22 febrero, 2009

RELIEVES


Cabeza de mujer - Montserrat Gudiol

Déjame atraparte, emboscar tu cuerpo entre mis brazos, deslizar sin prisa cada una de estas palabras en la marmórea declinación de tu cuello. Quiero sentir cómo suavemente se despeña contra mi pecho tu aliento, envuelto en una cascada de cabellos... y estrujarte, y aplacar el ansia que me tienta a desertar contigo del tiempo y del mundo. Sueño; sueño y figuro en ti mi abandono, en el mar cálido y profundo de tu abrazo, cuando me embarco en él, suspenso, como un remero absuelto de su tarea por la corriente... Y si alguna certeza abrigo es la de quererte. Porque te quiero y te he querido desde la distancia inexorable del pasado, y mucho antes de hallarte ya se apretaba mi vientre al tuyo, mis dedos ya registraban tu espalda y añoraban retenerte un segundo más mis manos, cercando con caricias tu inmaculada nuca.
Me entrego a tus relieves de diosa griega y pienso en la serenidad de este amor que te trajo desde lugares imposibles para hospedarte en mi vida; de este afecto nacido y perpetrado entre viejos duelos y silenciosas complicidades; de esta ternura que me asila entre tus besos, el trasueño sin horizontes que regala tu mirada...
Hundo mi anhelo en tu pelo, eternamente, y consiento que mis ojos enceguezcan, que se silencien por siempre mis labios.

15 febrero, 2009

POEM 69 - Camille Stein


Astro Perdido - Úbeda

"Nunca mi padre me dijo que mirara al cielo, aunque en los días de lluvia asomara en silencio sus ojos trémulos, más allá de los ventanales, más allá de los edificios, más allá del agua y de las nubes de pana, más allá de las estrellas e idénticas mañanas. Y yo miraba a mi padre mirando estas cosas invisibles, estas imposibles quimeras, esta tristeza que se escurría inútil por las paredes y los tejados. Y nunca pude hacer nada para aliviar sus entrañas, que siempre fueron mías y a la vez extrañas. Mi mano permanecía como la suya, quieta, a la espera de esta nada. Ahora soy yo quien escudriña los secretos que el cielo jamás enseñará a mis ojos. Y mi mano también se cierra sola contra ese cristal sobre el que azota el viento, la lluvia."

Del Diario póstumo de una muñeca, cuaderno que Camille Stein atesora para deleite de sus visitantes: Camilleblog .

08 febrero, 2009

LOST IN TV

La casa de la casa de la casa... - Iturria

En el televisor hacían un barrido visual de la calle, una calle en una ciudad cualquiera. A paso rápido, la cámara seguía a su reportero pertrechado con un micrófono, buscando la noticia entre la gente. Entonces he podido entrever, en una esquina, por un instante, a un hombre en cuclillas, con la mano abierta y llagada. La cámara lo ha dejado a un lado, obcecada en adentrarse en el tumulto que rodeaba a una mujer joven y atractiva, tal vez famosa. Ya la tiene enfocada; el reportero se abre paso a codazos hacia ella... Y yo apago la tele; no me interesa. Sin embargo, algo permanece en mi retina tras esa sucesión de imágenes: una instantánea que poco después consigo integrar. Aquel hombre con la mano extrañamente agujereada era un mendigo... y lo sé porque en su hueco cabía una moneda.
Dejo la sala, recalo en el estudio, me acerco a la ventana. Alguien detrás de mí susurra mi nombre. Imposible, me digo, estoy solo en casa; y no me vuelvo. La nieve se derrite por segundos, como la luz poniente del día. Miro la calle vacía, miro por mirar la moribunda tarde, y veo ahí abajo a un hombre hurgando en un contenedor. Viste ropas sucias y ajadas, va forrado de harapos como un viejo clochard, tiene una bolsa de plástico en una mano y en la otra un... una gran llaga... ¡No puede ser! Siguiendo un repentino impulso, corro de un modo impremeditado hasta la cocina, preparo un bocadillo al voleo, cojo una lata de cerveza de la nevera y, franqueando la puerta, sin tiempo para esperar al ascensor, me lanzo escaleras abajo. Cuando salgo al frío de la calle, en mangas de camisa, allí no hay nadie. Permanezco perplejo, clavado en mitad de la calzada, de la nieve sucia y gris, girando el cuello a uno y otro lado... El contenedor, mudo testigo de una imposible confesión, está abierto. Voy hasta él como un autómata, haciéndome absurdas preguntas; lo cierro de un golpe seco y me inunda una vaharada de fétido olor a podredumbre. Finalmente subo cabizbajo. Bocata, lata en mano, ahora tomo el ascensor.
Incomprensiblemente, el televisor está encendido cuando entro en casa. ¿Acaso no lo había apagado? ¡Qué extraño domingo!, pienso yendo al baño. Me miro en el espejo y oigo cómo una voz, tras de mí, susurra nuevamente mi nombre. Pero estoy solo y, por esto, no me vuelvo. Al hilo del último suceso, me encuentro pensando en toda esa gente anónima y proscrita, condenada a vivir eternamente de nuestra escoria. Otra vez la voz que me nombra... Voy a quitar ese ruido de la tele. No estoy soñando, lo sé. Y, sin embargo, lo único que parece real a mi alrededor es ese locutor que mecánicamente habla al parecer del fútbol de hoy, y habla y habla y habla... Mientras retóricamente me pregunto: ¡Dios mío, hasta cuándo...!

01 febrero, 2009

CREPÚSCULO DE COBRE

Ventanas de noche - Hooper

(Tras iniciar una pedestre investigación, para descubrir quién le escribe unas bellas y anónimas cartas de amor, el opositor Terenci Poquet cree haber dado con su enigmática remitente: una mujer de cuya sola visión se ha enamorado y a la que felizmente puede espiar, pues vive a no más de cien metros del ático de alquiler que él ocupa. Así, en ocasiones la observa en secreto; otras veces se exhibe en la terraza deliberadamente, para provocar su atención. Sea como sea...)

«En aquellas semanas, fueron casi treinta las veces que anotó haberla visto, asomándose a su ventanita con el geranio en el alféizar. Verificó que lo regaba, entrada la tarde, cada tres o cuatro días y que también, a ratos, se quedaba mirando la calle, mirando sin más, hasta que desaparecía tras las cortinillas. Y con la esperanza de que ella le ubicara en el centro de su amoroso universo, Terenci se dejaba ver en la terraza y le otorgaba azarosamente su presencia de infatigable oteador de horizontes, en las tardes soleadas de la primavera. Consagraba su alma, bajo el testimonio tácito del atardecer, hasta que el crepúsculo vertía su baño de cobre sobre los perfiles quebrados de la ciudad. Y cuando la noche arrastraba las horas hacia el precipicio del pasado, él se abría nictante, como un dondiego en flor, para ofrecer lo mejor de sí, y en un ritual de oración le renovaba sus votos de amor.»

25 enero, 2009

EL REGALO

El tragaluz - López Villaseñor

Adela cumple hoy 52 años. Ha bajado a comprar al supermercado, porque quiere preparar algo especial para la cena. Son las cuatro y diez de la tarde, cuando se dirige a la caja con su cesta. Apenas hay gente. En la cola, un par de chicos con latas de cerveza y alguna botella de alcohol en el carro, llegan a la única caja abierta. Algo azorada, la dependienta que la atiende se disculpa ante ellos:
—Perdonadme, vuelvo en un minuto.
Adela piensa: Va al lavabo, espero que no tarde. Ve que los chicos hablan entre sí, de repente toman las bebidas, las pasan por un lateral evitando el escáner, empujan el carro vacío, cogen bolsas, cargan apresuradamente y se largan casi a la carrera. No suena alarma alguna, nadie les ha visto, sólo ella que permanece boquiabierta... Entonces le asalta un pensamiento insólito. Su cesta tiene cuatro cosas: un bloc de foie, una caja de langostinos, algo de lomo y jamón ibérico, una botella de vino... Unos 30 euros, calcula, y se sorprende a sí misma pensando que, de ahorrárselos, le daría menos cargo de conciencia comprarse el caro bolso que tanto le gusta. Conque, alterarda y desconocida, comprueba que nadie le ve y, salvando el escáner, atraviesa ella también el embudo de la caja.
En el preciso momento en que comienza a embolsar, aparece la empleada.
—¡Pero, qué hace? —le espeta, según corre a la caja contigua, para tomar un pequeño micro y levantar nerviosa la voz: —¡Seguridad, por favor; seguridad, acuda a Caja 2!
Con el corazón desbocado, Adela queda paralizada. No tiene sentido revolverse, ni siquiera le sale decir lo siento. Súbitamente todo se vuelve tan bochornoso, tan espantosamente ridículo, que no hay una triste palabra que acuda en su descargo. Permanece en blanco, mientras un agente de seguridad le invita a acompañarle.

Son las seis de la tarde, cuando Jaime y Naiale llegan a casa. Según abren la puerta, padre e hija entonan el Cumpleaños feliz... Pero Adela no sale a recibirlos; la encuentran en la cocina, sentada, brazo sobre brazo, dos bolsas con compras en el suelo. Apenas sí sonríe al verlos entrar con ese feliz humor de fiesta. Con esfuerzo, se levanta, se deja besar.
—¿Todo bien, cariño? —pregunta Jaime.
—Bueno —intenta salir de su abatimiento—; no he tenido un buen día; ya se me pasará.
Entonces Naiale muestra el paquete que mantenía escondido tras de sí.
—Hoy no vamos a dejar el regalo para los postres, ¿verdad papá?
—Para la mejor de las mujeres —sentencia Jaime.
Adela sonríe a medias el cumplido, comienza a abrir el envuelto y, antes de quitar por completo el papel, ha necesitado sentarse de nuevo. Se echa las manos a la cabeza, comienza a temblar entera, se encoge tapándose los ojos y, ante la atónita mirada de los suyos, rompe a llorar, hipando amarga y desconsoladamente. Aprieta con fuerza contra su regazo el precioso y deseado bolso; el bolso que tanto, tanto le gusta...

18 enero, 2009

LO NOVELESCO - Finkielkraut & Bruckner

La calle - Balthus

«La aventura, dice la canción, está a la vuelta de la esquina; en la esquina de mi casa hay un banco, delante del banco un poli, a los pies del poli una mierda de perro. La única aventura posible es que el poli pise la mierda y se parta la cara.»

«Mientras existían grandes razones para vivir, políticas, sociales o religiosas, la aventura estaba desacreditada en nombre de valores más profundos; el humanismo condenaba la anécdota a la futilidad. Ahora bien, desde que vivimos bajo la gerencia y la regencia de lo cotidiano, la aventura es cuanto hay de significativo y memorable en una jornada o en una vida, todo lo que puede hacer historia, incluidos los episodios más ínfimos. En suma, es el mismo acontecimiento lo que funda el sentido y el valor. Consecuencias múltiples de esta inversión: todas las certidumbres se tambalean, pero, a cambio, la anécdota conoce una promoción increíble, nuestras vidas pasan íntegramente al lado de lo novelesco: la propia existencia se convierte en una categoría literaria. Lo más profundo es ahora la peripecia.»

La aventura a la vuelta de la esquina, Bruckner y Finkielkraut.

04 enero, 2009

NUEVE PALÍNDROMOS

Cara y cruz - Genovés

EL AS A POR ROPA SALE

(¿Tal vez de rebajas?)

OTRA ORA ARO HARTO
(¡Qué duro es el campo!)

A SU CAN ACUSA
(Él no lo haría)

ANA LLEVA AL AÑA LA AVELLANA
(Variaciones sobre un socorrido tema)

A SOR ADELA, LE DA ROSA
(Lo que no se sabe es qué)

ADÁN, SIN ANÍS, NADA
(¡Será borrachín...!)

A SU RODADOR USA
(El jefe de filas, en las etapas llanas)

SABES A CACA, SEBAS
(¡Vaya corte, tú!)

SACAS O NO SACAS
(Por ejemplo, un palíndromo. ¿Te animas a intentarlo?)

28 diciembre, 2008

YO, QUIEN HUMILDEMENTE SOY...

El sueño - Rousseau

Manifiesto mi condición y mi oficio de ser humano, como animal racional y sensible. Reivindico asimismo mi perspectiva de hombre igual que otro hombre cualquiera, igual que cualquier mujer. Declaro mi naturaleza híbrida y me proclamo mestizo, en un mundo felizmente diverso y plural. Ser de donde soy no añade o resta algo esencial a mi existencia, pues no es mi mérito como tampoco fue mi elección. Antes bien, mis coordenadas me sitúan en deuda con la mayoría de mis semejantes, pues aquí no me faltan alimento y cobijo, puedo trabajar y no me siento extraño o perseguido. Tampoco de mí ha dependido que mi piel tenga de un color más claro que oscuro, ser miope o calzar el cuarenta y dos. Todo esto, qué mas dará.
Sostengo por ello mi condición de ciudadano del mundo, como se declaró el viejo Diógenes, por encima de las fronteras arbitrarias, de las razas y etnias, ideologías o creencias, y me siento con el deber moral de exigir un presente libre de absolutos y de fundamentalismos; un planeta sostenible en el que reinen la justicia, la libertad, la paz y la solidaridad... porque sin ellas no concibo modo alguno de reivindicar la vida.
Manifiesto, igualmente, mi vocación de habitar el tiempo azaroso y complejo en que me ha tocado respirar y mi ambición por vivir en él despierto. Así como deseo hacer público mi compromiso íntimo de ser leal y coherente con lo que siento y pienso, de intentar estar a la altura mi humilde retórica y de defender mi posición con la palabra como único arma que acepto esgrimir, objetando el uso de cualquiera otra que hiera, atormente, destruya o mate.
Y cuando pregono mis deseos quiero hacerlo firme, sin gritar, pero con letra clara y minúscula. Pues es tristemente sabido que desde siempre se han perpetrado incontables fechorías en defensa de la Unidad, de la Justicia, del Partido, de la Libertad, de la Guerra Santa, de la Paz y de la propia Vida y, como dice Pániker, “en cuanto comienzan las palabras con mayúsculas, comienzan los crímenes”.
Y, cuando me manifiesto, lo hago también por honrar la grandeza del ser humano que hay detrás de cada una y cada uno de nosotros y para agradecer infinitamente el delicado regalo que es la vida, el despertar cada día y poder sentirme más o menos pleno, pero siempre vivo.
Y lo hago aquí, en estos días entrañables, asumiendo sin pretensiones la identidad que me confiere llevar el nombre que me nombra. Yo que soy lo que conozco y lo que ignoro; lo que digo y lo que callo; lo que hago y omito hacer. Yo que soy un poco lo que soy, y otro poco lo que persigo...
Uno más en el mundo, yo: vuestro amigo, humildemente vuestro igual y, en ese sentido, vuestro hermano.

21 diciembre, 2008

TODO ESTÁ POR VIVIR

Tengo por norma saltarme de vez en cuando mis propias normas, y esto es algo que ahora mismo estoy haciendo. No soy amigo de insertar vídeos en un espacio de carácter literario, pero llegadas estas fechas no he encontrado mejor manera de dirigirme a quienes os acercáis hasta aquí, que a través de esta genial puesta en escena de Matt Harding. Creo que su alegría es felizmente contagiosa y tan espontánea y universal que no sólo abre los pulmones y hace sonreír, también conmueve.
Con él os dejo mis mejores deseos de felicidad compartida y una incalculable gratitud.
Todo está por vivir.


14 diciembre, 2008

SIN UN DESPUÉS

Trance - Jonathan Viner

Carla entra en su casa. Se anuncia con un ¡hola! sin respuesta. Qué raro, piensa; son las ocho de la tarde. Deja el bolso sobre la consola, cuelga su abrigo en el ropero del vestíbulo y se calza las zapatillas (el zapatero está en la despensa de la cocina). ¿Jorge?, inquiere en el umbral de la sala. Jorge, ¿no me oyes? Desconcertada lo mira: Jorge está sentado en un extremo del sofá, el periódico abierto ante sí, no ha levantado la vista; ni siquiera un gesto, permanece congelado en la lectura. Cuando, con cierta hosquedad, Carla se dispone a preguntarle a qué se debe su actitud, siente que algo extraño está sucediendo. Se sitúa frente a Jorge, que pasa maquinalmente una hoja, y le observa: la camisa a cuadros, los sempiternos vaqueros, las pantuflas a medio calzar. Carla busca sus ojos, pero sólo percibe unos párpados levemente hinchados sobre las gafas de medialuna. Ve sus sienes encanecidas, el pelo desordenado, se lo ha mesado, lo hace cuando lee... Como cada día, piensa Carla, habrá ido al trabajo, habrá comido el menú en un bar del centro, habrá vuelto a la oficina, habrá tomado una cerveza antes de llegar a casa, en donde habrá... Habrá, habrá, habrá... Curioso tiempo gramatical que se sirve de un futuro para mentar el pasado, se dice Carla; y repara en lo terriblemente triste que resulta conocer de antemano ese habrá.
De repente, se siente profundamente abatida. Es consciente de que la relación con Jorge, a la que dedicó toda su energía, está edificada sobre el deseo de crear algo que finalmente no existe. Es eso: un anhelo, un ideal... Ni siquiera pueden tener un hijo y la sola mención del asunto, el mero planteamiento de las alternativas, les consume. Ella no puede; él, entonces, no quiere. Ya no hay amor, tampoco voluntad; ésta convicción es su cárcel. Sólo ve una existencia tejida de rutinas e impulsada por el insignificante acontecimiento de pequeñas, pero pesadas, obligaciones diarias. Carla mira a Jorge ya sin mirarle, y piensa; siente un vacío insondable, una insondable tristeza. Acaba de dar forma a un pensamiento que se insinuaba en su interior, tal vez desde tiempo atrás. De golpe todo es concreto, sustancial, tangible... y una certeza afilada como un cristal hiere su estómago, en el que parece licuársele una angustia heladora...
Compungida, Carla toma aire, recobra la mirada, desenfocada en un punto ciego del periódico que sostiene Jorge, y se dirige pausadamente hasta la despensita. Ha tomado sus zapatos, se calza. Luego desembaraza el abrigo de la percha, se lo pone y coge el bolso de encima de la consola. Cabizbaja sale del piso, sin hacer ruido. Vuelve a perder la mirada, mientras aguarda el ascensor. Le parece que hubiera sido hace años cuando entró en su casa y se anunció con un ¡hola! que no tuvo respuesta. Ahora sabe, sin embargo, que nunca será lo mismo, que no habrá un después, que no regresará jamás.

07 diciembre, 2008

TRASTADAS DE PUTAS - Gabo


La espera - Alfredo Salazar

«Florentino Ariza lo escuchó impasible, aprobándolo todo con un movimiento leve de la cabeza, sin atreverse a decir nada por miedo de que lo traicionara la voz. Sin embargo, dos o tres frases más le bastaron para comprender que al doctor Juvenal Urbino, en medio de tantos compromisos absorbentes, todavía le sobraba tiempo para adorar a su esposa casi tanto como él, y esa verdad lo aturdió. Pero no pudo reaccionar como hubiera querido, porque el corazón le hizo entonces una de esas trastadas de putas que sólo se le ocurren al corazón: le reveló que él y aquel hombre que había tenido siempre como el enemigo personal, eran víctimas de un mismo destino y compartían el azar de una pasión común: dos animales de yunta uncidos al mismo yugo. Por primera vez en los veintisiete años interminables que llevaba esperando Florentino Ariza no pudo resistir la punzada de dolor que aquel hombre admirable tuviera que morirse para que él fuera feliz.»

El amor en los tiempos del cólera, Gabriel García Márquez.

30 noviembre, 2008

RILKE EN OTOÑO

El bosque de Beeches - Klimt

El hecho es que he estado sentado en el sofá de la sala, releyendo a Rilke, y que se me ocurre que Rilke es para leer en otoño; sus Elegías del Duino, por ejemplo. En mi dinámica opinión, claro está. Compruebo, al llegarme al estudio, para dejar el pequeño volumen en su hueco de la estantería, que las hojas de mis libros de Rilke han amarilleado con el tiempo. Debe ser que los libros también tienen un otoño de oros y cobres, cuando las páginas impresas se tornan frágil hojarasca, cosida y pegada a un lomo que igualmente envejece...
Y es que parece que el destino de los libros sea el de ser abandonados en un paisaje de estantes, desheredados y proscritos como cualquier viejo clochard de ciudad, mientras el tiempo los ignora y, sin embargo, atrapa. Rilke también se sentía hondamente solo, recluido en su torturada manera de ser y, sobre todo, de amar. Sentía una soledad desproporcionada, una soledad que le puso a prueba durante casi todos los días de su vida. En una página de Mi Testamento escribió con insondable dolor: «Ha quedado en mi corazón una tenebrosidad extraña, que me lo hace irreconocible».
Rilke amó, sufrió y vivió, no sé si por este orden. Cuantas espinas hirieron su alma asombrada, escoltaron los veinte años que un día tuve, y aún hoy se clavan, produciéndome un dolor melancólico y dulce, en mis recuerdos literarios. Es así, porque registro una fugaz añoranza en mi memoria emocional cada vez que retomo uno de estos libros y lo abro después de tanto olvido. Casualmente, releo ahora un precioso proverbio turco, que copié en una hojita y guardé muy entonces entre las páginas de las Elegías: «Por el amor de una rosa, el jardinero es servidor de mil espinas.» Me parece delicadamente bello, y supongo que hasta se me ha insinuado una leve sonrisa al volverlo a leer...
Pero ya debo salir a mis quehaceres, conque empujo el lomo del libro, lo inserto en su lugar. Amor, servidumbre, espinas... Cuadra con lo que sé y recuerdo de aquel Rilke a quien veneré tanto. Tal vez por eso archivé ahí la cita, para leerla en cada reencuentro, como el de hoy, en este nuevo otoño que comienza a recogernos y nos invita a disfrutar de él, inestable y antojadizo, con sus días alternos veteados de los rayos de un sol broncíneo o de gotas de lluvia caprichosamente juguetonas sobre los cristales.

23 noviembre, 2008

QUERIDO MIGUEL

J. Minton - Freud (detalle)

Miguel me llevaba unos años y éramos, además de primos, amigos. Fue tremendamente duro para toda la familia ir viendo que un cáncer implacable terminaba con él, y lo hacía apenas una semana después de que cumpliera 33 años. Ciertamente ha pasado mucho tiempo, pero no tengo esa impresión... sabiendo cómo le recuerdo.
He sacado hoy este poema, de una vieja carpeta. El lejano día de noviembre que lo escribí, me había acercado hasta la casa de Miguel para felicitarle; aquélla fue la última vez que, consumido por la enfermedad, le pude ver. Después vagué roto y consternado bajo la lluvia, por entre esas calles de nuestro pueblo que él nunca más volvería a recorrer.
Dos besos para ti, querido Miguel, y un abrazo inmenso, sin fisuras.

A MIGUEL,
EN EL DÍA DE SU ÚLTIMO CUMPLEAÑOS.

Será que se acerca la noche
nunca más inoportuna,
y se me ha desfallecido la gana
de comentarte las cosas de ahí fuera,
como si tal aliento de mi boca yaciese
a la grupa de un pretexto mutilado
y transido.

Será que el frío se moja de lluvia
sobre mi espalda derrotada
arañando las viejas paredes
de una arquitectura húmeda y gris,
y mis propias manos me delatan
temblorosas y tibias,
cuando, acurrucado en una esquina,
quiero calentar los labios que te besen.

¡Qué podría decirte hoy, querido Miguel,
más allá de esta rota endecha,
si se me corta la garganta todo intento,
si en la sién se me agolpa
tenaz, rotundo,
un silencio lacerante que te reclama sin remedio,
y no tengo voz sino lágrimas
para mimar tus últimos latidos!...

Quizá por eso me he escondido,
cobardemente crispado,
detrás del papel arrugado que te llora,
detrás de una esquina cansada,
detrás del dolor de esta noche,
¡Dios mío, Miguel!... nunca más inoportuna.

—Miguel falleció en Llodio, Álava, el 20 de noviembre de 1985—

16 noviembre, 2008

SOBRE ESCRIBIR

El asesino amenazado - Magritte

Decía Oscar Wilde que no existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo bien. Supongo que casi cualquiera puede estar de acuerdo con él.
Fue Blaise Pascal (creo) quien se disculpó en una ocasión ante algo que había escrito, comentando que había hecho una carta más larga que lo usual, porque no tenía tiempo para hacer una más corta. Eso es tener una dimensión bien real de lo que supone sintetizar, desde luego.
De mayor calado es la entrañable imagen que sugería el venerable José Luis Sampedro, cuando afirmaba que uno escribe a base de ser minero de sí mismo. Qué metáfora tan bella...

Y Manolo Vázquez Montalbán, agudo e inteligente como era, dejó este aviso para navegantes:
El escritor es la chica del bar y el amante de la chica del bar, el gánster y el policía, el homosexual y el fascista, la víctima y el asesino. El asesino de mi novela es el escritor; es decir, yo. Y si no soy detenido en las horas que siguen a esta revelación es que ya no puedes fiarte ni de la literatura.
Genial, ¿no os parece?

09 noviembre, 2008

BIEN CONTIGO

El álbum - Juan Gris.

Me siento bien contigo cuando nuestras miradas se cruzan y, de la fugacidad de ese encuentro, mi retina hereda el brillo intenso de tus ojos. Bien, cuando pronuncias mi nombre y tu voz se me antoja el solvente reclamo de una incondicional cercanía... Y cuando te dibujas en un mohín, con esa reposada elocuencia que interpreta sabiamente mi silencio...
Me agrego a ti, como si tal tu sombra fuera, y juego al ciego vinculado a tu brazo en un dejarme guiar por las aceras que transito; y entonces, del mismo modo, me siento bien tan a tu paso, tan a tu lado, tan contigo.
Eres reina de esa constelación de mundos que me pueblan y algo de tu gesto, cuando te ladeas y furtivamente sonríes, te otorga el fulgor de una estrella incandescente y te vuelve íntima, mi feliz compinche, esos ojos que lo dicen todo, la mano leal que, según se despide, aprieta un poco la mía...
Por eso consagro a tu memoria esta noche y, bajo su manto de celeste obsidiana, repito devotamente tu nombre con una cadencia que tiene algo de breve arrullo... Entonces cierro los ojos y, ya ves: sólo pienso que me siento bien contigo.

02 noviembre, 2008

BUSCAR LA VERDAD - Deleuze

Sol de otoño - Schiele

«Sólo buscamos la verdad cuando estamos determinados a hacerlo en función de una situación concreta, cuando sufrimos una especie de violencia que nos empuja a esta búsqueda ¿Quién busca la verdad? El celoso bajo la presión de las mentiras del amado. Siempre se produce la violencia de un signo que nos obliga a buscar, que nos arrebata la paz. La verdad no se encuentra por afinidad, ni buena voluntad, sino que se manifiesta por signos involuntarios.»
«La equivocación de la filosofía consiste en presuponer en nosotros una buena voluntad del pensar, un deseo, un amor natural por lo verdadero. Por eso la filosofía sólo llega a verdades abstractas que no comprometen a nadie y no trastornan nada.»
Proust y los signos, GUILLES DELEUZE.


 
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