25 abril, 2010

LAS AGUJAS VERDES - Arrow

Viento en los pinos - Arikha

El abeto no tiene opción al comenzar su vida en la grieta de una roca, y sobre el suelo se eleva un tronco retorcido, que ha crecido en arrebatos irregulares de energía, estropeado por las ramas muertas y quebradas y doblado hacia un lado por los impetuosos vientos. Sin embargo, en lo alto de su copa algunas ramitas mantienen sus agujas verdes año tras año y dan prueba de que, aunque imperfecto, deforme y lleno de cicatrices, el árbol vive.


18 abril, 2010

QUERER LO QUE SE HACE

Desocupados - Berni

Confieso que no termina de convencerme la fórmula de selección que obra tras esa imagen tan repetida en la que quien opta a un puesto de trabajo ha de avanzar sobre la mesa del examinador sus titulaciones, casi antes de poder decir siquiera buenos días. Alguna vez me ha tocado actuar en este escenario y revisar y puntuar currículos, esos compendios obtenidos a fuerza de hincar el codo y aflojar la tela, que nos preceden a la hora de incrustarnos en el feroz mundo de la competencia profesional. Y si no me dicen gran cosa es porque, detrás de ellos, se ve poco más que una presunta erudición, resumida y pasada a limpio, permaneciendo absolutamente emboscada la persona que me interesa, la más... real.
Pero, hablando de mostrar las propias credenciales, tampoco me gustan demasiado las biografías, versiones con ínfulas literarias de lo que uno dice que ha hecho en este mundo, por razón de que en ellas se borra más que se escribe y porque nunca alcanzarán a contener aquello que el biografiado declinó realizar en su vida. Y es que esto también le hace a uno quien es: la renuncia a todo lo que pudo ser... y fue decidiendo que no sería.
Sea cual sea el caso, con mejor o peor carta de presentación, saber lo que uno quiere hacer en la vida, es mayormente una eterna preocupación de juventud que, con ser ciertamente difícil, no parece un problema insoluble. Para la inmensa mayoría de la gente, el problema universal, el gran problema de todas las edades y tiempos, una vez sabido lo que se quiere, sigue siendo poder hacer lo que se quiere...
Sin embargo, y aunque no quiero convertir este desenlace en un galimatías, ya sentenció el viejo Tolstoi que el secreto de la felicidad no consiste en hacer siempre lo que se quiere, sino en querer lo que se hace.

11 abril, 2010

ESTEBAN CUMPLIÓ CINCUENTA

Atardecer en Fire Island - Collins

Esteban cumplió cincuenta y lo celebramos con él, sus dos chicas, unos amigos y yo. El lugar: La Fábrica, playa de Larena, cerca de Bilbao. Una estupenda comida, una agradable sobremesa. Cuando regresaba, a media tarde, conduje los ochenta kilómetros que me separan de ese recorte del Cantábrico paladeando el atardecer, las primeras pinceladas solares que acicalan el paisaje de nuestra primavera septentrional. Me envolvía la música de Gilmour y hubiera continuado, más allá de mi ciudad de adopción, dejándome llevar. Todos hemos experimentado alguna vez esa sensación de acogedor aislamiento, íntimamente necesario. Me sentía francamente bien, mientras pensaba en él, en Esteban. Esteban pródigo, solvente, arrollador; Esteban, la misma tierna y cálida sonrisa que conocí hace más de seis lustros. Recordaba con un punto de emoción nuestro codo con codo en la universidad, la carrera hilvanada entre las peceras de estudio y las tabernas de Deusto y las Siete Calles bilbaínas, los posteriores encuentros, ya ambos con familia, distantes en el devenir de agendas y rutinas, pero tan próximos en el compás de ese minutero que marca el tiempo del corazón. Pensaba en el pedazo de vida que comparto con él, en las cañas y pitillos de juventud, en nuestras devociones literarias y musicales, en su temprana pasión por Springsteen, en las cenas de tasca, las discusiones y las copas, en los mil momentos trajinados en desafiar al perro mundo y en vivir...
Poco a poco, vamos llegando todos a los cincuenta. Hablo de mí y de ellos, hablo de mis amigos, engastados en una generación que dejó los pasajes de una infancia en blanco y negro, para crecer con el horizonte de la esperanzadora Transición. Una generación de en medio, que descubrió las tonalidades impredecibles de la diferencia, que reivindicó el pacifismo y a los intelectuales de izquierda, a los gays, a los objetores y a los proscritos, que ondeó banderas zurcidas con los retales de un jipismo tardío y advenedizo, y se lanzó a viajar a dedo hacia aquella desconocida Europa que nos desconocía; una generación combativa, empecinada en cambiar las viejas normas del porque-sí, ilusionada con inventar nuevas formas de aprender, de relacionarse, de amar...
No fuimos mejores que otros; ni siquiera más importantes. Pero sé que mi memoria no está teñida de engreimiento, si digo que hicimos cuanto pudimos por estar donde nos correspondía, librando batalla, como tanta otra gente, en aquel cachito de la historia moderna de un país que anhelaba renacer de entre sus miserias...
Ahora que, como decía Gil de Biedma, de casi todo han pasado ya veinte años, me queda un poso de gozo cada vez que me veo con alguno de los más míos. Como hoy, que compongo una improvisada fotografía y no puedo por menos que sonreír al imaginarla: Es Esteban, son mis amigos, ellos y yo mismo, algo más fondones y aburguesados, pero mirando aún hacia el mismo viejo y querido horizonte... una vez franqueados los cincuenta.

04 abril, 2010

ILUSIÓN Y VIENTO

El violinista azul - Chagall

No recuerdo haber tenido que enmascararme apenas, para llegar a ser quien ahora soy: Este hombre cualquiera que se asea con pulcritud y desayuna fuerte, trabaja lo necesario y se cuida sin exageraciones, alguien que premedita bastante sus actos, pero casi nunca demasiado, el tipo que forcejea con el mundo, acaricia a solas el aire, compone en su cabeza sensaciones y trenza y escribe sus retales de vida para saberse, para tenerse en pie. Este mismo hombre que también se impacienta y sulfura, el vehemente que gesticula y hace vientos con los brazos, quien, cuando los lobos acechan, se blinda hasta los dientes, agazapado en una esquina prestada de la campana de Gauss; el que defiende los cuatro principios que le quedan, a base de alambradas...
No, para llegar hasta aquí, no me tuve que cubrir tanto.
Cuando leo mis viejos diarios y rememoro fragmentos de mi infancia, redescubro al crío desnudo que, al igual que todos, fui; al niño aquel que, como decía Mark Twain, podía recordarlo todo, hubiera sucedido o no... Y, al hacerlo, aún siento cómo latía su corazón cuando corría entusiasmado en pos de materializar sus fantasías, y su agitado afán por abrirse paso y avanzar, buscando claros en el paisaje umbrío de un bosque de incógnitas. Le recuerdo también deslumbrado, pese a todo, por la extraña luminosidad de las pequeñas revelaciones, de los matices delicados, de las cosas bellas...
Tal vez mis evocaciones no sean del todo precisas, pero tengo para mí que,
entonces, el chiquillo que fui se armaba de viento y de ilusión para abordar sus sueños y, ahora que lo pienso, creo que probablemente viento e ilusión eran lo único y más hermoso que, para crecer y hacerse mayor, aquel niño siempre supo que tenía a mano.

28 marzo, 2010

CON LA CUCHARITA - Aub

Monsieur Boileau - Toulouse Lautrec

Empezó a darle la vuelta al café con leche con la cucharita. El líquido llegaba al borde, llevado por la violenta acción del utensilio de aluminio. (El vaso era ordinario, el lugar barato, la cucharilla usada, pastosa de pasado.) Se oía el ruido del metal contra el vidrio. Ris, ris, ris, ris. Y el café con leche dando vueltas y más vueltas, con un hoyo en su centro. Maelstrom. Yo estaba sentado enfrente. El café estaba lleno. El hombre seguía moviendo y removiendo, inmóvil, sonriente, mirándome. Algo se me levantaba de adentro. Le miré de tal manera que se creyó en la obligación de explicar:
—Todavía no se ha deshecho el azúcar.

Para probármelo, dio unos golpecitos en el fondo del vaso. Volvió enseguida con redoblada energía a
menear metódicamente aquel brebaje. Vueltas y más vueltas, sin descanso, y ruido de la cuchara contra el borde del cristal. Ras, ras, ras. Seguido, seguido, sin parar, eternamente. Vuelta y vuelta y vuelta y vuelta y vuelta. Me miraba sonriendo... Entonces saqué la pistola y disparé.

Crímenes perfectos
, Max Aub.

21 marzo, 2010

EL HAZ DE LUZ

Cabeza de hombre - Freud

El haz de luz es lo que miro, cuando entra Clara y me vuelvo hacia ella. Viste una suerte de harapos que no reconozco; será que son nuevos. Entonces comienza a hablarme de un verano hace tiempo extraviado y, sin ton ni son, me besa con ganas. Es curioso que, por dejarme besar, no sienta remordimientos salvo en los labios... Y, casi mientras lo pienso, Clara se aparta de mí y ni se despide; sale del cuarto. Y yo vuelvo a reparar en el haz de luz que incide en el suelo. Es como una manía mía, lo de observarlo una y otra vez. Me viene a la mente la palabra filamento. Miro el reloj de pulsera sin ver la hora. Las gafas que no tengo a mano. Pienso en ir a por... Pero es papá quien me las trae. Papá, no sabía que estuvieras en casa, le digo. No contesta. Su sordera es cada vez más evidente. Aunque, calla: ¡si papá no está sordo...! Le observo según se va y comenta que hemos dejado atrás un invierno bien frío. Y ventoso, añado. Porque fuera sopla de lo lindo y esto es algo que se oye y oye y oye...
El caso es que mi cabeza es un calidoscopio, a cuenta de la extraña alquimia sináptica. Soy yo, es el haz de luz, es la hora... Y viene desde el cielo Carmelo, a quien estoy encantado de ver. ¡Carmelo!, le digo entusiasmado y él me mira con una calma llena de melancolía. Ven, siéntate. Le ofrezco un aguachirle de café, que ni sé de dónde saco. El bueno de Carmelo lo toma como si le gustara, sonríe educadamente, desaparece. Me deja triste verle marchar tan pronto, quién sabe hasta cuándo, conque cojo un libro en blanco, sigo con mis gafas a vueltas, la hora, el filamento de luz, papá, Clara, Carmelo... ¡La repanocha! Y, por si fuera poco, aparece ahora el tal Juanan, con cara de pedir permiso para unirse a la fiesta. ¡Tu quoque... fili mii!, le suelto con resignado sarcasmo. Trae una caja de barro bajo el brazo y se siente un proscrito, según sus propias palabras. Pero yo tan terne. ¡Vaya una cosa, lo de ir por ahí de proscrito, a estas horas y con una caja de barro bajo el brazo! Entonces saca un cuaderno azul y su pluma de la caja, se abisma y se pone a garabatear en una esquina, precisamente a la luz del haz de luz. O sea del filamento. Y yo le olvido.
Vuelvo a cerrar los ojos y, por enésima vez, los vuelvo a abrir. Como no podía ser de otro modo, vuelvo a reparar en el haz de luz sobre el suelo y también en el bulto del escribiente. El filamento ya no es amarillento, ahora parece más blanco, algo menos mortecino. Deja de ser de farola callejera para hacerse de lechoso amanecer. El tal Juanan rezonga ininteligible, se mueve, viene y se acuesta pegado a mi espalda, como si tuviera frío. Ahora no ha pedido permiso y termina por abrazarme con tanta fuerza que me siento fundir... ¡Ah, no; ya basta! Resuelvo dotarme de un aire definitivamente propio. Lo mejor será que me levante, me digo y es lo que hago. Abro el grifo de la ducha, dejo que se vaya templando el agua. Entonces quedo atrapado por la imagen que, frente a mí, descubro: Pienso en el desconcertante parecido que, tras una noche en vela, tiene el tipo que me está mirando... Me llevo la mano al pómulo izquierdo y, mientras intento reconocerme, el tal Juanan sonríe entretenido, observa mi deplorable aspecto, una vez más, desde el otro lado del espejo.

14 marzo, 2010

QUISIERA SER EL MAGO

Acqua mossa - Klimt

Quisiera ser el mago que abre y separa cuidadosamente sus manos, haciendo que de ellas emerjan mil palomas, blancas como copos de nieve. Quisiera ser el niño que las mira boquiabierto, esperando que cada una de ellas vuele a lo más alto, hasta alcanzar el mismo cielo... Y quisiera ser el poeta que en cada paloma ve el copo, y en cada copo descubre un beso, y que bajo este cielo de azúcar mojado pinta la acuarela primorosa de tu reino. Quisiera ser cada uno de ellos, desde cada uno de ellos merecerte... y ser las palomas que te arrullan, los copos que livianos te rozan, los labios que arriban a tus mejillas y las sonrosan con su mimosa lumbre. Como quisiera ser, también, el promisorio sol de marzo que funde la nieve y coquetea con tu sombra cuando caminas, el espejo de un charco postrero que recorta furtivamente tu imagen, la vaharada que nace del echarpe que se recoge perfumado en tu cuello.
Quisiera ser...
Pero, siendo quien soy, me habrá de bastar con arrebujarte en mi pecho, embelesado en un trasueño que me vuelve mago, niño y poeta cuando te pretendo a mi lado. Y, en la quietud de esta mañana blanca, me contentaré con ser el jirón de un verso que flamea y rasga el escenario de la ausencia, para retribuir con un vuelo de palabras tu paciente espera. Así es que mis labios te nombran, comienzo a leer estas líneas y sólo deseo que te alcance mi voz, la sosegada rapsodia en que me deslío, para ser ante ti paloma, copo, beso, aire... y el sol tibio de marzo acariciando tu pelo.

07 marzo, 2010

LOS POCOS LIBROS

La lectora - Zaitsev

Hay quien atesora antiguos códices e incunables, quien se provee de libros corrientes que nunca empieza, quien, con los más lucidos, reviste sus estanterías. Está también el que los vende a peso o compra al detalle, aquél que los regala por amor, interés o compromiso; quien lee de fiado, el aparente olvidadizo, que acopia para sí cuantos le fueron llegando prestados, y quien los cede a regañadientes temiendo que no tengan retorno. Y es que, no en vano, alguien ya estableció dos clases de tontos en el mundo: los que prestan los libros... y los que los devuelven.
Los libros dan mucho que leer y otro tanto de que hablar, y cada cual tendría mucho que decir sobre lo que aportan a su vida. Puesto por caso, contaré qué mi empeño sobre este particular es disfrutar de una sublime biblioteca, con el menor número de libros posible. Llegué a tener (aunque fueran ellos los que en realidad me poseyeron) algo más de mil volúmenes. Partí peras, deshice metros lineales de biblioteca, con lo que ahora mismo rondaré las cuatro centenas... Y confieso que me fijo como meta no sobrepasar, de éstas, la mitad. Sí: Cada vez menos tengo, los que son para mí mejores.
Y, si fuera el caso, me extendería largo para confesar que lo que el cuerpo me pide es vaciarme, quitar contenido a lo superfluo, soltar amarras del discurso arbóreo, volverme esencial. Tener poco, lo justo; tal vez lo mínimo. De eso se trata.
Quizá sucede que ese viñedo de viejas cepas, al que pertenezco, me hace medrar como un sarmiento, con nudos flexibles y caprichosos que se revuelven y me deparan extraños modos de dar fruto que nunca antes concebí. De modo que aquí estoy, en este mojón del camino, rodeado de los todavía demasiados volúmenes que comento. Y, a día de inventario, mucho tendría que cambiar mi vida para que la peregrine como un Sísifo, amarrado a mis pertenencias. Pues creo que, cuanto existe a mi alrededor, todo lo que conforma mi universo, lo que soy y tengo, vive en mí. Incluyendo mis más preciadas lecturas...
Así es que pienso que poco o nada me llevaré cuando parta, y lo digo sonriendo, sabedor de que todo esto funcionaba sin mí y seguirá haciéndolo cuando ya no esté... Aunque, por lo mismo, serenamente sospecho que hasta lo más sagrado, sin mí, llegado el momento dejará de existir.

28 febrero, 2010

UN RINCÓN DE ANJOU

La torre de la iglesia - De Haës

Hay días de invierno que dotan a ciertos paisajes naturales de un halo singular. Días que los embellecen con una pálida neblina, de etérea refulgencia, que parece exhalada de las aguas de los ríos, de la misma corteza de la tierra. En una de estas jornadas, visité la comarca más oriental de las tierras francesas del Ducado de Anjou y tomé estas notas:
Cuando uno deja atrás la villa de Saumur, con su admirable y magnífico castillo, para remontar la margen izquierda del Loira, comienza a vislumbrar en la pared rocosa que la jalona, las primeras bocas y agujeros que fueron, hace miles de años, moradas de un asentamiento troglodita. Estamos atravesando Dampierre y, al volante, casi de soslayo, entre los huecos prehistóricos pueden verse casas perfectamente adaptadas a la piedra, cavas de vinos, viveros de champiñones y hasta algún pequeño y coqueto hotel. Así llega uno a Montsoreau, un pueblo bello como pocos, con un adorable castillo erigido a pie del mismo río. Sus calles estrechas y empedradas, habitualmente tranquilas, resultan agradables de recorrer... Como igualmente lo son las de su aldea limítrofe: Candé-Saint-Martin, crecida sobre la loma que circunvala un meandro, a la que se accede por vías de viejo y pulido pavés, hasta encumbrarse para contemplar desde su otra cara un espléndido panorama: aquél que dibujan los majestuosos y caprichosos cauces del Loira y el Vienne en su eternizado encuentro. El paisaje, desde lo alto, es remansado y sereno, y sólo el lejano humo de los reactores nucleares de la central de Chinon levemente lo emborrona.
Si entonces atardece y se piensa en cenar sin dejar la zona, Fontevraud, conocido por su esplendorosa abadía, puede ser una buena opción. Por recomendación de unos amigos, La Licorne (El Unicornio) resultaría todo un acierto. Cálido, delicadamente decorado e iluminado, con una elegante puesta en escena. Los menús, cerrados sobre la carta, brindaban una amplia e interesante oferta: desde 25 hasta 70 euros. El económico, más que cumplido: Ravioli relleno de foie-gras, con una exquisita crema de champiñones; raya con guarnición de verduritas en tempura y un suflé con sorbete de mandarina. El vino, rico y joven tinto de Saumur, iba aparte, como el café y las tres deliciosas trufas que lo acompañaron.
En fin: una recomendable visita, para cualquier época del año, que se puede desarrollar en sólo un día y rematar, a primera hora de la noche, con un bien servido colofón.

21 febrero, 2010

LOU ANDREAS-SALOMÉ

Venus Verticordia - Rossetti

Fue a finales de los 70, tras ver Más allá del bien y del mal, de Liliana Cavani, cuando supe de la existencia de Lou Andreas-Salomé, mujer que osó vivir en una imposible comunidad amorosa e intelectual con Nietzsche y el poeta Paul Rée. La película mostraba la pasión del filósofo alemán por crear la nueva moral que ya expuso en la obra que da título al film, a través de una relación triangular. «¿De qué estrellas caímos para encontrarnos aquí?», fue lo que dijo Lou, su amor más doloroso, cuando la conoció. Pero, ¿quién era ella?
Indagué (como se indagaba entonces, ¡sin Internet!) y la volví a encontrar en un librito precioso, que recogía su correspondencia con Rainer Maria Rilke, con quien viajó a Rusia siguiendo un idílico impulso que influiría decisivamente en la vida amorosa del poeta.
Pero Lou Andreas-Salomé fue también amiga predilecta de Freud, quien siempre le profesó una gran admiración («es de una peligrosa inteligencia», dijo de ella), y mantuvo relaciones de amor y amistad con grandes intelectuales, entre quienes se movió, a quienes puso en contacto y con quienes entretejió parte de la historia del pensamiento y de la literatura, en los albores del siglo XX. Cualquiera que busque saber algo de ella, comprobará que quienes la trataban sucumbián a su encanto, a su lucidez y a un fascinador carácter, marcado por la gran exigencia que demandaba en sus relaciones personales.
Eran contadas en aquella época las mujeres que "tuteaban" intelectualmente a los pensadores. lou Andreas-Salomé lo hizo, de la mano de su preparación y, sobre todo, de su insaciable curiosidad. Alguien como ella que, además, mostraba su indiferencia ante las convenciones morales, alternaba en el Hof Atelier Elvira, conocido punto de encuentro del ambiente homosexual vienés, y vivía permanentemente rodeada de un halo de vivacidad, escándalo y erotismo, no podía sino representar un desafío para una sociedad en la que finalmente iba a germinar el nazismo... Sin embargo, como anécdota, se dice que sus estudios literarios y psicoanalíticos eran tan populares en Göttingen, la ciudad alemana en la que vivió sus últimos años, que la GESTAPO aguardó a que muriera para quemar su biblioteca.

Lou Andreas-Salomé había nacido en San Petersburgo, el 12 de febrero de 1861, y falleció el 5 de febrero de 1937.

14 febrero, 2010

ENTONCES...

La barquita - Friant

Si no hubiese existido la playa de aquel lejano verano. O si, en tal día como fue, no me hubiera acercado para hablarte. Si después no me hubieses sonreído, entre extraña y divertida al conocerme, ni me hubieras enseñado tu canción preferida y no la hubiéramos cantado por las calles de nuestros paseos crepusculares. Si, todavía entonces, yo no hubiera sentido la necesidad de volverte a ver y no hubiera cejado en mi aventurado propósito hasta hacerlo. Si no hubiese existido la decolorada fotografía del encuentro, que nos retrató adolescentes en ese misterioso puente de tu ciudad que, llegado hoy, no somos capaces de localizar. Si no te hubiera escrito aquellas nueve cartas que, enlazadas por una roseta, amarillean en tu pequeño cofre de recuerdos. Si tú no me hubieras contestado. Si, transcurridos los años, no hubiese dejado ya de respirar por mis heridas y no te hubiese buscado, tan sólo por saber de ti, tras tanta vida a las espaldas. Si no me hubiera yo empeñado. Si no te hubieses tú empeñado. Si no hubieras posado tu mano sobre mi mejilla, durante esos dos segundos de más que convirtieron el vuelo de tu caricia en una señal sabiamente deliberada. Si no hubiera existido un hoy en el que recorrer las distancias pretéritas. Si yo no hubiese vuelto a ver tus ríos y tu mar, ni tú mi mar y mis ríos. Si no se hubieran reencontrado al cabo nuestras miradas, entrelazado nuestros anhelos, sellado nuestros labios. Si ni la música de aquel joven Dassin, ni la de Rodrigo Leao, los Lighthouse o Jamiroquai. Si ni esta misma de Hisiashi, que escucho ahora mientras te escribo. Si ni las hojarascas pisadas, ni los árboles pelados del invierno. Si ni el verde, ni el frío, ni los lagos. Si ni las serenas ganas de querer y dejarse amar.
Si tú no hubieras existido. Si todo esto no hubiera jamás sucedido. Entonces...

07 febrero, 2010

COHERENTES

Hombre en una hamaca - Gleizes

Somos esclavos de la simulación, de aparentar lo que difícilmente llegaremos a ser. Vivimos personificando una imagen que nos proponga ante los demás, aún cuando ésta sea una coraza o una máscara, y, a juzgar por el tiempo y la energía que dedicamos a este propósito, se diría que nos va la vida en ello.
Por esto admiro profundamente a quienes luchan por ser coherentes. La coherencia entre lo que uno siente, piensa y hace es el fundamento de su libertad. Sin embargo, el que la persigue parece condenado a peregrinar en solitario. Y, justamente por lo caro que resulta el peaje, cada cual renuncia a su autenticidad y se acomoda a los usos de una sociedad que, paradójicamente, cuanto más promete integrarle, más le aísla...
Tal vez por ello, la coherencia no es un valor en alza. Y mucho menos en este tiempo de necias y hueras servidumbres, en el que difícilmente encontraremos a alguien que esté a la altura de su retórica.

31 enero, 2010

DERRELICTOS

Llanto - Guayasamín

Luisa, su mirada esquiva. Como un insecto en la telaraña, la culpa atrapada en sus pupilas. Palabras cuarteadas y resecas, anticipos del adiós más definitivo. He bebido vino desesperadamente, sin siquiera picar algo a la hora de comer. Después un resto de coñac. Salgamos del apartamento, dice, aquí me ahogo. Y nos vemos caminando por la playa desierta de enero, ambos, juntos, sin querer. Le imploro más que digo entonces: volvamos a ser los que fuimos; y me contesta: lo siento, Arturo, yo... ya sólo puedo mirar hacia delante. Luego, silencio; nuevamente el silencio. Palabras que languidecen moribundas, como las olas en la orilla; lágrimas abortadas en el mismo pertinaz, intolerable silencio. Debe hacer un frío que no llego a registrar, mientras anochece apresuradamente para los dos... Y de repente no quiero verla, es algo superior a mí, me aparto de ella y corro. Corro loco, borracho por la arena húmeda y apelmazada de la última luz. Solo, corro solo y desquiciado hacia la orilla, bajo las tinturas púrpuras y amarillentas del cielo deshilachado. Corro salpicándome entero, entre espumas de un mar violeta y negro, abocándome al vacío. Loco, borracho, tanto da. No me vuelvo, imagino que Luisa es apenas un bulto que se pierde tras de mí, empequeñecida, dura, oscura como un escarabajo en la arena gris, cada vez más lejana... Y entonces me rompo por el mismo eje y grito desgarrado. Porque nada tiene sentido. Grito ronco y fuerte, porque todo ha terminado, y la desesperación se me clava a conciencia en el pecho, como la tabla astillada de un batel desguazado. ¡Mierda!, grito. Ser los que fuimos, ¡Dios!, todo se ha perdido... Todo quedó allí, en algún lugar irrecuperable del pasado. Recuerdos confusos que flotan en el mar eterno, derrelictos de un naufragio. Todo se ha perdido, gimo. Me detengo jadeante, me hinco de rodillas en la arena fría, mojado una y otra vez por la estela infinita de las olas, y lloro. Se hace la noche, tanto da. Roto y borracho, yo, Arturo, sollozando entre vapores de salitre y alcohol. Roto, reventado, solo. Harto de todo. Luisa, Dios mío, ¡mierda...! Estoy loco y muerto. Tanto da todo, Dios, lloro; tanto da...

24 enero, 2010

EL IMPERFECTO QUE SOY

Motas de polvo al sol - Hammershoi

Mi imperfección es magnífica. No hay gran cosa que por mis propios medios haga enteramente bien, y eso me convierte en un ser polifacético y entretenido, de vocación diletante. Soy un tipo mondo, pasable y del montón, alguien que transita inadvertido a paso de ciudad, con un aire equívocamente abstraído. Estoy compuesto de mil materias, y mi estúpido mérito es tenerlo en cuenta y derivar de ello ciertas consideraciones de orden práctico y vital. Como la de reconocerme plenamente en el ser híbrido que me habita: un puro mestizo, al parecer consistido en un 80% por agua, junto a millones de bacterias... y algo de vino los fines de semana. El resto me componen otras médulas cuyos ingredientes desconozco pero que, al científico entender, se renuevan total y cumplidamente cada pocos años.
He aquí entonces que, por esta evolutiva gracia, un ser nuevo saluda al mundo cada vez que tal renovación acaece y se deja ver por ahí, lanzando besos a la deriva. Sonrío, pues le conozco: Soy yo, dando cuenta una vez más del ser genuinamente imperfecto que alojo. ¡Ah, amigos: adoro esta certeza! La proclamo casi con orgullo, me siento ufano en mi hermosa condición. Advierto mis niveles de litio aceptablemente compensados y apuesto por ser capaz de perpetrar dos cosas a la vez, siempre y cuando una de ellas sea respirar. ¡Y vaya que lo hago! De manera que sigo escribiendo y respiro; respiro bien, a fondo y, aunque a ratos bufe mis ansias, siento que algo grande fluye en mi interior con insolente arrojo. Es mi encantadora imperfección, mi bendita inconsistencia humana, fuente de cuanto maquino, dispongo y creo. Sí, la protagonista de mis forcejeos con el mundo, la que cargo a expensas de un corazón arrítmico que le bombea voluntad, la toda y mucha voluntad con que me adhiero obstinadamente a la vida.
Imperfecto como pocos, tanto y tanto sin embargo: Hijo de remotas cenizas estelares, soy una mota de polvo dorada por un haz de luz, un soplo de aire a la vuelta de la esquina, el chispazo azaroso que me alumbró: esa milagrosa y bella deflagración que es cada átomo de vida... en medio de una oscura inmensidad.

17 enero, 2010

DUEÑOS DEL FUTURO - Kundera

Margarette - Kiefer

La borró de la fotografía de su vida no porque no la hubiese amado, sino, precisamente, porque la quiso. La borró junto al amor que sintió por ella. La gente grita que quiere crear un futuro mejor, pero eso no es verdad; el futuro es un vacío indiferente que no le interesa a nadie, mientras que el pasado está lleno de vida y su rostro nos excita, nos irrita, nos ofende y por eso queremos destruirlo o retocarlo. Los hombres quieren ser dueños del futuro, sólo para cambiar el pasado. Luchan por entrar al laboratorio en el que se retocan las fotografías y se reescriben las biografías y la historia.

El libro de la risa y del olvido, Milan Kundera.

10 enero, 2010

TRAZOS DEL VIEJO PINCEL

Junto al río - Vladimir

Es tu sonrisa incondicional, la que me transporta cuando escribo; es también tu modo de estar donde estás, el de aceptar que existe un orden inaccesible sobre ti en el universo del que formas parte, y la gratitud con que tu mirada declara amar la vida a pesar de la vida misma, y tu forma de cruzarte con la gente, de pertenecer a la gente, de ser la gente, y la de caminar en silencio a mi lado, mostrándome cuanto de ti ahora digo, mientras me tomas de la mano y recorremos las riberas de los ríos que embelesan nuestras almas.
Es tu manera de ser quien eres tú, la que me lleva a representarte cuando dejo tus ojos por un instante, porque miro al cielo y ahí estás, impresa en cada nube que arrastran estos días de pálida ventisca; tú, que eres la armonía en cada nota de ésta y mil composiciones, cada copo del invierno y cada hoja ausente del árbol que dejo atrás según paso. Tú que eres tú, más allá y más cerca de todo cuanto alcanzo a contemplar... Tú, siendo quien me infunde un soplo en los párpados y me despierta al amor, la mano que guía mi mano torpe y necesitada, la letra póstuma que se desliza como una caricia en el puntillo de mi pluma cuando escribo tu nombre, la tinta amante del verso moribundo...
Y tú, que también eres el haz de luz bendita que ilumina primeriza cada uno de mis días, tú, mi cielo, ese imposible amor de juventud latiendo en cada hierbajo del camino andado, eternamente tú... Y, en ti, cada uno de los trazos del viejo pincel con los que perpetro en la noche los más bellos paisajes de mis acuarelas angevinas...
 
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