04 mayo, 2008

UNA RICA RECETA

Bodegón con peces - Isidro

No pretendo rivalizar con mi amigo Modes Amestoy, todo un experto en la materia, pero la cocina me gusta. Cuando uno ha crecido en un país en el que, desde tiempos inmemoriales, se rinde culto tanto al hecho de preparar la comida como al de degustarla, la verdad es que no tiene gran mérito confeccionar media docena de platos. Esto es lo que yo hago, que nadie se lleve a engaño. Con productos saludables y de temporada (esto sí: salpimentados con cariño), se pueden hacer pequeñas y sencillas delicias.
Hace un tiempo improvisé la receta que hoy os paso. Como no requiere grandes preparativos, ni tiene mayor secreto, cualquier día es bueno para prepararla.

Ingredientes para 4 comensales:
· 1 merluza o pescadilla
· 350 gr. de setas
· 1 calabacín
· 2 dientes de ajo
· 1 guindilla seca
· Aceite de oliva virgen
· Sal

Poned a fuego medio una sartén con un poco de aceite, dos dientes de ajo fileteados, una punta de guindilla o cayena y las setas cortadas (de cultivo, como los Pleurotus Ostreatus), para que se vayan haciendo. Mientras tanto, en la fuente de horno echad el aceite y extended un lecho de calabacín sin pelar, que previamente habréis pasado por agua, secado con un trapo y cortado en láminas finas.
Encended el horno a 180º y, mientras se calienta, podéis introducir ya la fuente con el calabacín para que se vaya haciendo. Cuando lleve diez minutos, sacad el recipiente y colocad la merluza, abierta y convenientemente salada, sobre la base de calabacín y esparcid las setas, que habrán de estar ya prácticamente cocinadas.
Tenedlo entre 16’ y 20’ en el horno (según vuestro gusto) y servidlo caliente, a ser posible con un chacolí o un vino blanco bien fresco.
Animaos. Os quedará una merluza bien sabrosa y disfrutaréis de un buen plato.

23 abril, 2008

EN EL BALCÓN DE LULLY

El balcón - Manet

Como todo el mundo, tengo mis propias normas... y una de ellas, precisamente, es la de saltármelas de vez en cuando. Así es que, contra la costumbre de editar en domingo, lo hago hoy miércoles y San Jorge. La responsable, Lully Posada, periodista fundadora de la revista digital EquinoXio y editora de Al desnudo en mi balcón, sección en la que ha entrevistado a cuarenta personas de diferentes países que comparten el hecho de tener un blog personal. Lully contactó conmigo para saber si estaba dispuesto a ser uno más en su espacio y, desde entonces, hemos mantenido varios contactos (ella está en Medellín, yo en este rincón del norte del sur de Europa) gracias a la tecnología, que nos ha echado un cable para hacer viables nuestros encuentros virtuales.
Ayer me llamó para decirme: «Ya está». De modo que hoy os doy cuenta de su estupendo trabajo. Por su sección han pasado buenas amigas y amigos de estos vuelos internáuticos que realizamos a lomos de extraños códigos binarios. Gente estupenda como Carlos, Evan y Angélica, quienes, también en la página de Lully, aguardan vuestros comentarios.

P.S. Y, por Dios, que quede bien claro a quien lea la entrevista: ¡No uso peluquín: era sólo una broma!

20 abril, 2008

MANET

El bar del Folies-Bergères

Manet es para ver y para gozar. Hace un par de años hubo una temporal suya en El Prado: Merecía el viaje a Madrid, sólo por ver la exposición... Pero finalmente no encontré el momento adecuado y el tiempo se merendó mi afán. Fue una pena no haber llegado a ver El Pífano, Almuerzo campestre, El balcón... y otras de sus obras más representativas. Esta es una de las desventajas que tenemos quienes no estamos cerca de las grandes metrópolis, en donde la oferta es amplísima y la renovación cultural no se consiente una tregua. Pero no es cosa de quejarse: La vida en una ciudad mediana o en un pueblo también tiene algo grande y uno sospecha que la calidad de vida está más cerca de lo pequeño que de lo inconmensurable. En fin, sobre gustos... ¡hay tanto escrito!
Pero, volviendo a Manet, he querido poner el que es probablemente su cuadro más conocido: El bar del Folies-Bergères, que pintó un año antes de su muerte a finales de abril de 1883; es decir hace 125 años. A nada que os fijéis, os llamará la atención el ensimismamiento de la joven camarera, que contempla el barullo y la diversión como distante, con la vista cansada. Permanece aparentemente ida, y este aislamiento es lo que comentan los estudiosos del pintor que éste quiso mostrar. Ante la barra, a la derecha de la mujer, se encuentra un hombre con sombrero, a quien, gracias a un sutil ángulo de incidencia, sólo se ve en el espejo. Su imagen reflejada en el azogue bien podría ser la del espectador.

13 abril, 2008

TERENCI POQUET

Urbe - Basquiat

(Terenci Poquet es el torturado opositor a judicatura que protagoniza mi novela inédita El sabor de los días, de la que iré dejando algún que otro retazo, al azar, sin otro afán que sacarla del oscuro cajón en que mora y airearla un poco. Por eso no hay ni habrá trama que seguir. Este pasaje del Capítulo II transcurre cuando lleva ya medio año en un ático de alquiler de Barcelona, ciudad a la que llegó de un pequeño pueblo catalán, con el único objeto de aislarse para estudiar).

«Terenci se avituallaba una vez por semana. No era partidario de acumular alimentos en la nevera, ya que ocasionalmente se le pasaban los productos perecederos y enmohecían toda suerte de latas abiertas, regalando pestilencias que sus conservantes químicos no llegaban a neutralizar. Esto cuando no se le congelaban, lo más habitual. En todo caso, abrir aquel frigorífico, derrotado por el uso, le endosaba con frecuencia una ingrata sorpresa. Y naturalmente, de comprar fresco, salvo el pan, nada, que lo fresco se echaba enseguida a perder. De esta forma, la cocinilla había adquirido la categoría de objeto ornamental, máxime cuando, para una naturaleza frugal y ahorrativa como la suya, utilizarla acarreaba un innecesario gasto de energía y tiempo. Ni a propósito, pues, su dieta hubiera podido auspiciar fundadamente la aparición de un cuadro de escorbuto, en una latitud fuera de todo contexto endémico. El fuagrás lo devoraba, las conservas escabechadas también. Pero Terenci Poquet padecía una feroz y adictiva querencia por la longaniza, tan reina de su carpanta que reponía las piezas consumidas, antes de llegar a ventilarse la última. Lo normal es que de una alcayata colgasen varias barras y, considerando que caía una por día, en los seis meses que llevaba de opositor sus dientes habrían triturado cerca de setenta metros de embuchado, con un coste cercano a las ochenta mil rubias. Lo cual es que, tras el alquiler del ático, y superando al de tabaco, la longaniza se había instalado sin zozobra en el segundo lugar de su apartado de dispendios.»

06 abril, 2008

RUBAIYAT - Omar Kheyyam

Café árabe - Matisse

57

«Escucha lo que un día un ruiseñor me dijo:
“Bebe, bebe Kheyyam, porque la vida es corta
y tú no te pareces a la planta que crece
nuevamente después de haber sido cortada”.»


154

«Tuve grandes maestros. Llegué a estar orgulloso de mis progresos.
Cuando recuerdo que fui sabio, me comparo
a ese líquido que llena el vaso y toma su forma,
y a ese humo que el viento desvanece.»


169

«Ser o no ser. Supremo o inferior.
Lo sometí todo, todo a la regla de la lógica:
en vano traté de sondear el fondo de las cosas,
pues no encontré otro fondo que el de mi misma copa.»


OMAR IBN IBRAHIM AL-KHAYYAMI (1022-1123).
Poesta y astrónomo persa.

30 marzo, 2008

EL PARAÍSO PERDIDO - Balzac

Entra la luz - Belanger

«Pero debes aprender una cosa e imprimirla en tu mente todavía maleable: el hombre tiene horror a la soledad. Y de todas las especies de soledad, la soledad moral es la más terrible. Los primeros ermitaños vivían con Dios. Habitaban el más poblado de los mundos: el mundo de los espíritus. El primer pensamiento del hombre, sea un leproso o un prisionero, un pecador o un inválido, es este: tener un compañero en su desgracia. Para satisfacer este impulso, que es la vida misma, emplea toda su fuerza, todo su poder, las energías de toda su vida. ¿Hubiera encontrado compañeros Satanás, sin ese deseo todopoderoso? Sobre este tema se podría escribir todo un poema épico, que sería el prólogo de El Paraíso Perdido, porque El Paraíso Perdido no es más que la apología de la rebelión.»

Los sufrimientos del inventor, Honoré de Balzac.

23 marzo, 2008

DENTRO DE MÍ

Persistencia de la memoria - Dalí

Dejo el libro que estoy leyendo, pongo música, me acerco a la ventana del estudio, levanto la vista al cielo vespertino de este marzo abriéndose paso a ráfagas de viento frío: Es de un gris homogéneo el cielo de hoy, como el azúcar mojado. «Adiós invierno...», me despido escuchando el sereno punteo de una guitarra; y pienso en el tiempo, no en el meteorológico sino en el que no ha de volver... Porque nada es tan terriblemente lejano como el pasado. Pienso en la calle que contemplo, en las largas hileras de tilos: decenas de tilos recios y desnudos, jalonando las aceras de mi paisaje más inmediato; pienso en las montañas neblinosas de allí, al fondo de todo cuanto llego a ver, recortando un horizonte recién nevado y difuso... Tengo la certeza de que todo está en su lugar. Si presintiese que mañana no pudiera volver a descubrir este cuadro tan habitual y hogareño, el escenario que se me ofrece se convertiría en algo único, precioso y entrañable para mí. Siendo conscientes, todo cuanto podemos perder adquiere un inusitado y mágico valor que nunca deberíamos despreciar. La lucidez nos mueve a contemplar y sólo entonces sentimos impostergable el deseo de retener cada momento como un aliento, respirándolo una y otra vez, por y para siempre...
Miro tras los cristales de la ventana, más allá de esta atmósfera y del momento, y siento que trasciendo. Registro un lugar desenfocado en mi retina, un lugar tan impreciso como íntimo que acaso ahora no existe como lo represento, pero que igualmente me pertenece: Lo ocupan las playas de mi vida, sus rocosos acantilados, los olores eternales a yodo y salitre del verano; esos lugares de arenas resplandecidas... Días que se alargan, saben a calores venideros. Pienso hacia delante y vuelvo hacia atrás; el haz y el envés de una vida incesante y plena, aún sin embargo a medio apurar. Pienso en la distancia, pienso en el tiempo, pienso en el vértigo. Pienso en las partículas de luz de la media tarde y en sus sombras, las sombras de un marzo gris...
Y sé que todo ello nunca me abandona; que viene siendo empapado por mis sentidos, extrañamente absorbido... Y nuevamente pienso que todo está en su lugar y que, por esto mismo, me pertenece de un modo antojadizo y singular; porque todo ello, definitivamente, se encuentra aquí dentro, tan dentro... Dentro de mí.
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Y sé que todo ello nunca me abandona; que viene siendo empapado por mis sentidos, extrañamente absorbido... Y pienso, nuevamente, que todo está en su lugar y que, por esto mismo, me pertenece de un modo antojadizo y singular; porque todo ello, definitivamente, se encuentra aquí dentro, tan dentro... Dentro de mí.

16 marzo, 2008

CHAGALL

El cumpleaños

Era yo un adolescente cuando, sin darme cuenta, oí por primera vez algo de Chagall. Mediaban los 70, el tiempo en que descubrí a Silvio y, entre sus canciones, Óleo de una mujer con sombrero me cautivaba. Que me tenga cuidado el amor, que le puedo cantar su canción... era una advertencia sencillamente sublime. Sucedió que mi decodificación auditiva, unida a la precariedad de mi rudimentario radiocasete, me llevaba a canturrear algo así como Una mujer con sombrero, como un cuadro del viejo chaval... ¡El viejo chaval! ¡Cuánto tiempo la canté así, sin saber que tras mi chaval se emboscaba uno de los genios de la pintura del siglo XX! No sabría decir en qué momento corregí mi error, si afiné el oído o tal vez leí la letra, y supe que aquella canción hacía referencia a la quimera onírica de un anciano maestro...
Quizá por esto Marc Chagall ha permanecido ligado a Silvio, a las correrías románticas de mi primera juventud y a mi naciente amor por la pintura. Sé que quienes os acercáis a esta página conocéis a este genial pintor, pero también sé que aceptáis de buen grado que, el viejo chaval en quien yo mismo me he convertido, le rinda hoy un sencillo homenaje: 23 años después de que, casi centenario, falleciera en las cercanías de Niza.

El violinista celeste

Marc Chagall nació en 1887, en el gueto judío de la ciudad de Vitebsk (Bielorrusia), y falleció en Francia, en 1985, a la edad de 98 años. Su cuadro El violinista celeste se puede ver en el Museo Municipal de Tossa de Mar (Catalunya), en donde pasó los veranos de 1933 y 1934.

09 marzo, 2008

SOBRE HOMBRES Y MUJERES

597 - Luis Feito

UNAS PARA CORREGIR, OTRAS PARA PENSAR


Los hombres construyen puentes y tienden vías férreas
a través de los desiertos y, sin embargo, sostienen con éxito
que coser un botón es tarea superior a ellos.
HEYWOOD BROUN.


Cuanto más conozco a los hombres, menos los quiero;
Si pudiese decir otro tanto de las mujeres, me iría mucho mejor.
LORD BYRON.


En Oriente la mujer no suele ver al hombre antes de casarse.
En Occidente, después.
ÁLVARO de LAIGLESIA.


La mayoría de los hombres que difaman a las mujeres
están difamando a una sola.
RÉMY de GOURMONT.


En el paraíso perdido, la mujer mordió del fruto del árbol de la ciencia
diez minutos antes que el hombre. Desde entonces, ella
ha mantenido siempre esos diez minutos de ventaja.
ALPHONSE KARR.

Las mujeres son capaces de todo;
y los hombres son capaces de lo restante.
HENRI de RÉGNIER.


Las mujeres que buscan la igualdad con los hombres
son poco ambiciosas.
TIMOTHY LEARY.

02 marzo, 2008

UN PAR DE MINUTOS

Proa - Kancelpolski

Sorbo un resto de café y, al separarme de la corona de la taza, te observo frente a mí sentada. Tiene algo de eterno este modo en que me agasaja la vida, cuando me detengo y te contemplo, cuando tú también me miras y advierto en el brillo de tus ojos una belleza atemporal y única. Esa honda dulzura, ese candor... Es como si un instante de eternidad se hubiera suspendido en el fondo de tus pupilas, fecundando el momento preciso en que te miro. Dejo la taza sobre el platillo sin perder tus niñas humedecidas, la radiante sensación de infinitud en que reposa mi alma... y me arrobo en tu mirada, delicadamente prendido de cuanto me sugiere y remunera. Me recluyo en ella, me acurruco entregado, y sólo me aparta de su hechizo este torpe ensayo de pintarla en un par de minutos, merodeando con obstinada paciencia por un piélago de inútiles palabras, para garabatear la servilleta de papel que, sobre el velador, mis dedos te pasan. Entonces sonríes; me interrogan tus ojos al cogerla. Y te digo que está rico el café; lo apruebo, apurándolo, con un gesto...
Suenan cercanas las notas de un piano, cuando comienzas a leer mis letras y yo, entretanto, recuerdo el día en que, al verme en tu mirada, comencé a escribir estas oraciones de amor, por inventar maneras de cuchichearte al oído un te quiero.

24 febrero, 2008

LAS AFUERAS - Gil de Biedma

Paisaje - Benjamín Palencia

«Casi me alegra
saber que ningún camino
pudo escaparse nunca.
Visibles y lejanas
permanecen intactas las afueras.»

Las personas del verbo, Jaime Gil de Biedma.

10 febrero, 2008

DOSTOIEVSKI

La roja ribera - Kirschner

No sé qué poderosa atracción tendrían algunos de aquellos libros para mí, cuando me subí en el sofá del cuarto de estar de mi antigua y querida casa, para acceder al estante en el que moraban y alcanzar uno entre ellos. Quizá, de éste, el precioso lomo granate, que destacaba entre otras decenas de volúmenes, con sus nervios horizontales y, entre ellos, los hermosos tejuelos con letras doradas en los que uno leía: Las diez mejores novelas rusas. El canto de aquel grueso tomo, conformado por finísimas hojas, estaba igualmente bruñido como el oro y a mí me parecía de una extraordinaria factura, algo realmente delicado y bello. Entonces era un chiquillo que peinaba raya a un lado, no creo que tuviera cumplidos los trece años, y los libros de aquella sala pertenecían a mi padre, muy celoso de las lecturas que convenían o no a sus siete hijos, entre los cuales soy el mayor.
Yo era un mocete formal y respetuoso, pero sé que un día, como digo, definitivamente tentado por la curiosidad, consumé la profanación: Cogí nervioso aquel libro y, abriendo al azar una de sus incontables páginas, comencé a leerlo... Qué sucedió, entonces, para que su minúscula letra me atrapara y me aislara del mundo exterior, es algo que no sabría explicar. Tal vez tuvo que ver la emoción que me reportaba semejante transgresión, la desobediencia de hojear un libro en principio prohibido. Me pregunto si sería también el haber abierto aquel compendio en el principio de las páginas de una obra que decía ni más ni menos que Crimen y Castigo... ¡Crimen y castigo! ¿No era acaso una falta lo que yo perpetraba, y un correctivo lo que merecería por ello? ¿Valía la pena arriesgarse? Recuerdo el sobresalto que me propinó la llegada de mi padre a casa, aquella primera vez que furtivamente llegué a leer apenas unas páginas. A partir de entonces fui buscando los contadísimos momentos en que me hallaba solo, para seguir con la cautivadora lectura, hasta que, con tremenda paciencia y un permanente añadido de inquietud y placer en cada acometida, conseguí terminarla. Nadie se enteró de mi secreto; eso creo... Luego, bastantes años después, compré para mí Crimen y Castigo y volví a penetrar con inquietud en los dilemas morales de Rodya Raskólnikov, el joven estudiante que llevado por sus apuros económicos termina asesinando a una vieja prestamista para hurtarle el dinero con que retomar sus estudios, y se ve forzado a nuevamente a matar... Pero, llegado aquí, creo que no debería contar más detalles, ¿cierto?
Hoy, cuando hace 127 años de la muerte de Fiodor Dostoievsky, he querido que este recuerdo de mi infancia sea un sencillo tributo rendido a su memoria.

03 febrero, 2008

EL ESPEJO

Characters in an alley - Daussy

Se volvió, miró tras de sí en la noche, pero no vio a nadie. Había algo de irreal a su alrededor y, encogido, las manos en los bolsillos del pantalón, avivó el paso. Al andar, sólo su sombra parecía habitarle, tornadiza y fugitiva, a capricho de las farolas de aquella extraña calle. Esperaba ser abordado, arremetido por alguna inspiración; tenía ese presentimiento borbotando inquieto en su cerebro. Llegaría a algún desconocido lugar, no importaba adónde, tal vez a un barrio a medio urbanizar del extrarradio... Estaba intranquilo: Necesitaba arrancarse del alma un molesto desasosiego; de ese alma que le acuciaba el paso, reclamándole a gritos un espejo... Y tornó a volverse, expectante, temeroso de que algo repentinamente aconteciera.
Con esta sensación vagó en la oscuridad y en el tiempo, como quien circunvala una paradoja, para llegar maquinalmente a su destino, sin saber interpretar el sentido del irónico derrotero que lo había guiado, precisamente, hasta su propia casa. Pero ahí estaba, era curioso; ahí, tomando una llave equivocada, atropellándose con los dedos para abrir el portal, subiendo a pie las escaleras; ahí, escuchando el eco abandonado por cada uno de sus pasos, hasta que ganó el descansillo, franqueó la puerta del piso y fue directamente a apoyarse en la mesa de la cocina. La cazadora a un lado, tenía, sí, papel, un bolígrafo a mano y la sensación de haber tramitado desde el principio de los tiempos este tipo de situaciones en las que algo le impulsa a uno a escribir. Pero a escribir qué... Tal vez cualquier cosa; al menos cualquier cosa que no terminara en la papelera, hecha un puñado de papelitos. Eso pensaba. Se sentó, necesitado de tener un nombre, sólo un nombre, un nombre propio. Entonces garrapateó unas líneas y comenzó a sobrarle la ropa, la ropa como una onerosa carga, hasta que se la sacó de encima, permaneciendo desnudo y aturdido, vagamente ensimismado. Los pies sobre el frío azulejo, tenía fervores en la frente, y se sintió tomado por una deliberada improvisación que parecía quebrar su aliento, cuando volvió a escribir y lo hizo nueva y repetidamente para hablar de sí... Sí, sólo, siempre de sí: De cómo había estado vagando y miraba hacia atrás en la noche, sin ver a nadie. De que sólo halló su sombra, habitándole, tornadiza y fugitiva, a capricho de las farolas de una extraña calle. De que esperó ser abordado, arremetido por alguna inspiración; de que tuvo ese presentimiento borbotando inquieto y pertinaz en su cerebro...
Y de ese molesto y eternal desasosiego, que le era como un obstinado rumor, y de ese alma que le acuciaba el paso al andar, una vez más, reclamándole a gritos un espejo...

27 enero, 2008

EL NUEVO DESORDEN AMOROSO - F & B

La Toalla - Leopoldo Fernández

«El modo occidental triunfante de hacer el amor, traduce la angustia fundamental de la sociedad masculina. Lo que el atleta sexual exhibe de manera espectacular es sobre todo su propia debilidad; cuando señala su falo como el apéndice metonímico de su afortunado propietario, cuando narra sus hazañas en términos febrilmente cuantitativos y se afirma contra todos los lastimosos, los jornaleros del pito, los jadeantes de la bragueta, no hace más que seguir conjurando la precariedad de su erotismo. “¡Joder, lo que le habré dado a esa tipa!”; el último grito del conquistador es también una confesión. El Hércules desvergonzado, totalmente infatuado de su material, es ante todo un niño que llora su propia simplicidad.»

El nuevo desorden amoroso, Bruckner & Finkielkraut.

20 enero, 2008

DEL ALAMBIQUE

Camino de noche - Rafols

PRECAUCIÓN
Donde el adulador encera,
el adulado patina.

ES CHOCANTE
Hablamos demasiado;
contra toda lógica nos resulta agotador permanecer en silencio.

POR INDOLENTES
Todos los amores que han sido,
agonizaron en el lecho de la costumbre.

PIEL CON PIEL
La caricia es esa prolongación del alma
en la que nuestra pasión reposa.

AMOLDADO
Ser absolutamente normal
es una manera cualquiera de huir de la vida.

Y EN TODO CASO...
Conocer para pensar;
pensar para dudar;
dudar para saber.

13 enero, 2008

PAN Y CIRCO

El gran Circo - Chagall

Llevo ya tiempo confesando a mi gente una moderada inquietud por sentirme notablemente fuera de onda, cada vez que intento distraerme con cargo a esa irritante actualidad que refleja la televisión. Una especie de inmigrante del tiempo, es como me veo, plantado ante ella, cuando pretendo ponerme al día y reubicarme entre mis coetáneos. Algo así.
Con todo rendibú para aficionados y adictos al medio, diré que mayormente no me interesa la tele (aún reconociendo que hay algún que otro programa sugestivo), por la sencilla razón de que mi umbral de tolerancia a la estupidez y la mezquindad humana es cada vez más bajo, y sólo cinco minutos de zapeo vespertino terminan poniéndome, tal se dice, de los nervios. Por otra parte, las noticias servidas en crudo me provocan indigestiones de pesimismo existencial, de las que tardo un rato en restablecerme, conque casi prefiero metabolizarlas por otros medios. Y en cuanto al tono general de los concursos, tertulias e incluso emisiones culturetas, digámoslo todo: he visto funerales más excitantes. Consecuencia inmediata: me protejo de ese ominoso intruso que es el televisor y casi ni lo enciendo.
Un perspicaz dijo que de las grandes obras de la literatura todo el mundo habla, aún cuando casi nadie las ha leído, y esto parecería aplicable a gran número de telespectadores, si diéramos crédito a la paradoja de que parlamentan con sospechoso conocimiento de aquello que aseguran no ver. Conque tenemos a medio país cotilleando sobre chismorreos, aunque sostenga que no ve programas que alimenten de los famosos esa gloria en calderilla que, decía Victor Hugo, es la popularidad.
¿Por qué nos llama tanto-tantísimo la atención la vida y exigua obra de fantoches, cuyo mérito esencial ha sido descubrir que es bastante más rentable inventarse una biografía, por lamentable que ésta sea, que labrarse un futuro? Cada cual sabrá qué le aportan los chalaneos de semejante peña... Y, si reconoce al menos que le distraen, que piense por un momento de qué le están distrayendo tanto, para que les llegue a conceder tamaña importancia. Por lo que a mí respecta, esto es más de lo de siempre: Pan y Circo. Así que, viendo el menú televisivo que se nos brinda, a nadie le debería sorprender que la cultura moral de un país como el nuestro tenga unas digestiones rebosadas de flatulencias, regüeldos y ventosidades.
Pues bien, aconsejo someterse a un régimen abstencionista que contribuya a eliminar esa sustancia grasienta y pegajosa que se adhiere a nuestras neuronas, cada vez que nos enchufamos al televisor. Porque pocas cosas producen mayor satisfacción que librarse de una servidumbre; sobre todo teniendo en cuenta que siempre es posible que surja algo interesante, capaz de compensar un posible síndrome de abstinencia por tele-adicción. La cosa, supongo, está en encontrar una alternativa. O sea, en preocuparse por dar con ella. Digo yo.

Post Scriptum
: La expresión Pan y Circo pertenece a una de las sátiras del poeta romano Juvenal, que describía la costumbre de los emperadores romanos de regalar trigo y pases para los juegos circenses, buscando distraer al pueblo de los problemas de la política.

 
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