07 noviembre, 2010

LA REALIDAD DE LOS ÓRGANOS - Cioran

Niño con marioneta - Rousseau

Durante largo tiempo me obstiné en hallar a alguien que lo supiera todo sobre sí mismo y sobre los otros, un sabio-demonio, divinamente clarividente. Cada vez que creía haberlo encontrado, debía, tras un examen, cambiar de opinión: el nuevo elegido tenía todavía alguna mancha, algún punto negro, no sé qué recoveco de inconsciencia o de debilidad que le rebajaba al nivel de los humanos. Percibía yo en él huellas de deseo o de esperanza, o algún residuo de pesar. Su cinismo era manifiestamente incompleto. ¡Qué decepción! Y proseguía siempre mi búsqueda y siempre mis ídolos del momento pecaban en algún aspecto: el hombre estaba presente en ellos, oculto, maquillado o escamoteado. Acabé por comprender el despotismo de la especie, y por no soñar más que con un no-hombre, con un monstruo que estuviese totalmente convencido de su nada. Era una locura concebirlo: no podía existir, ya que la lucidez absoluta es incompatible con la realidad de los órganos.

La tentación de existir, Emil Cioran

31 octubre, 2010

DE MODO QUE LA NEUROTROFINA

El cerebro del niño - De Chirico

Le he dado una semana para que vuelva a ser el que era. Y voy en serio, porque ya estoy harta y no aguanto más. Todo empezó a cuenta de su supuesta dificultad para recordar algunas cosas, y su obsesión por perder la memoria. «Cariño, ¿cómo se llama ése que... Sí, mujer, el marido de...?» Bueno, haceos una idea. Esto aderezado con la cantinela de que «tenemos una edad muy mala», que es lo que va largando a todo quisque, como quien pronostica que, con cargo a ella, se nos avecina el fin del mundo. Este es mi marido: un tipo al que una simple jaqueca le mueve a pensar en clave de tumor cerebral, todo sea dicho. Pero, a lo que iba, la pesadilla de sus lapsus de memoria. No tuvo mejor ocurrencia que recurrir a Internet, para atemperar su ansiedad y sacudirse el terror que le producía imaginar que su cerebro se estaba convirtiendo en una masa de gelatina... ¡En mala hora! Porque desde entonces, me vuelve tarumba.
Un día va y me cuenta:
—¿Sabes, cariño? Las neuronas no se mueren. Lo que pasa es que reducen el número de conexiones que tienen entre sí, porque no las usamos. Por eso perdemos capacidades... Y la solución está en las neurotrofinas, unas moléculas que producen las células nerviosas y que las mantienen en forma.
—¿Ah, sí?
—Cuanta más actividad cerebral, más neurotrofinas y más conexiones nuevas entre las neuronas. ¿Qué te parece? Lo que hay que hacer es estirarlas, sorprenderlas, romper su rutina, sacarlas de paseo... para tener un cerebro ágil y flexible y mejorar la memoria.
—Vaya, vaya...
—Se ve que la rutina hace que el cerebro funcione en automático y que las experiencias circulen por las mismas rutas neuronales, casi sin consumir energía... y sin producir neurotrofina. Eso dice aquí.
De modo que la neurotrofina. Ella fue la que le puso a hacer pilates con su cerebro. ¿Y cómo? Pues dejando de funcionar como antes; es decir, como ya me había dicho: sacando sus neuronas de paseo. ¿Sabéis que supuso esto? De la noche a la mañana, ahí me lo encontraba en el baño, duchándose a ojos cerrados para descubrir sensaciones, sobando el metal del grifo, acariciando el envase del gel, husmeando la toalla... Todo ello a tientas (se desnucará un día). Comenzó a utilizar la mano izquierda, primero para cerrar los tarros y tubos (me toca a mí repasarlos) y poco después para comer (yo limpio los lamparones de sus camisas). Me propone cambiar, día sí, día no, el lado de la cama. Lee en voz alta el periódico y esto me obliga a buscarme un lugar tranquilo para hacer mis cosas. Llega a casa de trabajar y, me cuenta, lo hace por itinerarios enrevesados, en los que invierte cada vez más de tiempo. A todo esto, se para a hablar con desconocidos. Va por el parque chutando las castañas; lo toca y huele todo (el otro día, delante de mi hermana, la corteza de un cedro); en casa cambia las cosas de lugar, guarda sus llaves en diferentes sitios y luego no las encuentra; saluda a nuestros amigos con dos besos y a sus mujeres les da la mano... La izquierda, claro. De verdad, que una cosa es contarlo y otra vivir con semejante tarado. Y, claro, os preguntaréis si ha mejorado su memoria... ¡Ja!, mucho lo dudo. Con esta manera que se ha inventado de hacer el payaso, en todo caso es mi cerebro el que termina haciendo pilates, conviviendo con un tipo excéntrico e impredecible, que sale dando la nota por donde menos te lo esperas. Y estoy más que harta. ¡Vaya tres meses, desde lo de las neurotrofinas! Así que le he dado una semana para que cambie el chip y se haga normal y, si no, que vaya a marear a su madre, que estará encantada de recibir a un merluzo que comienza a circular por la izquierda en las carreteras desiertas, se pone los calcetines de diferente color, me deja notas en francés y se descalza cada vez que ve un metro cuadrado de césped. Eso, con su madre. Porque conmigo nanay. Ya le he dicho: ¡una semana!

24 octubre, 2010

SEXUALIDAD SIN RAÍLES

El beso - Gericault

En nuestro entorno cultural inmediato, la sexualidad está cada vez más desligada de la reproducción, desvinculada del amor, de las ideas de certidumbre y estabilidad. Su transformación parece haber corrido en paralelo a la metamorfosis que tiene lugar en el ámbito de las relaciones humanas, sometidas a la presión de un mundo cada vez más complejo y cambiante, colmado de inseguridades. Un mundo en el que la esfera comercial lo impregna todo. Sobre todo en los países avanzados, donde consumimos compulsivamente para usar, desechar y hacer apetito para nuevos bienes.
En este contexto parece explicable que, también, el sexo sea muchas veces consumido de un modo urgente y veloz, como si fuera un producto más. No hay lugar ni tiempo para el disfrute, su misterio desaparece ante nuestros apremios y, con demasiada frecuencia, termina produciéndonos cierto vértigo y un poso de insatisfacción. Acaso porque, también, nuestras relaciones personales se ven marcadas por un carácter utilitarista, fugaz y precario... y porque, después de todo, amar compromete.
Pero lo que no parece haber cambiado en el ámbito de la sexualidad es el poco espacio existente entre la atracción y la penetración. Estos dos polos siguen siendo más valorados que el juego amoroso. Un juego que nuestra velocidad por «vivir» muchas veces arrincona. De hecho, existe un abundante gasto energético y publicitario en pos del ligue y la seducción... tras los que la unión pene-vagina se produce casi sin pasos intermedios. Es innegable la desproporción existente entre el vocabulario sexual genital y el corporal. Y pocas son las palabras acuñadas en nuestra lengua que aludan a las caricias, al esparcimiento amoroso... aunque, afortunadamente, todavía éste se da con mayor frecuencia de la que nos traslada el diccionario.
Decía Sartre que el deseo no es sólo el descubrimiento del cuerpo del otro, sino, sobre todo la revelación de mi propio cuerpo. Y, en este sentido, es importante considerar las posibilidades que nos plantea el hecho de amar, porque la sexualidad genital e instintiva está escoltada por una exploración sensorial, lúdica, afectiva... que es saludable considerar. Por eso, toda incursión fuera de los caminos trillados, aporta nueva viveza a la relación amorosa y constituye un campo fértil para desarrollar una comunicación respetuosa y creativa. Amar abre universos. Y la sexualidad, a pesar de los tiempos que corren, no transita por raíles.

17 octubre, 2010

LAS DIMENSIONES HUMANAS - Márai

Tiempo lluvioso - Caillebotte

«A Lázár le gustaba mucho El sueño, una obra de teatro de Strindenberg... ¿La conoces? Yo nunca la he visto. Él citaba a menudo algunas líneas o resumía alguna escena. Decía que en ese drama hay un personaje cuyo mayor deseo es que la vida le conceda una caja de pesca verde, ya sabes, una de esas cajitas de color verde en las que los pescadores guardan hilo, anzuelos y cebo. El personaje envejece, le pasa la vida por encima y, por fin, un día, los dioses se apiadan de él y deciden regalarle la caja de pesca... Pero entonces el personaje, con el tan deseado presente en las manos, se acerca al proscenio, observa durante un buen rato la cajita y luego, con profunda tristeza, dice: “No era este verde...” Lázár citaba esta frase cuando la conversación giraba en torno a los deseos humanos. Y cuando Judit empezó a conocerme, poco a poco me fui percatando de que yo para ella “no era ese verde.” Durante mucho tiempo no se atrevió a verme como yo era en realidad. Nunca nos atrevemos a reducir a dimensiones humanas lo que nuestro deseo ferviente ha transformado en un ideal. Ya vivíamos juntos y se había relajado esa insoportable tensión que existió entre nosotros durante los últimos años, la fiebre había desaparecido y ya sólo éramos un hombre y una mujer, dos seres humanos con sus debilidades y sus soluciones prácticas, humanas... y sin embargo ella seguía queriendo verme como yo nunca me había visto, como una especie de sacerdote venido del otro mundo o un ser superior... Pero yo no era más que un hombre solo con esperanzas.»

La mujer justa, Sándor Márai.

10 octubre, 2010

HOJARASCAS

Cuatro árboles - Schiele

Cierro los ojos y pienso. Pienso que rozo tu brazo al andar, y de pensarlo te siento, termino tomándote por el hombro, apretándote casi imperceptiblemente contra mí... Y, cuando lo hago, me sonríes el gesto y redescubro la lindeza urgente de tu boca. Hay algo inmenso en el brillo de tu mirada verde y gris, cálida y profunda, que revela tu gracia cuando me miras. Algo inmenso y eterno, tal vez parte del mar que baña tu costa esmeralda, del río majestuoso que la fecunda. Y me complace saber que no soy el único depositario de esa admirable inmensidad que regala tu mirada... Pero por un momento la hago mía, porque soy quien en ella ahora piensa, quien por ella ahora siente, y eso me vale para acercarme hasta ti. Como me vale pensar, y de pensar sentir, que me tomas también tú de la cintura y me apretujas levemente, tal que si nos fundiéramos, dos y uno, por un costado compartido, con la instintiva avenencia que nos mueve al andar. Y pienso que por un momento me detengo en ese camino jalonado por enormes árboles, donde únicamente se escucha el ruido de la hojarasca pisada... y ya ni eso... Porque estamos solos, porque estamos detenidos, y pienso que te tomo del talle y te atraigo hacia mí levemente, que permaneces callada y sonriente, que me miras y extiendes tus largos brazos hasta rodearme el cuello. Noto el calor de tus manos en mi nuca... Y de pensarlo te siento, y me ciño a ti, te abarco y te dejas mecer en un manso abrazo. Pienso que te arrullo y que susurro en tu oído una improvisada melodía. Y bailamos en este atardecer de otoño, en la mitad del Paseo de los Amoríos. Vuelve a sentirse la hojarasca, crujiendo bajo nuestros pies porque bailamos, sí, y te beso levemente y me besas levemente con tus labios que saben a uva blanca y dulce de tardías cosechas. Y esta escena se repite una y otra vez... mientras te contemplo y dibujo con un dedo una filigrana sobre tu cara, alrededor de tus ojos ahora cerrados, y te invento a pinceladas y te quiero y te deseo, y porque te quiero y te deseo te dibujo y te invento, y porque te quiero y te deseo te pienso tanto, tanto, tanto te pienso...

03 octubre, 2010

UN SENCILLO CONVENCIMIENTO

El cisne amenazado - Asselijn

Periódicamente aparece alguien que, tras leer lo que uno escribe, y precisamente a cuenta de ello, termina por hacerle reparar en su propio destape. Como hizo el niño con el rey, en El traje nuevo del Emperador, siempre hay quien no puede evitar exclamar algo parecido a aquel: «¡Pero si va desnudo!» Y lo dice bienintencionado, sin una pizca de doblez, basando su razón en el género de exhibición que el otro protagoniza cada vez que se explaya en longitudes de onda que parecen desvestir alegremente su intimidad. Es decir, cuando escribe en abierto y escribe sobre lo que le cuadra, sea esto lo que hace, piensa o (lo que parece ser más inquietante) siente... Y, tan indulgente amigo, le mueve también a uno a advertir esa cierta impudicia que arrastran consigo las palabras, los textos que trenza y compone, cada vez que segrega de sí mismo un pequeño jirón de vida...
Me ha sucedido con alguna frecuencia y por eso lo anoto. Y anoto asimismo que, en lo que me concierne, suelo mirarme sin pudor en el espejo. Hace lustros que emborrono hojas y, de lo que escribo, El alféizar es, sin pretensiones, un óleo de pormenores, la partitura semanal del aire que respiro, notas musicales de mis fibras, vertebrándose en la melodía del tiempo. Es, también, una cierta manera de mimetizarme con cuanto me rodea, con el ambiente; una forma de fundirme en él como la pequeña parte del todo que todavía soy. Hacer literatura no deja de ser un modo de disfrazar la verdad para hacerla digerible... y, en cualquier caso, soportable. Y esto es lo que, con cargo a lo que siento, pienso y hago, modestamente intento.
De suerte que, sí: Hablo y escribo sobre lo que me incumbe, y podría argumentar por sostenerlo que me conforta ser un tipo corriente y moliente que, como tantísimos otros, tiene algo que decir y no gran cosa que ocultar... Pero lo que sobre todo ampara esa relativa desnudez ante el mundo, es el sencillo convencimiento de que, como un día anoté en mi prontuario, el sentido de la intimidad no reside en lo que uno confiesa que ha vivido, sino justamente en el hecho de que, aunque lo confiese, sólo uno pudo vivirlo.

26 septiembre, 2010

SECUELAS Y RETALES

Dinamismo de un perro con correa - Balla

PASIONES
El amor se nutre de su naturaleza perecedera,
en última instancia de su propia finitud.

CLASES SOCIALES
La indignación es la hermana culta del cabreo.

EN POSITIVO
Hay pérdidas de las que, finalmente, uno sale ganando.

VÍCTIMAS
Algunas víctimas son como esas sufridas letras,
dispuestas a dejarse clavar una tilde
con tal de cobrar protagonismo.

SER Y NO SER
Mi problema no es ser lo que soy
sino, lo que soy, no serlo bastante.

19 septiembre, 2010

EL ACEITE HIDRATANTE

Window seal - Silverman

La costumbre de hidratarme con aceite corporal, viene de cuando nació mi hija mayor. Lo compraba para ella, pero comencé yo también a dármelo en la ducha, por los brazos y piernas, el pecho y el vientre, mezclándolo con el agua que gotea por mi cuerpo, antes de secarme. Esto me costó un par de sustos, pues en alguna ocasión patiné al entrar en la bañera, con los restos de la anterior hidratación... Óscar me lo había reprochado, increpándome burdamente, con su manera habitual de tratarme y despreciarme, y yo ponía cuidado en limpiar cualquier invisible resto... Algún día me daré un morrazo, por tu puta manía de echarte esa mierda, y te juro por dios que te enterarás, me dijo una vez. Por ejemplo.
Ciertamente, no sé cómo me vino a la cabeza la idea, lo confieso. Aquel día yo estaba con muy mal cuerpo y tremendamente deprimida. No soportaba que me gritara e insultara, que me acosara hundiéndome su índice amenazador bajo la clavícula; y menos delante de las niñas. La noche anterior, por enésima vez, lo había vuelto a hacer: Me humilló, me empujó con fuerza y mantuvo su mano en mi cuello, durante unos segundos eternos, estrujándome contra la pared. Ahogué un grito, sentí que me asfixiaba... Hasta que me soltó y salió de casa llamándome puta, dando un portazo. Las niñas lloraban y fui a tranquilizarlas, tapándome con la mano el cuello, disimulando un miedo atroz. Por eso esperé en su habitación hasta que se durmieron. Luego le sentí llegar, aguardé a que se acostara... y después estuve sollozando en silencio un buen rato, sentada en el frío suelo del cuarto de baño.
No sé cómo me vino la idea a la cabeza, repito... Pero la materialicé. Sí, lo hice, yo. Y es que si escribo esto, aunque más tarde rompa y tire el papel, es porque llevo todo el día acordándome muy especialmente de él, de Óscar. Hoy, digo, porque justamente hace un año que murió. Sí, pobre desgraciado... Fue al día siguiente de la noche aquella en que casi me estrangula. Oí su despertador, yo no había pegado ojo, me mantuve rígida en la cama... Y, minutos después, sentí el ruido.
Fue en la bañera donde le encontré, a las siete y diez de la mañana. Desnucado.

12 septiembre, 2010

EN BTT JUNTO AL LOIRA

Tándem - Casas

Uno de estos días de vacaciones, hice una preciosa ruta en bicicleta junto al Loira, un río que me conquistó hace ya mucho tiempo y que, desde entonces, baña mi corazón. Tantas veces como lo he admirado, me ha regalado lo mejor de sus paisajes estacionales y su cambiante y preciosa luminosidad. Si uno se acerca por los alrededores de Angers, especialmente entre mayo y octubre, y tiene oportunidad de agenciarse una bici todo terreno, que no dude en comenzar a pedalear para disfrutar de los parajes que acompañan el curso del río, con sus pueblitos y sus fértiles vegas engalanadas de viñedos.
Arrancamos a primera hora de una tarde desde Bouchemaine, en La Pointe, el precioso lugar en el que el Maine y el Loira hermanan sus cauces, e hicimos, sin ninguna prisa, una veintena de kilómetros por lugares apenas visibles sobre el mapa, y con nombres lógicamente extraños para quien no conoce la zona, pero igualmente bellos y llenos de historia y encanto. Como, por ejemplo, Béhuard, con apenas doscientos habitantes, cuya coqueta capilla del siglo XV, construida sobre una roca, sirvió en numerosas ocasiones de refugio a la pequeña población, ante las crecidas del Loira. Merece ver su interior, una de cuyas paredes está constituida por el propio e irregular peñasco a la que permanece adherido.
De Béhuard, cruzando pistas seguras, perfectamente señalizadas, se puede acceder a la zona vitivinícola de Savennières y atravesar los viñedos que dan nombre a la denominación de unos espléndidos blancos, secos o dulces, estos últimos ideales para tomar como aperitivo o acompañando un foie-gras. Los esmerados rótulos que hacen referencia a los domaines (propiedades) y a los châteaux (casas de los viñedos, algunas verdaderos palacios), comenzaban a proliferar según cruzábamos la región. Dando un rodeo, llegamos a Chalonnes, una isleta del Loira, con una preciosa ribera (muy cerca de otro lugar con indudable encanto, Rochefort-sur-Loire), y desde la que regresamos para acabar en La Possonière. Allí pudimos repostar en una de las tan célebres guinguette francesas, una suerte de merenderos ubicados en las orillas de los ríos, donde se disfruta del ambiente francés más típico y tradicional, tomando y picando algo y, en los fines de semana, escuchando canciones populares, interpretadas normalmente por el tan clásico acordeón. La guinguette de La Possonière tiene de muy especial su enclave sobre el Loira. En ella, sentados alrededor de un velador, vimos morir la tarde, con un vino fresco y joven del país, mientras una vez más me dejaba embelesar por el río, disfrutando en esta ocasión de la serena y plateada luz con la que replicaba el paisaje de sus orillas...

05 septiembre, 2010

PLENITUD

Jardín de Giverny - Monet

Madrugué, porque mi sueño no entiende de vacaciones, y era un día cualquiera de la tercera semana del pasado agosto. Desde la terraza, vi cómo se asomaba un sol prometedor en el perfil del horizonte que enaltecen las cuatro torres de la ciudad. Frescor matinal, sumamente agradable, que luego remontaría hasta poco más allá de los 20º. Pura delicia de día, un auténtico regalo para una jornada que no tenía nada de particular. Recogí un poco la casa, limpié a fondo el frigorífico, fui hasta el Punto Verde con chismes de complicado reciclaje y me preparé una comida fresca y frugal... antes de ir a la piscina, para darme un chapuzón y tomar el sol. Sin prisa, con todo el tiempo del mundo. De lujo marujo.
Sobre la bici (en bermudas, la toalla al cuello), pedaleé hacia El Estadio por entre los formidables castaños de La Senda, casi vacía, con una sensación de bienestar creciente que me hacía respirar a fondo. Mis sentidos se habían puesto a tono, detectando la porción de vida que los envolvía. Recibí, capté sus mensajes... y recordé el escrito que hice sobre Nanou, hace un año, valiéndome de su fuerza y su encanto juvenil, para expresar la sensación de plenitud que he sentido en momentos puntuales de mi vida. Y si pensé en ello fue porque la energía insólita que esa mañana me invadía era la misma que pasé a limpio en aquellas líneas de entonces. Un gozo radiante me surcaba el pecho y el vientre, como una salva de aire, ensanchándose por mis brazos aferrados al manillar, mientras la brisa me acariciaba con alborozada confianza. Me mantuve suspenso, dejándome asaltar por una pleamar que me inundó de vida... Fueron unos pocos segundos, pero, cuando sucedía, deseé gritar de gozo. O cantar o brincar o sonreír o abrazar al primero que se me acercara... Y me pregunté: ¿Puede haber algo más parecido a la felicidad?
Probablemente una experiencia tan deliciosa puede ser explicada en términos de descargas del sistema nervioso (conexiones sinápticas y neurotransmisores, pura química), gestadas al haberse filtrado e interpretado muy positivamente los pequeños acontecimientos del día, las inmediatas experiencias cotidianas. Lo cierto es que, en esos momentos, uno se siente tan involucrado en la vida, tan concernido por ella, que se sabe parte de cuanto existe a su alrededor, sin que ningún pensamiento extraño llegue a importunarle. Durante unos instantes, es consciente de que todo es pleno, luminoso, armónicamente fluido. Se establece una conducción perfecta, una sintonía entre uno y su mundo inmediato; las cosas están en su sitio; y uno también, entre ellas.
Así sucedió mientras pedaleaba, en la soleada mañana de aquel día de la tercera semana de agosto. Y es la última vez que puedo contar que, durante un soplo de tiempo y de vida, sentí profundamente que era feliz.

31 julio, 2010

UN ABRAZO

Abrazo - Aranyshev

Llegará un día en el que, por más que uno de los dos quiera, no nos podremos abrazar. Ese día, que quiero suponer todavía muy lejano, sin embargo llegará. Llegará y, entonces, tu pecho y el mío se sentirán huérfanos de calor; unos brazos, tal vez los tuyos, quizá los míos, se verán desfallecidos, anhelando estrechar contra sí a quien, de los dos, ya no esté.
Esta simple reflexión, este pensamiento fugaz como el tiempo que me lleve pasarlo al papel, una vez más me asalta y me toma, me empuja nuevamente hacia ti. Hacia ti, tan importante en mi vida; hacia ti que eres uno de casa, cualquiera de los míos, de la gente bendita con la que me juego los cuartos, desde hace un largo trecho, sobre este camino pedregoso que nos es tan familiar y común.
Por esto, hoy, mientras esos días de irremediables ausencias se demoran, quiero robarte medio minuto. El tiempo justo que me llevará abrazarme a ti, para sentir tu respiración y tu energía, tu aliento. Déjame que te disfrute, que sea plenamente consciente del calor que me das y que, yo también, te deseo trasmitir. Un intenso afecto nos acerca, nos funde. Y eso es realmente grande. Dime: ¿no crees que sienta francamente bien cogerse? Pues ven, no perdamos tontamente otra oportunidad. Déjame que la apure, antes de que este momento se disipe... y las urgencias nos invadan de nuevo, haciéndonos relegar los pequeños detalles que tanto sentido dan a nuestras vidas.
Ven, antes también de que llegue ese día en que ya no lo podamos hacer... Démonoslo ya, enteramente, un abrazo.

25 julio, 2010

EL REY DE MUSTANG

Frec de Maloia - Cuixart

Quise un día ser monarca del reino de Mustang. Durante un tiempo, perseguí exiliarme de los fragores del mundo, más allá de las últimas montañas, cercado por cielos de una luz hepática y mortecina que los ojos humanos raramente alcanzan a ver. El último rey, el rey proscrito, el rey solo. Buscaba ser rajá de un pequeño feudo en el que mi corazón soportaría los más crudos climas, soberano de un territorio poblado por mil vientos heladores que arrastran consigo los lamentos de los dioses. Ingenuamente protegí mi dominio de las corrientes extranjeras y levanté muros de piedra suturando cada herida de aquella tierra yerma que sería mi gobierno...
Eso quise un día ser, el rey de Mustang. Pero, necio de mí, no supe renegar de mi plebeyo origen, de mi humana condición de amante. Así, cada atardecer resucité un episodio de mi vida anterior, descuidando el desfiladero de los recuerdos, por el que calladamente discurre un riachuelo de oro gris... Y fue, siguiendo su curso, por donde al caer de una tarde llegaste tú. Tú, entre mis evocaciones; tú que, inocentemente, burlabas mis defensas con tu reveladora presencia, humillada sin embargo ante mi fortificación absurda. ¡Iluso de mí...! Todos mis propósitos se truncaron, cuando te vi aparecer descalza, caminando sin urgencias, penetrando en el castillo de desechos que había erigido en torno al más inútil de mis empeños... ¡Ah, mi remoto reino de Mustang! Mi loco y estéril dominio, tomado en un solo asalto por ti, en la conmovedora luminiscencia del crepúsculo. Sí, allí, tú... la magia de la vida y la luz.

Hoy vuelvo la vista atrás y bendigo el día en que robaste mi mirada y, de tu mano, abandoné el viento glacial y las montañas más altas, para regresar al mundo real. Hoy, después de aquello, después de tanto... Sin embargo, también hoy, un resto de aquel frío virgen y acerado permanece todavía en mi interior. Es el poso del tiempo de expatriación, el aliento de mi pretérita locura... Descubro ante ti mis viejas cicatrices y sonrío. Camino a tu lado y sé que, pese a todo, siempre vivirá en mi más profunda entraña algo de eso que, imposiblemente, quise un día ser: el último rey del lejano, baldío y olvidado reino de Mustang.

18 julio, 2010

MARCUSE

El Gran Juego - De Chirico

La filosofía radical de Herbert Marcuse inspiró la ideología política crítica de los años 60 y de la revuelta estudiantil del mayo francés. Sólo por esto, que ya me parece mucho, bien merece un recordatorio en estos días.
En lo más propiamente personal, leí a Marcuse en mi época de estudiante y sus
ideas cambiaron mi forma de ver el mundo y de situarme en él. Tengo lleno de subrayados y notas marginales El hombre unidimensional, un libro en el que explicaba cómo el consumismo y la “liberación de las costumbres” de la sociedad capitalista avanzada hacen del hombre un ser cada vez más adaptado e integrado al sistema... A partir de lo cual se diluyen la oposición y la crítica, pues la sociedad unidimensional las asimila, absorbiendo en su seno cualquier alternativa.
Leyendo a Marcuse, la realidad se le volvía a uno engañosa: El capitalismo avanzado ejerce sutilmente su control, manipulando los deseos y las necesidades de las personas. No sólo determina las ocupaciones, las habilidades y las actitudes socialmente requeridas, sino también las necesidades y aspiraciones individuales.
La aparente libertad de los sistemas democráticos esconde formas organizadas de represión y control social.
¿Qué significaba entonces la democracia? ¿Qué era realmente la libertad? Marcuse se estaba anticipando a las doctrinas del “pensamiento único” y de la “globalización”, cuando denunciaba la unidimensionalidad, la homogeneidad aplastante del pensamiento y la acción, que eliminan todo impulso crítico y transformador. No existe una verdadera oposición, no hay disidencia. Hasta el proletariado pierde su marca revolucionaria, seducido por el confort y el consumismo...
Todo esto era desalentador. En plena Transición, me avanzaba la idea de que terminaría viviendo en una cómoda, razonable y democrática no-libertad.
Si el capitalismo absorbía la potencialidad emancipatoria de la clase trabajadora, ¿qué esperanza nos quedaba a quienes queríamos un mundo más justo y solidario? Lo denunciaba Marcuse, que existía una venenosa “tolerancia represiva”, basada en el “bienestar” y en un control social absoluto cada vez menos identificable. Cualquier contestación, nacía ya debilitada... ¿No era acaso cierto? Y concluía señalando que la esperanza de una liberación y la consecución de una sociedad abierta y libre, había dejado de estar en manos del proletariado, para pasar a las de las minorías no integradas, los grupos marginales, los excluidos del sistema, cuya sola presencia muestra la necesidad de poner fin a condiciones e instituciones intolerables. ¿Y no sucede esto también hoy, incluso más que nunca?
Marcuse estaba convencido de que sólo los desposeídos
podían ejercer una oposición radical y una verdadera emancipación. Por eso les prestó su apoyo, impulsando una nueva izquierda contraria al marxismo ortodoxo y radicalmente crítica y opositora contra el establishment.
Marcuse falleció el 29 de julio de 1979. Guardo recortado, entre las páginas de El hombre unidimensional, el obituario del periódico por el que supe de su muerte.

11 julio, 2010

EL LINCE

Peatones - López Román

Sí... ¿Joaquín? Este... No, no se espante. Y perdone que me entrometa de este modo en su pensamiento. Lo siento, es la única manera... Aunque usted no lo va a entender. En fin, no nos conocemos, pero aguante un poco. Y estese tranquilo, por favor. No, no soy una vaina de alucinación auditiva; no, no está usted pirucho, créame. Sé lo que piensa, pero escuche, se lo ruego, e intente relajarse. Eso es, gracias... Mire, me llamo Rafael o, mejor dicho, me llamaba hasta hace unos días, porque el jueves pasado, a las siete y veintidós de la tarde, fallecí. Lo sé, suena increíble. Yo tampoco estaba preparado para esta joda, y es que todo llega tan de una... Sí: soy un intruso, pero le repito que sólo así puedo llegarle al bocho, quiero decir a ese lado, adonde están usted... y la vida. Este... Naturalmente se preguntará por qué lo elegí para colarme como un plomazo en su cabeza. Joaquín, no rebulla tanto, no se inquiete y... ¡Escuchá, mierda! Perdón, atiéndame, que apenas tengo unos minutos. El asunto es el que sigue: Soy argentino y tengo 43 años o, más bien, ambas cosas era y tenía. Llevaba cuatro en España, doce casado y seis meses con una amante. De acuerdo: un medio trucho... pero le confieso, en mi descarga, que no fui yo quien primero tiró los galgos. Tuve mis motivos para dejarme llevar, pero no divagaré con detalles. El caso es que mi amante es o era Flora, exactamente, ya la conoce, su vecina, y que si lo engancho a usted es porque me consta que no pertenece a esa manga de boludos que simulan cordura y sensatez, pero que son insensibles al dolor humano. Porque le cuento lo que sucede: Yo había quedado con Flora en su departamento el pasado jueves, o sea el día de autos, ahí mismo, puerta con puerta de la suya... Joaquín, ¡bancáme loco!, veo que hace por escucharme, pero, ¿le importaría apagar el televisor? Ahora lo necesito entero, ¿sí? Eso es, soberbio. Este... Le explicaba que habíamos quedado en vernos, lo cual era decir en amarnos... ¡Ah, amigo: qué minón tiene usted ahí enfrente! Tierna, gauchita, sensual. No la olvidaré mientras... ¡mierda!, mientras esté muerto. ¿Quiere saber cómo me llamaba, después de yacer? Escuchá, loco, y tomá nota: “Mi lince”, che; me decía “mi lince”. Disculpe mi vehemencia, y también que me salga vosearlo, pero ¿no le parece bárbaro? Porque, para mí que vengo de donde sos más grande si te dicen tigre o puma o potro, que una piba te llame lince es lo más. Lo más, ¿entiende, Joaquín? “Mi lince...” Aún muerto, ardo de vanidad... Pero le decía que nos veíamos los jueves, cuando el marido de Flora, sí, su vecino, lo sé, por favor, no me cruce su pensamiento... Gracias. O sea que los jueves, este, nos veíamos a las siete y media, minutos después de que él saliera hacia su club para jugar al póquer. Nada de celulares ni boludeces, ninguna pista que pudiera liarnos. Yo caía en el Café Moderno, frente a su bulín, y aguardaba desde un velador, junto a la vitrina, a que ella bajara la persiana de su habitación. Era la señal. Entonces me colaba discretamente en el portal, subía... y allá que apurábamos nuestra hora de gloria. Una hora. Se me hacía cortito como patada de chancho, pero fue el límite convenido. Si la viera... Sus manos, sus ojos, sus pechos... Estoy seguro de que, usted mismo, más de una vez se los mira al bies... Pero, sí, perdone, este... Resulta que el pasado jueves salí de mi casa (vivo en López Aranguren) y, al poco, empezó a llover y hube de refugiarme para no llegar hecho sopa. Aquella mierda no paraba y, no viendo un taxi libre, no tuve otro remedio que cagarme mojando, por estar a la hora de la cita. Así que corrí literalmente de cuadra en cuadra y crucé los semáforos en rojo que me permitió el jodido tráfico. Pero no todos, desgraciadamente, porque fue en uno de éstos, en la calle José Luis Sampedro, cuando precisamente un taxista pelotudo me llevó puesto. Reconozco mi cagada, pero créame que, loco como iba y en medio del diluvio, no lo vi llegar. Verdad que el choque no fue violento, pero la puta leche dio con mi cabeza contra un macetero de piedra... Y ahí terminó todo: en aquel mismo instante me morí. ¡La gran concha de su madre! Uno corre tras la felicidad y la guadaña va y le pega el tajo... Pero no, no tengo tiempo de filosofar y, además, no me consta que mi jodida suerte me dé nuevamente chance de estar con usted. Oh, sí: entiendo su alivio... Sin embargo, le pido que me comprenda. Como puede suponer, mi pechugona nada sabe de mí desde la última vez, y la sé sumida en una angustia terrible. Por mi parte, intenté ingresar en su pensamiento, como he hecho con usted, pero al cabo hice que confundiera sus deseos con desvaríos y sólo conseguí mortificarla. Cada vez que le hablé, creyó volverse loca y no dio crédito a mis palabras, que atribuyó a su imaginación delirante. Sí, veo que lo entiende. Yo, este... ya recién le pido disculpas, Joaquín. Pero es que mañana es jueves y, como otros jueves, la pobre flaca bajará su persiana sobre las siete y cuarto de la tarde, confiando en volverme a ver. Esta vez lo hará inquieta, carcomida por la duda... Vos sabés, Joaquín, que no hay mayor tormento que la incertidumbre. Y, precisamente por esto, le solicito fervorosamente un favor: que la libere de la tortura por la que habría de pasar tras mis ausencias, aunque le cause un sufrimiento en apariencia mayor, cuando le diga que he muerto. Estoy convencido de que con la verdad consolará su pena... pues, en la vida, lo que a uno lo mantiene en pie son las certezas. Se lo suplico: Baje usted mañana a las siete al Café Moderno y ocupe mi lugar en uno de los veladores que da a la calle. Cuando baje la persianita, llame a su casa y pídale permiso para entrar. Seguro que ella buscará nerviosamente una excusa para despachar a su inoportuno vecino, pues esperará que yo aparezca. Pero, aproveche que se tratan de hace años, para rogarle que le atienda. Dígale entonces que llega de parte de Rafael, dígale del Lince... y ella, muy loca, lo presiento, le hará pasar. ¡Oh, pobrecita flaca...! Entonces cuéntele la verdad, Joaquín: Explíquele que me colé en su pensamiento, como había intentado hacer en el suyo. Dígale que le relaté lo que me aconteció el pasado jueves, que fallecí... y, por favor, confírmele que fue la maldita lluvia la que me apartó de su lado. ¿Lo hará por mí...? Gracias por no cagárseme en las patas, con este entrometimiento, de veras... Ah, este... Y dígale también que la quiero; se lo imploro... Después ya nunca más lo molestaré. Le juro, Joaquín, amigo mío, que no lo haré, créame, que lo dejaré en paz... por toda esta puta eternidad.

04 julio, 2010

LA UTOPÍA - Birri

Paisaje magnético - Polke

«Ella está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez y el horizonte se desplaza diez pasos más allá. Por mucho que camine, sé que nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve entonces la utopía? Para eso sirve, para caminar.»

27 junio, 2010

ALGO DE TI

Luminiscenze - Toffoletti

Algo de ti me roza en un escalofrío, cuando tu imagen fecunda mi sueño en el núcleo mismo de la noche. No sé si es el recuerdo de tu mano acariciando mi duermevela, si el de tu respiración concebida como un anhelo cuando me abrazas... o si, acaso, la evocación de aquella dulce malvasía que jamás osé robar de tus labios. Es algo de ti que no alcanzo a concretar, algo de ti que me arrulla y estremece, que infunde luminosidad y plenitud al recogimiento de mi pecho... Y basta un átomo de cuanto ese algo me inspira, para llenar de ti el lugar entre cuyas paredes de absurdas magnitudes soy centinela de tu ausencia. Reapareces inabordable y descubro en tu mirada el destello de vida que me invita a rondarte para terminar recalando en nuestros íntimos humedales, a amarte para morir en ti como muere la luz purpúrea del atardecer, exhausta y satisfecha, serenamente diluida en los profundos añiles de la noche...
Y en la noche te quiero. Y en la noche pienso que ese algo de ti me toma entero, mientras garrapatea mi mano estas notas, y me vuelco en el deseo de perdurarme a tu lado. Dibujo una caricia sobre el vuelo de tu memoria, vislumbro tu cara en un juego de espejos y me dejo ir, acotado en este paréntesis, empapado de un dulce y progresivo abandono. Cierro entonces los ojos, meciéndome en el calidoscopio de las quimeras, y me deslizo hacia ese otro lado del sueño, de un modo que apenas acierto a expresar... Y, mansamente aturdido, aún intento un último asalto a tu imagen, cuando advierto el forcejeo de cada una de mis letras huyendo vivarachas del papel, buscando a oscuras llegarte, aleteando juguetonas en un espejismo que rocía de besos tu mejilla.
 
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