05 julio, 2009

PELIGROSA ALTERIDAD - Er Tato

Volando - Iturria

Llovía fuera y yo sin paraguas. Era la excusa perfecta. Desde que llegué a aquel sanatorio mental, siempre había deseado corretear desnudo bajo la lluvia por sus hermosos jardines, chapotear en los charcos para mojarme desde abajo, pasar desapercibido entre el resto de chiflados. Justo cuando empezaba a desabrocharme excitado el cinturón del pantalón, llegó corriendo la enfermera, haciéndome señas apresuradas con el brazo en alto. Disculpe la tardanza, aquí tiene mi paraguas, espero que no le avergüence el estampado de flores, doctor Fernández, me dijo entre jadeos, antes de desearme un buen fin de semana. Hasta el lunes, Carmen, contesté contrariado, recomponiéndome la figura.

Este es uno de los críticos, ingeniosos y siempre agudos retazos que puede uno encontrarse en La taberna del Tato, un ameno espacio, a orillas del Guadalquivir, que os animo a visitar.

28 junio, 2009

SUCEDE


Alfombra del recuerdo - Klee

Sucede que no sé de qué manera te hallé; que no sitúo el momento en que entreví la posibilidad de adivinarme en tus ojos, sojuzgado por el verde intenso y profundo que tu mirada regala. Ignoro qué insólito augurio me condujo a ti, cuándo noté que algo germinaba del envite quizá deliberado en el que nos rozábamos al paso, en aquel primer encuentro, bajo una acuarela atardecida de arrabales en construcción. Como no concreto en qué ulterior pasaje me sentí deliciosamente acorralado por la certeza de terminar rendido al anhelo de abrazarte, respirando el deseo sabiamente enredado en tu pelo. Ni sé de qué modo llegué hasta tu puerta, ni cómo me vi recorriendo las calles estrechas de tus aledaños, por entre casas de geometrías elementales y paredes desconchadas, y travesías de olores acres y extranjeros que entretejen esa almendra inmemorial de la vieja ciudad... No sé qué sucedió tampoco cuando, ya en tu estancia, te emboscabas tras el humo azul de un cigarrillo y advertías mi desconcierto, mientras yo me guarecía en la conversación y sin embargo no dejaba de pensar: Dime, por favor, si es que lo sabes: dime qué estoy haciendo aquí, contigo...
Fue entonces, como si hubieras sentido mi pensamiento, cuando me tentaron tus labios... y, desde aquel imprevisto teorema carnal que me cortó el aliento, hasta recorrer tu espalda aspirando el olor de cada poro entreabierto, sólo medió el fulgor de un instante desvaneciéndose entre las estrellas del crepúsculo. Y fue bajo ellas cuando perdiste la urgencia y te desnudaste para cabalgarme hasta arribar a las arenas blancas donde el deseo debutaba entre nosotros, con la serena mansedumbre de un mar rumoroso y calmo, de olas que mecían en cada leve embate cien siglos de aprendida entrega...
Y bajó renuente la marea y, aún trenzada en mí, musitaste: No te dejaré marchar, en tanto tu mano trémula me caminaba sobre el lecho penumbroso de tu alcoba, por cuyas paredes peregrinaron sombras de extraños y pretéritos amantes, a los que dábamos réplica en aquel momento e imposiblemente por siempre... Y, ya en la calle anochecida de tu ciudadela, todavía me dirías con un mohín juguetón y la voz dulcemente rendida: No quiero que te vayas, mientras algo de mí se demoraba complacido en permanecer a tu lado, en rodearte y apretujarte contra mi pecho, abandonado al registro amante e intuitivo de tus ojos; de esos, otra vez, eternos tus ojos.
Por todo cuanto allí fue, he tornado a vagar entre anocheceres, regresando a tus callejas medievales, por si la azarosa provocación de mi deseo fraguase en ti el impulso de asomarte al mirador, durante los segundos precisos en que yo bajo él pasara. Y, sábelo, que sucede; que también ahora invento y recorro en la oscuridad ese tramo tuyo del casco viejo, suspendido de la esperanza impostergable de ver tu luz todavía encendida y llamar a tu puerta y abrazarte pleno y emboscarme entre tu cuello y tu pelo y apenas ser nada más...
Cuando ya me derrota el cansancio, me pregunto aún suspenso si acaso te estuve buscando desde bien antes sin saberlo. Tal vez persiguiendo una respuesta, mi mano se obstina en borronear esta alfombra del recuerdo, apurando un último intento de retenerte junto a mi sueño; y, quizá por lo mismo, pido al tiempo que se remanse en la sosegada orilla de aquel inesperado encuentro, para compartir contigo cuanto en ella fluye y sedimenta... Porque no consigo saber, te repito, de qué manera te hallé... Pero lo hice.
Apago ahora la luz de mi mesilla, me acurruco entre las sábanas tibias y, dulcemente aturdido, entorno los ojos. Después de todo, sólo acierto a interpretar de este arrullador silencio que, aún sin tenerte, nunca te quise perder.

21 junio, 2009

LOS JUSTOS - Borges

«Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire. El que agradece que en la tierra haya música. El que descubre con placer una etimología. Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez. El ceramista que premedita un color y una forma. Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada. Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto. El que acaricia a un animal dormido. El que justifica o quiere justificar el mal que le han hecho. El que agradece que en la tierra haya Stevenson. El que prefiere que los otros tengan razón. Estas personas, que se ignoran, están salvando el mundo

14 junio, 2009

JORGE


Aaron - Basquiat

Desde que Carla se fue de casa, Jorge experimenta con frecuencia una punzante sensación de desamparo. Pretende ahuyentarla de sí vagando por la ciudad, demorando la diaria vuelta al piso que se le hace grande, penumbroso y tristemente vacío. Caminando por la Gran Vía, se ha detenido ocioso ante el escaparate de una moderna vinatería. Miraba las botellas del expositor, cuando ha reparado en la mujer que se disponía a pagar en la caja... «¡Alicia!» Al reconocerla, a través de la vidriera del establecimiento, Jorge se ha azorado intensamente, asaltado por un recuerdo que hubiera deseado haber barrido de su memoria. Uno de esos incómodos pasajes que caricaturizan la propia biografía; una mueca sardónica que su pasado le hace sobre la marcha. Lo cierto es que a Jorge la visión de Alicia le ha mordido el estómago, porque guarda la impronta emocional del encuentro que mantuvo con ella, de las tres horas escasas en que compartieron poco más que una cama, de la primera y única vez que yacieron juntos. Días después de aquello, hará diez o doce años, dejaron de verse.
Y no puede evitar, de golpe, rememorarlo. Pero, ¿qué era para él entonces una relación de pareja, el mismo sexo? Un desafío... y una servidumbre. Él, el siempre dispuesto, el hombre, el cazador, el experimentado, el competente. ¿Qué quería demostrar en sus acometidas?, ¿y a quién? Jorge ignoraba lo difícil que le resultaba ver más allá de sí mismo y de sus ínfulas de conquistador, abandonarse a la exploración sensorial; y no fue diferente cuando estuvo con Alicia. Quiso poseerla, secuestrado por la exagerada urgencia de su propio cuerpo, con un furor mostrenco que ella padeció ajena y despegada, inmóvil, con una abnegada pesadumbre fisiológica. Todo resultó brusco y rápido, desmedido. Sencillamente sucedió que terminaron estirados el uno junto al otro, él aplacado y exhausto, ella ausente, a un mundo de silencio y de distancia. No hablaron, dejaron que el mutismo se espesara entre ambos como una densa niebla. Y fue así como, antes de encontrarse, ya se habían perdido sin remisión.
Ahora Jorge no soporta el gusto acre de aquel recuerdo y se ha apartado del escaparate. No le agrada la idea de que ella se vuelva y le pueda reconocer. Evita incluso verse reflejado en el cristal de la tienda, convertido en una parodia de sí mismo, portador de esa calcomanía sellada indeleblemente en su historia. Comienza a caminar y se le añade prieta una nueva sensación de desamparo: Piensa en Carla que se fue de casa, recrea la repentina imagen de Alicia, a quien desea inútilmente olvidar, y deambula maquinalmente, con una mordiente y química tristeza, entre la mucha gente de ojos vacuos y aburridos que puebla la Gran Vía. Demora la diaria vuelta al piso que se le hace grande, penumbroso y tristemente vacío.

07 junio, 2009

EN EL CORAZÓN DE LA NOCHE


Blue Moon - Michael Naples

Doce de la noche, de la noche de un junio de cortas y espléndidas noches, de lunas ávidas, grillos y cigarras, de olorosos tilos y dondiegos en flor. Noche de cerveza bebida a solas, lejana añoranza del cigarrillo innecesario, el vinilo susurrando un piano íntimo, este pliego que emborrono... Todo, y tanto más que callo, trenza el responso que me avecina a tu recuerdo, Miralles, mientras te haces presente y me envuelve cálido el momento en sus tules añiles y cenicientos. La noche: Noche de vaporosos cendales en la que amarro mi ensueño, mecido por una brisa que reclama tu recuerdo con el susurro de soplos imperecederos. Noche de quimeras, bella rada desde la que los brillos acerados de un mar profundo hurgan en la memoria del tiempo que hicimos nuestro, y me vuelven hacia ti para escribirte, ajeno al mundo con el que a diario forcejeo.
Sólo pretendo llegarte, dondequiera que te encuentres, Miralles. Soy uno de esos hombres a la antigua, que ven en las cartas un medio de trato, y de los más bellos, decía Rilke... y yo también digo. Siempre que te escribo, me hallo ante un espejo, hablándome para ti. Sí, esta idea del espejo, que me visita con asiduidad; el recogimiento, la muda voz interior. La idea también del silencio. Silencio como el que se ha impuesto hace apenas unos segundos, según terminaba la música y se retiraba la aguja del viejo equipo, con su mecánica retracción; un silencio apenas quebrado por el deslizarse de la pluma sobre el papel. Estelas de tinta azul, Miralles. Te escribo con nocturna tinta azul, regresando a mí mismo, como te decía, y noto que esa libertad de mirarme por dentro (la libertad misma) va dejando de ser un mero concepto, para convertirse ante ti en un sentimiento real y vivo, algo que, siquiera desde esta imposible distancia, deseo compartir contigo...
Pero me tienta el sueño, ese impulso de disiparme en la noche, como se disipa una estrella fugaz, un pensamiento aislado, un instante... Siento que todo pasa y ya me voy, como si cuanto he vivido en estos últimos minutos fuera el rastro de una vela que hiende furtiva el aire, un reflejo del último rayo de sol millones de veces atardecido, el remoto eco de un deseo en el corazón de esta noche, tan especial como estrictamente tuya... Mientras te imagino inspirando aquellos versos al mejor Neruda: Me gusta cuando callas porque estás como ausente / y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca...

31 mayo, 2009

SAWABONA


Aello - Picabia

«No sólo el avance tecnológico marca el inicio de este nuevo milenio. Las relaciones afectivas también están pasando por profundas transformaciones y revolucionando el concepto de amor. Lo que hoy se busca es una relación compatible con los tiempos actuales, en la que exista individualidad, respeto, alegría y placer por estar juntos; y no una relación de dependencia, en la que uno responsabiliza al otro de su bienestar.
»La idea romántica de que una persona sea el remedio para nuestra felicidad, está llamada a desaparecer. Este amor parte de la premisa de que uno necesita encontrar su otra mitad para sentirse completo. Así, muchas veces se da un proceso de despersonalización que históricamente ha alcanzado más a la mujer, cuando se anulaba a sí misma para amalgamarse al proyecto masculino.
»Sin embargo, la idea de este siglo es la asociación. Estamos cambiando el amor de necesidad por el amor de deseo. Me gusta y deseo la compañía, pero no la necesito, lo que es muy diferente.
»A medida que cambia el mundo, nos hemos de ir reciclando para adaptarnos a él. Estamos entrando en la era de la individualidad, que nada tiene que ver con el egoísmo. El egoísta no tiene energía propia: se alimenta de la energía de los demás, sea financiera o moral. Con el avance tecnológico, las personas van perdiendo el miedo a estar solas y aprendiendo a vivir mejor consigo mismas. Se dan cuenta de que se sienten parte de un todo, pero son enteras. El otro, con quien se establece un vínculo, también se siente una parte; pero no es el príncipe o salvador de nadie, sino solamente un compañero de viaje.
»Las relaciones de dominación y de concesiones exageradas son cosa de siglos pasados. Cuando pensamos que el otro es nuestra alma gemela, en verdad lo que hacemos es inventarlo a nuestro gusto. Así, la nueva forma de amor apunta a la aproximación de dos enteros y no a la unión de dos mitades. Cuanto más capaz sea el individuo de vivir solo —algo que se puede trabajar—, más preparado estará para una buena relación afectiva. Pues, quien está solo de vez en cuando, establece un diálogo interno y descubre su fuerza personal. En la soledad el individuo entiende que la armonía y la paz de espíritu sólo se pueden encontrar dentro de uno mismo, y no a partir de los demás. Al percibir esto, ese uno se vuelve más comprensivo con las diferencias, respetando la forma de ser del otro...
»Y es que el amor entre dos personas enteras es el bien más saludable. En este tipo de unión está el abrigo, el placer de la compañía y el respeto por el ser amado; ninguno exige nada del otro y ambos crecen.

»Sawabona es un saludo usado en el sur de África, que viene a decir: “Yo te respeto, yo te valoro y tú eres importante para mí”. Como respuesta, el otro contesta: Shikova, que es: “Entonces, yo existo para ti.”»

Adaptación resumida de un texto del psiquiatra brasileño Flavio Gikovate, que aborda el cambio de paradigma respecto de las relaciones de pareja que se están dando en el nuevo milenio.

24 mayo, 2009

HUGO


La libertad guiando al pueblo - Delacroix

¡Quién es Jean Valjean, quién! Quién, sino el joven hambriento que roba una hogaza de pan y es condenado por ello a 19 años de cárcel. Jean Valjean saliendo del penal tras cumplir la pena impuesta: un hombre macerado por el dolor, solo y aborrecido, un ser proscrito. Valjean, el ex convicto que vuelve a robar, esta vez los candelabros de plata del bondadoso y caritativo monseñor Myriel, y que, siendo nuevamente apresado, es sin embargo exculpado por su víctima. Jean Valjean que conoce de este modo el perdón y se transforma y busca redimirse a, ante, para, de sí mismo. Jean Valjean, decidido a rehacer su vida, a quien el encuentro con un niño que huye dejando caer su moneda de plata convierte en reincidente, un delito castigado con trabajos forzados a perpetuidad. Valjean otra vez perseguido por la justicia, inventándose una nueva identidad para sobrevivir, siendo ahora el señor Madeleine, un buen hombre volcado hacia el prójimo en una ejemplar armonía con cuanto le rodea. Jean Valjean escondido nuevamente tras la aparición del inspector Javert, policía implacable y justiciero que sospechará que tras Madeleine se oculta el propio Valjean y lo perseguirá sin tregua, para enviarlo de nuevo a prisión. Valjean ausente de sí mismo, huyendo una vez más del obstinado Javert y de su pasado atroz, asumiendo siempre el personaje que representa hasta sus últimas consecuencias. Jean Valjean, la fuerza bruta, la misericordia, la compasión, la filantropía personificada... un hombre justo y, a la vez, una especie de profeta maldito. Jean Valjean apiadado de Fantine, rescatando a la pequeña Cosette de la explotación de los malvados Thenardier, adoptándola, entregándosela años después al joven Marius a quien salva de la muerte en las barricadas de aquel París cuyas cloacas recorre con él a cuestas, malherido, mientras el pueblo se rebela contra el Rey...
Jean Valjean, eternamente, Jean Valjean. Pero, ¡quién es Jean Valjean, quién! ¡Quién... cuando la condición humana cabe entera, toda ella, en uno cualquiera de nosotros!

Victor Hugo escribió
Los Miserables en 1862. Moriría el 22 de mayo de 1885.

17 mayo, 2009

UN RICO Y SENCILLO POSTRE


Dr. Hermann Mayer - Dix

Ingredientes:

200 gr. de queso de untar (Philadelphia o similar)

150 ml. de nata líquida

1 sobre de gelatina de limón

mermelada de arándanos

1 bolsa de sobaos pasiegos

Preparación:

Poner al fuego un cazo con 250 cc. de agua y, según hierva, verter el sobre de gelatina. Disolverla bien y retirarla del fuego, para añadir otros 250 cc. de agua fría y remover de nuevo. Después, revolver en la gelatina el queso y la nata líquida, para terminar mezclando todo con la batidora.
Aparte, en un molde de tartas, cubrimos la base con un lecho de sobaos muy bien prensados. Volcamos en este recipiente el preparado anterior y dejamos que se enfríe, unas dos horas, en la nevera. Una vez cuajado, cubrimos la superficie con una fina capa de mermelada de arándanos... ¡Y a disfrutar!

Post Scriptum: Uno no calcula qué puede entender, quien vive al otro lado del charco, por sobao. El de por aquí es abizcochado, plano, rectangular y de textura similar a la de una magdalena (algo parecido a un
muffin o al cupcake americano), aunque mucho menos esponjoso, voraz e inclemente que ésta. A propósito, tengo un amigo que, por no terminar enojándose estúpidamente, pide dos cafés para desayunar: uno para él y otro para la insaciable magdalena de la que se acompaña, que nada más asomarse al bordillo de la taza se empapa henchida a reventar, sin previo aviso. Por eso yo advierto: la receta (en la querida América) ha de ser con sobaos, si existen, o algún bizcocho blando, dócil y maleable. La pérfida magdalena terminaría por devorarse la parte superior de la tarta, mientras estamos felizmente convencidos de que reposa en la paz de la nevera. Que no se diga que no avisé...

10 mayo, 2009

ENTRE TORNASOLES

Morena - Pino Daeni

Te robo apenas un minuto, como quien trapacea con una tonta excusa, para colarme de rondón en tu silencio. El minuto exacto que me llevará deslizarme, volverme papel entre tus dedos, para contarte un par de simplonerías: Como que llego calado por un chaparrón fugitivo que ya plañe, más que atruena, sus últimos exabruptos; que la tierra y el polvo mojado se dejan sentir desde mi ventana abierta, ahora que escampa; que el asfalto reverbera tornasolado entre los castaños florecidos; que, batidos por la lluvia, los tilos comienzan a hermosear el aire con su fragancia... y que esta primavera, que de verdes revienta, me devuelve abismado a aquel otro mayo en que por primera vez cogí tu mano. Y, con ella, aún retenida entre las mías, te cuento estas tonterías y ya me voy, casi como ya me vine, tras escamotearte la mirada, un minuto más tarde... y tanto tiempo después y felizmente sin embargo.

03 mayo, 2009

DESDE MI VENTANA


Casa revuelta - Klee

Mi piso está en un edificio que hace medio óvalo, con forma de concha. Por su trasera, desde el estudio en que tecleo, observo los latidos urbanos de la ciudad que me adoptó, desvaneciéndose entre grises capilares hacia las montañas que rodean esta vasta llanada. Veo también algunas casas del barrio adyacente, de las que me separa a un centenar de metros la cicatriz del ferrocarril que, parece ser, algún día soterrarán y una campa que a duras penas se distingue tras la arboleda de tilos... Pero sobre todo hoy veo y miro el cielo, un azul intenso y primaveral cielo que, entre hilachas de cirros, nos regala sus primeras y tibias caricias de sol.
Cuando entre jardineras me asomo a la terraza de la parte delantera, ante mí se abre un enorme y verde parque. Chopos y algún sauce sueltos, hileras de castaños, abedules, hayas y cerezos demarcan los senderos por los que los viejillos y los amantes, las madres con sus niños, las cuadrillas de jovenzuelos, se reparten las horas del día para pasear, hasta que el frescor de la noche los va recogiendo a todos y apenas sí algún tipo meditabundo con su perro o un deportista extemporáneo, caminan por entre las farolas de una soledad impuesta por el recogimiento. Hay también un lago en este parque, a la izquierda de mi vista, que pese a estar cerca casi me tapan los árboles, con docenas de patos solazándose a diario con el agua y las migas que, de su merienda, los críos les arrojan. No sé si son los patos de siempre y si su renovación es meramente generacional, como tampoco tengo seguro si el estanque es exactamente el mismo que el urbanista del entorno diseñó e hizo en un principio... Porque escuché una vez que una noche de un pretérito y muy crudo invierno la helada fue tan increíble que los patos quedaron aprisionados en las aguas y al despertar, asustados, salieron volando en bandada hacia regiones más cálidas, llevándose a bloque en sus zancas el helado lago del parque.
Pero esto lo cuentan y yo, la verdad, no he podido comprobar que fuera así. Ya que vine a vivir aquí, en su día pregunté. Hablé entonces con alguno, que me dijo que le habían dicho de otro que supo de alguien que dijo haber visto algo en una película, de lo que yo ahora cuento sobre los patos y el lago...
Pero , en fin: ésta, como cabe suponer, es ya otra historia.

26 abril, 2009

GREGUERÍAS II


Reflection - Lucien Freud


EL EJECUTIVO

Se quitaba por las noches la corbata, con la esperanza
de deshacerse de un permanente nudo en la garganta.


EL CAMPANTE
Su memoria era tan extraordinaria,
que se olvidaba siempre de lo que se tenía que olvidar.


EL TERTULIANO
Dominaba siempre las conversaciones.
Sabía callarse, y lo hacía muy bien.


EL CONDENADO
Dios le castigó a vivir cien años, por reincidente.
En más de una ocasión, le había sorprendido matando el tiempo.


EL FATUO
Alardeaba en público de sus conquistas.
Fueron tantas que su casa
estaba permanentemente poblada de ausencias.


EL FILÓSOFO
Para su desgracia, le daban siempre la razón.
El problema es que luego no sabía qué hacer con ella.


EL POETA
Sus lectores le reconocían el don de la palabra.
Sólo él sabía que su don era el de la mirada.

19 abril, 2009

NAIALE

Night Flash - Duma

(Del Diario de Naiale)
11 de abril.

Hoy, sábado, he hecho cross-trainer en el gimnasio. Media hora en una de esas máquinas en las que te llegas a sentir una especie de esquiadora de fondo noruega, en un paisaje fitness que huele a ungüentos y a sudor matizado por una higiene mayormente saludable. Pues eso, me encontraba sola en una hilera de varias máquinas idénticas, mientras, en otra zona, cuatro pavos más se daban a derretir calorías a media tarde. Había elegido un programa estándar y estaba a diez minutos de terminar, cuando ha entrado un tipo (como de 50, algo menos que mi padre, aunque soy mala para calcular edades) y se ha subido precisamente a la máquina que estaba a mi izquierda. A poco más de un metro, me ha incomodado tenerle al lado. Hola, me saluda; hola, contesto. Sin más. He sentido que al menos en una ocasión me miraba... aunque no de un modo descarado. No creo siquiera que haya deslizado la vista hacia mi pecho y menos hacia mi trasero o mis piernas (llevaba un short). En fin, yo a lo mío.
Nunca me han gustado un pelo esos cincuentones que te repasan con increíble descaro o aprovechan la mínima para largarte un par de necios comentarios, supuestamente graciosos, y entablar una ridícula conversación que les haga creer ilusamente que están ligando. Es decir, que aún pueden ligar. Los detesto con ganas. Pues bien, deseaba que éste no fuera uno de ellos, cuando he notado que, él también, comenzaba a transpirar. Sin mirarle, advertía el esfuerzo, su manera de inhalar y expulsar el aire: relativamente contenida, suave, casi... melódica. Ambos nos hallábamos inmersos en la misma representación, jadeando de un modo rítmico que por momentos parecía acompasarse. Y, de repente, he sentido que esa respiración ajena se me hacía cercana, no sé; armónica, agradable... Pero, ¿qué te está pasando, Naiale? Me he asombrado, tentada por un insospechado impulso de mirarle. ¡Ya te vale, tía!, me he dicho. Algo conmovía superficialmente mi vientre: un caracoleo leve y placentero como una cosquilla; ese algo hinchaba mi pecho, necesitado de aire por momentos, y me ha hecho tragar saliva y beber un poco de agua del botellín que siempre tengo a mano. Cuando le he vuelto a mirar, él se ha girado hacia mí sudoroso, brillante... Nos hemos sonreído cumplidamente y he enrojecido de vergüenza, más allá del esfuerzo. ¿Por qué súbitamente estaba deseando acercarme a él hasta rozarle? ¿Por qué, al sentirle respirar, me he imaginado colándome desnuda en la ducha de su vestuario, para besarle bajo el agua y abrazarle y...?
El pitido del final del programa de mi andadora, me ha sobresaltado. He tomado un resto de agua y me he secado el sudor de la cara y del cuello con mi toalla. Al bajar de la máquina, presentía que él estaba pendiente de mí y he comenzado a andar hacia el vestuario un tanto nerviosa, con necesidad de soltar de golpe el aire, mucho aire...
Adiós, me ha dicho entonces. Adiós, le he contestado; me he girado y he visto una franca sonrisa iluminando su esforzada expresión, una bella y madura mirada. Luego, cabeceando incrédula, he bufado hasta vaciarme, camino de los vestuarios... Y todavía he estado un buen rato sonriendo, bajo el agradable chorro hilado de la ducha.

12 abril, 2009

LUCIDEZ INFANTIL


Una mirada - Miguel Rodríguez

Rescato una anécdota familiar, que recuerdo con cariño: Anna, mi hija pequeña, apenas tenía doce años, hace ahora cuatro. Ambos estábamos en la sala, yo hojeando una revista, ella viendo en la tele uno de esos magazines intrascendentes, plagado de absurdas discusiones. A nada que uno prestase un mínimo de atención al programa, podía ver que era realmente malo. Entonces, como venía a cuento con lo que estaba sucediendo en el plató, le pregunté quién le parecía que generalmente domina una conversación entre dos personas: la que habla o la que escucha.
—Aunque puede haber más de una respuesta —le advertí con cariñosa guasa—, es una pregunta para niñas inteligentes.
Después de pensárselo durante unos segundos, Anna me respondió:
—La que escucha.
Entonces, bastante sorprendido, volví a la carga:
—¡Vaya! ¿Y por qué supones que es así?
—Pues la verdad es que no sé muy bien —me contestó tan pancha—. Pero, como me has dicho que era una pregunta para niñas inteligentes, he imaginado que la contestación sería la contraria de lo que parece.
La inmaculada lucidez de los niños puede llegar a ser admirable. No pude por menos que sonreír y estrecharla contra mí.
—Muy bien, chata —le dije—: Un once en perspicacia.

05 abril, 2009

EL DON DE LA FELICIDAD - Aranguren

Primavera - Sergei Chaplygin

"En todos los tiempos, en todas las culturas ha sido constante el anhelo del ser humano por alcanzar la felicidad. Todos aspiramos a la felicidad y la buscamos de mil maneras. ¿Lograremos encontrarla?
Buscamos la felicidad en los bienes externos, en las riquezas, y el consumismo es la forma actual del bien máximo. Pero la figura del consumidor satisfecho es ilusoria: el consumidor nunca está satisfecho, es insaciable y, por lo tanto, no es feliz. Podemos buscar la felicidad en el triunfo, en la fama, en los honores. Pero, ¿no es todo esto sino pura vanidad, en definitiva nada o casi nada? Otro modo de búsqueda es la autocomplacencia: así el goce del propio placer, el deseo de perfección o la propia virtud. Aspiramos a la felicidad, pero aspirar no es lo mismo que buscar y, todavía menos, que conquistar, ni fuera ni dentro de nosotros mismos.
Para recibir el don de la felicidad el talante más adecuado es, pues, el desprendimiento: no estar prendido a nada, desprenderse de todo. La felicidad, como el pájaro libre, no está nunca en la mano sino siempre volando. Pero, tal vez, con suerte y quietud por nuestra parte, se pose por unos instantes sobre nuestro hombro."

(José Luis López Aranguren, 1909-1996)

29 marzo, 2009

PLAZA MOLINA

Central Savings - Estes


Un cortado humea ante mí, en un café de Plaza Molina. Son las nueve y Barcelona recibe espléndida esta mañana de domingo. El sol, que entra a raudales por las cristaleras, calienta la espalda de los cuatro parroquianos que salpicamos la barra. Caras evocadoras del sueño último, recién estrenadas para la vida de este hoy, pletórico y vernal, que se nos brinda.
Buenos días, Miralles. Hace veintitantos años, sentado en un banco de esta misma plaza, escribía la primera y emocionada carta de amor de una larga serie que, con parecer interminable, un día sin embargo tocó a su fin. Te lo conté; te hablé de aquella bella historia y te confié también su final. Tal vez el amor se nutra de su carácter provisional; en última instancia, de la certeza de su propia extinción. Lo cierto es que ahora echo la vista atrás y lo hago sin temor de sentir siquiera una punzada de nostalgia. Tampoco la tuve cuando, recientemente, miraba en los álbumes de fotos el tramo penúltimo de mi biografía y me sorprendí pasando páginas con la sonrisa de quien, a pesar de sus errores, se concilia con lo que ha vivido. Pensaba en toda la gente maravillosa que me ha acompañado durante estas dos décadas, haciéndome feliz. Fotografías y recuerdos, igual que el viejo tema de Jim Croce; instantáneas tan adheridas al cartón negro, por los años, como tatuadas en la memoria de ese mito prescindible que, según F. Crick, es el alma. Todo está en su sitio, concluí; y está bien que así sea.
Como entonces hice, sentado en un banco que ya no existe, ahora, aquí, en Plaza Molina, garrapateo mi cuaderno de emergencia, con el propósito de referirte con detalle lo que registro... Pues, en materia de sentimientos, los matices cobran una importancia terminante, al aderezar el discurso en el que emergen nuestras vivencias. Y, cuando lo hago, deseo que sepas que pienso en ti, Miralles; que te imagino dormida en una paz de nenúfares que te torna singularmente presente en este renacer primaveral de Barcelona. Y porque cada día es nuevo, a pesar de las rutinas y los envoltorios, te lo quiero contar. Hoy me toca regresar al Norte, como indefinidamente decís aquí a mi país. Salvaré los cerca de seiscientos kilómetros que median entre nuestras ciudades, volveré a mis quehaceres tras estos días de asueto... pero te llevaré conmigo, junto a mi gente de aquí, como siempre he hecho desde que tuve la enorme fortuna de descubrir que la vida es mucho más hermosa teniéndonos como amigos.
Apuro un resto de café, ya frío, y pago. Miro afuera, tras los cristales, dejando que mi memoria vaya más allá de lo que existe: Reinvento el banco, el recuerdo de Plaza Molina, ese cielo recortado y luminoso de la ciudad... y me doy cuenta de que miro la mañana como te miro a ti cuando te escribo, como si todo cuanto alcanzo a ver lo mirara diáfano y limpio... Como si afortunadamente lo hiciera por primera vez.

22 marzo, 2009

EL LOCO - Gibran


Incomprensión - Humberto Viñas

Me preguntáis cómo me volví loco. Así sucedió.
Un día, mucho antes de que nacieran los dioses, desperté de un profundo sueño y descubrí que me habían robado todas mis máscaras. Sí, las siete máscaras que yo mismo me había confeccionado y que llevé en siete vidas distintas. Corrí sin máscaras por las calles atestadas de gente, gritando:
-¡Ladrones, ladrones! ¡Malditos ladrones!
Hombres y mujeres se reían de mí y, al verme, varias personas llenas de espanto corrieron a refugiarse en sus casas. Y, cuando llegué a la plaza del mercado, un joven, de pie en la azotea de su casa me señaló gritando:
-¡Miren: es un loco!
Alcé la cabeza para ver quién era y, por primera vez, el sol besó mi desnudo rostro y mi alma se inflamó de amor hacia su luz, y ya no quise tener más máscaras. Y, como si fuera presa de un trance, grité:
-¡Benditos! ¡Benditos sean los ladrones que me robaron mis siete máscaras!...
Así fue como me convertí en un loco. Y en mi locura he hallado la libertad y la seguridad de no ser comprendido, pues quienes nos comprenden esclavizan una parte de nuestro ser.
Pero una cosa os pido: No dejéis que me enorgullezca demasiado de mi seguridad, porque ni siquiera el ladrón encarcelado está a salvo de otro ladrón.
 
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