
Atrapo al vuelo una hoja para
escribirte, porque no dejo de pensar en ti estos días, Miralles. Sin otro motivo
que el de darme contento, te hago presente. Y, ahora que lo pienso, recuerdo
haber tenido alguna idea suelta para emborronarte una carta, como si fuera un
pretexto o una flor con la que aparecer a tu lado; pero, por más que rebusque
en mi materia gris, se me ha ido la muy santa al cielo. Esta memoria mía me da
olvidos por calabazas, con una osadía que tiene algo de revancha, cada vez que
la quiero embaucar para mis planes y que apelo a esa secreta complicidad que
deberíamos tener como viejos amantes. Supongo que eso de borrarme una
ocurrencia es el único modo que encuentra (mi memoria) para que vuelva a ella,
condenada celosa, pues adivina mi cerebro revestido de otros afanes y
ocupaciones. Sea como sea, no me enfado; me resigno a entenderla.
Pero ideas, decía; pensamientos
que me hubiera gustado compartir contigo. Advertía Noel Clarasó que de muchas de nuestras ideas no nos habríamos enterado jamás, si no hubiéramos sostenido largas conversaciones con otros. Lo
suscribo. De hecho, a veces me ha sucedido algo así en mis ratos junto a ti:
Objetivaba lo que sentía, te lo participaba y, casi sin querer, me encontraba
dando forma a una idea... e incluso a una conclusión: ese lugar, como alguien
dijo, al que uno llega cansado de pensar.
Cosa de ser, titulé un texto hace meses,
envuelto por una confortable sensación de gratitud. Cosa de pensar diría
hoy de este pasaje, considerando los avatares de mi vida reciente. Somos pura
experiencia, Miralles; una decantación de lo vivido. Por eso, lo que ahora soy proyecta
sombras entreveradas del pasado que me conforma y de la expectación que el día
a día arroja hacia delante; lo cual me sitúa en una encrucijada, propinándome
cierta dosis de indecisión. En esas estoy: Sé que no necesito distracciones
hueras; tal vez por eso, llego de ahí fuera, de la calle, y ando tentado de
atrincherarme y enmudecer. «Y, entonces, ¿qué haces?», me preguntarás. Pues me
recuerdo que cuanto existe y tiene vida está teñido por su propia provisionalidad:
el árbol, el pez, el ser humano; también un pensamiento científico, el amor, la
más brillante de las conjeturas... Y, cuando observo cómo todo pasa, trato de
mirar hacia dentro, de cultivar mis humanas simpatías, mientras sigo batiéndome
entre mis propios registros, intuitivos, sensoriales, francos, y los que me
presta el mundo para adaptarme a su compleja realidad, más prácticos y convencionales.
Qué; qué piensas: ¿Crees que me estoy explicando? Al menos sonríe, venga, como
hago yo cada vez que me remango hasta las cachas ante ti. Porque, vaya,
confieso que tampoco me va mal con mis dilemas. Sé que aparecen y que están
para ser superados, éste y tantos otros atolladeros, y ya te iré dando cuenta
de todo cuando, también todo, se repose; tal vez a resultas de inventario.
Entretanto, paro un momento,
observo cómo atardece, ya cada vez más tarde, y compruebo que este sol tibio y
huidizo no regatea una pizca de luminosidad al cielo de esperanza que vislumbro.
Pienso en mis coordenadas y me siento despejado. Algo se mueve en mi interior y
eso casi siempre está bien, ¿no te parece, querida Miralles?
«¡Ah, la vida!», cuántas veces
nos lo habremos dicho en suspensivo. Todo tiene su ritmo y, según éste, aquélla
cursa, las cosas suceden... Y, en definitiva, ambos sabemos que lo peor que le
puede pasar a uno es, sin lugar a dudas, que no le pase nada... Porque, como
dijo Charles K. Williams, en eso
consiste, al fin y al cabo, ser humano. En no excluir nada: ni una estrella, ni
un ruiseñor, ni una sola lágrima.