Sucede que no sé de qué manera te hallé; que no sitúo el momento en que entreví la posibilidad de adivinarme en tus ojos, sojuzgado por el verde intenso y profundo que tu mirada regala. Ignoro qué insólito augurio me condujo a ti, cuándo noté que algo germinaba del envite quizá deliberado en el que nos rozábamos al paso, en aquel primer encuentro, bajo una acuarela atardecida de arrabales en construcción. Como no concreto en qué ulterior pasaje me sentí deliciosamente acorralado por la certeza de terminar rendido al anhelo de abrazarte, respirando el deseo sabiamente enredado en tu pelo. Ni sé de qué modo llegué hasta tu puerta, ni cómo me vi recorriendo las calles estrechas de tus aledaños, por entre casas de geometrías elementales y paredes desconchadas, y travesías de olores acres y extranjeros que entretejen esa almendra inmemorial de la vieja ciudad... No sé qué sucedió tampoco cuando, ya en tu estancia, te emboscabas tras el humo azul de un cigarrillo y advertías mi desconcierto, mientras yo me guarecía en la conversación y sin embargo no dejaba de pensar: Dime, por favor, si es que lo sabes: dime qué estoy haciendo aquí, contigo...
Fue entonces, como si hubieras sentido mi pensamiento, cuando me tentaron tus labios... y, desde aquel imprevisto teorema carnal que me cortó el aliento, hasta recorrer tu espalda aspirando el olor de cada poro entreabierto, sólo medió el fulgor de un instante desvaneciéndose entre las estrellas del crepúsculo. Y fue bajo ellas cuando perdiste la urgencia y te desnudaste para cabalgarme hasta arribar a las arenas blancas donde el deseo debutaba entre nosotros, con la serena mansedumbre de un mar rumoroso y calmo, de olas que mecían en cada leve embate cien siglos de aprendida entrega...
Y bajó renuente la marea y, aún trenzada en mí, musitaste: No te dejaré marchar, en tanto tu mano trémula me caminaba sobre el lecho penumbroso de tu alcoba, por cuyas paredes peregrinaron sombras de extraños y pretéritos amantes, a los que dábamos réplica en aquel momento e imposiblemente por siempre... Y, ya en la calle anochecida de tu ciudadela, todavía me dirías con un mohín juguetón y la voz dulcemente rendida: No quiero que te vayas, mientras algo de mí se demoraba complacido en permanecer a tu lado, en rodearte y apretujarte contra mi pecho, abandonado al registro amante e intuitivo de tus ojos; de esos, otra vez, eternos tus ojos.
Por todo cuanto allí fue, he tornado a vagar entre anocheceres, regresando a tus callejas medievales, por si la azarosa provocación de mi deseo fraguase en ti el impulso de asomarte al mirador, durante los segundos precisos en que yo bajo él pasara. Y, sábelo, que sucede; que también ahora invento y recorro en la oscuridad ese tramo tuyo del casco viejo, suspendido de la esperanza impostergable de ver tu luz todavía encendida y llamar a tu puerta y abrazarte pleno y emboscarme entre tu cuello y tu pelo y apenas ser nada más...
Cuando ya me derrota el cansancio, me pregunto aún suspenso si acaso te estuve buscando desde bien antes sin saberlo. Tal vez persiguiendo una respuesta, mi mano se obstina en borronear esta alfombra del recuerdo, apurando un último intento de retenerte junto a mi sueño; y, quizá por lo mismo, pido al tiempo que se remanse en la sosegada orilla de aquel inesperado encuentro, para compartir contigo cuanto en ella fluye y sedimenta... Porque no consigo saber, te repito, de qué manera te hallé... Pero lo hice.
Apago ahora la luz de mi mesilla, me acurruco entre las sábanas tibias y, dulcemente aturdido, entorno los ojos. Después de todo, sólo acierto a interpretar de este arrullador silencio que, aún sin tenerte, nunca te quise perder.
Fue entonces, como si hubieras sentido mi pensamiento, cuando me tentaron tus labios... y, desde aquel imprevisto teorema carnal que me cortó el aliento, hasta recorrer tu espalda aspirando el olor de cada poro entreabierto, sólo medió el fulgor de un instante desvaneciéndose entre las estrellas del crepúsculo. Y fue bajo ellas cuando perdiste la urgencia y te desnudaste para cabalgarme hasta arribar a las arenas blancas donde el deseo debutaba entre nosotros, con la serena mansedumbre de un mar rumoroso y calmo, de olas que mecían en cada leve embate cien siglos de aprendida entrega...
Y bajó renuente la marea y, aún trenzada en mí, musitaste: No te dejaré marchar, en tanto tu mano trémula me caminaba sobre el lecho penumbroso de tu alcoba, por cuyas paredes peregrinaron sombras de extraños y pretéritos amantes, a los que dábamos réplica en aquel momento e imposiblemente por siempre... Y, ya en la calle anochecida de tu ciudadela, todavía me dirías con un mohín juguetón y la voz dulcemente rendida: No quiero que te vayas, mientras algo de mí se demoraba complacido en permanecer a tu lado, en rodearte y apretujarte contra mi pecho, abandonado al registro amante e intuitivo de tus ojos; de esos, otra vez, eternos tus ojos.
Por todo cuanto allí fue, he tornado a vagar entre anocheceres, regresando a tus callejas medievales, por si la azarosa provocación de mi deseo fraguase en ti el impulso de asomarte al mirador, durante los segundos precisos en que yo bajo él pasara. Y, sábelo, que sucede; que también ahora invento y recorro en la oscuridad ese tramo tuyo del casco viejo, suspendido de la esperanza impostergable de ver tu luz todavía encendida y llamar a tu puerta y abrazarte pleno y emboscarme entre tu cuello y tu pelo y apenas ser nada más...
Cuando ya me derrota el cansancio, me pregunto aún suspenso si acaso te estuve buscando desde bien antes sin saberlo. Tal vez persiguiendo una respuesta, mi mano se obstina en borronear esta alfombra del recuerdo, apurando un último intento de retenerte junto a mi sueño; y, quizá por lo mismo, pido al tiempo que se remanse en la sosegada orilla de aquel inesperado encuentro, para compartir contigo cuanto en ella fluye y sedimenta... Porque no consigo saber, te repito, de qué manera te hallé... Pero lo hice.
Apago ahora la luz de mi mesilla, me acurruco entre las sábanas tibias y, dulcemente aturdido, entorno los ojos. Después de todo, sólo acierto a interpretar de este arrullador silencio que, aún sin tenerte, nunca te quise perder.






