado con rostro de mujer. A él, que tan intensamente soñó amar que no encontró otro modo de vivir que no fuera amando, ni otro modo de habitar el mundo que no fuera escribiendo. A él, sí, ¡que se lo preguntaran! Porque el riesgo de idealizar el amor es terminar enamorándose de él, de la idea del amor, y no de la persona amada. Y el tributo del conocimiento real del ser a quien se adora es la decepción, y en la decepción se subsume el dolor, y en éste el fracaso. Por eso aquel primer día que Carlos habló con Clara, todos sus miedos se le concentraron urgentes en la boca del estómago.
Llegó la tarde siguiente y ambos se buscaron en la estación de Llodio. Subieron al último vagón, se sentaron juntos. Tras este nuevo trayecto, prolongado en la barra de un bar y con el propósito de verse el sábado, Carlos y Clara padecieron de forma muy semejante una secreta combustión interior. Algo hermoso germinaba entre ellos, un dulce fuego... De manera que Carlos no dejó que pasara el tercer encuentro sin revelar a Clara sus aprensiones más íntimas: esa angustia por amar, su zozobra ante el abismo de la responsabilidad, la obsesiva inquietud que anticipaba su temor al fracaso. Habló largamente de sí, porque comenzaba a quererla, así se lo dijo; y al sincerarse saldó viejas deudas contraídas con su corazón. Ella le escuchó con paciente dulzura y le entendió, y, tomando una de sus manos entre las suyas, le retribuyó la confidencia.
Fue así como ese mismo día Carlos y Clara se hicieron cómplices antes que amantes, y caminaron enlazados por la cintura al atardecer. Así fue como comulgaron sus ilusiones, sus anhelos y sus miedos... Y así como, sin saberlo, al despedirse junto al portal de ella, aquel primer beso comenzó a sanar en Carlos sus más antiguas y mal cerradas cicatrices.

17 julio, 2011

POCO, NADA Y TODO

El ojo del silencio - Ernst

Hablo poco
y, lo poco, hablo de lo que sé.
De lo que sé, que también es poco. Poco o nada,
que ya no sé si, incluso, nada es todo...
Y, en fin, será que esto es todo.
Después de todo, poco. O quizá nada...
Pero, en todo caso, todo;
lo poco, nada y todo cuanto sé.

10 julio, 2011

MI ORGANISMO Y YO

Retrato de Sylvia von Harden - Dix

Digo que mi organismo me desconcierta, muy sobre todo en lo que concierne al sueño. Unas cuantas noches seguidas, despertándome a eso de las tres, de las cuatro, para no volverme a dormir. Morfeo me toma con desgana en sus brazos, endosándome una impotencia que procuro gestionar con cargo a esa propensión que tengo a relativizarlo todo. Así es que me repito que no pasa nada, que hay cosas peores; y casi ya está. Casi, porque, a cuenta de estos desvelos, anoto la falta de concentración, lo de mis eventuales olvidos y un fondo de irritabilidad que procuro disimular. Todo ello, como que se me va cronificando; sobre todo lo de los olvidos. Y yo que lo asumo, faltaría más.
Lo cierto es que, vigilias aparte, nunca he tenido una memoria como la que me hubiera gustado tener. Leo un libro y semanas después me queda un poso peregrino. Y lo mismo con la mayoría de las pelis, las características técnicas de mis cachivaches o los condumios de una reciente cena y muchos rincones de lugares visitados. Un desastre con patas, es lo que soy en materia de evocaciones. No así, empero, me pasa con las caras, los nombres de los camareros, las frases ocurrentes y cantidad de detalles superfluos, que retengo... así como, dicho sea de paso, los hitos de mi aprendizaje emocional, pues el corazón que me habita recuerda casi todos los episodios que le han hecho latir dichoso.

Decía Alexandre que todo el mundo se queja de su memoria, pero nadie de su inteligencia. Y yo digo que nanay, que me quejo de ambas, que mil cosas más que las que olvido son las que no logro comprender. Cosa de tener una inteligencia más bien adaptativa y relacional; un caletre de andar por casa, vamos. Por eso nunca diría a favor de mí mismo que soy un tipo brillante, porque conozco bien mis limitaciones. Y tampoco me va la vida en ocultarlas. ¿Qué apariencia pretendo dar de lo que soy? Pues la que tengo, para qué engañarme. Así todo resulta más fácil, en serio.

Cuando me tocó estudiar la inteligencia, en aquella época geológica en que tuve veinte años, el concepto era injusto y miope. Se asociaba a la tenencia de determinadas capacidades para el lenguaje, la abstracción y el razonamiento numérico, muy relacionadas con la erudición académica y, de paso, con la cultura dominante. Así se comprende que un labrador, por poner un caso, no diera la talla en la escala del test al uso. Hoy, superado tal despropósito, la inteligencia viene a ser algo así como
la capacidad para solucionar problemas nuevos, procesando información y reestructurando la adaptación al ambiente. Con lo que, sentando jurisprudencia, hemos salvado de la idiocia al mentado campesino.

Pero, en fin: Regreso al principio, a lo de mi nocturno aturdimiento. Son ahora mismo las 4:34 de la mañana y dentro de hora y media se encenderá mi despertador luminoso, de no ser que... ¡Clic!, ya lo he desactivado. Conque dejo el cuaderno, me siento en el borde de la cama, bostezo. Tendré un par de crisis matutinas que espero no evidenciar, echaré mano de mi relativismo existencial, nada de irritarme... y, vaya, me repetiré varias veces lo de siempre: que no pasa nada. Y es que es bien socorrido hacerlo. En fin, ¡hay tantas cosas peores...!

03 julio, 2011

DIARIO ÍNTIMO - Kierkegaard

Fruehling - Vogeler

«Imaginemos a un pajarillo: por ejemplo, una golondrina enamorada de una jovencita. La golondrina podría conocer a la muchacha (por ser diferente a todas las demás), pero la joven no podría distinguir a la golondrina entre cien mil. Imaginad su tormento cuando al retornar en primavera ella dijera: «Hola, soy yo», y la joven le respondiera: «No puedo reconocerte...» En efecto, porque la golondrina carece de individualidad. De ahí se deduce que la individualidad es el presupuesto básico para amar, la diferencia de la distinción. De ahí se deduce también que la mayoría no puede amar de veras, porque la diferencia de sus propias individualidades es en realidad demasiado insignificante. Cuanto mayor es la diferencia, mayor es la individualidad, mayores son los caracteres distintivos y mayores los rasgos reconocibles. En este profundo sentido se comprende el significado del hebreo: conocer a su mujer, refiriéndose a la unión matrimonial; pero cobra un sentido más profundo en lo que se refiere al alma, al carácter distintivo de la individualidad.»

26 junio, 2011

DIVINA FRAZADA

El abrazo - Carbonell

Regreso hoy a tu lado, cansado de batirme en las afueras de mí mismo, y una vez más encuentro en ti el bálsamo que me conforta. Tal vez porque interpretas mi gesto y cuanto callo, tus manos han comenzado a recorrer mis hombros desnudos. Me duele el alma, rebosada y enferma de mundana realidad, pero, bajo el delicado gobierno de tus caricias, ahogo una queja y cierro los ojos. Siento un grato alivio cuando me aflojo, rendido a la exploración que nace de tu intuitiva ternura y dejo de pensar, en medio de esta atmósfera que sabiamente has creado: el silencio de la habitación, la luz trémula de una vela, blanca la sábana que huele a lavanda fresca y sobre la que, boca abajo, me pides que me tumbe... Y te acomodas a horcajadas sobre mí, deslizando tus dedos lentamente por mis omoplatos, mis flancos, la espalda entera, repasando cada uno de los poros por los que respira mi piel. Me siento mecer, como un crío en su cuna; comienzo a notarme mejor. Entonces susurras algo que apenas sí entiendo y ronroneo ligeramente aturdido. Sigue, pienso; sigue un poco más... Y sólo percibo la fricción de tus caricias reconociendo mis músculos, cada inserción en los huesos, amasando la carne que los recubre. Me concentro en la fugacidad del momento; registro casi imperceptible la respiración pausada que acuna cada uno de tus balanceos, la cadencia de tus manos repasando pacientes mi nuca, cercando mi cuello como si lo quisieran mansamente atrapar... Ven, te digo al fin; no te canses. Y en ello vas cediendo, te dejas abatir sobre mí, ingrávida, con la ligereza de un velo de seda. Tu pelo se desborda sobre mi cara ladeada, tus hombros y brazos van cerrándose sobre los míos, la blanda presión de tu pecho en mi espalda, la de tu vientre amoldándose en un ligero vaivén a mis glúteos, tus piernas y pies... Siento el abrigo protector, el peso de tu cuerpo arropándome ahora como una divina frazada. Y ya no percibo fatiga alguna...
Por breve que sea lo que entre nosotros acontece, me olvido del mundo y nada existe más allá de este cuarto ni de este instante. No sé si acaso ya duermo, no sé si tal vez sueño... Estamos tú y yo, solos, y el aire aposentado que compartimos parece absorber nuestra misma presencia. Anhelos que se diluyen morosamente en los sumideros de mi conciencia. Me olvido del reloj para apropiarme del tiempo, forcejeando en los confines de todo cuanto existe... Mientras mi amor por ti parece dirimirse en la penumbra de la habitación, cuando, con un hilo de conciencia, mis labios musitan leales tu nombre. En este apartado oasis, mi última palabra... Tu nombre.

19 junio, 2011

LOS REINOS DE LA CASUALIDAD

Barreras melódicas - Xul Solar

Supo algo después que se llamaba Marta, pero, en la fría tarde de invierno, era una de las dos chicas a las que preguntó por el centro cívico de aquel barrio, en cuyo auditorio se representaba Melocotón en almíbar, de Mihura.
—Es aquí mismo; nosotras también vamos.
Pepo hizo el corto trayecto con ellas. Al llegar, Marta sacó de su bolso un par de entradas.
—Perdonad, pero el pase... ¿no era libre?
—Sí, pero las entradas había que retirarlas de antemano. Si no tienes, estás de suerte, porque me sobra una.
—¡Genial! Me estáis salvando la noche.
Ambas sonrieron el cumplido, según accedían a la sala. No era una función numerada pero, por no abusar de confianza, Pepo se despidió con un hasta luego y gracias, sentándose dos filas detrás de ellas. Poco después, comenzada la obra, Marta se volvió hacia él y cruzaron sus sonrisas en la penumbra del auditorio. Pepo la observaría a su antojo en diferentes momentos: Treinta y tantos, pelo rojizo y una cara exclusiva, rebosante de gracia; con un toque intelectual, realzado por las gafas con las que seguía la representación...
Cuando ésta terminó, con una prolongada salva de aplausos y tres bises de los actores, Pepo aguardó a las chicas en el pasillo lateral:
—Tenéis diez segundos para tramar una excusa y no aceptarme un pote por aquí cerca.
Ellas se miraron entre sí.
—La verdad es que hemos quedado con una persona...
—Vaya, me lo temía.
—Pero igualmente puedes venir —resolvió Marta—. ¿Te animas?
Pepo dijo que encantado. Y pensó que así solían surgir los mejores planes, en uno de los reinos que la casualidad improvisa sin descanso. Cuestión de saber detectarlos, de estar fino. Porque la casualidad es la revelación de un orden que se nos escapa, y se explaya en longitudes de onda difíciles de registrar... Salvo que uno adiestre y dirija con pericia sus humanas antenas, se dijo ufano. Así es que, ya en la calle, hablaron de la obra y Pepo fue consciente de estar mirando a Marta de un modo privativo, como se mira a la persona en quien, precisamente, la casualidad parece encarnarse para erigir uno de sus infinitos dominios. Supo como por ensalmo que se podía enamorar y el hecho trivial de ir a tomar un vino con ella y su amiga, dio una inesperada mano de felicidad al momento.
Llegados al bar, Pepo conoció a la persona con quien habían quedado. Fue Marta, siempre más locuaz, la que hizo las presentaciones:
—Por cierto —dijo—, yo soy Marta, ella Carol, ya nos conoces —rió—, y él Luis, mi novio. Y tú, ¿cómo te llamas?
—Yo, Pepo; me llaman Pepo —dijo entonces, chocando la mano al tal Luis.
Y tragó saliva, maldita sea, mientras se comenzaba a ciscarse en sus estúpidas teorías sobre la casualidad, las longitudes de onda y su birria de antenas de plástico... y exhibía, en aquel malogrado momento, su más cumplidora y resignada sonrisa.

12 junio, 2011

15-M: COMPROMISO Y PRUDENCIA

Conversación - Genovés

Vivimos semanas en los que se respira una atmósfera de ilusión en buena parte de la sociedad española. Una sociedad en la que la contestación ha aflorado con enorme fuerza, haciendo que miles de conciencias, que parecían entumecidas, estén viviendo un genuino despertar. Tan es así que la indignación se ha convertido en un valor que bulle febril entre la gente más joven, calando intensamente en todos los sectores sociales. Y se habla constantemente de los indignados, sí... Aunque ni estos son los primeros, ni los únicos. Desde la derecha más refractaria de este país hasta ciertos grupúsculos anti-sistema, diferentes frentes vienen mostrando una virulenta indignación con respecto a la política de los Gobiernos español y europeo, y su tan decepcionante gestión de una crisis provocada por la Banca y los Mercados. Cabría preguntarse, entonces: ¿cuál es el elemento diferenciador de este nuevo movimiento?
La indignación es básicamente una emoción y, como tal, nace de nuestra humana química; esa misma que ha movilizado a tanta gente apremiándola a tomar las plazas para protestar y reivindicar una democracia real ya. Afortunadamente, la energía de esta vivificante y multitudinaria expresión ha sido hasta el momento adecuadamente canalizada y el civismo protagonizado por quienes han tomado las calles está siendo mayormente ejemplar. Lo cual, en mi opinión, ya marca una diferencia, con respecto a otras indignaciones.
Pero, en este contexto, no sólo quienes parecen poseídos por una irritación ultramontana, también distintos medios de comunicación conservadores y situacionistas, ponen todo su celo en desacreditar las concentraciones y asambleas, las acampadas de perroflautas, aprovechando su incipiente descomposición y el previsible riesgo de que se vayan degenerando hasta su extinción, con el colateral desencanto de gran parte de la ciudadanía. Por eso, para continuar forjando la estructura que convierta esta corriente en una plataforma de reivindicación cohesionada, en un grupo de presión eficaz, va siendo hora de cambiar de estrategia. Nada surgirá de lo vivido, si la indignación no se transforma en compromiso. Compromiso activo para trabajar de un modo organizado, con disciplina, método... y prudencia.
La ocupación ha hecho visibles tanto una decepción profunda como la inequívoca exigencia de promover grandes cambios en la vida política actual, y el 15-M ha aglutinado a demasiada gente como para que sus impulsores puedan permitirse dar pasos en falso. Por esto, a partir de ahora, para hacer pedagogía no va a ser suficiente con estar en-contra-de o a-favor-de una idea o propuesta. Porque la calle crea vínculos mientras duran las emociones y las complicidades, pero, tras la retirada de los espacios públicos, todo ese ímpetu corre el riesgo de diluirse; algo que sólo se evitará si se impone el pragmatismo. Lo realmente necesario es continuar reflexionando, debatir, proponer, hacer... y todo ello desde la constancia, la serenidad y la mesura. Así puede entenderse el salir a la calle como un extraordinario medio de expresión reivindicativa, pero la enérgica protesta manifiesta en las plazas no servirá de gran cosa si no es trabajada a cubierto.
En fin, la indignación que muchos venimos sintiendo será un inestimable manantial de energía transformadora si se logra derivar hacia el compromiso. De ahí, la necesidad de elaborar propuestas creativas y audaces, pero también realistas y viables, que puedan ser comprendidas y apoyadas por amplios sectores de la ciudadanía. La capacidad de esperanzar es, sin lugar a dudas, otro elemento diferenciador de este prometedor movimiento. Y consolidarse su siguiente gran reto.

05 junio, 2011

VIEJAS RUTINAS

Manet en Wraight - Morisot

Vuelvo a escribir, hoy que es un día cualquiera, por experimentar el tornadizo placer de la exploración literaria. Sin saber bien adónde llegaré, pero yendo, y empezando justo en el punto en que dejé este cuaderno, para cerrar el paréntesis que a principios de año decidí regalarme. Buscaba entonces un entreacto en el que descansar y obtener perspectiva, la que supuestamente proporcionan la pausa escénica, el dejar de actuar, ese tiempo de barbecho en medio de la obligación contraída... Y creo haberlo logrado. También procuré fortalecer las rutinas que inveteradamente me ocupan: el ejercicio físico, un cierto orden entre mis quehaceres más prójimos, la intendencia de las propias cosas, los paseos sabatinos, la lectura en la cama antes del sueño. Inseparables compañeras de viaje, me envuelven las rutinas: esas viejas usanzas cuyo cortejo admito con moderado placer de chico aplicado y que, de algún modo, me defienden del vacío y me restauran, haciendo que me sienta a gusto con lo que soy... y agradecido por lo que tengo. Que, reconozco, no es poco.
Además he podido revisar mis compromisos, redescubriendo frente al espejo a un tipo idealista y práctico que se mimetiza inadvertido en la fotografía de la cotidianidad. Alguien que carbura a golpe de dietario y, según observa, goza, se indigna y bromea, también intenta conducir sus inquietudes, reinventando el propio guión de vida. Quizá de todo ello se deriva el que, igualmente en este tiempo de rutinas, haya mantenido la relativa armonía de mi ecosistema íntimo y una serenidad suficiente en medio de la agitación que en la calle se respira. Lo cual aprecio considerablemente, porque cuando se pretende actuar viene bien tener a mano un ramillete de estrategias para tenerse en pie, y esto lo tengo bien aprendido. Con todo, albergo un notable grado de convencimiento de que las rutinas terminan por hacerle a uno la vida más llevadera.
Pero amo a la vez la rutina y la aventura, y así sucede que he disfrutado tanto, cada vez que decomisaba al calendario un tiempo para mí, desviándome de mi hoja de ruta, por el placer de descubrir otros panoramas. O cuando me he entregado a una batida nocturna con algún viejo amigo, o consumado la inofensiva gamberrada anual que me reconcilia con el joven que aún rabia en mi pecho... dedicando un brindis a esa memoria privativa de cada cual, que también cada cual va escribiendo en los márgenes de su cuaderno de bitácora.
Después de todo, tal vez porque mi vida interior se aposenta en la curiosidad, en la inquietud por saber y hacer, miro a mi alrededor y constato que, entre las cunetas de las viejas rutinas, camino. Que camino en ocasiones sin un por qué, persuadido de la importancia esencial del movimiento. Y confieso que me sienta de primera que así sea... Como asimismo sucede hoy, que es un día cualquiera, y me agrada tanto esto de ponerme de nuevo a escribir, sin saber bien adónde llegaré, pero llegando, y habiendo empezado justo en el punto en que dejé este cuaderno, para cerrar un paréntesis. Aquel paréntesis de entonces... al fin y al cabo, más bien por todo, digo yo, o sea y sin embargo.

19 mayo, 2011

¡INDIGNAOS!

La familia del peón - Berni

A primeros de este mes de mayo, me llegó la onda de que algo parecía irse gestando alrededor de los postulados de ¡Indignaos!, el famoso librito de Stéphane Hessel, y, sólo dos semanas después, viendo las concentraciones multitudinarias que inundan muchas de nuestras plazas, tengo la sensación de que, en medio de esta crisis devastadora, estamos viviendo un momento muy especial.
Leí ¡Indignaos! en febrero, a rebufo del gran éxito editorial que tuvo en la vecina Francia. Ya en el prólogo de la edición española, José Luis Sampedro (no es casual que sea, precisamente él, su autor) cuestiona una vez más que realmente estemos en una democracia. Mientras los financieros, culpables de la crítica situación que nos envuelve, han salido del bache y prosiguen su actividad habitual con enormes ganancias, sus víctimas lo siguen pasando mal, muy mal. Y retóricamente se pregunta: ¿Qué han hecho los gobiernos, aparte de salvar a los bancos? No han suprimido las operaciones de alto riesgo, siguen consistiendo la existencia de paraísos fiscales... "El poder del dinero nunca había sido tan grande, insolente, egoísta con todos. Los bancos se preocupan de sus dividendos y de los altísimos sueldos de sus dirigentes, pero no del interés general..."
¡Indignaos!, dice Hessel a los jóvenes, porque de la indignación nace la necesidad de actuar, la voluntad de comprometerse activamente con la Historia. Tras los atentados del 11-S en Nueva York y las desastrosas intervenciones emprendidas por los Estados Unidos y sus aliados, como respuesta a aquéllos, este primer decenio del siglo XXI ha visto cómo eran recortadas gran parte de las conquistas sociales, de los logros democráticos basados en valores éticos como la justicia y la libertad, que tanto dolor y sufrimiento costaron a quienes nos precedieron, y que son los fundamentos mismos del Estado del Bienestar.
En este contexto, no es de extrañar que testimonios como los de Hessel y Sampedro, dos de los luchadores más comprometidos que conozco, hayan calado entre los más jóvenes haciéndoles salir de la atonía generalizada que, como una espesa bruma, parecía empañar y debilitar cualquier respuesta social, ante los desmanes y desatinos de la clase política, al servicio de las Corporaciones, la Banca y el Mercado. Así, la energía de la indignación se ha transformado en acción, en compromiso activo, en resistencia cívica y no-violenta frente a situaciones de todo punto inaceptables. "Si no nos dejan soñar, no les dejaremos dormir", reza una de las pancartas de estas quedadas. Porque el movimiento de los indignados no es apolítico, pero cuestiona profundamente la gestión de los partidos y los sindicatos, les emplaza con rotunda firmeza a recuperar su esencia democrática, y a ponerse las pilas y cambiar urgentemente de rumbo. De eso se está hablando por aquí estos días, desde las primeras concentraciones asamblearias. Y de esperanza.
No sé si fue de un modo intencionado, pero parece simbólico que la primera gran manifestación de Democracia Real ¡Ya!, el 15-M, tuviera lugar en la Puerta del Sol de Madrid, como si fuera un punto de inflexión y partida, en el kilómetro 0. Desde entonces les sigo, porque yo también estoy indignado. Y porque creo en sus mensajes, en su compromiso y en su lucha, y los hago míos, me siento y soy uno más de ellos.
 
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