Nunca mi padre me dijo que mirara al cielo, aunque en los días de lluvia asomara en silencio sus ojos trémulos, más allá de los ventanales, más allá de los edificios, más allá del agua y de las nubes de pana, más allá de las estrellas e idénticas mañanas. Y yo miraba a mi padre mirando estas cosas invisibles, estas imposibles quimeras, esta tristeza que se escurría inútil por las paredes y los tejados. Y nunca pude hacer nada para aliviar sus entrañas, que siempre fueron mías y a la vez extrañas. Mi mano permanecía como la suya, quieta, a la espera de esta nada. Ahora soy yo quien escudriña los secretos que el cielo jamás enseñará a mis ojos. Y mi mano también se cierra sola contra ese cristal sobre el que azota el viento, la lluvia.
Éste es uno de los bellos textos y sugerentes poemas que configuran el Diario póstumo de una muñeca, uno de los cuadernos que Camille Stein atesora para deleite de sus visitantes en su magnífica página: Camilleblog . Sé que mucha gente de la que se asoma a El alféizar ya la conoce, pero no por esto me cansaré de recomendarla.
(Todos los derechos reservados.)
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