
Nuevamente a tu lado, Miralles,
confiado en alcanzar para ti una de las nubes de azúcar que arrienda este cielo
vernal y promisorio que luce tras mi ventana. Emplazo al silencio, medito y revivo
la dificultad de retener el lenguaje amatorio que mi mente acuciada destila, y
que esta torpe mano que te escribe a duras penas sigue y traduce. Veo, siento
cómo se me rezaga, y ello tal vez confisque una cierta armonía a la salpicadura
de sensaciones que suelen ser los mensajes que te hago llegar. Me rebasan las
palabras como una miscelánea de impulsos nerviosos y de latidos, tañidos alborotados
que sugieren lo que viene siendo mi vida sentimental desde que, antes de usar
la razón, ya intuyera el amor... Y tal vez no llegue a ser, ante ti, algo más
que el notario de este momento en que hondamente te imagino...
Pero me lleno de aire, para reiterarte
el placer con que acabo de releer alguna de tus cartas. También para confesarte
que he dejado pasar un tiempo sin contestar la última, y así aquietar el
temblor que sintió mi alma ante la imagen de tus mariposas ambarinas con
polvillos en sus alas repartiendo insinuaciones. Dime que es esto, por
favor, me preguntabas sin ambages; qué, cómo y cuánto sientes...
¡Qué, cómo y cuánto siento! Lo repaso, de nuevo; repaso tus notas, y sonrío sin
saberte contestar. Sonrío además porque sueño lo que gozaría revoloteando tus
derredores, sabiéndome libre en tu bello jardín de dudas: Una más entre ellas,
yo: una mariposa, a la grupa de un hierbajo sin creencias...
Por eso estoy aquí, Miralles, y
te respondo despojándome de servidumbres, como quien busca volverse liviano y
un día volar. Por eso estoy aquí, te digo, y tiene su gracia. ¡Qué, cómo y cuánto siento! Pienso en ti
y sospecho que tendremos que inventar el nombre del juego, amiga mía, pues es
justo salir fuera, amar fuera de lo corriente... y ambos lo deseamos. Porque
hay algo de fascinación primorosa en este destino que nos enlaza, y un dolor
dulce tan difícil de mitigar como de razonar. Y permíteme que te diga que,
cuando lo que vislumbro es hermoso, no me importa no entenderlo; que la belleza
siempre me supera. Y consiénteme, también, que añada que algo así me sucede con
lo que comparto contigo.
Nunca he jurado mi amor a la
perpetuidad, Miralles; tampoco te pediré nada que no me estés ya dando. Pero
por todo, que al fin es tanto, quiero invitarte a continuar jugando conmigo:
Dejemos de buscar un nombre, si te parece, a lo que quizá no tiene;
despojémoslo de enredos. No insistas y ven: Corramos soltando aspas al
viento hasta perder el aliento, besémonos los párpados, abandonémonos bailando
sobre el césped crecido, girando como derviches alrededor de este imposible
centro de gravedad sobre el que la vida nos sitúa, hasta enloquecer entre cientos,
miles de hierbajos y mariposas... confinadas en el inmenso arco iris de
nuestros mejores sueños. Querámonos sin descuentos. Tú y yo, sabremos cómo
hacerlo: Porque la vida real continuará aquí, pegada a mí, cuando cierre con un
punto final esta página; pero también hay algo de ella que palpita bien fuerte,
ahí, donde estás tú, fuera de los límites del lenguaje y de los lugares comunes,
en cualquiera de las nubes de azúcar que continúo viendo más allá de mi ventana...
Y sábelo, querida Miralles, que
si, como decía Brecht, sola no eres nadie y es preciso que otro te nombre,
yo seré quien tome tu mano una vez más para perpetuarte, ante quienes sonríen
nuestra exiliada locura y calladamente la comparten.
Por eso, hasta cualquier rato.
Hasta que tú quieras. Hasta la próxima vez.