
Pasisaje con pájaros amarillos - Klee
Querida Miralles, mis ganas de
sincerarme contigo me pueden y me llevan de nuevo hasta ti, en volandas, para
contarte lo que siento. Así es que aquí me tienes, hoy con ganas de hablarte
del amor. El amor, ese inabarcable concepto, universal y a la vez
intransferible, que es sentimiento, juego y química, fuerza, pasión, luz e
inspiración; el amor que, con ser un bien único y precioso, no creo que sea un
absoluto. Tal vez me preguntes por qué digo esto, y te respondo: Supongo que lo
hemos sobredimensionado, que seguimos aferrados a la quimera en que nos
envuelve su sola mención, que en realidad deseamos permanecer enamorados a toda
costa... Enamorados justamente del amor; de un amor que, sin embargo, estaba en
nosotros antes de que lo conociéramos. Porque amamos y lo hacemos sobre una
idea preconcebida, que tiene mucho de ilusión, de sueño y de proyección vital.
(Recuerdo, ¡ay!, haber esperado tanto del amor que me llegué a olvidar de la
mujer a quien amaba). Por eso, lo que nos puede causar decepción no es el amor
en sí, sino su confrontación con la idea que, de él, durante tiempo, hemos ido
alimentando en nuestro imaginario esencial... No obstante, sólo cuando es
concreto y tangible, cuando nuestro amor pisa suelo, podemos ser un poco más
felices con él, es decir con el amor que tenemos; ¿no crees?
Tomo aire y me hace gracia adivinar tu cara,
Miralles, sorprendida por esta ausencia de preámbulos cuando te escribo. Pero
te hablo desde dentro y, desde dentro, vuelvo al amor y concluyo que la magia
de la vida es mucho más evidente de lo que sospechamos, más cercana y doméstica,
más real. El amor que termina por sostener nuestros afectos es el amor de andar
por casa. Lo demás, ese AMOR con mayúsculas, es pura y bella literatura, de la
que no deberían nutrirse únicamente nuestros sentimientos, si quieren crecer
sana y libremente compensados. Tal vez sea cuestión de sentarse uno, a mirar,
en la tierra, como ese conejillo en medio de un verde y enorme prado, y
sentir... Porque es la tierra la que nos colma de certeza y de realidad, la que
nos proporciona una dimensión auténtica de las cosas que nos ocupan; y no el
cielo. El cielo está para ser contemplado y admirado, y hasta temido; pero, ¡ay
volar...! Volar es para pájaros; y volar es la maravillosa peripecia que sólo
deberíamos practicar en nuestros sueños predilectos, porque los sueños, con ser
indispensables, conforman invenciones y espejismos, azogues en los que concebir
reflejos de absoluta irrealidad...
Pero no quiero que me malinterpretes, Miralles,
porque no soy un hombre desencantado. Sabes bien que me embruja respirar la
brisa de llega de los escollos, coquetear con las propuestas imponderables que antojadizamente
esparce el azar, con los enigmas y desafíos cotidianos... Y que, sobre todas
las cosas, me apasiona jugar. Para ello, con el tiempo he aprendido a crear mis
contextos, y lo hago; forma parte de mi modo más doméstico de conducirme por la
vida. Porque dime si no, entonces: ¿No estoy jugando acaso, ahora mismo,
contigo, cuando te escribo y te invento? ¿No hay algo prodigioso, lúdico y entrañable
también en cuanto nos une, cualquiera que sea el nombre que le demos?
Cuidémonos, Miralles. Hagámoslo a conciencia. Y
juguemos, sobre todo; juguemos como siempre hemos jugado, a vivir siendo lo que
de verdad aún somos.