28 marzo, 2010

CON LA CUCHARITA - Aub

Monsieur Boileau - Toulouse Lautrec

Empezó a darle la vuelta al café con leche con la cucharita. El líquido llegaba al borde, llevado por la violenta acción del utensilio de aluminio. (El vaso era ordinario, el lugar barato, la cucharilla usada, pastosa de pasado.) Se oía el ruido del metal contra el vidrio. Ris, ris, ris, ris. Y el café con leche dando vueltas y más vueltas, con un hoyo en su centro. Maelstrom. Yo estaba sentado enfrente. El café estaba lleno. El hombre seguía moviendo y removiendo, inmóvil, sonriente, mirándome. Algo se me levantaba de adentro. Le miré de tal manera que se creyó en la obligación de explicar:
—Todavía no se ha deshecho el azúcar.

Para probármelo, dio unos golpecitos en el fondo del vaso. Volvió enseguida con redoblada energía a
menear metódicamente aquel brebaje. Vueltas y más vueltas, sin descanso, y ruido de la cuchara contra el borde del cristal. Ras, ras, ras. Seguido, seguido, sin parar, eternamente. Vuelta y vuelta y vuelta y vuelta y vuelta. Me miraba sonriendo... Entonces saqué la pistola y disparé.

Crímenes perfectos
, Max Aub.

21 marzo, 2010

EL HAZ DE LUZ

Cabeza de hombre - Freud

El haz de luz es lo que miro, cuando entra Clara y me vuelvo hacia ella. Viste una suerte de harapos que no reconozco; será que son nuevos. Entonces comienza a hablarme de un verano hace tiempo extraviado y, sin ton ni son, me besa con ganas. Es curioso que, por dejarme besar, no sienta remordimientos salvo en los labios... Y, casi mientras lo pienso, Clara se aparta de mí y ni se despide; sale del cuarto. Y yo vuelvo a reparar en el haz de luz que incide en el suelo. Es como una manía mía, lo de observarlo una y otra vez. Me viene a la mente la palabra filamento. Miro el reloj de pulsera sin ver la hora. Las gafas que no tengo a mano. Pienso en ir a por... Pero es papá quien me las trae. Papá, no sabía que estuvieras en casa, le digo. No contesta. Su sordera es cada vez más evidente. Aunque, calla: ¡si papá no está sordo...! Le observo según se va y comenta que hemos dejado atrás un invierno bien frío. Y ventoso, añado. Porque fuera sopla de lo lindo y esto es algo que se oye y oye y oye...
El caso es que mi cabeza es un calidoscopio, a cuenta de la extraña alquimia sináptica. Soy yo, es el haz de luz, es la hora... Y viene desde el cielo Carmelo, a quien estoy encantado de ver. ¡Carmelo!, le digo entusiasmado y él me mira con una calma llena de melancolía. Ven, siéntate. Le ofrezco un aguachirle de café, que ni sé de dónde saco. El bueno de Carmelo lo toma como si le gustara, sonríe educadamente, desaparece. Me deja triste verle marchar tan pronto, quién sabe hasta cuándo, conque cojo un libro en blanco, sigo con mis gafas a vueltas, la hora, el filamento de luz, papá, Clara, Carmelo... ¡La repanocha! Y, por si fuera poco, aparece ahora el tal Juanan, con cara de pedir permiso para unirse a la fiesta. ¡Tu quoque... fili mii!, le suelto con resignado sarcasmo. Trae una caja de barro bajo el brazo y se siente un proscrito, según sus propias palabras. Pero yo tan terne. ¡Vaya una cosa, lo de ir por ahí de proscrito, a estas horas y con una caja de barro bajo el brazo! Entonces saca un cuaderno azul y su pluma de la caja, se abisma y se pone a garabatear en una esquina, precisamente a la luz del haz de luz. O sea del filamento. Y yo le olvido.
Vuelvo a cerrar los ojos y, por enésima vez, los vuelvo a abrir. Como no podía ser de otro modo, vuelvo a reparar en el haz de luz sobre el suelo y también en el bulto del escribiente. El filamento ya no es amarillento, ahora parece más blanco, algo menos mortecino. Deja de ser de farola callejera para hacerse de lechoso amanecer. El tal Juanan rezonga ininteligible, se mueve, viene y se acuesta pegado a mi espalda, como si tuviera frío. Ahora no ha pedido permiso y termina por abrazarme con tanta fuerza que me siento fundir... ¡Ah, no; ya basta! Resuelvo dotarme de un aire definitivamente propio. Lo mejor será que me levante, me digo y es lo que hago. Abro el grifo de la ducha, dejo que se vaya templando el agua. Entonces quedo atrapado por la imagen que, frente a mí, descubro: Pienso en el desconcertante parecido que, tras una noche en vela, tiene el tipo que me está mirando... Me llevo la mano al pómulo izquierdo y, mientras intento reconocerme, el tal Juanan sonríe entretenido, observa mi deplorable aspecto, una vez más, desde el otro lado del espejo.

14 marzo, 2010

QUISIERA SER EL MAGO

Acqua mossa - Klimt

Quisiera ser el mago que abre y separa cuidadosamente sus manos, haciendo que de ellas emerjan mil palomas, blancas como copos de nieve. Quisiera ser el niño que las mira boquiabierto, esperando que cada una de ellas vuele a lo más alto, hasta alcanzar el mismo cielo... Y quisiera ser el poeta que en cada paloma ve el copo, y en cada copo descubre un beso, y que bajo este cielo de azúcar mojado pinta la acuarela primorosa de tu reino. Quisiera ser cada uno de ellos, desde cada uno de ellos merecerte... y ser las palomas que te arrullan, los copos que livianos te rozan, los labios que arriban a tus mejillas y las sonrosan con su mimosa lumbre. Como quisiera ser, también, el promisorio sol de marzo que funde la nieve y coquetea con tu sombra cuando caminas, el espejo de un charco postrero que recorta furtivamente tu imagen, la vaharada que nace del echarpe que se recoge perfumado en tu cuello.
Quisiera ser...
Pero, siendo quien soy, me habrá de bastar con arrebujarte en mi pecho, embelesado en un trasueño que me vuelve mago, niño y poeta cuando te pretendo a mi lado. Y, en la quietud de esta mañana blanca, me contentaré con ser el jirón de un verso que flamea y rasga el escenario de la ausencia, para retribuir con un vuelo de palabras tu paciente espera. Así es que mis labios te nombran, comienzo a leer estas líneas y sólo deseo que te alcance mi voz, la sosegada rapsodia en que me deslío, para ser ante ti paloma, copo, beso, aire... y el sol tibio de marzo acariciando tu pelo.

07 marzo, 2010

LOS POCOS LIBROS

La lectora - Zaitsev

Hay quien atesora antiguos códices e incunables, quien se provee de libros corrientes que nunca empieza, quien, con los más lucidos, reviste sus estanterías. Está también el que los vende a peso o compra al detalle, aquél que los regala por amor, interés o compromiso; quien lee de fiado, el aparente olvidadizo, que acopia para sí cuantos le fueron llegando prestados, y quien los cede a regañadientes temiendo que no tengan retorno. Y es que, no en vano, alguien ya estableció dos clases de tontos en el mundo: los que prestan los libros... y los que los devuelven.
Los libros dan mucho que leer y otro tanto de que hablar, y cada cual tendría mucho que decir sobre lo que aportan a su vida. Puesto por caso, contaré qué mi empeño sobre este particular es disfrutar de una sublime biblioteca, con el menor número de libros posible. Llegué a tener (aunque fueran ellos los que en realidad me poseyeron) algo más de mil volúmenes. Partí peras, deshice metros lineales de biblioteca, con lo que ahora mismo rondaré las cuatro centenas... Y confieso que me fijo como meta no sobrepasar, de éstas, la mitad. Sí: Cada vez menos tengo, los que son para mí mejores.
Y, si fuera el caso, me extendería largo para confesar que lo que el cuerpo me pide es vaciarme, quitar contenido a lo superfluo, soltar amarras del discurso arbóreo, volverme esencial. Tener poco, lo justo; tal vez lo mínimo. De eso se trata.
Quizá sucede que ese viñedo de viejas cepas, al que pertenezco, me hace medrar como un sarmiento, con nudos flexibles y caprichosos que se revuelven y me deparan extraños modos de dar fruto que nunca antes concebí. De modo que aquí estoy, en este mojón del camino, rodeado de los todavía demasiados volúmenes que comento. Y, a día de inventario, mucho tendría que cambiar mi vida para que la peregrine como un Sísifo, amarrado a mis pertenencias. Pues creo que, cuanto existe a mi alrededor, todo lo que conforma mi universo, lo que soy y tengo, vive en mí. Incluyendo mis más preciadas lecturas...
Así es que pienso que poco o nada me llevaré cuando parta, y lo digo sonriendo, sabedor de que todo esto funcionaba sin mí y seguirá haciéndolo cuando ya no esté... Aunque, por lo mismo, serenamente sospecho que hasta lo más sagrado, sin mí, llegado el momento dejará de existir.

28 febrero, 2010

UN RINCÓN DE ANJOU

La torre de la iglesia - De Haës

Hay días de invierno que dotan a ciertos paisajes naturales de un halo singular. Días que los embellecen con una pálida neblina, de etérea refulgencia, que parece exhalada de las aguas de los ríos, de la misma corteza de la tierra. En una de estas jornadas, visité la comarca más oriental de las tierras francesas del Ducado de Anjou y tomé estas notas:
Cuando uno deja atrás la villa de Saumur, con su admirable y magnífico castillo, para remontar la margen izquierda del Loira, comienza a vislumbrar en la pared rocosa que la jalona, las primeras bocas y agujeros que fueron, hace miles de años, moradas de un asentamiento troglodita. Estamos atravesando Dampierre y, al volante, casi de soslayo, entre los huecos prehistóricos pueden verse casas perfectamente adaptadas a la piedra, cavas de vinos, viveros de champiñones y hasta algún pequeño y coqueto hotel. Así llega uno a Montsoreau, un pueblo bello como pocos, con un adorable castillo erigido a pie del mismo río. Sus calles estrechas y empedradas, habitualmente tranquilas, resultan agradables de recorrer... Como igualmente lo son las de su aldea limítrofe: Candé-Saint-Martin, crecida sobre la loma que circunvala un meandro, a la que se accede por vías de viejo y pulido pavés, hasta encumbrarse para contemplar desde su otra cara un espléndido panorama: aquél que dibujan los majestuosos y caprichosos cauces del Loira y el Vienne en su eternizado encuentro. El paisaje, desde lo alto, es remansado y sereno, y sólo el lejano humo de los reactores nucleares de la central de Chinon levemente lo emborrona.
Si entonces atardece y se piensa en cenar sin dejar la zona, Fontevraud, conocido por su esplendorosa abadía, puede ser una buena opción. Por recomendación de unos amigos, La Licorne (El Unicornio) resultaría todo un acierto. Cálido, delicadamente decorado e iluminado, con una elegante puesta en escena. Los menús, cerrados sobre la carta, brindaban una amplia e interesante oferta: desde 25 hasta 70 euros. El económico, más que cumplido: Ravioli relleno de foie-gras, con una exquisita crema de champiñones; raya con guarnición de verduritas en tempura y un suflé con sorbete de mandarina. El vino, rico y joven tinto de Saumur, iba aparte, como el café y las tres deliciosas trufas que lo acompañaron.
En fin: una recomendable visita, para cualquier época del año, que se puede desarrollar en sólo un día y rematar, a primera hora de la noche, con un bien servido colofón.

21 febrero, 2010

LOU ANDREAS-SALOMÉ

Venus Verticordia - Rossetti

Fue a finales de los 70, tras ver Más allá del bien y del mal, de Liliana Cavani, cuando supe de la existencia de Lou Andreas-Salomé, mujer que osó vivir en una imposible comunidad amorosa e intelectual con Nietzsche y el poeta Paul Rée. La película mostraba la pasión del filósofo alemán por crear la nueva moral que ya expuso en la obra que da título al film, a través de una relación triangular. «¿De qué estrellas caímos para encontrarnos aquí?», fue lo que dijo Lou, su amor más doloroso, cuando la conoció. Pero, ¿quién era ella?
Indagué (como se indagaba entonces, ¡sin Internet!) y la volví a encontrar en un librito precioso, que recogía su correspondencia con Rainer Maria Rilke, con quien viajó a Rusia siguiendo un idílico impulso que influiría decisivamente en la vida amorosa del poeta.
Pero Lou Andreas-Salomé fue también amiga predilecta de Freud, quien siempre le profesó una gran admiración («es de una peligrosa inteligencia», dijo de ella), y mantuvo relaciones de amor y amistad con grandes intelectuales, entre quienes se movió, a quienes puso en contacto y con quienes entretejió parte de la historia del pensamiento y de la literatura, en los albores del siglo XX. Cualquiera que busque saber algo de ella, comprobará que quienes la trataban sucumbián a su encanto, a su lucidez y a un fascinador carácter, marcado por la gran exigencia que demandaba en sus relaciones personales.
Eran contadas en aquella época las mujeres que "tuteaban" intelectualmente a los pensadores. lou Andreas-Salomé lo hizo, de la mano de su preparación y, sobre todo, de su insaciable curiosidad. Alguien como ella que, además, mostraba su indiferencia ante las convenciones morales, alternaba en el Hof Atelier Elvira, conocido punto de encuentro del ambiente homosexual vienés, y vivía permanentemente rodeada de un halo de vivacidad, escándalo y erotismo, no podía sino representar un desafío para una sociedad en la que finalmente iba a germinar el nazismo... Sin embargo, como anécdota, se dice que sus estudios literarios y psicoanalíticos eran tan populares en Göttingen, la ciudad alemana en la que vivió sus últimos años, que la GESTAPO aguardó a que muriera para quemar su biblioteca.

Lou Andreas-Salomé había nacido en San Petersburgo, el 12 de febrero de 1861, y falleció el 5 de febrero de 1937.

14 febrero, 2010

ENTONCES...

La barquita - Friant

Si no hubiese existido la playa de aquel lejano verano. O si, en tal día como fue, no me hubiera acercado para hablarte. Si después no me hubieses sonreído, entre extraña y divertida al conocerme, ni me hubieras enseñado tu canción preferida y no la hubiéramos cantado por las calles de nuestros paseos crepusculares. Si, todavía entonces, yo no hubiera sentido la necesidad de volverte a ver y no hubiera cejado en mi aventurado propósito hasta hacerlo. Si no hubiese existido la decolorada fotografía del encuentro, que nos retrató adolescentes en ese misterioso puente de tu ciudad que, llegado hoy, no somos capaces de localizar. Si no te hubiera escrito aquellas nueve cartas que, enlazadas por una roseta, amarillean en tu pequeño cofre de recuerdos. Si tú no me hubieras contestado. Si, transcurridos los años, no hubiese dejado ya de respirar por mis heridas y no te hubiese buscado, tan sólo por saber de ti, tras tanta vida a las espaldas. Si no me hubiera yo empeñado. Si no te hubieses tú empeñado. Si no hubieras posado tu mano sobre mi mejilla, durante esos dos segundos de más que convirtieron el vuelo de tu caricia en una señal sabiamente deliberada. Si no hubiera existido un hoy en el que recorrer las distancias pretéritas. Si yo no hubiese vuelto a ver tus ríos y tu mar, ni tú mi mar y mis ríos. Si no se hubieran reencontrado al cabo nuestras miradas, entrelazado nuestros anhelos, sellado nuestros labios. Si ni la música de aquel joven Dassin, ni la de Rodrigo Leao, los Lighthouse o Jamiroquai. Si ni esta misma de Hisiashi, que escucho ahora mientras te escribo. Si ni las hojarascas pisadas, ni los árboles pelados del invierno. Si ni el verde, ni el frío, ni los lagos. Si ni las serenas ganas de querer y dejarse amar.
Si tú no hubieras existido. Si todo esto no hubiera jamás sucedido. Entonces...

07 febrero, 2010

COHERENTES

Hombre en una hamaca - Gleizes

Somos esclavos de la simulación, de aparentar lo que difícilmente llegaremos a ser. Vivimos personificando una imagen que nos proponga ante los demás, aún cuando ésta sea una coraza o una máscara, y, a juzgar por el tiempo y la energía que dedicamos a este propósito, se diría que nos va la vida en ello.
Por esto admiro profundamente a quienes luchan por ser coherentes. La coherencia entre lo que uno siente, piensa y hace es el fundamento de su libertad. Sin embargo, el que la persigue parece condenado a peregrinar en solitario. Y, justamente por lo caro que resulta el peaje, cada cual renuncia a su autenticidad y se acomoda a los usos de una sociedad que, paradójicamente, cuanto más promete integrarle, más le aísla...
Tal vez por ello, la coherencia no es un valor en alza. Y mucho menos en este tiempo de necias y hueras servidumbres, en el que difícilmente encontraremos a alguien que esté a la altura de su retórica.

31 enero, 2010

DERRELICTOS

Llanto - Guayasamín

Luisa, su mirada esquiva. Como un insecto en la telaraña, la culpa atrapada en sus pupilas. Palabras cuarteadas y resecas, anticipos del adiós más definitivo. He bebido vino desesperadamente, sin siquiera picar algo a la hora de comer. Después un resto de coñac. Salgamos del apartamento, dice, aquí me ahogo. Y nos vemos caminando por la playa desierta de enero, ambos, juntos, sin querer. Le imploro más que digo entonces: volvamos a ser los que fuimos; y me contesta: lo siento, Arturo, yo... ya sólo puedo mirar hacia delante. Luego, silencio; nuevamente el silencio. Palabras que languidecen moribundas, como las olas en la orilla; lágrimas abortadas en el mismo pertinaz, intolerable silencio. Debe hacer un frío que no llego a registrar, mientras anochece apresuradamente para los dos... Y de repente no quiero verla, es algo superior a mí, me aparto de ella y corro. Corro loco, borracho por la arena húmeda y apelmazada de la última luz. Solo, corro solo y desquiciado hacia la orilla, bajo las tinturas púrpuras y amarillentas del cielo deshilachado. Corro salpicándome entero, entre espumas de un mar violeta y negro, abocándome al vacío. Loco, borracho, tanto da. No me vuelvo, imagino que Luisa es apenas un bulto que se pierde tras de mí, empequeñecida, dura, oscura como un escarabajo en la arena gris, cada vez más lejana... Y entonces me rompo por el mismo eje y grito desgarrado. Porque nada tiene sentido. Grito ronco y fuerte, porque todo ha terminado, y la desesperación se me clava a conciencia en el pecho, como la tabla astillada de un batel desguazado. ¡Mierda!, grito. Ser los que fuimos, ¡Dios!, todo se ha perdido... Todo quedó allí, en algún lugar irrecuperable del pasado. Recuerdos confusos que flotan en el mar eterno, derrelictos de un naufragio. Todo se ha perdido, gimo. Me detengo jadeante, me hinco de rodillas en la arena fría, mojado una y otra vez por la estela infinita de las olas, y lloro. Se hace la noche, tanto da. Roto y borracho, yo, Arturo, sollozando entre vapores de salitre y alcohol. Roto, reventado, solo. Harto de todo. Luisa, Dios mío, ¡mierda...! Estoy loco y muerto. Tanto da todo, Dios, lloro; tanto da...

24 enero, 2010

EL IMPERFECTO QUE SOY

Motas de polvo al sol - Hammershoi

Mi imperfección es magnífica. No hay gran cosa que por mis propios medios haga enteramente bien, y eso me convierte en un ser polifacético y entretenido, de vocación diletante. Soy un tipo mondo, pasable y del montón, alguien que transita inadvertido a paso de ciudad, con un aire equívocamente abstraído. Estoy compuesto de mil materias, y mi estúpido mérito es tenerlo en cuenta y derivar de ello ciertas consideraciones de orden práctico y vital. Como la de reconocerme plenamente en el ser híbrido que me habita: un puro mestizo, al parecer consistido en un 80% por agua, junto a millones de bacterias... y algo de vino los fines de semana. El resto me componen otras médulas cuyos ingredientes desconozco pero que, al científico entender, se renuevan total y cumplidamente cada pocos años.
He aquí entonces que, por esta evolutiva gracia, un ser nuevo saluda al mundo cada vez que tal renovación acaece y se deja ver por ahí, lanzando besos a la deriva. Sonrío, pues le conozco: Soy yo, dando cuenta una vez más del ser genuinamente imperfecto que alojo. ¡Ah, amigos: adoro esta certeza! La proclamo casi con orgullo, me siento ufano en mi hermosa condición. Advierto mis niveles de litio aceptablemente compensados y apuesto por ser capaz de perpetrar dos cosas a la vez, siempre y cuando una de ellas sea respirar. ¡Y vaya que lo hago! De manera que sigo escribiendo y respiro; respiro bien, a fondo y, aunque a ratos bufe mis ansias, siento que algo grande fluye en mi interior con insolente arrojo. Es mi encantadora imperfección, mi bendita inconsistencia humana, fuente de cuanto maquino, dispongo y creo. Sí, la protagonista de mis forcejeos con el mundo, la que cargo a expensas de un corazón arrítmico que le bombea voluntad, la toda y mucha voluntad con que me adhiero obstinadamente a la vida.
Imperfecto como pocos, tanto y tanto sin embargo: Hijo de remotas cenizas estelares, soy una mota de polvo dorada por un haz de luz, un soplo de aire a la vuelta de la esquina, el chispazo azaroso que me alumbró: esa milagrosa y bella deflagración que es cada átomo de vida... en medio de una oscura inmensidad.

17 enero, 2010

DUEÑOS DEL FUTURO - Kundera

Margarette - Kiefer

La borró de la fotografía de su vida no porque no la hubiese amado, sino, precisamente, porque la quiso. La borró junto al amor que sintió por ella. La gente grita que quiere crear un futuro mejor, pero eso no es verdad; el futuro es un vacío indiferente que no le interesa a nadie, mientras que el pasado está lleno de vida y su rostro nos excita, nos irrita, nos ofende y por eso queremos destruirlo o retocarlo. Los hombres quieren ser dueños del futuro, sólo para cambiar el pasado. Luchan por entrar al laboratorio en el que se retocan las fotografías y se reescriben las biografías y la historia.

El libro de la risa y del olvido, Milan Kundera.

10 enero, 2010

TRAZOS DEL VIEJO PINCEL

Junto al río - Vladimir

Es tu sonrisa incondicional, la que me transporta cuando escribo; es también tu modo de estar donde estás, el de aceptar que existe un orden inaccesible sobre ti en el universo del que formas parte, y la gratitud con que tu mirada declara amar la vida a pesar de la vida misma, y tu forma de cruzarte con la gente, de pertenecer a la gente, de ser la gente, y la de caminar en silencio a mi lado, mostrándome cuanto de ti ahora digo, mientras me tomas de la mano y recorremos las riberas de los ríos que embelesan nuestras almas.
Es tu manera de ser quien eres tú, la que me lleva a representarte cuando dejo tus ojos por un instante, porque miro al cielo y ahí estás, impresa en cada nube que arrastran estos días de pálida ventisca; tú, que eres la armonía en cada nota de ésta y mil composiciones, cada copo del invierno y cada hoja ausente del árbol que dejo atrás según paso. Tú que eres tú, más allá y más cerca de todo cuanto alcanzo a contemplar... Tú, siendo quien me infunde un soplo en los párpados y me despierta al amor, la mano que guía mi mano torpe y necesitada, la letra póstuma que se desliza como una caricia en el puntillo de mi pluma cuando escribo tu nombre, la tinta amante del verso moribundo...
Y tú, que también eres el haz de luz bendita que ilumina primeriza cada uno de mis días, tú, mi cielo, ese imposible amor de juventud latiendo en cada hierbajo del camino andado, eternamente tú... Y, en ti, cada uno de los trazos del viejo pincel con los que perpetro en la noche los más bellos paisajes de mis acuarelas angevinas...

03 enero, 2010

DÉDALUS EN EL ALFÉIZAR

Portada: Lento nacer - Úbeda

Aproveché unos días de vacaciones, a primeros del pasado mes de diciembre, para recluirme en el pueblito del noroeste francés que frecuento, y terminar de dar forma al que viene a ser mi segundo libro en la red: Dédalus en el alféizar.
La idea de agrupar las entradas más personales de esta página y disponerlas en formato de libro (tanto en papel como digital, en pdf), se fue gestando cuando comencé a recibir algún que otro correo y comentario de gente amiga que me animaba a editar las Cartas a Miralles. Así se entenderá el enorme agradecimiento que siento hacia quienes me han empujado directa o indirectamente, no ya a publicar sino, por encima de todo, a seguir escribiendo. Este trabajo que ahora presento es así un fruto que debo dedicar a quienes habéis pasado una y otra vez, durante sus tres años de vida, por El alféizar. Y no exagero cuando afirmo que, de no haber sido por las visitas que esta página recibe, probablemente la hubiera cerrado tras un tiempo de haber ensayado la experiencia de introducirme en el mundo de los blogs.
Por ello, ahora más que nunca me reafirmo en la idea de que cualquier representación creativa, en tanto que comunicación humana, es un juego entre emisor y receptor que este último completa, otorgando definitivamente un sentido al acto creativo. Un cuadro es menos, si no hay quien lo mire. Del mismo modo, un texto, un relato o un poema no llegan a su plenitud si no existe un lector. Fue el poeta Paul Éluard quien dijo: «Después de todo, no soy sino la persona que habla. Pero, ¿qué habla a quién?»
Guarda relación con lo que digo, lo que hace unos días escribí a una amiga: «En todo caso, quiero que sepas que un puñado de gente como tú es la que me abre el bolso cuando llego al bar, me ofrece mi propia pluma, me planta delante una servilleta de papel y, mientras aún humea el café sobre el velador, me dice con una sonrisa: "Venga, tío, dale..." Y no sabes lo importante que, para mí, es esto.»
Gracias, una vez más, a todas y todos quienes con una admirable lealtad estáis ahí mismo, al otro lado de la pantalla.

Juanan Urkijo Azkarate.

P.S. Accediendo al vínculo de la imagen de la portada de Dédalus en el alféizar, que figura en el encabezamiento o al del menú lateral del blog, se puede descargar gratuitamente la versión en formato pdf o bien encargar el libro en papel, a precio de coste en Bubok más los gastos de envío.
Más información en: JVJ Ed

20 diciembre, 2009

DESPUÉS DE COPENHAGUE

10 gk - Toffoletti

Vivimos en un mundo de transformaciones sin precedentes. No descubro nada nuevo, si me aventuro a decir que lo de hoy no valdrá mañana, del mismo modo que ahora ya no sirve lo de ayer; que todo cambia de tal manera que subsistimos instalados en el vértigo. Como tampoco es revelador afirmar que esta ambición omnipotente del género humano pone en peligro su propia supervivencia y la de cuanto le rodea y da la vida. Que mientras nos atrevemos con la exploración del cosmos, condenamos la Tierra al caos. Que vivimos en un equilibrio ficticio, precario, insostenible. Que aspiramos a vencer las enfermedades, a vivir más tiempo, pero a la vez profanamos con nuestros vertidos el frío natural del invierno y el calor del verano. Que nuestro anhelo de mayores comodidades nos mueve a saquear sin escrúpulos los recursos naturales; que exigimos todo tipo de alimentos en cualquier estación del año, indiferentes a las cosechas y a los ciclos. Que mientras desafiamos la velocidad de la luz y diseñamos tecnologías insospechables, desarrollamos armas que ponen en peligro nuestra propia continuidad y la del planeta... Tampoco añado algo a lo ya sabido, si denuncio que este ser humano evolucionado aún no ha sido capaz de controlar su pánico, no ha extirpado el hambre y la miseria ni abolido la violencia; nada agrego, si manifiesto que desconoce la paz, que crea ciudades y espacios opresivos para vivir a salvo de sí mismo, que vuelve la espalda a la Naturaleza de la que proviene, y si compruebo que, al contrario de lo que pretende, parece no sentirse más feliz que antes... No; ciertamente no descubro nada nuevo.
Pero, a pesar de todo, no he perdido cierta esperanza y a ella me aferro y con ella empuño mi credo. Esto es algo que quiero escribir hoy, en mi página, rodeado de esta bendita nieve, desde mis coordenadas binarias, en vísperas de la Navidad. Y no he perdido esa confianza porque, pese a los despropósitos con los que agitamos el mundo, creo firmemente en la insurrección de los actos cotidianos, en los pequeños compromisos, en el testimonio y en el ejemplo de tantos y tantos seres anónimos, responsables y solidarios. Deseo significar mi enorme fe en las personas, más que en el género y la condición que nos representa; renovar mi crédito en toda aquella gente admirable que, con su coraje por vivir, propaga por puro contagio la justicia, la libertad, la paz, el amor. De estas personas, a muchas de las cuales he tenido y tengo la fortuna de conocer, rescato su pundonor y cuanto de sí dan para sostenerse a sí mismas y a quienes les rodean. Son ellas quienes, casi sin proponérselo, consiguen con sus pequeñas acciones que el mundo que hoy tenemos y, el que día a día legamos, sea siquiera un poco mejor...
Después de Copenhague, y a pesar del lamentable ejemplo y las miserables desavenencias de nuestros mandatarios, quiero dedicar mis mejores deseos a tanta gente de buena voluntad como hay repartida por nuestro planeta; personas cuya munición no es otra que la esperanza, personas que trabajan con ahínco e ilusión, convencidas de que aún el cambio y otro mundo son posibles...
Por ellas, por vosotros y vosotras, hoy sonrío agradecido y levanto mi copa.

13 diciembre, 2009

EL CÓMPLICE - Borges

El reino del vacío - Pérez Villalta

Me crucifican y yo debo ser la cruz y los clavos.
Me tienden la copa y yo debo ser la cicuta.
Me engañan y yo debo ser la mentira.
Me incendian y yo debo ser el infierno.
Debo alabar y agradecer cada instante del tiempo.
Mi alimento es todas las cosas.
El peso preciso del universo, la humillación, el júbilo.
Debo justificar lo que me hiere.
No importa mi ventura o mi desventura.
Soy el poeta.

06 diciembre, 2009

OVEJAS NEGRAS

Los monosabios - Pérez Villalta

Basta con observar una conversación cualquiera, para terminar intuyendo que el diálogo tiene algo-bastante de exhibicionismo, de autopromoción verbal, incluso de vanidad. Supongo que, cuando uno habla y opina, busca mostrar que tiene un criterio y, aún más, que ese criterio es propio y que desea hacerlo público y sostenerlo con decoro. La mayoría de las conversaciones nos mueven a mostrar nuestro parecer, desplegando ante los demás la consistencia de nuestro pensamiento, de nuestra cosmovisión. Y al constatarlo no eludo revisar mi propio proceder en este ámbito: Sea o no llamativo (adelanto que para mí no lo es), me he descubierto muchas veces sin opiniones que hacer valer ante los demás, sobre los más diferentes temas. Y creo que mayormente no he tenido problema en confesarlo, en decir: «Vaya, no sé; no tengo una idea clara al respecto.» Pero, también, en otras ocasiones me he animado a improvisar una respuesta y (como nos sucede alguna que otra vez a todos), sin querer, he construido sobre la marcha un criterio sorprendentemente sólido. Lo que decía Noel Clarasó: que "de muchas ideas nuestras no nos habriamos enterado jamás, si no hubiéramos sostenido largas conversaciones con otros". Tiene su gracia, esto tan latino de improvisar... En todo caso, y volviendo al principio, siempre me ha parecido poco edificante la pertinacia con la que muchas personas se obstinan en tratar de convencer a otras de que están equivocadas. Y yo me pregunto: ¿Se puede estar realmente equivocado? ¿Es que alguien posee la verdad, cuando lo que manifiesta es simplemente su opinión?
Me viene al pelo aquella vieja anécdota del astrónomo, el físico y el matemático, que viajaban en tren por tierras de Escocia. El astrónomo vio a través de la ventanilla una oveja negra en medio del campo: «¡Es fantástico —exclamó—, aquí las ovejas son negras!» A lo que, raudo, el físico repuso: «No puede decir esto, amigo mío. Sucede que algunas ovejas escocesas son negras.» Finalmente fue el matemático quien, suspirando, intervino: «Perdónenme ambos, pero la realidad es que en Escocia existe al menos una pradera que contiene al menos una oveja que tiene al menos un lado que es negro.»
Con todo lo cual, quiero defender que lo de tener un criterio sobre cuanto acontece a nuestro alrededor (que en el fondo es interpretar la realidad sobre la base de la propia razón) tal vez no sea tan trascendente como por lo general nos parece, para situarnos en el mundo. La verdad parece tener mucho de privado y bien poco de universal... Sobre todo si se considera la socorrida idea de que todo es según el color del cristal con el que se mire.
 
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