26 junio, 2011

DIVINA FRAZADA

El abrazo - Carbonell

Regreso hoy a tu lado, cansado de batirme en las afueras de mí mismo, y una vez más encuentro en ti el bálsamo que me conforta. Tal vez porque interpretas mi gesto y cuanto callo, tus manos han comenzado a recorrer mis hombros desnudos. Me duele el alma, rebosada y enferma de mundana realidad, pero, bajo el delicado gobierno de tus caricias, ahogo una queja y cierro los ojos. Siento un grato alivio cuando me aflojo, rendido a la exploración que nace de tu intuitiva ternura y dejo de pensar, en medio de esta atmósfera que sabiamente has creado: el silencio de la habitación, la luz trémula de una vela, blanca la sábana que huele a lavanda fresca y sobre la que, boca abajo, me pides que me tumbe... Y te acomodas a horcajadas sobre mí, deslizando tus dedos lentamente por mis omoplatos, mis flancos, la espalda entera, repasando cada uno de los poros por los que respira mi piel. Me siento mecer, como un crío en su cuna; comienzo a notarme mejor. Entonces susurras algo que apenas sí entiendo y ronroneo ligeramente aturdido. Sigue, pienso; sigue un poco más... Y sólo percibo la fricción de tus caricias reconociendo mis músculos, cada inserción en los huesos, amasando la carne que los recubre. Me concentro en la fugacidad del momento; registro casi imperceptible la respiración pausada que acuna cada uno de tus balanceos, la cadencia de tus manos repasando pacientes mi nuca, cercando mi cuello como si lo quisieran mansamente atrapar... Ven, te digo al fin; no te canses. Y en ello vas cediendo, te dejas abatir sobre mí, ingrávida, con la ligereza de un velo de seda. Tu pelo se desborda sobre mi cara ladeada, tus hombros y brazos van cerrándose sobre los míos, la blanda presión de tu pecho en mi espalda, la de tu vientre amoldándose en un ligero vaivén a mis glúteos, tus piernas y pies... Siento el abrigo protector, el peso de tu cuerpo arropándome ahora como una divina frazada. Y ya no percibo fatiga alguna...
Por breve que sea lo que entre nosotros acontece, me olvido del mundo y nada existe más allá de este cuarto ni de este instante. No sé si acaso ya duermo, no sé si tal vez sueño... Estamos tú y yo, solos, y el aire aposentado que compartimos parece absorber nuestra misma presencia. Anhelos que se diluyen morosamente en los sumideros de mi conciencia. Me olvido del reloj para apropiarme del tiempo, forcejeando en los confines de todo cuanto existe... Mientras mi amor por ti parece dirimirse en la penumbra de la habitación, cuando, con un hilo de conciencia, mis labios musitan leales tu nombre. En este apartado oasis, mi última palabra... Tu nombre.

19 junio, 2011

LOS REINOS DE LA CASUALIDAD

Barreras melódicas - Xul Solar

Supo algo después que se llamaba Marta, pero, en la fría tarde de invierno, era una de las dos chicas a las que preguntó por el centro cívico de aquel barrio, en cuyo auditorio se representaba Melocotón en almíbar, de Mihura.
—Es aquí mismo; nosotras también vamos.
Pepo hizo el corto trayecto con ellas. Al llegar, Marta sacó de su bolso un par de entradas.
—Perdonad, pero el pase... ¿no era libre?
—Sí, pero las entradas había que retirarlas de antemano. Si no tienes, estás de suerte, porque me sobra una.
—¡Genial! Me estáis salvando la noche.
Ambas sonrieron el cumplido, según accedían a la sala. No era una función numerada pero, por no abusar de confianza, Pepo se despidió con un hasta luego y gracias, sentándose dos filas detrás de ellas. Poco después, comenzada la obra, Marta se volvió hacia él y cruzaron sus sonrisas en la penumbra del auditorio. Pepo la observaría a su antojo en diferentes momentos: Treinta y tantos, pelo rojizo y una cara exclusiva, rebosante de gracia; con un toque intelectual, realzado por las gafas con las que seguía la representación...
Cuando ésta terminó, con una prolongada salva de aplausos y tres bises de los actores, Pepo aguardó a las chicas en el pasillo lateral:
—Tenéis diez segundos para tramar una excusa y no aceptarme un pote por aquí cerca.
Ellas se miraron entre sí.
—La verdad es que hemos quedado con una persona...
—Vaya, me lo temía.
—Pero igualmente puedes venir —resolvió Marta—. ¿Te animas?
Pepo dijo que encantado. Y pensó que así solían surgir los mejores planes, en uno de los reinos que la casualidad improvisa sin descanso. Cuestión de saber detectarlos, de estar fino. Porque la casualidad es la revelación de un orden que se nos escapa, y se explaya en longitudes de onda difíciles de registrar... Salvo que uno adiestre y dirija con pericia sus humanas antenas, se dijo ufano. Así es que, ya en la calle, hablaron de la obra y Pepo fue consciente de estar mirando a Marta de un modo privativo, como se mira a la persona en quien, precisamente, la casualidad parece encarnarse para erigir uno de sus infinitos dominios. Supo como por ensalmo que se podía enamorar y el hecho trivial de ir a tomar un vino con ella y su amiga, dio una inesperada mano de felicidad al momento.
Llegados al bar, Pepo conoció a la persona con quien habían quedado. Fue Marta, siempre más locuaz, la que hizo las presentaciones:
—Por cierto —dijo—, yo soy Marta, ella Carol, ya nos conoces —rió—, y él Luis, mi novio. Y tú, ¿cómo te llamas?
—Yo, Pepo; me llaman Pepo —dijo entonces, chocando la mano al tal Luis.
Y tragó saliva, maldita sea, mientras se comenzaba a ciscarse en sus estúpidas teorías sobre la casualidad, las longitudes de onda y su birria de antenas de plástico... y exhibía, en aquel malogrado momento, su más cumplidora y resignada sonrisa.

12 junio, 2011

15-M: COMPROMISO Y PRUDENCIA

Conversación - Genovés

Vivimos semanas en los que se respira una atmósfera de ilusión en buena parte de la sociedad española. Una sociedad en la que la contestación ha aflorado con enorme fuerza, haciendo que miles de conciencias, que parecían entumecidas, estén viviendo un genuino despertar. Tan es así que la indignación se ha convertido en un valor que bulle febril entre la gente más joven, calando intensamente en todos los sectores sociales. Y se habla constantemente de los indignados, sí... Aunque ni estos son los primeros, ni los únicos. Desde la derecha más refractaria de este país hasta ciertos grupúsculos anti-sistema, diferentes frentes vienen mostrando una virulenta indignación con respecto a la política de los Gobiernos español y europeo, y su tan decepcionante gestión de una crisis provocada por la Banca y los Mercados. Cabría preguntarse, entonces: ¿cuál es el elemento diferenciador de este nuevo movimiento?
La indignación es básicamente una emoción y, como tal, nace de nuestra humana química; esa misma que ha movilizado a tanta gente apremiándola a tomar las plazas para protestar y reivindicar una democracia real ya. Afortunadamente, la energía de esta vivificante y multitudinaria expresión ha sido hasta el momento adecuadamente canalizada y el civismo protagonizado por quienes han tomado las calles está siendo mayormente ejemplar. Lo cual, en mi opinión, ya marca una diferencia, con respecto a otras indignaciones.
Pero, en este contexto, no sólo quienes parecen poseídos por una irritación ultramontana, también distintos medios de comunicación conservadores y situacionistas, ponen todo su celo en desacreditar las concentraciones y asambleas, las acampadas de perroflautas, aprovechando su incipiente descomposición y el previsible riesgo de que se vayan degenerando hasta su extinción, con el colateral desencanto de gran parte de la ciudadanía. Por eso, para continuar forjando la estructura que convierta esta corriente en una plataforma de reivindicación cohesionada, en un grupo de presión eficaz, va siendo hora de cambiar de estrategia. Nada surgirá de lo vivido, si la indignación no se transforma en compromiso. Compromiso activo para trabajar de un modo organizado, con disciplina, método... y prudencia.
La ocupación ha hecho visibles tanto una decepción profunda como la inequívoca exigencia de promover grandes cambios en la vida política actual, y el 15-M ha aglutinado a demasiada gente como para que sus impulsores puedan permitirse dar pasos en falso. Por esto, a partir de ahora, para hacer pedagogía no va a ser suficiente con estar en-contra-de o a-favor-de una idea o propuesta. Porque la calle crea vínculos mientras duran las emociones y las complicidades, pero, tras la retirada de los espacios públicos, todo ese ímpetu corre el riesgo de diluirse; algo que sólo se evitará si se impone el pragmatismo. Lo realmente necesario es continuar reflexionando, debatir, proponer, hacer... y todo ello desde la constancia, la serenidad y la mesura. Así puede entenderse el salir a la calle como un extraordinario medio de expresión reivindicativa, pero la enérgica protesta manifiesta en las plazas no servirá de gran cosa si no es trabajada a cubierto.
En fin, la indignación que muchos venimos sintiendo será un inestimable manantial de energía transformadora si se logra derivar hacia el compromiso. De ahí, la necesidad de elaborar propuestas creativas y audaces, pero también realistas y viables, que puedan ser comprendidas y apoyadas por amplios sectores de la ciudadanía. La capacidad de esperanzar es, sin lugar a dudas, otro elemento diferenciador de este prometedor movimiento. Y consolidarse su siguiente gran reto.

05 junio, 2011

VIEJAS RUTINAS

Manet en Wraight - Morisot

Vuelvo a escribir, hoy que es un día cualquiera, por experimentar el tornadizo placer de la exploración literaria. Sin saber bien adónde llegaré, pero yendo, y empezando justo en el punto en que dejé este cuaderno, para cerrar el paréntesis que a principios de año decidí regalarme. Buscaba entonces un entreacto en el que descansar y obtener perspectiva, la que supuestamente proporcionan la pausa escénica, el dejar de actuar, ese tiempo de barbecho en medio de la obligación contraída... Y creo haberlo logrado. También procuré fortalecer las rutinas que inveteradamente me ocupan: el ejercicio físico, un cierto orden entre mis quehaceres más prójimos, la intendencia de las propias cosas, los paseos sabatinos, la lectura en la cama antes del sueño. Inseparables compañeras de viaje, me envuelven las rutinas: esas viejas usanzas cuyo cortejo admito con moderado placer de chico aplicado y que, de algún modo, me defienden del vacío y me restauran, haciendo que me sienta a gusto con lo que soy... y agradecido por lo que tengo. Que, reconozco, no es poco.
Además he podido revisar mis compromisos, redescubriendo frente al espejo a un tipo idealista y práctico que se mimetiza inadvertido en la fotografía de la cotidianidad. Alguien que carbura a golpe de dietario y, según observa, goza, se indigna y bromea, también intenta conducir sus inquietudes, reinventando el propio guión de vida. Quizá de todo ello se deriva el que, igualmente en este tiempo de rutinas, haya mantenido la relativa armonía de mi ecosistema íntimo y una serenidad suficiente en medio de la agitación que en la calle se respira. Lo cual aprecio considerablemente, porque cuando se pretende actuar viene bien tener a mano un ramillete de estrategias para tenerse en pie, y esto lo tengo bien aprendido. Con todo, albergo un notable grado de convencimiento de que las rutinas terminan por hacerle a uno la vida más llevadera.
Pero amo a la vez la rutina y la aventura, y así sucede que he disfrutado tanto, cada vez que decomisaba al calendario un tiempo para mí, desviándome de mi hoja de ruta, por el placer de descubrir otros panoramas. O cuando me he entregado a una batida nocturna con algún viejo amigo, o consumado la inofensiva gamberrada anual que me reconcilia con el joven que aún rabia en mi pecho... dedicando un brindis a esa memoria privativa de cada cual, que también cada cual va escribiendo en los márgenes de su cuaderno de bitácora.
Después de todo, tal vez porque mi vida interior se aposenta en la curiosidad, en la inquietud por saber y hacer, miro a mi alrededor y constato que, entre las cunetas de las viejas rutinas, camino. Que camino en ocasiones sin un por qué, persuadido de la importancia esencial del movimiento. Y confieso que me sienta de primera que así sea... Como asimismo sucede hoy, que es un día cualquiera, y me agrada tanto esto de ponerme de nuevo a escribir, sin saber bien adónde llegaré, pero llegando, y habiendo empezado justo en el punto en que dejé este cuaderno, para cerrar un paréntesis. Aquel paréntesis de entonces... al fin y al cabo, más bien por todo, digo yo, o sea y sin embargo.

19 mayo, 2011

¡INDIGNAOS!

La familia del peón - Berni

A primeros de este mes de mayo, me llegó la onda de que algo parecía irse gestando alrededor de los postulados de ¡Indignaos!, el famoso librito de Stéphane Hessel, y, sólo dos semanas después, viendo las concentraciones multitudinarias que inundan muchas de nuestras plazas, tengo la sensación de que, en medio de esta crisis devastadora, estamos viviendo un momento muy especial.
Leí ¡Indignaos! en febrero, a rebufo del gran éxito editorial que tuvo en la vecina Francia. Ya en el prólogo de la edición española, José Luis Sampedro (no es casual que sea, precisamente él, su autor) cuestiona una vez más que realmente estemos en una democracia. Mientras los financieros, culpables de la crítica situación que nos envuelve, han salido del bache y prosiguen su actividad habitual con enormes ganancias, sus víctimas lo siguen pasando mal, muy mal. Y retóricamente se pregunta: ¿Qué han hecho los gobiernos, aparte de salvar a los bancos? No han suprimido las operaciones de alto riesgo, siguen consistiendo la existencia de paraísos fiscales... "El poder del dinero nunca había sido tan grande, insolente, egoísta con todos. Los bancos se preocupan de sus dividendos y de los altísimos sueldos de sus dirigentes, pero no del interés general..."
¡Indignaos!, dice Hessel a los jóvenes, porque de la indignación nace la necesidad de actuar, la voluntad de comprometerse activamente con la Historia. Tras los atentados del 11-S en Nueva York y las desastrosas intervenciones emprendidas por los Estados Unidos y sus aliados, como respuesta a aquéllos, este primer decenio del siglo XXI ha visto cómo eran recortadas gran parte de las conquistas sociales, de los logros democráticos basados en valores éticos como la justicia y la libertad, que tanto dolor y sufrimiento costaron a quienes nos precedieron, y que son los fundamentos mismos del Estado del Bienestar.
En este contexto, no es de extrañar que testimonios como los de Hessel y Sampedro, dos de los luchadores más comprometidos que conozco, hayan calado entre los más jóvenes haciéndoles salir de la atonía generalizada que, como una espesa bruma, parecía empañar y debilitar cualquier respuesta social, ante los desmanes y desatinos de la clase política, al servicio de las Corporaciones, la Banca y el Mercado. Así, la energía de la indignación se ha transformado en acción, en compromiso activo, en resistencia cívica y no-violenta frente a situaciones de todo punto inaceptables. "Si no nos dejan soñar, no les dejaremos dormir", reza una de las pancartas de estas quedadas. Porque el movimiento de los indignados no es apolítico, pero cuestiona profundamente la gestión de los partidos y los sindicatos, les emplaza con rotunda firmeza a recuperar su esencia democrática, y a ponerse las pilas y cambiar urgentemente de rumbo. De eso se está hablando por aquí estos días, desde las primeras concentraciones asamblearias. Y de esperanza.
No sé si fue de un modo intencionado, pero parece simbólico que la primera gran manifestación de Democracia Real ¡Ya!, el 15-M, tuviera lugar en la Puerta del Sol de Madrid, como si fuera un punto de inflexión y partida, en el kilómetro 0. Desde entonces les sigo, porque yo también estoy indignado. Y porque creo en sus mensajes, en su compromiso y en su lucha, y los hago míos, me siento y soy uno más de ellos.

31 diciembre, 2010

GRACIAS, DE CORAZÓN

Lento nacer - Úbeda

Tras un tiempo de darle vueltas a lo que me ocupa, he decidido entornar la ventana desde cuyo alféizar, cada fin de semana, me vengo asomando a la red. Hace ahora cuatro años que inicié esta singladura y voy a consentirme un pequeño descanso. No sé si serán dos, seis o diez meses los que me ausente. Lo que me atrevo a decir es que no preveo un cierre y que, por eso, hablo de entornar.
Y, así como hice el pasado año, he aprovechado el puente de diciembre para trabajar y dar forma a la nueva edición en libro de El alféizar, en la que he recogido los textos más personales de cuantos he ido editando cada domingo. Aquí lo dejo, como vengo dejando todo, en el éter de esta inconcebible malla que tanto ha modificado nuestras vidas. Aquí queda el trabajo, tanto en papel como (gratuitamente) en formato pdf. A día de hoy más de 350 personas os habéis descargado en vuestro ordenador la primera compilación de estos textos y eso me llena de satisfacción. Como igualmente me recompensa, de un modo difícil de expresar, el esfuerzo que habéis hecho quienes llegasteis a comprar la anterior edición de este libreto o mi novela El sabor de los días. Sinceramente, es mucho más de lo que podía hace no mucho imaginar y os estaré siempre infinitamente agradecido. Entre otras cosas porque, como escribía aquí, asimismo el pasado año, sois vosotras y vosotros los que me venís empujando, no ya a publicar sino, por encima de todo, a seguir escribiendo. Cada visita a El alféizar la interpreté siempre en clave de aliento y por esto, en cierto modo, os debo la disciplina que me exigí para llegar a tiempo a nuestra cita de cada domingo.

Gracias por estar ahí, queridas y queridos amigos; gracias, una vez más, desde el rincón más soleado de mi corazón.

Juanan Urkijo Azkarate.


26 diciembre, 2010

DESPUÉS DE TODO

El estudio - Bazille

«En resumen, podría echar a suertes quién soy o, más bien, quién fui. Es lo mismo. Después de todo, no soy sino la persona que habla. Pero que habla, ¿a quién?»
(Paul Éluard).

Imagino a Miguel Ángel, en su taller, el día en que recibió el enorme bloque de mármol que había encargado. Le veo; veo cómo, ya a solas, se da a observarlo, a acariciarlo, a mimarlo; cómo se arranca a desbastarlo con sus formones y buriles, comenzando quitar de la piedra caliza todo aquello que sobrara en su obra. Restos, fragmentos inútiles, basto jaspe, lo que no fuera La Piedad... Y siempre he pensado que semejante trabajo era asimismo, en otra escala, el mío: Hacerme, labrarme y apartar de mí todo aquello que no fuera mi modesta obra, para dejar únicamente esto, lo que soy...

Cuando pienso en clave de cinceles, tengo presente que en esta tarea de segregar de mí cuanto sobra he tenido ayudas impagables. Gracias a ellas, sigo esculpiendo mi alma, puliendo el detalle, de un modo cada vez menos obsesivo y arrebatado, con mayor sosiego. A día de hoy, no me asaltan mayores prisas. Tomo distancia y perspectiva, me observo y concluyo que soy lo que conozco y lo que ignoro; lo que reprimo y sueño; lo que digo y lo que callo; lo que hago y omito hacer. En parte, cuanto de mí atenazo, transpiro y desgajo fundamenta lo que he ido anotando en las páginas de este cuaderno, primero para mí, después también para contar.

Hago un alto y respiro conscientemente. Pienso en Miguel Ángel y en todos los bellos mármoles pulidos que me han servido de ejemplo. Y lo anoto agradecido, y lo cuento aquí, persuadido de que, lentamente, se va acortando aquella distancia que existía cuando, en un lejano día de mi primera juventud, escribí en una servilleta de papel que, después de todo, «soy un poco lo que soy, y otro poco lo que persigo.»

24 diciembre, 2010

LOS LOBOS

Howling dog - Klee

Cuenta una leyenda del pueblo cherokee que un viejo indio hablaba con su nieto y le decía:
—Me siento como si tuviera dos lobos peleando en mi corazón. Uno de ellos vive enojado y es violento y vengativo. El otro, sin embargo, está lleno de amor y compasión.
El nieto, inquieto, le preguntó:
—Pero, entonces, abuelo dime: ¿Cuál de los dos lobos ganará esa pelea que se libra en tu corazón?
Y el abuelo, con una tierna sonrisa, le contestó:
—Aquél a quien yo alimente.

19 diciembre, 2010

IGUAL QUE EL AIRE

Mujer - Toffoletti

Por más que consagre una y cien noches a escribir sobre ti, no logro revelar ni el más leve matiz de lo que eres y representas. Lo busco, lo pruebo, y en cada intento se me apodera la certeza de no tener un solo pensamiento original con el que agradecer al cielo la dicha de haberte hallado... Pienso ahora en ello y deambulo por el desierto de este pliego, con la terquedad de un quijote desvariado, viendo cómo la magia de las palabras se me niega cuando persigo distinguirte y anhelo asir del viento el resplandor de vida que tu evocación desprende...
Y me repito a mí mismo: Cómo expresar una vez más que, igual que el aire, siempre estás; que eres el vaho que exhalo con los primeros fríos, y el agua de todas las lluvias que me mojan en otoño, y la luz última que hiende el cielo de este atardecer tan prematuro... Sí, que eres aire y agua, que eres luz, ¡cómo decirlo...! Porque como luz te presiento, sueño y nombro, cuando adivino tu sonrisa en el lago blanco en el que escribo... Y porque luz es incluso tu ausencia, ese otro ingenio tuyo de perdurarte a mi lado, el ardid que te traza en el aire como una nota de violoncelo y alienta mi voluntad más esteparia y me reconcilia con mi modo de ser lo que después de todo soy: un hombre en pie...
Tu luz permanece en mi ronda, tu luz corteja mis pasos y tu luz los guía... Pues así como la luna furtiva se anuncia, deslizando su reflejo en los charcos, lagos, ríos y mares, así tu imagen me frecuenta, indeleble y leal, brillando en cada uno de mis días.

12 diciembre, 2010

ENTRE LOS GALPONES - Frankl

La casa gris - Chagall

Quienes hemos vivido en campos de concentración podemos recordar a aquéllos que caminaban entre los galpones, reconfortando a los demás y dando su último trozo de pan. Pueden haber sido pocos en número, pero ofrecieron prueba suficiente de que al hombre puede serle arrebatado todo excepto una cosa, la última de las libertades humanas: La de elegir su actitud ante una circunstancia dada, la de elegir su propio camino.

De los campos de la muerte al existencialismo, Víctor Frankl

05 diciembre, 2010

LA STANZA

La stanza - Damaride Marangelli

Todo comenzó con aquel cuadro de Damaride, ya le digo. Lo había comprado en una exposición colectiva, en Milán, porque me gustaba la sugerencia de infinitud que me transmitió desde el primer golpe de vista. Un viaje al universo de lo imperceptible, a partir de la reducción a la mínima expresión de una imagen en la que el lienzo que la sostiene es, aparentemente, lo de menos. En fin, para que se haga una idea, se trata de una estancia con un cuadro representando la misma estancia, a su vez con otro cuadro... Lo imagina. Bien; el caso es que al cruzar la sala, en una de cuyas paredes lo había colgado, sentía frecuentemente la necesidad de detenerme ante él. Lo observaba sin ver nada especial... y, sin embargo, algo de aquel lienzo me llamaba poderosamente la atención. Algo, no sé qué, que no alcanzaba a entender. Una, otra vez... Hasta que un día eché mano de la lupa de los sellos, no le he dicho que soy filatélico, y me puse a examinarlo... Entonces descubrí una especie de borrón mínimo que me llevó a coger mi cámara digital y tomar una imagen de aproximación con los tubos de extensión. Esta es otra de mis pasiones, la fotografía. Montando los tres tubos junto al objetivo, conseguí una ampliación extraordinaria. El zoom aplicado en la edición de la imagen hizo el resto. ¡Increíble, lo que descubrí...! En el centro de la pantalla de mi ordenador, es decir en el fondo del lienzo, había una figura humana, de perfil, un hombre ataviado como un caballero renacentista, con melena y mostachos en punta, cubierto con un holgado blusón. Empuñaba la paleta de óleos, frente a un caballete y un lienzo en blanco, tal vez el último cuadro de la serie, pensé... Permanecí estupefacto. De verdad, sólo un virtuoso del miniaturismo podría haber ejecutado aquello con semejante precisión. Una mujer: Damaride. ¡Qué maravilla!, me dije. Qué maravilla...
Y fue curioso: A partir de este singular hallazgo, podría decirle que casi lo olvidé. Casi... porque, tras unas breves vacaciones en el lago de Como, ya el mismo día de mi regreso comencé a tener sensaciones extrañas al moverme por la casa. Sin saber qué era, me encontré una vez más frente el cuadro. Supe que allí había algo diferente, imperceptible, pero diferente. Así es que tomé una nueva fotografía de aquella tela, la amplié en el ordenador... y para mi mayor asombro, créame: ¡el pintor ya no estaba! ¿Cómo podía ser...? ¡Había desparecido! Quedé boquiabierto, comparando durante minutos las imágenes obtenidas con apenas un mes de diferencia: La que le he descrito y esta reciente, en la que, aquel lienzo en blanco de la primera, ahora era la representación de una nueva estancia, réplica de las anteriores... Imagine mi turbación. El cuadro de Damaride desde entonces se convirtió para mí en una auténtica pesadilla. Más cuando, aquella misma tarde, comencé a presentir que no estaba solo en la vivienda, que allí había otra... presencia. Perdone, me falta el aire... Ufff...! Un día, exhausto, terminé envolviendo el cuadro en una sábana vieja y guardándolo en el fondo del trastero. Total, para nada. Seguí y sigo igual de desazonado, con este insomnio que me martiriza... Y, fíjese en lo que le digo, por las noches he comenzado a pintar. Sí, a pintar obsesivamente. Pinto ruidos, los ruidos de la madera que piso, los de las puertas que se cierran y... Usted me cree, ¿verdad...? A veces siento que algo me atraviesa, que mi pulso se desdobla. Permanezco por segundos terriblemente agitado y es que ni mi propia respiración parece pertenecerme. Por increíble que le parezca, aquel hombre... Aquel hombre me habita. Sí, tengo la plena certeza de que es así. Por eso he venido. Y porque estoy desesperado, como no puede imaginar. Se lo ruego, ahora dígame lo que piensa... Porque usted entiende de esto y me va a ayudar, ¿verdad, doctor
?

( La web de Damaride: http://damaride.blogspot.com )

28 noviembre, 2010

CONCILIAR VIDAS

La prisión de Zigfrine - Fini

Me llama la atención el modo en que se viene planteando la conciliación de la vida laboral con la personal y familiar. De un tiempo a esta parte, distintos colectivos a favor de la mujer, y las propias Administraciones, promueven y legislan medidas y programas sociales encaminados a facilitar la armonización de las diferentes vidas, digámoslo así, que desempeña una mujer a lo largo de su jornada. Así, se otorgan ayudas para contratar a personas que cuiden a los hijos menores de dos años, reciben apoyos quienes tienen a su cargo a personas dependientes... Incluso han sido elaboradas Guías de Buenas Prácticas Empresariales, para combatir la discriminación que sufren la mayor parte de las mujeres al tener que cargar sobre sus espaldas, en materia de cometidos varios, con casi todo.
Sin embargo, en este panorama de reconocimiento (de todo punto necesario), entreveo alguna sombra. Por ejemplo, en ocasiones las ayudas económicas sirven para contratar a otras mujeres (en su mayoría inmigrantes), que a su vez han de multiplicarse para atender a este trabajo, normalmente precario, y a su propia familia. Y aún cuando no fuera así: ¿no se propicia, con estas disposiciones pretendidamente progresistas, que la mujer continúe siendo la persona sobre la que recae toda la responsabilidad en las gestiones domésticas? Parece que se estén articulando medidas para hacerle más llevaderas sus habituales tareas, con lo que continuará asumiendo el papel que tradicionalmente ha librado, aunque ahora la Administración —y hasta su empresa, en el mejor de los casos—, se lo reconozca y le ayude.
Mientras eso de tender a tender (la ropa) sea lo que hace la mayor parte de los hombres, las mujeres están apañadas. Por ello, si el trabajo y las faenas caseras, además de la atención a la prole, a los familiares mayores, etc., ya ocupan las veinticuatro horas del día a muchas de ellas, me pregunto si conciliar todo lo dicho no les va a terminar suponiendo más de lo mismo, pero con un cierto y balsámico reconocimiento económico y social.
Si mi juicio no es acertado, que me disculpe quien se mueve en este ámbito con mayor autoridad y conocimiento que yo. Pero la cuestión que me planteo es la siguiente: ¿Queremos que cambien realmente las cosas, abordando de una vez por todas la igualdad de derechos desde la educación, o seguimos poniendo cataplasmas...? Porque, para mí, la cosa de la conciliación tiene que centrarse más y sobre todo en los hombres. De lo contrario, seguiremos hablando de mujeres abocadas a hacer de y casi todo, por más que ahora se resignen con la media sonrisa de quienes saben que, al menos, tendrán derecho a un institucional consuelo.

21 noviembre, 2010

PEQUEÑA REVOLUCIÓN COTIDIANA

Bri-país-gente - Xul Solar

Lo veo en el tipo que pasea su perro por el parque, todavía de noche, y me da los buenos días; en la pareja que atisbo desde el coche, cogida de la mano, cuando aún la ciudad duerme y amanece el viernes; en el niño somnoliento que arrastra su cartera camino del colegio (casi huelo el olor del plumier que guarda); en el indigente refugiado en el pórtico de la iglesia, cuando se desentumece y ordena sus escasas pertenencias; en el compañero de trabajo que sabe dar una palmada en la espalda cada vez que intuye que alguien la necesita.
Lo veo en ese desconocido que, con un gesto amable, me ha cedido el paso al entrar; en el camarero que, como de costumbre, te prepara el café según llegas al bar; en el abuelo que todos los días echa unas migas de pan a las palomas de la plaza; en el que ha comprado un libro y hace cola para pagar a mi lado, hojeando con delicadeza sus páginas; en el amigo con quien me encontré y me trajo un recuerdo de leñas crepitando al fuego, del queso recio, las nueces y el vino compartidos en una lejana tarde de confidencias; en la anciana que me miraba dulcemente en el supermercado y me sonrió afable, sin un por qué.
Lo veo en la buena disposición de tantas personas con las que a diario me cruzo, en el ademán del que se aplica en hacer con esmero lo que le ocupa, y en el entrecerrar de ojos de quien respira hondo y disfruta del sol que, tímido y furtivo, se hace un hueco en estos días de lluvia. Y lo veo en ti, en tu modo de acompañar a los tuyos, en la paciencia infinita con la que sabes escuchar, en la reflexiva madurez que inspira tu modo de permanecer junto a quienes te requieren...

En todos y cada uno de estos gestos, lo veo. Veo algo venerable en ellos y en tantos otros que espontáneamente
menudean a diario, como mil motas de polvo al trasluz. Y veo a las personas que los despliegan y, sin pretenderlo, bosquejan los días, los entraman y moldean, les dan un agradable y hermoso sentido. Entonces pienso que hay algo de amor en lo que veo... y se me antoja que todos estos gestos materializan una pequeña revolución cotidiana. Y es algo que hoy quiero compartir contigo. Contigo, desde la complicidad y el compromiso; contigo desde el agradecimiento. Contigo que, estando ahí, en un lugar que no acierto a imaginar, eres partícipe de lo que veo... cuando te asomas a estas líneas y, sin saberlo, me regalas anónima y silenciosamente tu franca lealtad, tu inconcebible presencia.

14 noviembre, 2010

ANNECY

Lago de Annecy - Cézanne

Era la segunda opción para la jornada y ya que, llegando a Ginebra, amenazaba lluvia, decidimos cambiar el plan, cruzar la frontera francesa y hacer unos kilómetros más a través de la Alta Saboya, para ver Annecy-le-Vieux.
El día gris y otoñal no nubló en absoluto la visita. Dejando el coche en las inmediaciones del lago, el paseo por su ribera, esmeradamente ajardinada, resultó un agradable anticipo... Porque el perímetro del lago de Annecy, rodeado en casi su totalidad por colinas y montes, tiene unos horizontes de tarjeta postal dondequiera que uno se sitúe. Una de sus orillas, precisamente, se vierte en el río Thiou para adentrarse tras los embarcaderos en el corazón del viejo Annecy, a través de varios canales que sugieren la idea de ir a transitar por una pequeña y coqueta Venecia. En efecto, cuando uno comienza a explorar sus callejuelas, se da de bruces con el Palais de l’Isle, vieja prisión convertida en una suerte de símbolo para la ciudad, incesantemente fotografiado. Luego, va descubriendo sus estrechas rúas, colmadas de bellas casas, mesones, restaurantes, comercios artesanales y rincones recoletos, casi siempre engalanados por floridos jardines. Construcciones perfectamente conservadas, que apenas parecen haber cambiado en los últimos cinco siglos. La Rue Royale con sus numerosas boutiques, viene a ser el corazón palpitante de la vida comercial de la ciudad. De hecho, tuvimos la suerte de caer en uno de los tres días semanales en que, anticuarios, brocanteurs y comerciantes de lo viejo despliegan sus pequeños tesoros por entre las callejas, para recreo del paseante y deleite de aficionados y compradores. Sea por el mercado de antigüedades o por la foire des puces, comercio de objetos viejos y quincallerías, uno puede deambular con calma, participando de esa sensación de remanso temporal que a una villa vieja le confieren la historia de cada una de sus piedras y rincones.
Decidir un lugar en el que comer, puede ser todo un ejercicio de descartes, dada la cantidad de mesones que se ofrecen y la interesante competencia de los precios. Una recomendación, Le vieux Necy, cálido restaurante con solera en el que se puede degustar uno de los platos más típicos y consistentes de la región, la Tartiflette al más puro estilo saboyano.
A no obviar la visita al macizo castillo de la ciudad, residencia en su día de los condes de Ginebra, que destaca sobre otras edificaciones. Desde su terraza pueden verse las callejuelas del viejo Annecy y sus tejados caprichosamente entreverados.
En fin, una pequeña ciudad de ensueño de la que uno parte con un agradable sabor en el alma.

07 noviembre, 2010

LA REALIDAD DE LOS ÓRGANOS - Cioran

Niño con marioneta - Rousseau

Durante largo tiempo me obstiné en hallar a alguien que lo supiera todo sobre sí mismo y sobre los otros, un sabio-demonio, divinamente clarividente. Cada vez que creía haberlo encontrado, debía, tras un examen, cambiar de opinión: el nuevo elegido tenía todavía alguna mancha, algún punto negro, no sé qué recoveco de inconsciencia o de debilidad que le rebajaba al nivel de los humanos. Percibía yo en él huellas de deseo o de esperanza, o algún residuo de pesar. Su cinismo era manifiestamente incompleto. ¡Qué decepción! Y proseguía siempre mi búsqueda y siempre mis ídolos del momento pecaban en algún aspecto: el hombre estaba presente en ellos, oculto, maquillado o escamoteado. Acabé por comprender el despotismo de la especie, y por no soñar más que con un no-hombre, con un monstruo que estuviese totalmente convencido de su nada. Era una locura concebirlo: no podía existir, ya que la lucidez absoluta es incompatible con la realidad de los órganos.

La tentación de existir, Emil Cioran

31 octubre, 2010

DE MODO QUE LA NEUROTROFINA

El cerebro del niño - De Chirico

Le he dado una semana para que vuelva a ser el que era. Y voy en serio, porque ya estoy harta y no aguanto más. Todo empezó a cuenta de su supuesta dificultad para recordar algunas cosas, y su obsesión por perder la memoria. «Cariño, ¿cómo se llama ése que... Sí, mujer, el marido de...?» Bueno, haceos una idea. Esto aderezado con la cantinela de que «tenemos una edad muy mala», que es lo que va largando a todo quisque, como quien pronostica que, con cargo a ella, se nos avecina el fin del mundo. Este es mi marido: un tipo al que una simple jaqueca le mueve a pensar en clave de tumor cerebral, todo sea dicho. Pero, a lo que iba, la pesadilla de sus lapsus de memoria. No tuvo mejor ocurrencia que recurrir a Internet, para atemperar su ansiedad y sacudirse el terror que le producía imaginar que su cerebro se estaba convirtiendo en una masa de gelatina... ¡En mala hora! Porque desde entonces, me vuelve tarumba.
Un día va y me cuenta:
—¿Sabes, cariño? Las neuronas no se mueren. Lo que pasa es que reducen el número de conexiones que tienen entre sí, porque no las usamos. Por eso perdemos capacidades... Y la solución está en las neurotrofinas, unas moléculas que producen las células nerviosas y que las mantienen en forma.
—¿Ah, sí?
—Cuanta más actividad cerebral, más neurotrofinas y más conexiones nuevas entre las neuronas. ¿Qué te parece? Lo que hay que hacer es estirarlas, sorprenderlas, romper su rutina, sacarlas de paseo... para tener un cerebro ágil y flexible y mejorar la memoria.
—Vaya, vaya...
—Se ve que la rutina hace que el cerebro funcione en automático y que las experiencias circulen por las mismas rutas neuronales, casi sin consumir energía... y sin producir neurotrofina. Eso dice aquí.
De modo que la neurotrofina. Ella fue la que le puso a hacer pilates con su cerebro. ¿Y cómo? Pues dejando de funcionar como antes; es decir, como ya me había dicho: sacando sus neuronas de paseo. ¿Sabéis que supuso esto? De la noche a la mañana, ahí me lo encontraba en el baño, duchándose a ojos cerrados para descubrir sensaciones, sobando el metal del grifo, acariciando el envase del gel, husmeando la toalla... Todo ello a tientas (se desnucará un día). Comenzó a utilizar la mano izquierda, primero para cerrar los tarros y tubos (me toca a mí repasarlos) y poco después para comer (yo limpio los lamparones de sus camisas). Me propone cambiar, día sí, día no, el lado de la cama. Lee en voz alta el periódico y esto me obliga a buscarme un lugar tranquilo para hacer mis cosas. Llega a casa de trabajar y, me cuenta, lo hace por itinerarios enrevesados, en los que invierte cada vez más de tiempo. A todo esto, se para a hablar con desconocidos. Va por el parque chutando las castañas; lo toca y huele todo (el otro día, delante de mi hermana, la corteza de un cedro); en casa cambia las cosas de lugar, guarda sus llaves en diferentes sitios y luego no las encuentra; saluda a nuestros amigos con dos besos y a sus mujeres les da la mano... La izquierda, claro. De verdad, que una cosa es contarlo y otra vivir con semejante tarado. Y, claro, os preguntaréis si ha mejorado su memoria... ¡Ja!, mucho lo dudo. Con esta manera que se ha inventado de hacer el payaso, en todo caso es mi cerebro el que termina haciendo pilates, conviviendo con un tipo excéntrico e impredecible, que sale dando la nota por donde menos te lo esperas. Y estoy más que harta. ¡Vaya tres meses, desde lo de las neurotrofinas! Así que le he dado una semana para que cambie el chip y se haga normal y, si no, que vaya a marear a su madre, que estará encantada de recibir a un merluzo que comienza a circular por la izquierda en las carreteras desiertas, se pone los calcetines de diferente color, me deja notas en francés y se descalza cada vez que ve un metro cuadrado de césped. Eso, con su madre. Porque conmigo nanay. Ya le he dicho: ¡una semana!
 
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