
Tomo aire cuando escribo; reposa
el puntillo de mi pluma durante un instante, en cada punto y seguido. Después
continúo. Me dirijo ti, Miralles, aferrándome al vano intento de reemplazar el
espacio que nos separa, con un encuentro sucedáneo nacido del impulso de
escribir para contarte, para responderte. Apenas sí supone esta tentativa un
adarme del enorme placer que sería tenerte enfrente, a un café de distancia,
sentados al tibio y dorado sol de este moribundo invierno, en cualquier velador
de tu hermosa ciudad. Pero los derroteros de esos destinos tuyo y mío, los
mismos que nos llevaron un día a conocernos, han querido que nuestra amistad
madure en la distancia, soterrada en la penumbra acogedora y cómplice de estos
silencios que, a pluma rasgada sobre el papel, de cuando en cuando compartimos.
Eres para mí un vínculo con el
ensueño, Miralles, una figuración que no quiero abandonar. Pero también un cabo
desde el que me amarro a la vida. Y porque eres esto, lo otro y tanto más, hoy
quiero rendirte pleitesía. Lo hago cuando te digo que me entusiasma registrar
tus palabras, que adoro tu manera de remunerar cada una de mis contemplaciones
con una flor de papel, con una lágrima, con una duda. Me asaltas desde ese
misterio de hembra que te envuelve, y a veces me reafirmo, al leerte, en que no
únicamente nos diferencia el género: que, hombres y mujeres, pertenecemos en
realidad a especies diferentes. Sí, de verdad, lo digo en serio y sin
embargo... ¿Sonríes? Apuesto a que lo haces, evaluando mis boberías
intelectuales, con los ojos pícaramente entrecerrados. Y disfruto pensando que,
quizá, así sea. Me recreo imaginándote. Igual que gozo releyendo tus últimos asertos,
cuando defiendes sin fisuras la importancia de creer en algo, y reprochas el
escepticismo en que me enroco, y hurgas en él con frases sueltas y viejas citas
que me mueven a pensar. Me siento confortado en el galanteo intelectual al que
me convidas, al preguntarme en qué creo yo; si, de verdad, creo en algo, como me
dices. Y entonces me planteo, ¿cómo contestar sin embarullarme? Lo cierto es
que, en mi realidad más trotera, compruebo que me he vuelto un ser práctico y
funcional y, sí, desde luego, creer es importante, pero actuar... Actuar es
fundamental. Y actuar, para mí, significa aceptar, emprender, modificar,
transformar... y crear. Después de todo, es más que una sutileza que los verbos
creer y crear entreveren algunos de sus tiempos verbales y que incluso
mutuamente se presten sus dos juegos significantes. Porque, cuando digo que «yo
creo», en realidad, ¿qué estoy haciendo, sino dos declaraciones a la vez? La fe
y la acción, todo uno...
Absuélveme por este retruécano,
Miralles. Sucede igualmente, cuando pienso en ti, que sobre todo te extraño. Y,
al pretender suplir este imposible anhelo de tomarte de la mano, de caminar
junto a ti, lamento no ser tan claro como ciertamente mereces. Releo ahora mi
escrito y sonrío: No lo corregiré, sin embargo, aunque finalmente me haya
enredado en un bucle, un poco por seguirte de corrido, sin apenas vacilaciones,
encantado de jugar contigo, un día más, mi cielo, eternamente al escondite.