El césped crecido - Durero
Nuevamente te escribo, Miralles, y hay una extraña conexión entre mi mente y mi corazón que esta torpe mano a duras penas sigue. El caso es que se me rezaga... y ello tal vez confisque una cierta armonía a la salpicadura de sensaciones que suelen ser mis mensajes. Porque me llega el pensar como una miscelánea de impulsos nerviosos y latidos. Arrítmicos tañidos que sugieren el perfil aserruchado de lo que viene siendo mi vida sentimental desde que, antes de usar la razón, ya intuyera el amor.
Así que me lleno de aire, para escribir y reiterarte el placer con que leo tus cartas. También para confesarte que he dejado pasar un tiempo sin contestar la última, y así aquietar el temblor que sintió mi alma ante tus mariposas ambarinas, con polvillos en sus alas repartiendo insinuaciones... Dime que es esto, por favor, preguntabas sin ambages; qué, cómo y cuánto sientes... ¡Qué, cómo y cuánto siento! Lo medito; medito tus notas, y sonrío. Sonrío porque sueño lo que gozaría revoloteando tus derredores, sabiéndome libre en tu bello jardín de dudas: Una más entre ellas, yo mismo: una mariposa, a la grupa de un hierbajo sin creencias...
Por eso estoy aquí, Miralles, y te contesto despojándome de servidumbres, como quien busca volverse liviano y un día volar. Por eso estoy aquí, te digo, y tiene su gracia. Pienso en ti y presiento que tendremos que inventar el nombre del juego, amiga mía, pues es justo salir fuera, amar fuera de lo corriente... Veo que hay un algo de fascinación primorosa en este destino que nos enlaza, y un dolor dulce difícil de razonar. Y permíteme que te diga que, cuando algo es hermoso, no me importa no entenderlo; que la belleza siempre me supera... Y consiénteme también que añada que algo así me sucede con lo que comparto contigo.
Nunca antes he jurado mi amor a la perpetuidad, Miralles; tampoco te pido nada que no me estés ya dando. Pero por todo, que al fin es tanto, quiero invitarte a continuar jugando: Dejemos, pues, de buscar un nombre a lo que quizá no tiene, despojémoslo de enredos. Vamos, ven: corramos soltando aspas al viento hasta perder el aliento, besémonos después los párpados, abandonémonos más tarde bailando sobre el césped crecido, girando como derviches alrededor de este imposible centro de gravedad sobre el que la vida nos sitúa, hasta enloquecer entre cientos, miles de hierbajos y mariposas... confinadas en nuestro inmenso arco iris virtual. Querámonos sin descuentos. Ambos, tú y yo, sabremos cómo hacerlo: Porque la vida real continuará aquí, pegada a mí, cuando cierre con un punto final esta página; pero también hay algo de ella, y palpita bien fuerte, al otro lado de la pantalla...
Y sábelo, querida Miralles, que si, como decía Brecht, sola no eres nadie y es preciso que otro te nombre, seré yo quien tome tu mano una vez más para perpetuarte, ante quienes sonríen nuestra locura y calladamente la comparten.
Hasta cualquier rato. Hasta que tú quieras... Hasta la próxima vez.
Etiquetas: Cartas a Miralles