11 de abril.
Hoy, sábado, he hecho cross-trainer en el gimnasio. Media hora en una de esas máquinas en las que te llegas a sentir una especie de esquiadora de fondo noruega, en un paisaje fitness que huele a ungüentos y a sudor matizado por una higiene mayormente saludable. Pues eso, me encontraba sola en una hilera de varias máquinas idénticas, mientras, en otra zona, cuatro pavos más se daban a derretir calorías a media tarde. Había elegido un programa estándar y estaba a diez minutos de terminar, cuando ha entrado un tipo (como de 50, algo menos que mi padre, aunque soy mala para calcular edades) y se ha subido precisamente a la máquina que estaba a mi izquierda. A poco más de un metro, me ha incomodado tenerle al lado. Hola, me saluda; hola, contesto. Sin más. He sentido que al menos en una ocasión me miraba... aunque no de un modo descarado. No creo siquiera que haya deslizado la vista hacia mi pecho y menos hacia mi trasero o mis piernas (llevaba un short). En fin, yo a lo mío.
Nunca me han gustado un pelo esos cincuentones que te repasan con increíble descaro o aprovechan la mínima para largarte un par de necios comentarios, supuestamente graciosos, y entablar una ridícula conversación que les haga creer ilusamente que están ligando. Es decir, que aún pueden ligar. Los detesto con ganas. Pues bien, deseaba que éste no fuera uno de ellos, cuando he notado que, él también, comenzaba a transpirar. Sin mirarle, advertía el esfuerzo, su manera de inhalar y expulsar el aire: relativamente contenida, suave, casi... melódica. Ambos nos hallábamos inmersos en la misma representación, jadeando de un modo rítmico que por momentos parecía acompasarse. Y, de repente, he sentido que esa respiración ajena se me hacía cercana, no sé; armónica, agradable... Pero, ¿qué te está pasando, Naiale? Me he asombrado, tentada por un insospechado impulso de mirarle. ¡Ya te vale, tía!, me he dicho. Algo conmovía superficialmente mi vientre: un caracoleo leve y placentero como una cosquilla; ese algo hinchaba mi pecho, necesitado de aire por momentos, y me ha hecho tragar saliva y beber un poco de agua del botellín que siempre tengo a mano. Cuando le he vuelto a mirar, él se ha girado hacia mí sudoroso, brillante... Nos hemos sonreído cumplidamente y he enrojecido de vergüenza, más allá del esfuerzo. ¿Por qué súbitamente estaba deseando acercarme a él hasta rozarle? ¿Por qué, al sentirle respirar, me he imaginado colándome desnuda en la ducha de su vestuario, para besarle bajo el agua y abrazarle y...?
El pitido del final del programa de mi andadora, me ha sobresaltado. He tomado un resto de agua y me he secado el sudor de la cara y del cuello con mi toalla. Al bajar de la máquina, presentía que él estaba pendiente de mí y he comenzado a andar hacia el vestuario un tanto nerviosa, con necesidad de soltar de golpe el aire, mucho aire...
Adiós, me ha dicho entonces. Adiós, le he contestado; me he girado y he visto una franca sonrisa iluminando su esforzada expresión, una bella y madura mirada. Luego, cabeceando incrédula, he bufado hasta vaciarme, camino de los vestuarios... Y todavía he estado un buen rato sonriendo, bajo el agradable chorro hilado de la ducha.
Nunca me han gustado un pelo esos cincuentones que te repasan con increíble descaro o aprovechan la mínima para largarte un par de necios comentarios, supuestamente graciosos, y entablar una ridícula conversación que les haga creer ilusamente que están ligando. Es decir, que aún pueden ligar. Los detesto con ganas. Pues bien, deseaba que éste no fuera uno de ellos, cuando he notado que, él también, comenzaba a transpirar. Sin mirarle, advertía el esfuerzo, su manera de inhalar y expulsar el aire: relativamente contenida, suave, casi... melódica. Ambos nos hallábamos inmersos en la misma representación, jadeando de un modo rítmico que por momentos parecía acompasarse. Y, de repente, he sentido que esa respiración ajena se me hacía cercana, no sé; armónica, agradable... Pero, ¿qué te está pasando, Naiale? Me he asombrado, tentada por un insospechado impulso de mirarle. ¡Ya te vale, tía!, me he dicho. Algo conmovía superficialmente mi vientre: un caracoleo leve y placentero como una cosquilla; ese algo hinchaba mi pecho, necesitado de aire por momentos, y me ha hecho tragar saliva y beber un poco de agua del botellín que siempre tengo a mano. Cuando le he vuelto a mirar, él se ha girado hacia mí sudoroso, brillante... Nos hemos sonreído cumplidamente y he enrojecido de vergüenza, más allá del esfuerzo. ¿Por qué súbitamente estaba deseando acercarme a él hasta rozarle? ¿Por qué, al sentirle respirar, me he imaginado colándome desnuda en la ducha de su vestuario, para besarle bajo el agua y abrazarle y...?
El pitido del final del programa de mi andadora, me ha sobresaltado. He tomado un resto de agua y me he secado el sudor de la cara y del cuello con mi toalla. Al bajar de la máquina, presentía que él estaba pendiente de mí y he comenzado a andar hacia el vestuario un tanto nerviosa, con necesidad de soltar de golpe el aire, mucho aire...
Adiós, me ha dicho entonces. Adiós, le he contestado; me he girado y he visto una franca sonrisa iluminando su esforzada expresión, una bella y madura mirada. Luego, cabeceando incrédula, he bufado hasta vaciarme, camino de los vestuarios... Y todavía he estado un buen rato sonriendo, bajo el agradable chorro hilado de la ducha.






