08 junio, 2008

UNA DE MIEDO

Misterio - Katia Loritz

Tendría yo veinte años, cuando en la madrugada de un domingo de invierno sucedió lo que voy a contar. Dormía por entonces en el camarote de la casa de mis padres: un amplio compartimiento abuhardillado (con su tragaluz y algunos muebles antiguos, separados por cortinas de mi zona de estar), en un quinto y último piso ocupado sólo por trasteros, y en el que atesoraba esas pequeñas posesiones investidas de incontables huellas emocionales, que acompañan a uno en ciertos tramos de su vida. En aquel rincón disfrutaba de una autonomía funcional suficiente como para garantizarme el poder escuchar música tranquilo, echar mis pitillos (entonces fumaba), estudiar, escribir poemas y no tener que rendir cuentas a nadie cuando salía o entraba a horas intempestivas.
Pues bien, la noche que comento regresé a mi cubil eso de las tres de la madrugada. Acababa de dejar a mis amigos y no había bebido una gota de alcohol (creo importante anotarlo), porque estaba tomando antibióticos a cuenta de una molesta faringitis. Conque estuve un rato leyendo y, vencido de sueño, apagué la luz y me metí en la cama, cuya cabecera quedaba contra la pared, justo al lado de la puerta. El silencio era absoluto a esas horas, y me arrebujé confortado bajo las sábanas... Sin embargo, no llevaba cinco minutos con los ojos cerrados cuando, de repente, sentí que una llave se introducía en la cerradura, hasta abrir mínimamente la puerta y dejar entrar un haz de luz de la escalera en mi habitación. Sobresaltado, me incorporé como un resorte y, alargándome entero hasta casi caer de la cama, cerré de un fortísimo palmetazo.
—¡Quién es! ¡Quién anda ahí!
Pegándome a la puerta, di la luz, agucé el oído... pero sólo fui capaz de escuchar los latidos de mi corazón, que parecía írseme a salir por la boca.
—¡Quién eres! —repetí en voz alta...
Pero nada: Ni el ascensor, ni siquiera un ruido de pasos que se alejaran por el descansillo hacia la escalera... Recuerdo que mantuve bastante tiempo la luz encendida y que, de nuevo en la cama y totalmente espabilado, me costó conciliar el sueño. Confieso que tenía miedo.
Al día siguiente, al bajar a casa a desayunar (mis padres y hermanos vivían en el tercero), pregunté hoscamente quién había tenido la feliz idea de subir al camarote de madrugada, abrir la puerta y largarse de puntillas dejándome con un susto de muerte en el cuerpo. Pero no conseguí sino que todos me miraran perplejos, sin entender de qué les estaba hablando. Huelga decir que no logré resolver el misterio. El ruido de la llave al girar se produjo, se había abierto lentamente la puerta, entró un nítido filamento de luz, yo cerré de un golpazo... Todo lo sucedido resultó espantosamente real...

Menos mal que aquella extraña noche, mientras intentaba conciliar el sueño, casi sin atreverme a cerrar los ojos, únicamente consideré una de las dos hipótesis más probables: La de que, en la oscuridad de mi estancia, ese algo o alguien hubiese abierto la puerta... desde fuera.

 
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