Un cortado humea ante mí, en un café de Plaza Molina. Son las nueve y Barcelona recibe espléndida esta mañana de domingo. El sol, que entra a raudales por las cristaleras, calienta la espalda de los cuatro parroquianos que salpicamos la barra. Caras evocadoras del sueño último, recién estrenadas para la vida de este hoy, pletórico y vernal, que se nos brinda.
Buenos días, Miralles. Hace veintitantos años, sentado en un banco de esta misma plaza, escribía la primera y emocionada carta de amor de una larga serie que, con parecer interminable, un día sin embargo tocó a su fin. Te lo conté; te hablé de aquella bella historia y te confié también su final. Tal vez el amor se nutra de su carácter provisional; en última instancia, de la certeza de su propia extinción. Lo cierto es que ahora echo la vista atrás y lo hago sin temor de sentir siquiera una punzada de nostalgia. Tampoco la tuve cuando, recientemente, miraba en los álbumes de fotos el tramo penúltimo de mi biografía y me sorprendí pasando páginas con la sonrisa de quien, a pesar de sus errores, se concilia con lo que ha vivido. Pensaba en toda la gente maravillosa que me ha acompañado durante estas dos décadas, haciéndome feliz. Fotografías y recuerdos, igual que el viejo tema de Jim Croce; instantáneas tan adheridas al cartón negro, por los años, como tatuadas en la memoria de ese mito prescindible que, según F. Crick, es el alma. Todo está en su sitio, concluí; y está bien que así sea.
Como entonces hice, sentado en un banco que ya no existe, ahora, aquí, en Plaza Molina, garrapateo mi cuaderno de emergencia, con el propósito de referirte con detalle lo que registro... Pues, en materia de sentimientos, los matices cobran una importancia terminante, al aderezar el discurso en el que emergen nuestras vivencias. Y, cuando lo hago, deseo que sepas que pienso en ti, Miralles; que te imagino dormida en una paz de nenúfares que te torna singularmente presente en este renacer primaveral de Barcelona. Y porque cada día es nuevo, a pesar de las rutinas y los envoltorios, te lo quiero contar. Hoy me toca regresar al Norte, como indefinidamente decís aquí a mi país. Salvaré los cerca de seiscientos kilómetros que median entre nuestras ciudades, volveré a mis quehaceres tras estos días de asueto... pero te llevaré conmigo, junto a mi gente de aquí, como siempre he hecho desde que tuve la enorme fortuna de descubrir que la vida es mucho más hermosa teniéndonos como amigos.
Apuro un resto de café, ya frío, y pago. Miro afuera, tras los cristales, dejando que mi memoria vaya más allá de lo que existe: Reinvento el banco, el recuerdo de Plaza Molina, ese cielo recortado y luminoso de la ciudad... y me doy cuenta de que miro la mañana como te miro a ti cuando te escribo, como si todo cuanto alcanzo a ver lo mirara diáfano y limpio... Como si afortunadamente lo hiciera por primera vez.
Buenos días, Miralles. Hace veintitantos años, sentado en un banco de esta misma plaza, escribía la primera y emocionada carta de amor de una larga serie que, con parecer interminable, un día sin embargo tocó a su fin. Te lo conté; te hablé de aquella bella historia y te confié también su final. Tal vez el amor se nutra de su carácter provisional; en última instancia, de la certeza de su propia extinción. Lo cierto es que ahora echo la vista atrás y lo hago sin temor de sentir siquiera una punzada de nostalgia. Tampoco la tuve cuando, recientemente, miraba en los álbumes de fotos el tramo penúltimo de mi biografía y me sorprendí pasando páginas con la sonrisa de quien, a pesar de sus errores, se concilia con lo que ha vivido. Pensaba en toda la gente maravillosa que me ha acompañado durante estas dos décadas, haciéndome feliz. Fotografías y recuerdos, igual que el viejo tema de Jim Croce; instantáneas tan adheridas al cartón negro, por los años, como tatuadas en la memoria de ese mito prescindible que, según F. Crick, es el alma. Todo está en su sitio, concluí; y está bien que así sea.
Como entonces hice, sentado en un banco que ya no existe, ahora, aquí, en Plaza Molina, garrapateo mi cuaderno de emergencia, con el propósito de referirte con detalle lo que registro... Pues, en materia de sentimientos, los matices cobran una importancia terminante, al aderezar el discurso en el que emergen nuestras vivencias. Y, cuando lo hago, deseo que sepas que pienso en ti, Miralles; que te imagino dormida en una paz de nenúfares que te torna singularmente presente en este renacer primaveral de Barcelona. Y porque cada día es nuevo, a pesar de las rutinas y los envoltorios, te lo quiero contar. Hoy me toca regresar al Norte, como indefinidamente decís aquí a mi país. Salvaré los cerca de seiscientos kilómetros que median entre nuestras ciudades, volveré a mis quehaceres tras estos días de asueto... pero te llevaré conmigo, junto a mi gente de aquí, como siempre he hecho desde que tuve la enorme fortuna de descubrir que la vida es mucho más hermosa teniéndonos como amigos.
Apuro un resto de café, ya frío, y pago. Miro afuera, tras los cristales, dejando que mi memoria vaya más allá de lo que existe: Reinvento el banco, el recuerdo de Plaza Molina, ese cielo recortado y luminoso de la ciudad... y me doy cuenta de que miro la mañana como te miro a ti cuando te escribo, como si todo cuanto alcanzo a ver lo mirara diáfano y limpio... Como si afortunadamente lo hiciera por primera vez.






