29 noviembre, 2009

WILDE

Café - Grosz

A Wilde le precede su fama, en gran medida proveniente de sus ingeniosos y cáusticos aforismos sobre las relaciones entre los hombres y las mujeres, el matrimonio, el arte, la literatura, la vida social, la condición humana...
En mi personal empeño por discernir entre lo esencial y lo superfluo (entre otras cosas para desprenderme de esto último), espero que llegue el día en que mi equipaje sea tan liviano que todo cuanto lo componga quepa en una sola habitación. Los centenares de libros que aún tengo, para entonces serán probablemente tan sólo tres o cuatro decenas. Y entre ellos, si no lo he vuelvo a regalar una vez más, estará El retrato de Dorian Gray.

Oscar Wilde falleció en París, el 30 de noviembre de 1900.

Hablar
No voy a dejar de hablarle, sólo porque no me preste atención. Me gusta escucharme. Es uno de mis mayores placeres. A menudo mantengo largas conversaciones conmigo mismo, y soy tan inteligente que a veces no entiendo ni una palabra de lo que digo.

Escuchar
Es peligroso escuchar. Se corre el riesgo de que le convenzan; y un hombre que permite que le convenzan con una razón, es un ser absolutamente irracional.

Opinar
Sólo podemos dar una opinión imparcial sobre las cosas que no nos interesan. Sin duda, por eso mismo, las opiniones imparciales carecen de valor.

22 noviembre, 2009

LA VELA

Sábado a la tarde - Bores

Juan Carlos se enojó con Diana, aparentemente por una tontería. Aparentemente. Claro que esto sucedía cada vez con mayor frecuencia. El caso es que había preparado con todo mimo aquella cena. Venían sus dos mejores amigos con las respectivas parejas, quería quedar bien, algo en lo que habitualmente invertía buena parte de su energía: en cuidar su imagen. Una cena con varios platos a degustar, un pequeño festival para los sentidos: Primeramente el aperitivo, con un excelente cava; después, ya sentados a la mesa: lomo y jamón ibéricos, almejas a la marinera, croquetas de hongos, revuelto de gambas y ajos tiernos y su logro estrella: el crujiente de bacalao con salsa de pistachos, que remataría con una macedonia de frutas, como postre. Café y Calvados, para los hombres. Ellas, algo dulce, seguro, un Pedro Ximénez. En todo caso, pequeñas delicias aderezadas con esmero, cuya preparación le había llevado la tarde entera. Tras ducharse y cambiarse estaba algo cansado, pero satisfecho. Diana, por su parte, había salido de compras con una amiga, acababa de llegar y de poner la mesa. Una mesa que luego él revisó y corrigió: equidistancia entre las copas, alineamiento de cubiertos, cierta simetría en la composición general, esos detalles que ella siempre solía descuidar...
Pero sucedió el estúpido hecho. Se encontraba en la cocina llenando de hielo la cubitera que alojaría el Chardonnay de la cena, y sonó el timbre. «Ya están aquí.» Cuando accedió al vestíbulo para recibirles, un fuerte olor a cera perfumada saturó brusca y desagradablemente su olfato. Diana se disponía a abrir. «¡Pero a qué demonios huele!», le soltó huraño. «He encendido una vela aromática, para...» «¿Es que estás loca? ¡Con esta peste en el salón, no va a haber dios que se entere de lo que cena!» «Lo siento. No pensé...»
Los de fuera aguardaban, conque abrieron sin dilación y se produjo un pequeño revuelo de saludos y besos cruzados. Diana, algo ofuscada, se adelantó hacia el salón-comedor. Sopló la llama de la vela y su fragante humo invadió profundamente la estancia. «¡Oh, no...!» Cuando entraron los comensales, Juan Carlos la miró irritado, evidenciando su enfado, con un punto de furor. Ella hizo por disculparse. «Perdonad el olor, pero es que esta vela...» Los invitados sonrieron. «No pasa nada, chica. Tampoco huele mal.» Diana se llevó la vela a la cocina y a duras penas contuvo un sollozo. Juan Carlos descorchaba el cava, cuando ella se incorporó al grupo. Finalmente resultó una cena animada, también la sobremesa, y el cocinero recibió los consabidos elogios por sus resultados culinarios. Pero mantuvo el ceño fruncido durante el primer tramo de la velada, y apenas cruzó un par de palabras con su mujer.
Cuando marcharon los amigos, Diana recogió la mesa, tomó una aspirina y anunció que se iba a la cama. Juan Carlos, ante la tele, apuraba su copa. «Enseguida voy», dijo. Aparentemente, se le había pasado el enfado. Al día siguiente, domingo, él tenía un partido de pádel, ella se quedó arreglando un poco la casa. Aparentemente, una vez más, todo volvió a su curso. Según quienes les conocían, conformaban una estupenda pareja. Era cierto; aparentemente.

15 noviembre, 2009

ARROZ CON BOGAVANTE

El Peixerot - Descals.

Siempre me resulta curioso ver las referencias que utilizamos a la hora de identificar a una persona. Cuando era un chaval, recuerdo que en mi pueblo no era infrecuente escuchar: «Sí, hombre, Iñaki, uno que tiene un R-5 azul.» Entonces, la relación con el coche era usual, quizá porque éramos pocos y no todo el mundo tenía un utilitario. Pero, a día de hoy, lo que me parece preocupante es que en este país nuestro tan democrático, posmoderno y cachondo aún sean también tomados como datos identificativos normales los que pregonan la condición sexual de alguien, por el hecho de que ese alguien... ¡sea homosexual! Máxime cuando pisamos un territorio que, tras treinta y tantos años de renovados aires, debería estar bastante más oreado.
Como anécdota tangencial, sólo he conocido a un gilipollas que, a mayor gloria suya, alardeaba sin complejos de ser heterosexual puro. Desde luego, a un machote yo no le discuto su tronío que, a quien Dios se la dé, ya se sabe. Pero parece haber más de un ejemplar de estos en nuestra pintoresca fauna peninsular, porque no es nada raro escuchar por ahí frases del tipo: «¡No jodas, que no sabías que fulanito es maricón!»; o que «zutana sigue soltera, porque la tía es bollera.» De modo que, visto el panorama, a veces me tienta la idea de desdibujar a mi manera esta ramplona usanza. Verbi gratia, recuerdo cómo hace un tiempo tomaba una caña de cerveza con un par de, digamos, amigotes, que acababan de criticar con indisimulada hilaridad la indumentaria de un presunto gay, cuando comencé a narrarles uno de mis mejores ratos del anterior verano: aquél en el que comí en el Peixerot, de Vilanova i la Geltrú, «con mi amigo Pere, que es heterosexual —les dije—, y nos festejamos con un arroz con bogavante que estaba increíble.» Por sus caras, vi inmediatamente que el crustáceo, tan emperador de mi delicia, pasaba a un segundo plano y que lo que les distrajo eficazmente fue mi alusión a la condición sexual del Pere. Yo, ajeno, seguía explicando el culinario aderezo del plato, cuando uno de ellos arrugó la nariz y, con una mueca de perplejidad semejante a la que exhibiría quien oye que han conseguido que un mono redacte, me soltó a bocajarro:

—Perdona, pero ¿has dicho... que es heterosexual?
—Pues claro —afirmé tajantemente—: ¡Es que lo es!
Y, mientras se arqueaban entre sí las cejas, yo volví al detalle del rico arroz, animado a repetir en parecidos términos la jugada, cada vez que se me presente la ocasión de echar el anzuelo a mis más machotes, y por cierto merluzos, digamos, amigotes.

08 noviembre, 2009

HASTA EL MAR


Idilio en el mar - Sorolla

Me embarqué en la desesperada aventura de escribirte, Miralles, como un acto de insolencia contra la verdad. Asumí seguir siendo quien soy, por ti y para ti, a través de mis cartas; aquél a quien hace años conociste, un ser inquieto que lucha por mantenerse despierto, a duras penas entero, en medio de tanta fluctuación. Te dediqué la muestra más enternecida de la pirotecnia verbal con la que me defiendo del mundo, de la que me valgo para mantenerme en pie. Y te quise soñar amorosamente, como a una bella durmiente, y te busqué donde no estabas, mientras mis ojos batían su mirada entre miles de seres atrapados por la prisa, interesados únicamente en sí mismos, encarcelados en su propio pensamiento... Me perdí entre toda esa gente amurallada que no pudo conocerte y no sabe nada de ti, que jamás intuirá siquiera al ser libre que eres, Miralles. ¡Qué triste...! Sé que cada quien es dueño de fabricar las verdades y mentiras que edifican su existencia, pero dudo que haya quien consiga experimentar algo que no sea vulnerabilidad y desasosiego construyéndose desde la reclusión. Porque percibir cuanto existe, que es tanto, exige asomarse al mundo exterior, abandonar ese enclaustramiento condicionado por nuestra rígida manera de entender el mundo y la vida, de concebirlos. ¡Ah, la vida...! Hemingway solía decir que en la vida uno debe jugar las cartas que le han dado. Y, después de todo, pienso que él, al menos, tuvo la oportunidad de hacerlo; incluso la de decidir cuándo abandonar la partida...
Pero también te busqué entre otros muchos, a quienes he osado hablar de ti, de lo que eres y representas para mí, Miralles. A esa gente que se pasea junto a mi alféizar, como quien aparece por casa, y me lee y cincela a través de los riachuelos de palabras que improvisan mis desvelos y goces, mis obsesiones y mis lágrimas, a ellos y ellas, a quienes todo debo, cuando te buscaba, lo hice: les hablé de ti.
Tal vez llevo demasiado tiempo aparentando estar cuerdo; tanto tiempo que termino por creer que realmente ya no es sólo mi pundonor, que hay una estructura que me sostiene erguido, como a un viejo y fatigado guerrero su armadura. Y ahora, mientras escribo estas líneas, supongo que inevitablemente siempre ha sido y será así: que mantener el equilibrio es una agotadora tarea vital, propia de locos, y que la locura y la razón están separadas por un hilo tan frágil como el que limita a la vida con todo cuanto la niega. Esto es algo que ambos supimos un día, casi a la vez, y nada se nos hizo tan bruscamente real; nada, salvo la terrible e ineludible certeza de que, tú definitivamente, jamás envejecerás... De que lo haré yo solo.

Anteayer contemplaba embelesado el minúsculo vértice de tierra en que el Maine encuentra al Loira y comienza a formar parte de su inmenso y bellísimo curso. Me pareció grandioso el paisaje eternamente cambiante que mi mirada registraba incansable en la quietud del otoño afianzado en una paz ocre y gris... Y me gustó repensar el viejo tópico de que nuestras vidas son como esos cauces que, inmemoriales, se fundieron para compartir el destino irrevocable que habría de conducirlos hasta el mar. Sí, queridísima Miralles, sé que en él nos veremos: en ese mismo mar en el que, un día lejanísimo e imposible, algo que no hemos sido capaces de imaginar osó crearnos. Espérame entretanto, mientras yo sigo mi curso, por favor. Mis ojos reclaman tu eterna sonrisa Miralles... Y quiero que sepas que cuando los cierro consiguen verte, aún plenos de esta luz meridiana que retiene su ardida memoria, atrapada en la belleza fluvial de las acuarelas angevinas.

01 noviembre, 2009

EL CURSO DE TODAS LAS COSAS - Hesse

Niño - Maleki

«Acostumbramos a trazar límites demasiado estrechos a nuestra personalidad. Consideramos que solamente pertenece a nuestra persona lo que reconocemos como individual y diferenciador. Pero cada uno de nosotros está constituido por la totalidad del mundo; y así como llevamos en nuestro cuerpo la trayectoria de la evolución hasta el pez y aún más allá, así llevamos en el alma todo lo que desde un principio ha vivido en las almas humanas. Todos los dioses y demonios que han existido, ya sea entre los griegos, chinos o cafres, existen en nosotros como posibilidades, deseos y soluciones. Si el género humano se extinguiera con la sola excepción de un niño medianamente inteligente, sin ninguna educación, este niño volvería a descubrir el curso de todas las cosas y sabría producir de nuevo dioses, demonios, paraísos, prohibiciones, mandamientos y Viejos y Nuevos Testamentos.»

Demian, Hermann Hesse.
 
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