29 marzo, 2009

PLAZA MOLINA

Central Savings - Estes


Un cortado humea ante mí, en un café de Plaza Molina. Son las nueve y Barcelona recibe espléndida esta mañana de domingo. El sol, que entra a raudales por las cristaleras, calienta la espalda de los cuatro parroquianos que salpicamos la barra. Caras evocadoras del sueño último, recién estrenadas para la vida de este hoy, pletórico y vernal, que se nos brinda.
Buenos días, Miralles. Hace veintitantos años, sentado en un banco de esta misma plaza, escribía la primera y emocionada carta de amor de una larga serie que, con parecer interminable, un día sin embargo tocó a su fin. Te lo conté; te hablé de aquella bella historia y te confié también su final. Tal vez el amor se nutra de su carácter provisional; en última instancia, de la certeza de su propia extinción. Lo cierto es que ahora echo la vista atrás y lo hago sin temor de sentir siquiera una punzada de nostalgia. Tampoco la tuve cuando, recientemente, miraba en los álbumes de fotos el tramo penúltimo de mi biografía y me sorprendí pasando páginas con la sonrisa de quien, a pesar de sus errores, se concilia con lo que ha vivido. Pensaba en toda la gente maravillosa que me ha acompañado durante estas dos décadas, haciéndome feliz. Fotografías y recuerdos, igual que el viejo tema de Jim Croce; instantáneas tan adheridas al cartón negro, por los años, como tatuadas en la memoria de ese mito prescindible que, según F. Crick, es el alma. Todo está en su sitio, concluí; y está bien que así sea.
Como entonces hice, sentado en un banco que ya no existe, ahora, aquí, en Plaza Molina, garrapateo mi cuaderno de emergencia, con el propósito de referirte con detalle lo que registro... Pues, en materia de sentimientos, los matices cobran una importancia terminante, al aderezar el discurso en el que emergen nuestras vivencias. Y, cuando lo hago, deseo que sepas que pienso en ti, Miralles; que te imagino dormida en una paz de nenúfares que te torna singularmente presente en este renacer primaveral de Barcelona. Y porque cada día es nuevo, a pesar de las rutinas y los envoltorios, te lo quiero contar. Hoy me toca regresar al Norte, como indefinidamente decís aquí a mi país. Salvaré los cerca de seiscientos kilómetros que median entre nuestras ciudades, volveré a mis quehaceres tras estos días de asueto... pero te llevaré conmigo, junto a mi gente de aquí, como siempre he hecho desde que tuve la enorme fortuna de descubrir que la vida es mucho más hermosa teniéndonos como amigos.
Apuro un resto de café, ya frío, y pago. Miro afuera, tras los cristales, dejando que mi memoria vaya más allá de lo que existe: Reinvento el banco, el recuerdo de Plaza Molina, ese cielo recortado y luminoso de la ciudad... y me doy cuenta de que miro la mañana como te miro a ti cuando te escribo, como si todo cuanto alcanzo a ver lo mirara diáfano y limpio... Como si afortunadamente lo hiciera por primera vez.

22 marzo, 2009

EL LOCO - Gibran


Incomprensión - Humberto Viñas

Me preguntáis cómo me volví loco. Así sucedió.
Un día, mucho antes de que nacieran los dioses, desperté de un profundo sueño y descubrí que me habían robado todas mis máscaras. Sí, las siete máscaras que yo mismo me había confeccionado y que llevé en siete vidas distintas. Corrí sin máscaras por las calles atestadas de gente, gritando:
-¡Ladrones, ladrones! ¡Malditos ladrones!
Hombres y mujeres se reían de mí y, al verme, varias personas llenas de espanto corrieron a refugiarse en sus casas. Y, cuando llegué a la plaza del mercado, un joven, de pie en la azotea de su casa me señaló gritando:
-¡Miren: es un loco!
Alcé la cabeza para ver quién era y, por primera vez, el sol besó mi desnudo rostro y mi alma se inflamó de amor hacia su luz, y ya no quise tener más máscaras. Y, como si fuera presa de un trance, grité:
-¡Benditos! ¡Benditos sean los ladrones que me robaron mis siete máscaras!...
Así fue como me convertí en un loco. Y en mi locura he hallado la libertad y la seguridad de no ser comprendido, pues quienes nos comprenden esclavizan una parte de nuestro ser.
Pero una cosa os pido: No dejéis que me enorgullezca demasiado de mi seguridad, porque ni siquiera el ladrón encarcelado está a salvo de otro ladrón.

15 marzo, 2009

ELOGIO DEL OPTIMISMO

Optimismo - Slaby

Frente al pesimismo de la realidad,
el optimismo de la voluntad.
Antonio Gramsci.

Es difícil mantenerse optimista en un mundo como el que tenemos, complejo e inestable, regido por la incertidumbre; en una vida que nos enfrenta permanentemente a cuestiones de profundo calado como la búsqueda de la felicidad, las conmociones del amor... o el tan humano temor a la muerte. Todo cuanto rodea nuestra cotidianidad nos obliga de algún modo a movernos, a reubicarnos, a situar nuestra posición existencial en unas coordenadas que nos permitan mantener un equilibrio relativo, el justo, cuando menos, para permanecer a flote.
Ante este panorama vital, uno puede (yo diría debe) intentar ser positivo; lo cual, en mi opinión, es una cuestión voluntad y, hasta cierto punto, de obstinación: Quiero ver la cara amable que me brinda el mundo, las cosas hermosas que me ofrece la vida, porque sé que una y otras existen, las conozco, y practico un modo de mirar mi propia existencia, y la de los demás, que me aporta el beneficio de la confianza, del optimismo.
Con frecuencia, la seguridad de cada cual gana fuerza cuando combate los absolutos. Si uno antes sufría por su incertidumbre, con el tiempo va sintiéndose más firme y entero porque entrevé que en la vida todo, definitivamente todo, es mucho menos sólido de lo que durante bastante tiempo creyó. Parece cosa, entonces, de adoptar una actitud distinta, aceptando lo que se es y se tiene, no con un amoldamiento resignado, pero sí con ganas de mejorar y compartir el aprendizaje que se deriva de los propios logros. Sentir que se avanza (sólo el hecho de saberlo), ya supone un motivo para el optimismo.
En mi plano más personal, cuando pienso en situarme, organizo mi entorno para saberme a gusto en él, y preparo algún pequeño plan. Obsequio a mi ilusión con varios propósitos y me digo a mí mismo que sólo existe el presente y (al igual que las posibilidades que plantea) éste es infinito.

08 marzo, 2009

EL SABOR DE LOS DÍAS


Sólo se descubre un sabor a los días
cuando se escapa a la obligación de tener un destino.
-Emil Cioran-


Acabo de publicar en Internet El sabor de los días, una novela que no sé si será lo mejor, pero sí lo más costoso, de cuanto he llegado a escribir desde que aprendí a coger un lápiz, allá en el pleistoceno. Fue en una época geológica más cercana, ¡hace casi veinte años!, cuando emborroné sus primeras páginas, sin saber muy bien hacia dónde me llevaría el hilo argumental del que comencé a tirar. Llegué a hacer de ella siete versiones... y tuvo hasta tres títulos diferentes. Cansado de pelearme con cada una de sus páginas, terminé condenándola a la remota oscuridad de un cajón; yo, por mi parte, me hice el muerto. Una posición de la que, sin embargo, resucitaría para dar cuenta de ella un par de veces en este mismo cuaderno, y finalmente para revisarla con ganas, en el pasado mes de enero, revitalizado por la posibilidad de autoeditarla en Bubok.
Confieso que han sido los ánimos de cuatro estupendos (y poco imparciales) amigos, junto a un resto de vanidad que me queda, los que me han empujado a sacar la historia de Terenci Poquet a la luz, ahora que la tecnología nos brinda tan increíbles oportunidades. Pero, sobre todo, con ello lo que he querido es saldar la deuda que tenía contraída con el jovenzuelo aquel que la inició, vivió y soñó, con tanta fe como voluntad e ilusión... y que, de un modo muy presente, todavía vive en mí.
Gracias por vuestras visitas y por vuestra atención.

Juanan Urkijo Azkarate.

01 marzo, 2009

LAWRENCE

El Nilo - Marta Garralda

Yo soy parte del sol, como mis ojos son parte de mí. Mis pies saben perfectamente que yo soy parte de la tierra; y mi sangre es parte del mar. No hay ninguna parte de mí que exista por su cuenta, excepto quizá mi mente. Pero en realidad mi mente no es más que un fulgor del sol sobre la superficie de las aguas.
(Apocalipsis, David Herbert Lawrence)

Supe de la existencia de Lawrence cuando, en el Cine-Club de Llodio, en el que colaboraba (¡lástima que prácticamente hayan desaparecido estos espacios!), se proyectaba un ciclo sobre el director Ken Russell y, entre otras películas suyas, pude ver Mujeres enamoradas. A Glenda Jackson le habían concedido un Oscar por su papel por su magnífica interpretación, como una de las hermanas Brangwen... y me faltó tiempo para ir a comprar el libro en el que estaba basada. Me fascinó aquella lectura, que superaba el fiel reflejo en el que se había convertido sin duda la peli. Así fue como Lawrence, díscolo, atacado, controvertido y enfermo, entró en mi inquieta juventud. Aquel libro, junto a El Arco Iris y El amante de Chatterley, configuraron una trilogía que, en mi particular biografía literaria, dejarían una huella indeleble.
Creo haber leído tres veces Mujeres enamoradas, y otras tantas haber visto la película. Por eso admiro el tratamiento abierto que Lawrence dio a la sexualidad (se habló de esta novela como la "épica del vicio", en plena moral victoriana), su forma de confrontar las formas de pensar, las creencias y las pasiones de quienes protagonizan sus novelas.
D. H Lawrence fue un incansable viajero, movido por su afán de conocer, pero también por la necesidad de encontrar climas benignos para sobrellevar una tuberculosis que arrastró de por vida y a la que, finalmente, no pudo vencer. Moriría el 2 de marzo de 1930.
 
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