14 octubre, 2012

ÁLBUM DE UN LUNES DE OTOÑO

Autorretrato - Kupka



Es Anna, bolso en ristre, corriendo hacia el autobús. Le cuesta tanto madrugar; una hora de trayecto, cinco de clase... Cuando llega a la parada, el bus está a punto de salir. Saluda a los habituales, toma asiento y se pone los auriculares del I-Phone. El primer whats-app de la mañana, le hace sonreír. Responde y cierra los ojos. Oye Kiss FM, recordando los mejores momentos del finde, y plácidamente se adormece.
Es Pablo, que carga con su mochila hacia el cole. Ve una castaña en el suelo, estira una pierna hacia atrás y chuta con fuerza... (¡clonc!), contra la puerta de un coche aparcado. Mira inquieto a su alrededor, nadie le ha visto. Se ajusta la mochila en los hombros y acelera el paso. Diez segundos después, busca con la mirada otra castaña.
Es Lilí en Creixell, deleitándose en la terraza de su cuarto con el aire y el sonido de las olas. Mira la triple franja del paisaje que ha fotografiado cien veces: Hoy la arena de la playa se ve pardusca, el mar de verde a gris, un cielo atormentado. Toma su réflex, dispara varias veces, capturando la luz matinal. Luego, entra y pone bien alto el Sound and Vision, de Bowie, abre los brazos y bailotea por toda la habitación.
Es Yvette, abriendo la ventana de la cocina que el tibio sol de octubre inunda. En un plato, pela y trocea un tomate maduro; corta un poco de cebolleta en juliana, abre un tarro de atún, se sirve y añade aceitunas negras, sal, aceite de oliva; con un trozo de pan y dos dedos de vino. Sentada a la mesa, mastica lentamente, apreciando la deliciosa brevedad de unos sabores que paladea hasta el último rastro del bocado. Agradece a la vida el placer que le regalan las pequeñas cosas cotidianas.
Son Amalia y Juan, y esta es su primera estancia en un balneario. Encantada, Amalia telefonea a su hija a media tarde, para contarle con detalle cada una de las novedades: el baño termal, la clase de aquagym, los barros, el masaje. Juan le escucha y sonríe. Él, más crítico con todo, pone sus pegas... Pero le mira a ella, la ve feliz y con eso le basta.
Es Chémile. Vuelve de Barcelona y permanece recostado junto a la ventanilla del avión. Normalmente, emplea los vuelos cortos en organizarse: apunta ideas para la conferencia de turno, sus notas de agenda, una chuscada para tuitear. Pero hoy, sumido en un jergón de ensoñaciones, su mirada vaga más allá de las nubes y del atardecer. Le viene Dylan: Lay Lady Lay... Y, a la par, una cierta añoranza y más de un entrañable recuerdo.
Es Marieta y ha quedado con Miguel. Pronto harán tres años juntos y quieren celebrarlo. Lo que sea, pero barato, que no están para lujos. Salen ideas que descartan sobre la marcha; aparecen otras, algunas extravagantes, las más, convencionales. Disfrutan haciendo planes... y Marieta sabe que, a veces, el mayor goce tiene lugar en el día de la víspera.
Es Pepa, tras su clase de yoga. Nota un cansancio dulce. Responden sus articulaciones, no tiene dolor. Camina junto a la ría ennegrecida, plagada de destellos citadinos. Los puentes y los muelles, el Guggenheim; un horizonte nocturno y tornadizo. Recuerda cuando la ciudad era húmeda y gris, y el cielo metalúrgico. Y, como si formara parte del conjunto, se funde entre las formas del paisaje urbano; lentamente se diluye en él.
Es Esteban, que ha tenido un día de trabajo duro. Cena y sale a que le dé el aire. Camina pisando hojarasca, y repara en que sólo oye el sonido de las hojas muertas crujiendo bajo sus pisadas. Se siente en el corazón de otoño. Le gusta la palabra hojarasca, la susurra para sí y sonríe. Y, sin saber por qué, cae en la cuenta de que está satisfecho con su vida y decide que se lo ha de recordar más a menudo.
Es Juanan, comprobando que se le ha hecho tarde. Mañana madruga, pero antes de apagar el ordenador quiere acabar la página del álbum que confecciona. Piensa que tiene alguna imagen más que añadir, pero le vence el martes a la vuelta del sueño, y se dice que, por hoy, ya basta... Conque aprieta la última tecla: la del punto final.

07 octubre, 2012

SAINT-ÉMILION



Vue au pied du clocher - Autor desconocido
A finales de primavera, me acerqué de nuevo a las riberas del Dordoña. Los de junio son días tapizados de verdor en la vecina planicie aquitana: El verde de los trigales, el de las viñas rebrotadas, un bellísimo cuadro de entre ríos, magnífica y esperanzada estampa postal. Cuando uno se allega a la campiña bordelesa, sucumbe a la tentación de perderse por entre los capilares de macadán que fragmentan los viñedos, jalonados por châteaux en los que se cultiva con mimo la variedad de uva reina de la zona: el merlot. El paisaje de majuelos perfectamente roturados y divididos en bancales de cepas es francamente inspirador, conque es recomendable alquilar una gîte o casa rural durante los días de estancia en la región. Por cierto, nunca he visto tantos salpicados de amapolas como en la primavera de Saint-Émilion, cerquita de Burdeos, el pequeño pueblo medieval en el que concretamente estuve.  
Situado sobre un altozano frente al Dordoña, y cercado por un mar de viñedos, Saint-Émilion es uno de los más populares santuarios mundiales del vino, de visita obligada para quienes tenemos cierta devoción por los buenos caldos y por las piedras. Y es que, con sus calles estrechas y escarpadas, la arquitectura del lugar forma una suerte de casco protector alrededor de su bella ermita monolítica, parecida a un baptisterio excavado en la oquedad de un pequeño acantilado. El pueblo, en sí, se recorre tranquilamente en un día, en el que, además del mencionado templete, se pueden ver y visitar el Castillo del Rey, la Colegiata, el Palacio Cardenalicio, el Convento de los Cordeliers (como llaman a los franciscanos), las fosas y los viejos muros que rodean el conjunto.
Como sea, Saint-Émilion da buena cuenta de una parte fundamental de su historia a través del comercio, singularmente representado por numerosas tiendas de vinos, que en general responden más al concepto francés de boutique que al nuestro de vinatería. Son establecimientos cuidados, algunos de ellos con nobles y lujosos escaparates, en los que lucen botellas de los vinos más acreditados de toda la región de Burdeos. Saltan a la vista los Margaux, Latour, Lafite Rothschild, el más popular y celebrado Sauternes... En fin, envuelto por el agradable espejismo de ver tanta delicia junta, el último día me acerqué —eso sí, con el bolsillo encogido— hasta la tienda del Museo del Vino, a la que entré con alguna referencia y de la que salí con un Pécharmant y dos botellas de Château Trapaud, que ya había probado y que guardo para Navidad. También me traje de allí el recuerdo vivo de una pequeña vid, cuya variedad he olvidado y que, por cierto, sobrevive en un hermoso tiesto, en mi terraza, comenzando a dorarse de otoño. Y ya, ya sé que no disfruta del espacio ni de la espléndida tierra que tenía en la primavera de Saint-Émilion, pero prometo compensar con celo todo aquello que, a lo largo de las estaciones vitorianas, le pudiera faltar. 

30 septiembre, 2012

LA PARADOJA DEL CONOCIMIENTO



Max Ferguson - Tiempo

Somos humanos y, como tales, no conocemos sino una minúscula parte del todo, que es infinito. En consecuencia, lo pertinente es ser y mostrarse humilde. Pese a los formidables logros del ser humano, éste nunca debería olvidar que es el heredero extravagante de aquellos primeros microorganismos que poblaron los mares. Y, en la medida en que lo sepa y acepte, su perspectiva tendría que volverse más ajustada y real, menos presuntuosa.
Hasta aquí y ahora hemos llegado, pues, huyendo necesitadamente de la ignorancia, persuadidos de que el conocimiento nos ayuda a adaptarnos eficazmente al mundo y a la vida. Tal es, desde tiempos inmemoriales, la estrategia de progreso que sigue la Humanidad. Así es que hoy conocemos nuestros orígenes y anticipamos nuestro futuro... Y, sin embargo, el mismo conocimiento que nos redime y fortalece termina por sumirnos en las mayores incertidumbres imaginables. Esta es la paradoja evolutiva con la que ha de vivir el ser humano; un ser humano que, en nuestros días, ya no busca tanto verdades que justifiquen y den sentido a su existencia, como certezas que le sostengan y le libren del miedo, la desesperación y la derrota.
Capaz de metabolizar sus emociones, de razonar, de predecir, de postergar sus necesidades; conocedor, en fin, de sus límites inexorables, el ser humano también sabe que un día morirá y esa angustiosa conciencia, tan sombrío conocimiento, es lo que, pese a su pequeñez, le sitúa singularmente a años luz del resto de las especies animales de las que proviene. Como escribió el biólogo T. Dobzhansky: «El hombre tiene que cargar con la conciencia de la muerte. Un ser que sabe que tiene que morir surgió de aquéllos que no lo sabían.»

23 septiembre, 2012

SERVIR Y TRINCHAR

Boda aldeana - Bruegel el Viejo

Cuando elegimos y preparamos un menú especial, no debemos nunca obviar que existe un orden clásico en el servicio. Es decir: sopas o consomés, entremeses, unos entrantes o pescado, luego el plato principal (carnes) que se puede acompañar con ensalada u otra guarnición, quesos y, finalmente, la fruta y la repostería.
Tanto si el anfitrión sirve desplazándose alrededor de la mesa (poco habitual), como si demanda los platos, siempre debe servir en el sentido de las agujas del reloj, tradicionalmente comenzando a partir de la mujer que tiene más cerca de sí. Cuando sirva de pie, lo hará por la izquierda de cada comensal y luego retirará los platos por la derecha. Él es siempre el último en servirse. Pero si se opta por hacer circular la fuente en una comida informal, la circulación es a la inversa: de izquierda a derecha, para permitir que todos reciban la comida por su izquierda.
Pero ser un buen anfitrión no sólo se demuestra con la amabilidad y las gentilezas manifiestas en el trato con los invitados. Uno de los trabajos más duros y peligrosos que debe realizar es el de trinchar y trocear las aves o los redondos de ternera. Para hacerlo en la mesa y frente a los comensales, es necesaria una ligera dosis de valor, además de experiencia, un conocimiento moderado de la anatomía del animal a trinchar y fortuna para no salpicar a nadie con la salsa en un descuido. Tampoco hay que olvidar disponer de un pincho fuerte, un cuchillo bien afilado, tijeras de trinchado, espacio suficiente para maniobrar y la fuerza y seguridad que exige la situación. En fin, que trinchar es un arte.
Los pollos, patos y demás aves se separan por sus articulaciones: primero las alas, luego los muslos y finalmente se divide la pechuga con las tijeras. El redondo de ternera se corta en medallones, de un grosor medio, mientras que las paletillas y las piernas de lechal se rebanan en lonchas no muy gruesas, utilizando un corte oblicuo hasta encontrar el hueso.
Pero, para trinchar sin sobresaltos, lo recomendable es hacerlo en la cocina, donde el saberse solo ayuda a evitar esos posibles errores que, de hacerlo frente a los invitados, como en la televisión en directo, serían irremediables. Una vez cortada la comida, nos serviremos de una bandeja para acercarla a la mesa. Y un último detalle de estilo: nunca se deben llevar los platos ya servidos desde la cocina, salvo que se trate de pequeñas cazuelas, que lleguen al comensal en el mismo recipiente en que pasaron por el horno.

16 septiembre, 2012

DE DOS COSAS ME ARREPIENTO

Kelly y los puntos rojos - Downey

De dos cosas me arrepiento en la vida: de haberme casado... y de haberme separado. Sí; y esta conclusión, que a primera vista parece tan paradójica, me está matando. Lo cierto es que me casé demasiado joven, creyendo que el amor me haría entrar en el mundo y en la vida, y dejar atrás para siempre aquel oscuro y enfermizo lugar de desencuentros que fue mi familia. Pero, por más que le eché ilusión y empeño, casada no conseguí algo muy diferente de lo que había tenido hasta entonces. El balance: veintiséis años cohabitando con un ser desatento, grosero y egoísta, que nada tenía que ver con el chico alegre y divertido que me llevó al altar. Veintiséis años, grises a más no poder, que por poco me sepultan en vida. Así que, en cuanto mi hija se emancipó, por segunda vez en mi descorazonada existencia quise entrar en el mundo y en la vida, le eché valor, me divorcié... Y ahí, nuevamente, caí con todo el equipo.
Porque estoy sola, vacía y desorientada. A día de hoy, confieso no tener un proyecto de vida y sí, en cambio, sendas cajitas de Tofranil y Diaceplex en mi mesilla. Y lo que más me revienta y me deprime es pensar que tal vez debí haber aguantado con él. Mis amigas lo hacen, esto de aguantar; dicen que es sencillamente práctico y que en el mercado, a estas alturas, no quedan más que restos y saldos de dudoso provecho; que es complicadísimo encontrar un hombre que no termine por repetir lo mismo que el que tienen en casa lleva haciendo durante años. Vamos, que, visto el panorama, ¿para qué tomarse la molestia de cambiar...? Eso dicen. Mira, que quedo poco con ellas, pero cada vez que sale el tema, y sale casi siempre, me terminan grapando al suelo. O lo hago yo sola, que ya no sé si estoy en una racha mala o si esta depresión la traigo de serie... y, todavía, mi ex tiene razón, cuando dice que llevo la infelicidad en el ADN, porque me crie en ese “oscuro y enfermizo lugar de desencuentros que siempre fue mi familia”. ¿Y si fuera cierto? ¡Pues vaya una mierda! Después de todo, recapitulo y ¿qué tengo? Una hija a cien kilómetros, las amigas, y, bueno, este diario; porque lo que es mi psiquiatra... Ella también está divorciada. Su marido se le fue con otra mucho más joven y, desde aquello, ha cambiado varias veces de pareja, se ha hecho por lo menos los labios y los pómulos, viste como una Barbie, y eso que tendrá mi edad, y me pega que tiene una buena crisis, no sé si de identidad o de qué, pero aún más gorda que la mía.
Total, que veo que no avanzo en ningún sentido. Y que este es el emocionante resumen de mi vida. A lo mejor, lo que nunca tenía que haber hecho es casarme o soñar tanto... ¡yo, que tantas ilusiones me hacía! Pero, si no hubiera soñado siquiera o no hubiese salido de la casa de mis padres, entonces, es que no quiero ni pensarlo... ¿Qué habría sido de mí?

09 septiembre, 2012

AGOSTOS

La sala - Balthus

Difícilmente se olvidan esos veranos de sol y playa en los que el sol y la playa terminan ocupando un espacio circunstancial, porque arrastrado por la lectura uno se sabe lejos de todo, en un lugar ignoto, en otro tiempo. Dos de los mejores agostos que recuerdo los pasé casi íntegramente en París y en Dublín. El primero de ellos se dilataría durante más de treinta años, en la Francia de la primera mitad del XIX, mientras que mi veranillo dublinés duró exactamente un día: el 16 de junio de 1906. La fortuna de que respectivamente eligiera entrar de lleno en Los Miserables y el Ulises, mantiene viva mi evocación de aquellas canículas al borde del Mediterráneo. Agostos de sueño escaso y tiempo robado al tiempo; días de luz y calor en los que ensayaba coartadas con que aislarme del resto del universo y me escondía feliz y misántropo en cualquier rincón, para leer y gozar como un viajero estático, intrigado y absorto, enfermo hasta el tuétano de la más hermosa literatura.

02 septiembre, 2012

APRENDER A CALLAR

Captive - Klee

Parece tan probada la inconveniencia de hablar sin ton ni son como la de hacerlo con las tripas, máxime cuando la mera discusión termina por revolvérnoslas. Pensemos las veces en que nos han liado con polémicas maliciosas, en las que no teníamos ninguna gana de participar, y en las que, sin embargo, hemos terminado enredándonos de un modo mostrenco, para salir mal parados. Aunque sólo sea por prevenir venideras, el asunto tal vez merezca una breve reflexión en clave de mejora personal. Y entonces uno podría preguntarse: ¿sé cuándo debo hablar y cuándo callar?
Bien porque nos invaden pensamientos beligerantes, porque sentimos la absurda necesidad de demostrar que tenemos una opinión formada sobre cualquier tema o porque, sencillamente, queremos que se nos escuche, tendemos a hablar más de lo conveniente, como si lo realmente agotador fuera permanecer en silencio. Sin embargo, hablar no siempre reporta consecuencias placenteras y, en ocasiones, el saber callar se revela como una habilidad adaptativa de indudable profundidad y trascendencia, entre otros motivos porque, como decía Jerzy Lec, para hacerse oír, a veces hay que cerrar la boca.
Lo cierto es que aprender a hablar resulta insultantemente sencillo para la mayoría de los mortales, mientras que nos puede llevar lustros aprender a callar, principalmente porque existe la creencia generalizada de que, en el juego dialéctico de la discusión, sabe, vence o convence aquél que pronuncia la última palabra. Lo cual no es sino una soberana tontería: Antes bien, el hecho de callar introduce una acción inteligente que puede desorientar al contrario (a veces basta con que nos reservemos nuestro parecer) y que con frecuencia contribuye a evitar daños innecesarios para uno mismo y, en general, para los contendientes. Manejar adecuadamente los silencios no sólo va a librar de soltar más de una estupidez (a Wim Wenders siempre le llamaba la atención que alguien hablara de cosas de las que entendía) sino que, además, sirve para atajar posibles disputas, desactivando la violencia implícita en el enfrentamiento y otorgando a quien calla una íntima satisfacción, en detrimento de la que perseguía obtener quien le provoca. No sé si, como escribió el historiador Curcio, los ríos más profundos son siempre los más silenciosos, pero no encuentro argumentos para contradecirle. Como sea, para desarrollar la saludable habilidad de callar sólo se requiere una cierta inteligencia ejecutiva, al alcance de todo aquél que, estando convencido de su valor, se entrene adecuadamente.
En lo que más de cerca me toca, con los años y el necesario ejercicio, he aprendido a callar cuando considero que vencer la tentación de seguir hablando favorece mi salud o mis intereses. Por esto, garantizo personalmente los beneficios de un silencio calzado a tiempo; y si lo afirmo es porque presumo de que, al menos esto de cerrar el pico, lo hago bien... O sea, muy bien.
 
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