07 marzo, 2010

LOS POCOS LIBROS

La lectora - Zaitsev

Hay quien atesora antiguos códices e incunables, quien se provee de libros corrientes que nunca empieza, quien, con los más lucidos, reviste sus estanterías. Está también el que los vende a peso o compra al detalle, aquél que los regala por amor, interés o compromiso; quien lee de fiado, el aparente olvidadizo, que acopia para sí cuantos le fueron llegando prestados, y quien los cede a regañadientes temiendo que no tengan retorno. Y es que, no en vano, alguien ya estableció dos clases de tontos en el mundo: los que prestan los libros... y los que los devuelven.
Los libros dan mucho que leer y otro tanto de que hablar, y cada cual tendría mucho que decir sobre lo que aportan a su vida. Puesto por caso, contaré qué mi empeño sobre este particular es disfrutar de una sublime biblioteca, con el menor número de libros posible. Llegué a tener (aunque fueran ellos los que en realidad me poseyeron) algo más de mil volúmenes. Partí peras, deshice metros lineales de biblioteca, con lo que ahora mismo rondaré las cuatro centenas... Y confieso que me fijo como meta no sobrepasar, de éstas, la mitad. Sí: Cada vez menos tengo, los que son para mí mejores.
Y, si fuera el caso, me extendería largo para confesar que lo que el cuerpo me pide es vaciarme, quitar contenido a lo superfluo, soltar amarras del discurso arbóreo, volverme esencial. Tener poco, lo justo; tal vez lo mínimo. De eso se trata.
Quizá sucede que ese viñedo de viejas cepas, al que pertenezco, me hace medrar como un sarmiento, con nudos flexibles y caprichosos que se revuelven y me deparan extraños modos de dar fruto que nunca antes concebí. De modo que aquí estoy, en este mojón del camino, rodeado de los todavía demasiados volúmenes que comento. Y, a día de inventario, mucho tendría que cambiar mi vida para que la peregrine como un Sísifo, amarrado a mis pertenencias. Pues creo que, cuanto existe a mi alrededor, todo lo que conforma mi universo, lo que soy y tengo, vive en mí. Incluyendo mis más preciadas lecturas...
Así es que pienso que poco o nada me llevaré cuando parta, y lo digo sonriendo, sabedor de que todo esto funcionaba sin mí y seguirá haciéndolo cuando ya no esté... Aunque, por lo mismo, serenamente sospecho que hasta lo más sagrado, sin mí, llegado el momento dejará de existir.

28 febrero, 2010

UN RINCÓN DE ANJOU

La torre de la iglesia - De Haës

Hay días de invierno que dotan a ciertos paisajes naturales de un halo singular. Días que los embellecen con una pálida neblina, de etérea refulgencia, que parece exhalada de las aguas de los ríos, de la misma corteza de la tierra. En una de estas jornadas, visité la comarca más oriental de las tierras francesas del Ducado de Anjou y tomé estas notas:
Cuando uno deja atrás la villa de Saumur, con su admirable y magnífico castillo, para remontar la margen izquierda del Loira, comienza a vislumbrar en la pared rocosa que la jalona, las primeras bocas y agujeros que fueron, hace miles de años, moradas de un asentamiento troglodita. Estamos atravesando Dampierre y, al volante, casi de soslayo, entre los huecos prehistóricos pueden verse casas perfectamente adaptadas a la piedra, cavas de vinos, viveros de champiñones y hasta algún pequeño y coqueto hotel. Así llega uno a Montsoreau, un pueblo bello como pocos, con un adorable castillo erigido a pie del mismo río. Sus calles estrechas y empedradas, habitualmente tranquilas, resultan agradables de recorrer... Como igualmente lo son las de su aldea limítrofe: Candé-Saint-Martin, crecida sobre la loma que circunvala un meandro, a la que se accede por vías de viejo y pulido pavés, hasta encumbrarse para contemplar desde su otra cara un espléndido panorama: aquél que dibujan los majestuosos y caprichosos cauces del Loira y el Vienne en su eternizado encuentro. El paisaje, desde lo alto, es remansado y sereno, y sólo el lejano humo de los reactores nucleares de la central de Chinon levemente lo emborrona.
Si entonces atardece y se piensa en cenar sin dejar la zona, Fontevraud, conocido por su esplendorosa abadía, puede ser una buena opción. Por recomendación de unos amigos, La Licorne (El Unicornio) resultaría todo un acierto. Cálido, delicadamente decorado e iluminado, con una elegante puesta en escena. Los menús, cerrados sobre la carta, brindaban una amplia e interesante oferta: desde 25 hasta 70 euros. El económico, más que cumplido: Ravioli relleno de foie-gras, con una exquisita crema de champiñones; raya con guarnición de verduritas en tempura y un suflé con sorbete de mandarina. El vino, rico y joven tinto de Saumur, iba aparte, como el café y las tres deliciosas trufas que lo acompañaron.
En fin: una recomendable visita, para cualquier época del año, que se puede desarrollar en sólo un día y rematar, a primera hora de la noche, con un bien servido colofón.

21 febrero, 2010

LOU ANDREAS-SALOMÉ

Venus Verticordia - Rossetti

Fue a finales de los 70, tras ver Más allá del bien y del mal, de Liliana Cavani, cuando supe de la existencia de Lou Andreas-Salomé, mujer que osó vivir en una imposible comunidad amorosa e intelectual con Nietzsche y el poeta Paul Rée. La película mostraba la pasión del filósofo alemán por crear la nueva moral que ya expuso en la obra que da título al film, a través de una relación triangular. «¿De qué estrellas caímos para encontrarnos aquí?», fue lo que dijo Lou, su amor más doloroso, cuando la conoció. Pero, ¿quién era ella?
Indagué (como se indagaba entonces, ¡sin Internet!) y la volví a encontrar en un librito precioso, que recogía su correspondencia con Rainer Maria Rilke, con quien viajó a Rusia siguiendo un idílico impulso que influiría decisivamente en la vida amorosa del poeta.
Pero Lou Andreas-Salomé fue también amiga predilecta de Freud, quien siempre le profesó una gran admiración («es de una peligrosa inteligencia», dijo de ella), y mantuvo relaciones de amor y amistad con grandes intelectuales, entre quienes se movió, a quienes puso en contacto y con quienes entretejió parte de la historia del pensamiento y de la literatura, en los albores del siglo XX. Cualquiera que busque saber algo de ella, comprobará que quienes la trataban sucumbián a su encanto, a su lucidez y a un fascinador carácter, marcado por la gran exigencia que demandaba en sus relaciones personales.
Eran contadas en aquella época las mujeres que "tuteaban" intelectualmente a los pensadores. lou Andreas-Salomé lo hizo, de la mano de su preparación y, sobre todo, de su insaciable curiosidad. Alguien como ella que, además, mostraba su indiferencia ante las convenciones morales, alternaba en el Hof Atelier Elvira, conocido punto de encuentro del ambiente homosexual vienés, y vivía permanentemente rodeada de un halo de vivacidad, escándalo y erotismo, no podía sino representar un desafío para una sociedad en la que finalmente iba a germinar el nazismo... Sin embargo, como anécdota, se dice que sus estudios literarios y psicoanalíticos eran tan populares en Göttingen, la ciudad alemana en la que vivió sus últimos años, que la GESTAPO aguardó a que muriera para quemar su biblioteca.

Lou Andreas-Salomé había nacido en San Petersburgo, el 12 de febrero de 1861, y falleció el 5 de febrero de 1937.

14 febrero, 2010

ENTONCES...

La barquita - Friant

Si no hubiese existido la playa de aquel lejano verano. O si, en tal día como fue, no me hubiera acercado para hablarte. Si después no me hubieses sonreído, entre extraña y divertida al conocerme, ni me hubieras enseñado tu canción preferida y no la hubiéramos cantado por las calles de nuestros paseos crepusculares. Si, todavía entonces, yo no hubiera sentido la necesidad de volverte a ver y no hubiera cejado en mi aventurado propósito hasta hacerlo. Si no hubiese existido la decolorada fotografía del encuentro, que nos retrató adolescentes en ese misterioso puente de tu ciudad que, llegado hoy, no somos capaces de localizar. Si no te hubiera escrito aquellas nueve cartas que, enlazadas por una roseta, amarillean en tu pequeño cofre de recuerdos. Si tú no me hubieras contestado. Si, transcurridos los años, no hubiese dejado ya de respirar por mis heridas y no te hubiese buscado, tan sólo por saber de ti, tras tanta vida a las espaldas. Si no me hubiera yo empeñado. Si no te hubieses tú empeñado. Si no hubieras posado tu mano sobre mi mejilla, durante esos dos segundos de más que convirtieron el vuelo de tu caricia en una señal sabiamente deliberada. Si no hubiera existido un hoy en el que recorrer las distancias pretéritas. Si yo no hubiese vuelto a ver tus ríos y tu mar, ni tú mi mar y mis ríos. Si no se hubieran reencontrado al cabo nuestras miradas, entrelazado nuestros anhelos, sellado nuestros labios. Si ni la música de aquel joven Dassin, ni la de Rodrigo Leao, los Lighthouse o Jamiroquai. Si ni esta misma de Hisiashi, que escucho ahora mientras te escribo. Si ni las hojarascas pisadas, ni los árboles pelados del invierno. Si ni el verde, ni el frío, ni los lagos. Si ni las serenas ganas de querer y dejarse amar.
Si tú no hubieras existido. Si todo esto no hubiera jamás sucedido. Entonces...

07 febrero, 2010

COHERENTES

Hombre en una hamaca - Gleizes

Somos esclavos de la simulación, de aparentar lo que difícilmente llegaremos a ser. Vivimos personificando una imagen que nos proponga ante los demás, aún cuando ésta sea una coraza o una máscara, y, a juzgar por el tiempo y la energía que dedicamos a este propósito, se diría que nos va la vida en ello.
Por esto admiro profundamente a quienes luchan por ser coherentes. La coherencia entre lo que uno siente, piensa y hace es el fundamento de su libertad. Sin embargo, el que la persigue parece condenado a peregrinar en solitario. Y, justamente por lo caro que resulta el peaje, cada cual renuncia a su autenticidad y se acomoda a los usos de una sociedad que, paradójicamente, cuanto más promete integrarle, más le aísla...
Tal vez por ello, la coherencia no es un valor en alza. Y mucho menos en este tiempo de necias y hueras servidumbres, en el que difícilmente encontraremos a alguien que esté a la altura de su retórica.

31 enero, 2010

DERRELICTOS

Llanto - Guayasamín

Luisa, su mirada esquiva. Como un insecto en la telaraña, la culpa atrapada en sus pupilas. Palabras cuarteadas y resecas, anticipos del adiós más definitivo. He bebido vino desesperadamente, sin siquiera picar algo a la hora de comer. Después un resto de coñac. Salgamos del apartamento, dice, aquí me ahogo. Y nos vemos caminando por la playa desierta de enero, ambos, juntos, sin querer. Le imploro más que digo entonces: volvamos a ser los que fuimos; y me contesta: lo siento, Arturo, yo... ya sólo puedo mirar hacia delante. Luego, silencio; nuevamente el silencio. Palabras que languidecen moribundas, como las olas en la orilla; lágrimas abortadas en el mismo pertinaz, intolerable silencio. Debe hacer un frío que no llego a registrar, mientras anochece apresuradamente para los dos... Y de repente no quiero verla, es algo superior a mí, me aparto de ella y corro. Corro loco, borracho por la arena húmeda y apelmazada de la última luz. Solo, corro solo y desquiciado hacia la orilla, bajo las tinturas púrpuras y amarillentas del cielo deshilachado. Corro salpicándome entero, entre espumas de un mar violeta y negro, abocándome al vacío. Loco, borracho, tanto da. No me vuelvo, imagino que Luisa es apenas un bulto que se pierde tras de mí, empequeñecida, dura, oscura como un escarabajo en la arena gris, cada vez más lejana... Y entonces me rompo por el mismo eje y grito desgarrado. Porque nada tiene sentido. Grito ronco y fuerte, porque todo ha terminado, y la desesperación se me clava a conciencia en el pecho, como la tabla astillada de un batel desguazado. ¡Mierda!, grito. Ser los que fuimos, ¡Dios!, todo se ha perdido... Todo quedó allí, en algún lugar irrecuperable del pasado. Recuerdos confusos que flotan en el mar eterno, derrelictos de un naufragio. Todo se ha perdido, gimo. Me detengo jadeante, me hinco de rodillas en la arena fría, mojado una y otra vez por la estela infinita de las olas, y lloro. Se hace la noche, tanto da. Roto y borracho, yo, Arturo, sollozando entre vapores de salitre y alcohol. Roto, reventado, solo. Harto de todo. Luisa, Dios mío, ¡mierda...! Estoy loco y muerto. Tanto da todo, Dios, lloro; tanto da...

24 enero, 2010

EL IMPERFECTO QUE SOY

Motas de polvo al sol - Hammershoi

Mi imperfección es magnífica. No hay gran cosa que por mis propios medios haga enteramente bien, y eso me convierte en un ser polifacético y entretenido, de vocación diletante. Soy un tipo mondo, pasable y del montón, alguien que transita inadvertido a paso de ciudad, con un aire equívocamente abstraído. Estoy compuesto de mil materias, y mi estúpido mérito es tenerlo en cuenta y derivar de ello ciertas consideraciones de orden práctico y vital. Como la de reconocerme plenamente en el ser híbrido que me habita: un puro mestizo, al parecer consistido en un 80% por agua, junto a millones de bacterias... y algo de vino los fines de semana. El resto me componen otras médulas cuyos ingredientes desconozco pero que, al científico entender, se renuevan total y cumplidamente cada pocos años.
He aquí entonces que, por esta evolutiva gracia, un ser nuevo saluda al mundo cada vez que tal renovación acaece y se deja ver por ahí, lanzando besos a la deriva. Sonrío, pues le conozco: Soy yo, dando cuenta una vez más del ser genuinamente imperfecto que alojo. ¡Ah, amigos: adoro esta certeza! La proclamo casi con orgullo, me siento ufano en mi hermosa condición. Advierto mis niveles de litio aceptablemente compensados y apuesto por ser capaz de perpetrar dos cosas a la vez, siempre y cuando una de ellas sea respirar. ¡Y vaya que lo hago! De manera que sigo escribiendo y respiro; respiro bien, a fondo y, aunque a ratos bufe mis ansias, siento que algo grande fluye en mi interior con insolente arrojo. Es mi encantadora imperfección, mi bendita inconsistencia humana, fuente de cuanto maquino, dispongo y creo. Sí, la protagonista de mis forcejeos con el mundo, la que cargo a expensas de un corazón arrítmico que le bombea voluntad, la toda y mucha voluntad con que me adhiero obstinadamente a la vida.
Imperfecto como pocos, tanto y tanto sin embargo: Hijo de remotas cenizas estelares, soy una mota de polvo dorada por un haz de luz, un soplo de aire a la vuelta de la esquina, el chispazo azaroso que me alumbró: esa milagrosa y bella deflagración que es cada átomo de vida... en medio de una oscura inmensidad.

17 enero, 2010

DUEÑOS DEL FUTURO - Kundera

Margarette - Kiefer

La borró de la fotografía de su vida no porque no la hubiese amado, sino, precisamente, porque la quiso. La borró junto al amor que sintió por ella. La gente grita que quiere crear un futuro mejor, pero eso no es verdad; el futuro es un vacío indiferente que no le interesa a nadie, mientras que el pasado está lleno de vida y su rostro nos excita, nos irrita, nos ofende y por eso queremos destruirlo o retocarlo. Los hombres quieren ser dueños del futuro, sólo para cambiar el pasado. Luchan por entrar al laboratorio en el que se retocan las fotografías y se reescriben las biografías y la historia.

El libro de la risa y del olvido, Milan Kundera.

10 enero, 2010

TRAZOS DEL VIEJO PINCEL

Junto al río - Vladimir

Es tu sonrisa incondicional, la que me transporta cuando escribo; es también tu modo de estar donde estás, el de aceptar que existe un orden inaccesible sobre ti en el universo del que formas parte, y la gratitud con que tu mirada declara amar la vida a pesar de la vida misma, y tu forma de cruzarte con la gente, de pertenecer a la gente, de ser la gente, y la de caminar en silencio a mi lado, mostrándome cuanto de ti ahora digo, mientras me tomas de la mano y recorremos las riberas de los ríos que embelesan nuestras almas.
Es tu manera de ser quien eres tú, la que me lleva a representarte cuando dejo tus ojos por un instante, porque miro al cielo y ahí estás, impresa en cada nube que arrastran estos días de pálida ventisca; tú, que eres la armonía en cada nota de ésta y mil composiciones, cada copo del invierno y cada hoja ausente del árbol que dejo atrás según paso. Tú que eres tú, más allá y más cerca de todo cuanto alcanzo a contemplar... Tú, siendo quien me infunde un soplo en los párpados y me despierta al amor, la mano que guía mi mano torpe y necesitada, la letra póstuma que se desliza como una caricia en el puntillo de mi pluma cuando escribo tu nombre, la tinta amante del verso moribundo...
Y tú, que también eres el haz de luz bendita que ilumina primeriza cada uno de mis días, tú, mi cielo, ese imposible amor de juventud latiendo en cada hierbajo del camino andado, eternamente tú... Y, en ti, cada uno de los trazos del viejo pincel con los que perpetro en la noche los más bellos paisajes de mis acuarelas angevinas...

03 enero, 2010

DÉDALUS EN EL ALFÉIZAR

Portada: Lento nacer - Úbeda

Aproveché unos días de vacaciones, a primeros del pasado mes de diciembre, para recluirme en el pueblito del noroeste francés que frecuento, y terminar de dar forma al que viene a ser mi segundo libro en la red: Dédalus en el alféizar.
La idea de agrupar las entradas más personales de esta página y disponerlas en formato de libro (tanto en papel como digital, en pdf), se fue gestando cuando comencé a recibir algún que otro correo y comentario de gente amiga que me animaba a editar las Cartas a Miralles. Así se entenderá el enorme agradecimiento que siento hacia quienes me han empujado directa o indirectamente, no ya a publicar sino, por encima de todo, a seguir escribiendo. Este trabajo que ahora presento es así un fruto que debo dedicar a quienes habéis pasado una y otra vez, durante sus tres años de vida, por El alféizar. Y no exagero cuando afirmo que, de no haber sido por las visitas que esta página recibe, probablemente la hubiera cerrado tras un tiempo de haber ensayado la experiencia de introducirme en el mundo de los blogs.
Por ello, ahora más que nunca me reafirmo en la idea de que cualquier representación creativa, en tanto que comunicación humana, es un juego entre emisor y receptor que este último completa, otorgando definitivamente un sentido al acto creativo. Un cuadro es menos, si no hay quien lo mire. Del mismo modo, un texto, un relato o un poema no llegan a su plenitud si no existe un lector. Fue el poeta Paul Éluard quien dijo: «Después de todo, no soy sino la persona que habla. Pero, ¿qué habla a quién?»
Guarda relación con lo que digo, lo que hace unos días escribí a una amiga: «En todo caso, quiero que sepas que un puñado de gente como tú es la que me abre el bolso cuando llego al bar, me ofrece mi propia pluma, me planta delante una servilleta de papel y, mientras aún humea el café sobre el velador, me dice con una sonrisa: "Venga, tío, dale..." Y no sabes lo importante que, para mí, es esto.»
Gracias, una vez más, a todas y todos quienes con una admirable lealtad estáis ahí mismo, al otro lado de la pantalla.

Juanan Urkijo Azkarate.

P.S. Accediendo al vínculo de la imagen de la portada de Dédalus en el alféizar, que figura en el encabezamiento o al del menú lateral del blog, se puede descargar gratuitamente la versión en formato pdf o bien encargar el libro en papel, a precio de coste en Bubok más los gastos de envío.
Más información en: JVJ Ed

20 diciembre, 2009

DESPUÉS DE COPENHAGUE

10 gk - Toffoletti

Vivimos en un mundo de transformaciones sin precedentes. No descubro nada nuevo, si me aventuro a decir que lo de hoy no valdrá mañana, del mismo modo que ahora ya no sirve lo de ayer; que todo cambia de tal manera que subsistimos instalados en el vértigo. Como tampoco es revelador afirmar que esta ambición omnipotente del género humano pone en peligro su propia supervivencia y la de cuanto le rodea y da la vida. Que mientras nos atrevemos con la exploración del cosmos, condenamos la Tierra al caos. Que vivimos en un equilibrio ficticio, precario, insostenible. Que aspiramos a vencer las enfermedades, a vivir más tiempo, pero a la vez profanamos con nuestros vertidos el frío natural del invierno y el calor del verano. Que nuestro anhelo de mayores comodidades nos mueve a saquear sin escrúpulos los recursos naturales; que exigimos todo tipo de alimentos en cualquier estación del año, indiferentes a las cosechas y a los ciclos. Que mientras desafiamos la velocidad de la luz y diseñamos tecnologías insospechables, desarrollamos armas que ponen en peligro nuestra propia continuidad y la del planeta... Tampoco añado algo a lo ya sabido, si denuncio que este ser humano evolucionado aún no ha sido capaz de controlar su pánico, no ha extirpado el hambre y la miseria ni abolido la violencia; nada agrego, si manifiesto que desconoce la paz, que crea ciudades y espacios opresivos para vivir a salvo de sí mismo, que vuelve la espalda a la Naturaleza de la que proviene, y si compruebo que, al contrario de lo que pretende, parece no sentirse más feliz que antes... No; ciertamente no descubro nada nuevo.
Pero, a pesar de todo, no he perdido cierta esperanza y a ella me aferro y con ella empuño mi credo. Esto es algo que quiero escribir hoy, en mi página, rodeado de esta bendita nieve, desde mis coordenadas binarias, en vísperas de la Navidad. Y no he perdido esa confianza porque, pese a los despropósitos con los que agitamos el mundo, creo firmemente en la insurrección de los actos cotidianos, en los pequeños compromisos, en el testimonio y en el ejemplo de tantos y tantos seres anónimos, responsables y solidarios. Deseo significar mi enorme fe en las personas, más que en el género y la condición que nos representa; renovar mi crédito en toda aquella gente admirable que, con su coraje por vivir, propaga por puro contagio la justicia, la libertad, la paz, el amor. De estas personas, a muchas de las cuales he tenido y tengo la fortuna de conocer, rescato su pundonor y cuanto de sí dan para sostenerse a sí mismas y a quienes les rodean. Son ellas quienes, casi sin proponérselo, consiguen con sus pequeñas acciones que el mundo que hoy tenemos y, el que día a día legamos, sea siquiera un poco mejor...
Después de Copenhague, y a pesar del lamentable ejemplo y las miserables desavenencias de nuestros mandatarios, quiero dedicar mis mejores deseos a tanta gente de buena voluntad como hay repartida por nuestro planeta; personas cuya munición no es otra que la esperanza, personas que trabajan con ahínco e ilusión, convencidas de que aún el cambio y otro mundo son posibles...
Por ellas, por vosotros y vosotras, hoy sonrío agradecido y levanto mi copa.

13 diciembre, 2009

EL CÓMPLICE - Borges

El reino del vacío - Pérez Villalta

Me crucifican y yo debo ser la cruz y los clavos.
Me tienden la copa y yo debo ser la cicuta.
Me engañan y yo debo ser la mentira.
Me incendian y yo debo ser el infierno.
Debo alabar y agradecer cada instante del tiempo.
Mi alimento es todas las cosas.
El peso preciso del universo, la humillación, el júbilo.
Debo justificar lo que me hiere.
No importa mi ventura o mi desventura.
Soy el poeta.

06 diciembre, 2009

OVEJAS NEGRAS

Los monosabios - Pérez Villalta

Basta con observar una conversación cualquiera, para terminar intuyendo que el diálogo tiene algo-bastante de exhibicionismo, de autopromoción verbal, incluso de vanidad. Supongo que, cuando uno habla y opina, busca mostrar que tiene un criterio y, aún más, que ese criterio es propio y que desea hacerlo público y sostenerlo con decoro. La mayoría de las conversaciones nos mueven a mostrar nuestro parecer, desplegando ante los demás la consistencia de nuestro pensamiento, de nuestra cosmovisión. Y al constatarlo no eludo revisar mi propio proceder en este ámbito: Sea o no llamativo (adelanto que para mí no lo es), me he descubierto muchas veces sin opiniones que hacer valer ante los demás, sobre los más diferentes temas. Y creo que mayormente no he tenido problema en confesarlo, en decir: «Vaya, no sé; no tengo una idea clara al respecto.» Pero, también, en otras ocasiones me he animado a improvisar una respuesta y (como nos sucede alguna que otra vez a todos), sin querer, he construido sobre la marcha un criterio sorprendentemente sólido. Lo que decía Noel Clarasó: que "de muchas ideas nuestras no nos habriamos enterado jamás, si no hubiéramos sostenido largas conversaciones con otros". Tiene su gracia, esto tan latino de improvisar... En todo caso, y volviendo al principio, siempre me ha parecido poco edificante la pertinacia con la que muchas personas se obstinan en tratar de convencer a otras de que están equivocadas. Y yo me pregunto: ¿Se puede estar realmente equivocado? ¿Es que alguien posee la verdad, cuando lo que manifiesta es simplemente su opinión?
Me viene al pelo aquella vieja anécdota del astrónomo, el físico y el matemático, que viajaban en tren por tierras de Escocia. El astrónomo vio a través de la ventanilla una oveja negra en medio del campo: «¡Es fantástico —exclamó—, aquí las ovejas son negras!» A lo que, raudo, el físico repuso: «No puede decir esto, amigo mío. Sucede que algunas ovejas escocesas son negras.» Finalmente fue el matemático quien, suspirando, intervino: «Perdónenme ambos, pero la realidad es que en Escocia existe al menos una pradera que contiene al menos una oveja que tiene al menos un lado que es negro.»
Con todo lo cual, quiero defender que lo de tener un criterio sobre cuanto acontece a nuestro alrededor (que en el fondo es interpretar la realidad sobre la base de la propia razón) tal vez no sea tan trascendente como por lo general nos parece, para situarnos en el mundo. La verdad parece tener mucho de privado y bien poco de universal... Sobre todo si se considera la socorrida idea de que todo es según el color del cristal con el que se mire.

29 noviembre, 2009

WILDE

Café - Grosz

A Wilde le precede su fama, en gran medida proveniente de sus ingeniosos y cáusticos aforismos sobre las relaciones entre los hombres y las mujeres, el matrimonio, el arte, la literatura, la vida social, la condición humana...
En mi personal empeño por discernir entre lo esencial y lo superfluo (entre otras cosas para desprenderme de esto último), espero que llegue el día en que mi equipaje sea tan liviano que todo cuanto lo componga quepa en una sola habitación. Los centenares de libros que aún tengo, para entonces serán probablemente tan sólo tres o cuatro decenas. Y entre ellos, si no lo he vuelvo a regalar una vez más, estará El retrato de Dorian Gray.

Oscar Wilde falleció en París, el 30 de noviembre de 1900.

Hablar
No voy a dejar de hablarle, sólo porque no me preste atención. Me gusta escucharme. Es uno de mis mayores placeres. A menudo mantengo largas conversaciones conmigo mismo, y soy tan inteligente que a veces no entiendo ni una palabra de lo que digo.

Escuchar
Es peligroso escuchar. Se corre el riesgo de que le convenzan; y un hombre que permite que le convenzan con una razón, es un ser absolutamente irracional.

Opinar
Sólo podemos dar una opinión imparcial sobre las cosas que no nos interesan. Sin duda, por eso mismo, las opiniones imparciales carecen de valor.

22 noviembre, 2009

LA VELA

Sábado a la tarde - Bores

Juan Carlos se enojó con Diana, aparentemente por una tontería. Aparentemente. Claro que esto sucedía cada vez con mayor frecuencia. El caso es que había preparado con todo mimo aquella cena. Venían sus dos mejores amigos con las respectivas parejas, quería quedar bien, algo en lo que habitualmente invertía buena parte de su energía: en cuidar su imagen. Una cena con varios platos a degustar, un pequeño festival para los sentidos: Primeramente el aperitivo, con un excelente cava; después, ya sentados a la mesa: lomo y jamón ibéricos, almejas a la marinera, croquetas de hongos, revuelto de gambas y ajos tiernos y su logro estrella: el crujiente de bacalao con salsa de pistachos, que remataría con una macedonia de frutas, como postre. Café y Calvados, para los hombres. Ellas, algo dulce, seguro, un Pedro Ximénez. En todo caso, pequeñas delicias aderezadas con esmero, cuya preparación le había llevado la tarde entera. Tras ducharse y cambiarse estaba algo cansado, pero satisfecho. Diana, por su parte, había salido de compras con una amiga, acababa de llegar y de poner la mesa. Una mesa que luego él revisó y corrigió: equidistancia entre las copas, alineamiento de cubiertos, cierta simetría en la composición general, esos detalles que ella siempre solía descuidar...
Pero sucedió el estúpido hecho. Se encontraba en la cocina llenando de hielo la cubitera que alojaría el Chardonnay de la cena, y sonó el timbre. «Ya están aquí.» Cuando accedió al vestíbulo para recibirles, un fuerte olor a cera perfumada saturó brusca y desagradablemente su olfato. Diana se disponía a abrir. «¡Pero a qué demonios huele!», le soltó huraño. «He encendido una vela aromática, para...» «¿Es que estás loca? ¡Con esta peste en el salón, no va a haber dios que se entere de lo que cena!» «Lo siento. No pensé...»
Los de fuera aguardaban, conque abrieron sin dilación y se produjo un pequeño revuelo de saludos y besos cruzados. Diana, algo ofuscada, se adelantó hacia el salón-comedor. Sopló la llama de la vela y su fragante humo invadió profundamente la estancia. «¡Oh, no...!» Cuando entraron los comensales, Juan Carlos la miró irritado, evidenciando su enfado, con un punto de furor. Ella hizo por disculparse. «Perdonad el olor, pero es que esta vela...» Los invitados sonrieron. «No pasa nada, chica. Tampoco huele mal.» Diana se llevó la vela a la cocina y a duras penas contuvo un sollozo. Juan Carlos descorchaba el cava, cuando ella se incorporó al grupo. Finalmente resultó una cena animada, también la sobremesa, y el cocinero recibió los consabidos elogios por sus resultados culinarios. Pero mantuvo el ceño fruncido durante el primer tramo de la velada, y apenas cruzó un par de palabras con su mujer.
Cuando marcharon los amigos, Diana recogió la mesa, tomó una aspirina y anunció que se iba a la cama. Juan Carlos, ante la tele, apuraba su copa. «Enseguida voy», dijo. Aparentemente, se le había pasado el enfado. Al día siguiente, domingo, él tenía un partido de pádel, ella se quedó arreglando un poco la casa. Aparentemente, una vez más, todo volvió a su curso. Según quienes les conocían, conformaban una estupenda pareja. Era cierto; aparentemente.

15 noviembre, 2009

ARROZ CON BOGAVANTE

El Peixerot - Descals.

Siempre me resulta curioso ver las referencias que utilizamos a la hora de identificar a una persona. Cuando era un chaval, recuerdo que en mi pueblo no era infrecuente escuchar: «Sí, hombre, Iñaki, uno que tiene un R-5 azul.» Entonces, la relación con el coche era usual, quizá porque éramos pocos y no todo el mundo tenía un utilitario. Pero, a día de hoy, lo que me parece preocupante es que en este país nuestro tan democrático, posmoderno y cachondo aún sean también tomados como datos identificativos normales los que pregonan la condición sexual de alguien, por el hecho de que ese alguien... ¡sea homosexual! Máxime cuando pisamos un territorio que, tras treinta y tantos años de renovados aires, debería estar bastante más oreado.
Como anécdota tangencial, sólo he conocido a un gilipollas que, a mayor gloria suya, alardeaba sin complejos de ser heterosexual puro. Desde luego, a un machote yo no le discuto su tronío que, a quien Dios se la dé, ya se sabe. Pero parece haber más de un ejemplar de estos en nuestra pintoresca fauna peninsular, porque no es nada raro escuchar por ahí frases del tipo: «¡No jodas, que no sabías que fulanito es maricón!»; o que «zutana sigue soltera, porque la tía es bollera.» De modo que, visto el panorama, a veces me tienta la idea de desdibujar a mi manera esta ramplona usanza. Verbi gratia, recuerdo cómo hace un tiempo tomaba una caña de cerveza con un par de, digamos, amigotes, que acababan de criticar con indisimulada hilaridad la indumentaria de un presunto gay, cuando comencé a narrarles uno de mis mejores ratos del anterior verano: aquél en el que comí en el Peixerot, de Vilanova i la Geltrú, «con mi amigo Pere, que es heterosexual —les dije—, y nos festejamos con un arroz con bogavante que estaba increíble.» Por sus caras, vi inmediatamente que el crustáceo, tan emperador de mi delicia, pasaba a un segundo plano y que lo que les distrajo eficazmente fue mi alusión a la condición sexual del Pere. Yo, ajeno, seguía explicando el culinario aderezo del plato, cuando uno de ellos arrugó la nariz y, con una mueca de perplejidad semejante a la que exhibiría quien oye que han conseguido que un mono redacte, me soltó a bocajarro:

—Perdona, pero ¿has dicho... que es heterosexual?
—Pues claro —afirmé tajantemente—: ¡Es que lo es!
Y, mientras se arqueaban entre sí las cejas, yo volví al detalle del rico arroz, animado a repetir en parecidos términos la jugada, cada vez que se me presente la ocasión de echar el anzuelo a mis más machotes, y por cierto merluzos, digamos, amigotes.
 
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