22 abril, 2012

AMORES MICRORRELATADOS - Varios

Abrazo - Schiele

HIEROFANÍAS

Y el fantasma vino corriendo y me atravesó.
Cuando quise verlo, ya no estaba.
Ahora, dos pulsos me habitan y mi sombra
algunas veces me besa en plena boca.
—Lilian Elphick—

STREPTEASE
Por favor, no te desnudes más.
Te vas a quedar en carne viva.
—Antonino Ney—

OTRA VUELTA DE TUERCA
Para los más sofisticados
(admitamos que se trata de una perversión muy cara),
la madame está en condiciones de contratar
los servicios de sus propias esposas.
—Ana María Shua—

NOCTURNO
Ellos son dos, por error que la noche corrige.
—Eduardo Galeano—

15 abril, 2012

EL CANTO DEL CUCO

Pas de Mercusot - Cuixart

Comenzaron a brotar las rustifinas que cuido en mi terraza y este hecho fue uno de los modos en que abril felizmente se anunciaba hace unos días. Abril, mi mes, con su hora y cuarto más de luz y el escenario de escarceos entre el sol y las nubes, batallando por despuntar en un cielo tan inestable como prometedor. Y es que, en la atmósfera magna e inigualable de abril, principia el acomodo de la nueva primavera, y por esto algún mayor de nuestros pueblos comentará con regocijo que, un año más, vuelve a oír cantar al cuco, ese sorprendente pájaro, con fama de taimado, que pone los huevos en nido ajeno y da fe del advenimiento de las floraciones; el cuco, con su canto aflautado, dos notas breves y volanderas y, tras ellas, una laguna de silencio.
Hace siglos que no oigo el canto firme y poderoso del macho (dicen que la hembra burbujea), el inconfundible cucú que se hace notar por los bosques de mi país en las mañanas de abril. Hace mucho, ya digo, y hoy, desde el pacífico exilio de una distancia tejida de tiempo, aquel canto del cuco tiene algo de mágico en la melódica transición de mis evocaciones. Era entonces mi niñez, domingos montañeros, las piernas arañadas de atajar por entre pinos y helechos, de rozar las matas floridas de otaca y brezo de los alrededores de aquel Llodio de entonces. Todavía, según escribo, casi oigo al cuco, como si fuera aquí al lado donde impertérrito aún permanece en su rama. Calculo que, si saliera de la ciudad hacia el bosque, a una hora de marcha no tardaría en escucharlo, y sé que, pese a no ser los mismos caminos y montes ni las mismas sensaciones, su canto sonaría inalterable en mis oídos, emitiendo señales de una entrañable complicidad. Cu-cu, cu-cu, cu-cu...
Tiene su gracia que recordar el canto del cuco me infunda una cierta añoranza. Y pienso que será secuela de tener la edad que tengo, esa perspectiva que da el ir haciéndose mayor, como también brindan los años la de gozar de estos minúsculos detalles, incluso desde una razonable nostalgia. En lo que más cercanamente me atañe, he aprendido a recrearme en las cosas sencillas. Noto que a veces mi felicidad se asienta en la discreta sorpresa que experimento de ser real, de existir, y que sus exigencias no van mucho más allá de abrir cada mañana las contraventanas y volver a cerrarlas al atardecer. Esto también es bienestar: una cierta lentitud, los mil tonos verdes que motean de vida cada día de abril, y esos momentos en que contemplo las rustifinas de mi terraza urbana, mientras en algún lugar vuelve a sentirse al cuco, un año más, con su canto aflautado: dos notas breves y volanderas entre los pinos, y tras ellas, atento, el niño que llevó mi nombre... y una laguna de silencio.

08 abril, 2012

EL PÉRIGORD NEGRO

Primavera - Millet

El Périgord es una de las regiones francesas que goza de mayor encanto y muy especialmente en primavera o en otoño, cuando no hay demasiada gente. Es una tierra de castillos, célebre por sus bellos pueblos y surcada por el limpísimo Dordoña. En mi primera visita a la comarca, recorrí el llamado Périgord Noir, cuya joya por excelencia es Sarlat, una localidad que tomó auge alrededor de una gran abadía benedictina y que, gracias a sus preciosos edificios medievales y a sus palacetes renacentistas, tiene el mayor número de construcciones protegidas (por m2) de Europa.
Saliendo de Sarlat, rumbo a Montignac está la Cueva de Lascaux II, considerada la Capilla Sixtina de la Prehistoria: una reproducción exacta de la gruta original. Las explicaciones que guían la visita son en francés, pero uno puede informarse en internet antes de ir, para tener una idea de lo que va a ver, en todo caso una maravilla.
En el valle del Dordoña, se sitúan la mayor parte de los castillos y manoirs (palacetes) de la región. Varias de las localidades de esta zona figuran entre los pueblos más bellos de Francia: la bastida de Domme, La Roque Gageac, junto a un abrupto acantilado, Belvès o Castelnaud. Cualquiera de ellos, merece una relajada visita. En La Roque, por ejemplo, es obligado tomar una gabarra para navegar por el Dordoña, durante una hora, y ver desde ahí las boscosas riberas. Sobre éstas, y de cada lado del río, resaltan espléndidos los castillos medievales de Beynac y de Castelnaud.
En el valle del Vézère se puede pasar por el acantilado de la Roque Saint-Christophe, un pueblo troglodita (la Madeleine) y el pueblo de Saint-Léon-sur-Vézère, con su coqueta iglesia románica. Hay muchos monumentos y lugares que, por su notable interés prehistórico están incluidos en el Patrimonio Mundial de la Unesco. Esta opción es para quien se interese por ver y saber cómo vivían algunos de nuestros más lejanos antepasados.
Por cierto, se dice del Périgord Negro que es una región que se visita con el paladar. Su generosa naturaleza ofrece productos deliciosos como el foie gras, las trufas, setas, nueces, el queso cabécou (de cabra), los vinos, etc. A la hora de comprar y comer, el rey de la gastronomía del suroeste francés es precisamente el foie-gras, o sea el hígado de pato o de oca, a no confundir con el paté, que es una mezcla de carnes, bastante más barato y que, en los restaurantes, se sirve en porciones o terrines (recomendable). Finalmente, un buen vino de la zona es el Monbazillac, blanco y dulce, de un precioso color entre pajizo y dorado, que acompaña estupendamente al foie gras como aperitivo; pero también hay otros blancos de Bergerac, algo más sencillos e igualmente sugerentes, muy en sintonía con lo que es y brinda toda esta atractiva región.

01 abril, 2012

NOCHES JUNTO A TI VIVIDAS

Y llegó la noche - Mercero

Desfallece el día y con su partida me vienen aquellas otras noches, que junto a ti he vivido. Noches intensas y envolventes, noches que colman el vaso del momento para encharcarme con la cadencia de un arroyo calmo... Olas mansas que acarician las riberas del crepúsculo y ondulan el reflejo esmaltado de otras lunas; de lunas que eran nácar sobre ríos de plata, de lunas que alumbraron nuestros hombros uncidos al andar, los caminos de sombras que inventaban nuestros pasos. Miro atrás y se me cuela aquel aire que aún respiro, y me entra por la boca hasta el pulmón y hasta lo más vivo, como una bocanada de complicidad y silencio, de letras inescritas en cada página del breviario de amores que juntos compusimos. Seguro que recuerdas la penumbra imperiosa que gobernaba los paisajes, y, común a todos ellos, aquel explorable silencio que se volvía nocturno; y cómo lo quebrábamos de risas, pisadas y besos, conmovidos en la insomne connivencia de tenernos a ratos, de tenernos siquiera de la mano.
Tal vez por esto que te cuento, me vuelven las noches junto a ti vividas; sosegadas se adentran en mis poros abiertos, en mis oídos como una balada al piano... Y un resto de mí mismo torna a transitar por senderos que son el musgo fresco en mi memoria, y las recupera para esta consagración de palabras: el poema inédito que emborronan mis manos, la idea del tiempo desnudo que no atiende a relojes, la misma vida rehaciéndose cada vez que alguien, en un lugar cualquiera, se despide y parte. Y el murmullo del agua cuando escribo...
Surca el cielo un jirón de estrellas, arrimándose perezosas a la alborada, y me amarro a un hilo de turbia realidad en la evocación última de aquellas noches que te digo, de sus ríos y caminos, de la luna que era nácar sobre plata, de los espejos que te vieron y se empeñan en retenerte... cuando ya no estás. Calla lejanamente el piano, cierro los ojos y renuncio a vigilar mis fronteras. Te busco a tientas en algún rincón del sueño y muy lentamente me extravío. Algo me dice que ahí fuera ya clarea.

25 marzo, 2012

FUERZAS DE FLAQUEZA

En el balcón - Iturria

Me escandaliza, todavía más de lo que me perturbó la gestión de la crisis del anterior Gobierno, lo que éste ha comenzado a hacer. ¿Qué nos adormece hasta el punto de que la respuesta social a sus nuevas medidas (reformas financiera y laboral, modificaciones en materia educativa, en la justicia, etc.) vuelva a ser, salvo en casos aislados, prácticamente inexistente? Me lo pregunto, sin acertar a calcular el eco que tendrá la huelga general del 29-M, convocada por unos sindicatos moralmente bien poco legitimados para encabezar cualquier protesta. En todo caso, tal vez sea el miedo lo que nos agarrota...
Noam Chomsky elaboró un inventario de estrategias mediante las cuales el poder (cada vez menos visible) controla a la población a través de los medios de comunicación. Habla de tácticas como la distracción (desviar nuestra atención de los asuntos importantes), la creación de problemas para después ofrecer soluciones (se permite un incremento de la violencia al objeto de que la ciudadanía demande seguridad y acepte políticas y leyes que cercenen sus libertades), la utilización de las emociones para llegar al individuo, neutralizando su análisis racional y su discurso crítico, la promoción de la mediocridad en todos los ámbitos de la vida social, en fin. Es chocante que aceptemos como un mal necesario el continuo recorte de derechos sociales y el gradual desmantelamiento de servicios públicos, hasta hace cuatro días incuestionables. El propio Chomsky menciona la gradualidad como el sutil modo de imponer con cuentagotas una serie de condiciones socio-económicas totalmente nuevas, destinadas a demoler el Estado del Bienestar: Estado mínimo, privatizaciones, precariedad, flexibilidad, desempleo en masa, salarios que no garantizan unos ingresos decorosos... Cambios todos que, de haber sido aplicados de golpe y porrazo, hubieran provocado una auténtica revolución.
Como sea, formamos parte de una población sugestionable y atemorizada, gobernada por meros intermediarios de la Banca, el Mercado y las Corporaciones; de una población que tolera el desempleo como un “mal de muchos” y ocupa su tiempo rellenando currículos, viendo fútbol y dormitando ante una televasión colonizada en sus horas estelares por unos cuantos payasos de plató sin signos externos de inteligencia.
Muchos auguran ya que la nuestra será la primera generación en la Historia de la Humanidad que va a legar a sus hijos un mundo peor que el que conoció. Yo, también, así lo creo; como creo que, frente a tan desalentador pronóstico, cualquier iniciativa por contrariarlo pasa por combatir esa idea establecida según la cual lo normal es aceptar lo que existe y lo anormal es intentar cambiarlo. Educar, en este contexto, sigue siendo la mejor herramienta para el cambio. Hasta hace no mucho, la educación de un niño básicamente consistía en inculcarle una serie de creencias sobre las que desarrollar un pensamiento temeroso y hasta cierto punto infantilizado que diera un “sentido” a su existencia. Hoy, a pesar de otros modernos condicionantes, podemos educar a nuestros hijos con sentido crítico, estimular su lucidez, su aprendizaje racional y emocional, y permitir que sus creencias lleguen naturalmente, sin adoctrinamientos ideológicos que los suman en la perplejidad y el temor.
Cuando pienso en cómo vencer precisamente el temor que ahora nos paraliza, también reparo en todo cuanto engrandece a la condición humana: No otra cosa sino la esperanza, que demuestra con su capacidad heroica para arrostrar los contratiempos y su voluntad de acción y de cambio. Porque el ser humano se descubre a sí mismo en situaciones de crisis real y profunda, cuando todo a su alrededor se derrumba, mostrando muchas veces lo mejor que tiene, justamente ese valor de la gente común, dispuesta a sacar fuerzas de flaqueza, para superar el desaliento. Por esto creo que, en buena medida, está en nuestras manos provocar la llegada de tiempos mejores, promoviendo el compromiso solidario y avivando la llama del pensamiento y de la acción crítica... Salvo que prefiramos claudicar ante la realidad que se nos impone y aceptarla amedrentados como algo normal e ineludible; como la más cruda fatalidad.

18 marzo, 2012

ESTRELLAS FUGACES

Se roza el domingo - Úbeda

UNA PARADOJA
El destino es la consecuencia de nuestro pasado,
que nos sigue por delante.

HAZ Y ENVÉS
Es el hombre el que ha creado un dios,
injusto y mezquino, a su imagen y semejanza.

NARICES
La intuición es el olfato de la experiencia.

DEL MONTÓN
Un mediocre es aquél que únicamente destaca
por ser tan normal como la inmensa mayoría.

SIN PUDORES
Frecuentemente caigo en la cuenta de que tengo que cambiar,
para seguir siendo yo mismo.

11 marzo, 2012

UNO Y LOS OTROS

La ciudad - Grosz

Pero, veamos: ¿adónde le conduciría a uno, el decirlo todo? ¿Acaso no vivimos instalados en la paradoja de ser y no ser, de hablar y callar, de estar y permanecer ausentes? ¿Qué y quiénes somos realmente, entonces? Los que hablan y ríen, los que miran, los que copulan, los que lloran, sienten, piensan; quienes mueren. En el ejercicio de su humana condición de ser, uno ha de caminar segregando jirones de sí mismo, inventando una estrategia moral para la vida, un estilo de supervivencia, el modo de estar, un lenguaje. De manera que parece oportuno mostrarse convencional ante los demás, revelar las propias coartadas y exhibir argumentos comprensibles, minimizando las defensas para ser admitido, como si tal igual, haciendo concesiones de palabra y actos a quienes le observan e interpelan. Uno, también, ha de enmascararse para habitar la temperie de zozobra en la que vive, para soportar el ruido del mundo, la ceguera abisal de sus extraños congéneres, a quienes ya apenas reconoce...
Es preciso ser considerado incluso con aquéllos a quienes no se ama, pues si realmente uno confesara abiertamente las razones últimas de cuanto cree, sostiene y defiende, se quedaría solo; incómoda, su propia sombra le rehuiría.

04 marzo, 2012

ROLLOS DE PAPEL

Suerte - Lorenzo Fernández

Buena parte de las guerras domésticas que libraban Elisa y Fernando, tenía que ver con ciertos descuidos que acontecían en el cuarto de baño y en los que, invariablemente, él resultaba inculpado: fuera por dejar pelos en la bañera, no cerrar los envases del gel y del champú, e inundar el suelo tras ducharse, o por machacar el tubo del dentífrico dejándolo abierto y hecho un churro. Semejante despreocupación por estos detalles, tras cinco años de convivencia, sacaba de quicio a Elisa; y, vista la dificultad que para Fernando parecía ofrecer cualquier enmienda al respecto, el asunto de su dejadez era fuente de repetidas discusiones.
Sin embargo, existía una suerte de batalla conyugal, asimismo de toilette, que se daba sin que entre ellos mediara una sola palabra, y que tenía que ver con lo que cada quien consideraba que era la “correcta” colocación del papel higiénico alrededor del cilindro de sujeción. Que el extremo de aquél colgara por dentro o hacia fuera, motivaba en ambos una reiterada operación de cambio posicional del rollo, que sibilinamente era despachada en el silencio del retrete, con asiento, deliberación y disimulo. Y, a juzgar por la tenacidad con la que perseveraban en su manía, un espectador neutral pudiera haber deducido que, tras la apariencia irrelevante de estas manipulaciones, se ocultaba un algo profundamente simbólico; como si, al recolocar el papel higiénico, Elisa y Fernando se jugaran, el uno frente a la otra y viceversa, no sólo la defensa de lo estrictamente correcto, sino, además y sobre todo, el prurito de reafirmar la propia posición de primacía en la relación marital.
Como fuera, dos meses después de que, por iniciativa de Elisa, firmaran un divorcio de mutuo acuerdo, Fernando se sentaba sobre la tapa del inodoro de su nuevo apartamento para reponer el rollo de su exclusivo cuarto de baño. Lo colocó, faltaría más, con el extremo del papel colgando hacia fuera. Luego, demorándose unos segundos, observó el tubo del dentífrico, apachurrado y sin cerrar, y tentado estuvo de taponarlo y ponerlo en su sitio... Pero se dijo que nanay, con la cosa esa de hacer lo que le petara, dueño y señor de sus dominios. Así es que apagó la luz del aseo y, pensando en comprar tabaco, se calzó y se echó al hombro una cazadora. Fue entonces cuando, al pasar junto al gran espejo del recibidor, un algo inconcreto (no supo qué) le perturbó y le hizo sentirse incómodo. En aquel momento no lo podía saber, pero esta sería la primera vez, de una larga serie por llegar, en que le pareció que ese "algo" proyectara desde su fuero interno una nueva y extraña sombra de sí mismo, gris y difusa, que no le gustó nada. Maquinalmente, regresó entonces al cuarto de baño y cerró la pasta de dientes, recogió una muda del suelo y la echó al cesto de la ropa sucia. Y, con la misma rara sensación a cuestas, sintió una punzada bajo el esternón cuando pensó en Elisa. Torció el gesto con un rictus de pesadumbre y, cabizbajo, tomó el ascensor y bajó a la calle. Cuando salió del estanco, su único propósito era deambular hasta sumirse en un estado de suficiente fatiga; la justa como para no pensar; como para, cuando cayera la noche, al menos poder dormir.

26 febrero, 2012

DIARIOS DE MI VEJEZ - Sábato

Autorretrato - Freud

«He vivido en un tiempo histórico de ruptura, y tan viejo soy que hay en mí distintos sedimentos, como en las montañas. Así, todavía guardo de mi juventud las marcas de las luchas sociales. Pienso que los chicos me querrán porque nunca dejé de luchar, porque no conseguí instalarme en ninguna época, y hoy, trastabillando, me siento cerca de la gente que aprendió a vivir de otra manera. Y muy cerca de los jóvenes que después de este horror de mediocridad, indecencia y ferocidad, pujan por nacer a otra cultura que vuelva a echar raíces en un suelo más humano

19 febrero, 2012

EL USO DE LOS CUBIERTOS

Le bouillon - Stupar

Por más que parezca una obviedad, los cubiertos se utilizan sólo para comer. Y lo digo bien adrede, vista la efusión con la que mucha gente los convierte en una suerte de prolongación de sus manos, a la hora de dar indicaciones, rascar el mantel, entrechocarlos, esgrimirlos... y un largo etcétera; algo que causa un pésimo efecto. No hay más que ver uno de esos reality show televisivos, en el que aparezca un grupo cualquiera de encerrados comiendo, para ilustrar sobradamente esta observación.
Pero lo correcto es sostener el cuchillo y el tenedor entre los dedos índice y pulgar, permitiendo que los mangos se apoyen en las palmas de las manos, y presionar con el dedo índice sobre la parte superior del propio mango. Así de sencillo. Tan sencillo como que el cuchillo se debe utilizar exclusivamente para cortar, y no para otros manejos que lo conduzcan directamente a la boca. Y cuando el tenedor se emplea para levantar alimentos, y no para trincharlos, se sujeta, al igual que la cuchara, con el mango entre los dedos índice y pulgar, y apoyado sobre el dedo mayor.
Otro uso de los cubiertos es el de servir. Con las ensaladas, por ejemplo, lo aconsejable es tomar la cuchara y el tenedor con una mano, improvisando una pinza. Sin embargo, si este tipo de movimiento ofrece dificultades a quien no esté acostumbrado, perfectamente se puede levantar una porción prudente, formando otra pinza, con el tenedor en la mano izquierda y la cuchara en la derecha.
Por otra parte, cuando se hace una pausa durante la comida, los cubiertos no se deberían apoyar sobre el mantel sino formando ángulo sobre el plato; los tenedores con las puntas hacia abajo y la cuchara con su parte cóncava también hacia abajo. También pueden acomodarse juntos sobre uno de los costados del plato. En todo caso, al terminar de comer se deben dejar uno al lado del otro, en paralelo —el tenedor con las puntas hacia abajo—, encima del plato, con los mangos sobresaliendo unos centímetros del filo de éste. El anfitrión, el camarero o quien recoja entenderá así que hemos terminado.
Finalmente, un apunte sobre las servilletas. Su uso suele ser un dilema para algunos comensales, pero lo habitual es que, al disponer la mesa, las servilletas se presenten dobladas por la mitad, si son pequeñas, o en triángulo. La persona invitada, al sentarse a la mesa, debe desdoblar la servilleta y colocársela sobre los muslos... de los que sólo se suelen levantar para limpiarse la boca antes y después de beber, o después de comer salsa.

12 febrero, 2012

A PROPÓSITO DE COSME

Viajero frente al mar - Friedrich

Cincuentón, flaco, despeluzado. Cosme es un espécimen solitario, nada convencional. Temo que quien le observe sin más lo tendrá por bicho raro. Con todo, es un buen tío, noble, sensible, coherente. Y un malabarista de la palabra, que habla poco pero transmite y llega, a pesar de esa vaga tristeza que cruza su rostro y que rara vez logro interpretar, como tampoco franqueo un coto hermético que reserva para sí, cuando se aísla del mundo. Sobre esto, Cosme defiende que hay una dignidad en la soledad, que hace que estar solo se convierta en algo soportable. Pero lo que yo pienso es que si no se consiente tener grandes apegos es por no sufrir. Por no sufrir más, quiero decir. Así es él, a grandes rasgos, mi amigo Cosme.
El otro día le llamé por teléfono, para dar una vuelta. A media tarde, cruzábamos un parque charlando sobre la fragilidad del ser humano (qué le voy a hacer, si es de estas cosas de las que nos gusta hablar) y él reparaba en la paradoja de las pasiones que, siendo el motor de nuestra vida, se pueden volver sin embargo en contra de nosotros mismos, haciéndonos frágiles y vulnerables.
—Todos tenemos al menos una pasión: desde el más espabilado hasta el más idiota. La descubrimos cuando nos poseen sentimientos intensos, que someten nuestra voluntad y perturban nuestra razón y nos vuelven inconsistentes. Amor, odio, celos, ira... O inclinaciones vivas, que terminan casi por enfermarnos.
—¿Inclinaciones?
—Sí; el arte, la política, la Naturaleza... o el Athletic. Cualquier cosa que, en un momento dado, pueda hacernos enfebrecer. El caso es que somos siervos de nuestras pasiones —me decía—; que las necesitamos como el aire, para sentirnos vivos, aún cuando nos puedan arruinar la existencia.
Y, cuando le pregunté cuál era la suya, Cosme se encogió de hombros y sonrió con cierto candor:
—Supongo que mi pasión es vivir —respondió—; vivir... a pesar de la vida misma.
Entendí lo que quería decir. Porque vivir, para Cosme, es observar y tomar nota de lo que acontece a su alrededor, con el extraño brillo de su mirada, mezcla de melancolía y de remota fascinación. Por eso explora y escribe, y a veces me habla de ello. Y es que escribir, en el fondo, es su verdadera pasión... aunque él lo niega quitando importancia a lo que hace. Pero sí, respira y vive para crear. Y esa música me suena cercana.
Como comenzara entonces a lloviznar, terminamos tomando una cerveza en torno a un velador. Por un momento, Cosme pareció abismarse mirando la cortina de sirimiri, a través del cristal de la cafetería.
—¿Sabes? —regresó, de improviso—. Las pasiones pueden llegar a destruirnos, pero nuestra fragilidad proviene más bien de la duda, porque la duda nos angustia. Y, pese a ello, no podríamos vivir sin dudar. Fíjate qué terrible es vivir sin saber qué es la vida, pero sabiendo que moriremos... sin saber tampoco qué es la muerte.
—Las cosas sobre las que tenemos alguna certeza son tan contadas...
—Sin embargo —continuó—creo que prefiero vivir así, sin saber, que hacerlo aferrándome a ideas y a creencias que podrían estar equivocadas.
—Sí, yo también lo prefiero.
Le guiñé el ojo, dándole una amistosa palmada en el brazo. Él me devolvió la sonrisa y dijo entonces:
—Parece que amaina, y ya es hora de recogerse.

05 febrero, 2012

DULCE ENTROMETIDA

La música - Klimt

Levanto la vista del informe que repaso, dejo las gafas a un lado sobre la mesa, me froto los ojos y siento que te avecinas de un modo ya casi habitual, discreta y sigilosa, deslizándote como un soplo de aire entre mis argumentos cotidianos. Rasgas suavemente la mañana con una sonrisa desprovista de urgencias, y esa imagen tuya encalla en algún lugar de mi mirada y me convoca a disfrutar de la quietud del minuto en que te retengo, en que noto acariciante tu presencia, etérea como un fular de pétalos cubriéndome el alma... Dulce entrometida que desfilas ante mi paisaje de premuras con delicada elegancia y extiendes tus velos, subliminal y vaporosa, sutil como la última hoja del invierno que inadvertidamente se precipita en una orilla de mi pensamiento. Dulce entrometida, repito para mí, y te pienso en tan sólo dos palabras porque me gusta así pintarte... Registro tu estela, el olor penúltimo de tu paso al rozarme, y me aflojo enteramente al verte, disfrazada de luz para fundirte en la mañana, de aire para habitar mis pulmones, de sonata de piano para rondar el silencio que me envuelve. Dulce entrometida que desoyes los dictámenes del tiempo y te demoras a este lado del día para tomar con una mano mi nuca, entrecerrar y levemente besar mis párpados, mis labios... Noto en mis labios tu latido, un recuerdo sondable de los besos vividos que me resbala de la boca tu nombre, el nombre que letra a letra te abarca y por el que, cada vez que te llamo, obtengo el más precioso de los dones: tu mirada devuelta y tu imbatible sonrisa y, en ellas, la constancia impagable de que eres tú, tan nítida y real; después de todo, tan cierta.

29 enero, 2012

REPROCHES

Dayer - Expectations of dreams

La erosión es un principio físico, en virtud del cual se explica el proceso de desgaste de los cuerpos ocasionado mayormente por el rozamiento. Una definición cogida con pinzas, desde la que el concepto se puede fácilmente extrapolar al ámbito de las relaciones humanas. Pues bien, pocas cosas erosionan más intensamente la convivencia que los reproches, esas respuestas nacidas de la frustración que aparecen con frecuencia en los periodos de desencanto. Aunque sea un cliché, pensemos en la mujer que, habiendo puesto mucho de sí en una relación, no ve compensados sus esfuerzos y recrimina a su pareja una gran falta de sensibilidad, de atenciones y detalles, sus constantes olvidos.
El reproche surge de la no-aceptación del ser amado tal y como es, de la decepción que encarna la otra persona cuando no cubre las expectativas que con ella nos habíamos creado. Entonces empezamos por afear su conducta, luego recriminamos su actitud, finalmente su forma de ser, y así el reproche se convierte en un arma arrojadiza, que acrecienta la situación de crisis y degrada la relación hasta hacerla a veces insostenible.
Personalmente, pienso que hay un ámbito de respeto casi sagrado, cuyos límites no deberían ser de ningún modo sobrepasados. Es preciso abordar las diferencias sin denostar la forma de ser, los posibles defectos, las capacidades del otro; sin meter el dedo en la llaga de sus contradicciones y pequeñas miserias. No tiene mérito ni sentido ensañarse con alguien, y mucho menos si le queremos. Porque quererle supone respetarle ante, con, desde, para y por lo que es. Y todavía más: a pesar de lo que es. Sabiamente decía Theodor W. Adorno que «sólo con quien te ama puedes mostrarte débil sin provocar una reacción de fuerza». Porque el amor deja de ser amor cuando la violencia se impone sobre el diálogo y el respeto.
Por lo mismo, la ironía no aporta nada positivo; ni la imitación ni la ridiculización. Trivializar las opiniones del otro, mofarse de sus inquietudes, sus temores o su vida íntima, toda esa pirotecnia verbal y gestual sólo genera dolor en primera instancia, después frustración y rencor, finalmente desamor. Y cabría preguntarse si la humillación o el insulto nos hacen grandes frente a alguien o, por el contrario, nos envilecen, al ser nuestros más mezquinos recursos.
En fin, una relación tramada con actitudes positivas que la nutran y doten de consistencia para sobrellevar los avatares del tiempo, ayudará a crecer a las personas en ella involucradas. De igual forma, los malos modos la van a magullar y corromper. Si evitamos los reproches, estaremos mimando y preservando de un modo efectivo nuestros afectos más cercanos, algo esencial en el desarrollo personal de esas destrezas adaptativas que tanto nos ayudan a vivir en armonía con quienes nos quieren y rodean.

22 enero, 2012

LOS ESTRATOS HORIZONTALES

Le coquelicot - Van Dongen

Oye, ¿tú has leído El túnel...? El de Sábato. ¿No? Bueno, es igual. El caso es que ahí habla de los estratos horizontales y tiene que ver con lo que te voy a contar. Esos estratos son como sociales; están formados por gente que tiene aficiones semejantes y donde no es raro que se produzcan encuentros casuales, y menos raro cuanto más minoritario sea el asunto que les junta. Pon que te va el rollo de la esgrima; bien, pues no será extraño que coincidas siempre con la misma peña, cada vez que hay un evento en la ciudad, porque la esgrima les gusta a cuatro chalados. ¿Me sigues? Vale. La cosa es que vi a una tía en el Principal, cuando estrenaron El cavernícola, ese monólogo de Becker tan bueno. Pues en la fila de delante, la mujer más bella que he visto en mi vida. Ni te imaginas. Sonríes... Pero no exagero un pelo. Fíjate que casi ni veo el teatro, de las ganas que tenía de mirarle, de tocarle el pelo, de... no sé; y eso que la obra era de troncharse de risa, pero no podía concentrarme. Así todo el tiempo, como ofuscado, ¿sabes? Total que, acaba la función y justo cuando encienden las luces, de repente ella se levanta la primera, avanza por delante de la gente de su fila... y veo que se ha dejado un fular en su asiento. ¡Joder, ésta es la mía! Lo cojo a toda prisa, voy a gritarle: “¡Eh...!” Pero ya es tarde para distinguirla entre el tropel que avanza por el pasillo hacia la calle. ¿Por qué te ríes? Va, para; no me cortes. En fin, la busqué, la reconocería entre un millón, y nada. Sin embargo, decidí que la volvería a ver, como fuera, y que aquel fular iba a ser la excusa perfecta. ¡El fular! ¡Si hasta duermo con él...! A veces lo huelo para llenarme del resto de perfume que aún guarda, me imagino oliendo su cuello... Así que, sin saber cómo, me acordé de la teoría de los estratos de Sábato y elaboré un plan. No sé de qué leches te ríes. Te hace gracia lo de los estratos, ¿eh? Pues bueno, que no te pase a ti; que, lo que es, yo no vivo. Entonces pensé que, si le gustaba el teatro y el teatro era eso, un estrato, volvería a la siguiente representación o a la siguiente... o a la siguiente. Lógico, ¿no? ¡Qué gilipollas eres!; no sé por qué te cuento esto. Para que te rías. ¿Te burlas de mí...? En fin, paso. Total que, desde que quitaron El cavernícola, me sigo acercando al Principal al comienzo de cada función. Cuando hay doble, antes de las ocho merodeo la puerta, con la esperanza de verla entrar; luego, mato el tiempo tomando una cerveza y vuelvo a las diez de la noche. Viernes, sábados y domingos. Así llevo dos meses, convencido de que daré con ella. Porque después de todo esta ciudad no es tan grande, ¿no crees? Aunque a veces me desmoralizo, de tanto rular por los alrededores del teatro en balde. Pero es que, si no, ¿qué puedo hacer? Si al menos conociese otro de sus estratos y... ¿Me quieres decir de qué coño te estás riendo, todo el tiempo? ¡Joder, qué tío insensible de las narices! Estoy enamorado, loco, y tú te partes de risa como un gilipollas. No has parado de hacerlo. ¿Y se supone que eres un colega? ¡Un colega, ja!; ahora me río yo de ti. Mira, ¿sabes...? Veo que eres incapaz de ponerte en mi lugar, que te interesa un pimiento lo que te cuento, así es que se acabó, hombre: ¡Que te den! Me piro. ¡Vete a la mierda!

15 enero, 2012

PROCRASTINAR

Ciclo - Matta

Pocas cosas son tan universales como el propósito de pulir alguno de nuestros hábitos menos saludables, siempre que estrenamos un nuevo año. Buscamos rehacernos siquiera un tanto, como lo más natural, presentándonos al examen de mejora en su convocatoria de cada enero. Conque, dadas las fechas corrientes, en éstas nos andamos algunos, sabedores de que, no bien transcurrido medio mes, otros ya habrán tomado la decisión de procrastinar sus intentos. Sí, de procrastinar; eso que parece una cosa bien perversa, sólo de lo mal que suena, y que, empero, es un verbo tan latino como inaudito; una acción traducible en inacción, que significa posponer, diferir, aplazar. Y algo que, por cierto, puede llegar a ser enfermizo, según cuánto uno lo haga y cómo lo viva o se lo cuente a su psicólogo de cabecera. Palabra de tal.
O sea que saco lo de procrastinar las buenas intenciones de año nuevo, pero también porque observo que, en los días de recoger las zarandajas fiesteras, hay gente que posterga hasta lo más peregrino y eso me llama la atención. El otro día, por caso, estuve en el piso de un amigo (íbamos al cine) y acredité que aún tenía sin retirar algún que otro derrelicto navideño: el árbol chino de incierto plástico y unos cuantos muérdagos por ahí colgando. Ya; lo tengo que subir al camarote, se excusa calzándose los zapatos. Y su mujer me apunta con sorna: El año pasado hizo récord y tuvimos arbolito hasta casi febrero... En fin, aquello del no dejes para mañana, lo que puedas hacer pasado mañana, que dicen que dijo Wilde. Luego, volviendo de la peli, crucé media ciudad y anoté, a día 11, hasta cinco olentzeros y papanoeles trepando aún miradores y balcones. Me pregunto qué extraño desprecio al prójimo impide a sus propietarios quitarlos de en medio, una vez liquidada la locura de los regalos. Semejante indolencia, les pinta de cuerpo entero... Pero, en fin, como yo también quiero ser algo mejor este año, me voy a limitar a animar a todos estos flojos de la resaca navideña a que obren como mi vecino y amigo Agustín, quien cada 7 de enero sale a tientas de su piso con un pedazo de árbol artificial erecto (cargado de bolas bailonas, espumillón y cables con lucecitas colgando), y lo conduce pegado al pecho, torcido de caer, la visibilidad nula, haciendo equilibrios escaleras arriba hacia el trastero. Y, tal y como fatigosamente en él lo aparca, prometo que así volverá a su casa en el siguiente Adviento. Práctico como él solo, también es todo un ejemplo; porque Agus no procrastina como otros, no... Y, tan digno y donoso, cuando sube o baja el pino, de verdad, es cosa de verle.

08 enero, 2012

AFORISMOS DEL SILENCIO

Edad de oro - Vaszary

VANITY
No solemos elogiar a quien nos habla, por lo que dice,
sino al que calla, porque nos escucha.

PARLAMENTO
Los silencios son a veces
las partes más provechosas de una conversación,
y sin embargo nos parecen las menos necesarias.

INTERPRETAR
Nunca se explica mejor el amor
que cuando lo hace en silencio.

EMANACIONES
Como el vaho que exhalas en invierno,
la verdad de las cosas se evapora
cuando abandona el calor de tu intimidad y la muestras al mundo,
disfrazada de inútiles palabras.

SUTILEZA
La lucidez es un fruto que madura en el fértil erial del silencio.

 
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